Solidaridad desde la soledad: elogio de los aplausos
Luís Miguel Sáenz
Coeditor de la revista Trasversales, colabora con un colectivo social de lucha contra la pobreza y la exclusión de Madrid.
1. Creo que ante la pandemia global el distanciamiento físico es necesario. No asumo las restricciones de movimientos y encuentros por obediencia sino por convencimiento de que son necesarias. Estar en contra de todo lo que diga o haga un gobierno es tan equivocado como pensar que algún gobierno puede representarnos. Ahora bien, aislarnos físicamente no es recluirnos en la "vida privada" mientras unos pocos deciden todo. Las clases populares conocemos mejor lo que ocurre que los que viven en palacios, mansiones y urbanizaciones de lujo. Tenemos que ser sujetos activos. Ya lo hacen quienes siguen trabajando en condiciones muy difíciles para proteger nuestras vidas, pero la forma de agradecérselo es actuar también en los ámbitos que podamos.
2. ¿Podemos hacer algo en el aislamiento, sin reunirnos, "asamblearnos", manifestarnos? Sí, se puede. Somos capaces de crear e inventar para construir solidaridad desde la soledad, comunión social en el distanciamiento. Lo hicieron en Mercedes Benz Vitoria o Konecta TBO Madrid defendiendo su derecho a protegerse; las y los trabajadores de hospitales o residencias que nos explican las condiciones en que están trabajando y en las que nos están cuidando, no para que les pongamos en un santoral sino para que exijamos que se cambien; las redes vecinales creadas en los barrios para llevar la "compra" o medicinas a quienes no pueden salir de casa, y las redes de apoyo mutuo que aún siguen compartiendo y distribuyendo alimentos ante la inacción de las instituciones y el cierre de la atención presencial en casi todos los servicios sociales. Lo hacen los colectivos sociales que mantienen su actividad y presionan a favor de una renta básica de cuarentena, de la suspensión del pago de alquileres para quienes no puedan pagar y de un plan de choque social de emergencia, lo que va dando frutos -y es peligroso no darse cuenta- aunque con retraso respecto a la presión social y a las propias necesidades a satisfacer, y también es peligroso pensar o decir que "nadie se quedará atrás" porque se están quedando atrás cientos de miles, millones de personas.
3. También está ahí la acción más masiva: los aplausos de las ocho. Momento de fuga del aislamiento, momento parcial y corto pero tenaz, que evita que la distancia física se convierta en distancia "moral" y nos da aire para una soledad solidaria. Le doy una importancia extraordinaria. Es el cimiento para que "el pueblo de abajo" nos reconozcamos cada día en nosotr@s mismas y no en las comparecencias gubernamentales diarias o, menos aún, en el detestable comportamiento de los actuales dirigentes del PP y de los de Vox.
Es el cimiento para que podamos reencontrarnos cuando acabe la pandemia, para que podamos organizarnos y asociarnos y afrontar las muy malas consecuencias sociales que va a tener todo esto, para que entendamos mejor quienes somos y por qué en estos momentos en que tanto se habla de "todos unidos" resulta que, aunque la pandemia es una amenaza para toda la especie humana y hay muertes y contagios en toda la escala social, los riesgos sufridos y las condiciones del aislamiento no son iguales sino que dependen del lugar que ocupamos en la jerarquía y la estructura social. No digo que sea seguro que sobre ese cimiento seamos capaces de construir algo, ni que sea fácil, sólo que es una oportunidad que podremos aprovechar o desaprovechar.
4. Vivo en un pequeño callejón de una zona popular de Madrid, fronteriza con zona rica. Allí vivimos personas en vulnerabilidad social (bastantes), jubiladas (como yo), trabajadoras y trabajadores de profesiones muy diversas (en construcción o metal, hostelería, profesorado, cajeras, etc.) así como autónomos de oficios diversos y comerciantes de barrio. Un popurrí de "clases populares". Hay un porcentaje alto de población de origen inmigrante, sobre todo latina. Nuestra sección electoral vota mayoritariamente "izquierda", dándose el raro hecho de que en ella la "izquierda" obtuvo más votos en las últimas elecciones (la bis) que en las anteriores, a causa de que Más Madrid obtuvo más votos que los perdidos por UP, con un PSOE manteniéndose. Vox no creció, perdió algunos votos, lo que también fue anómalo.
La historia de los últimos cinco o seis años en nuestra calle es complicada. Durante unos 3 años hubo graves tensiones intervecinales, no llegaron a tener expresiones violentas aunque algunas amenazas, acosos e insultos hubo. Llegados a ese punto, se formó un grupo de trabajo por la convivencia, con resultado positivo tras un par de años de actividad constructiva. Los conflictos más extremos han desaparecido desde hace más de dos años y la situación se normalizó bastante. Sin embargo, las viejas heridas no estaban cicatrizadas, la inquietud seguía presente y se mantenían desconfianzas.
El aplauso de las ocho se ha convertido en una de las experiencias más emotivas por las que he pasado. Cada vez salimos más y más vecinas y vecinos. Los aplausos, acompañados desde un par de pisos por el Resistiré del Dúo Dinámico, son cada vez más intensos. No importa el origen, las viejas desconfianzas se van disolviendo. Durante bastantes días apenas nos veíamos a bulto, pero con el cambio de hora nos vemos las caras y hemos empezado a saludarnos con quienes están en el edificio de enfrente o al lado, a despedirnos al terminar, a decirnos "cuidaros". Con alguna de las personas con las que me saludo desde lejos tengo que haberme cruzado montones de veces en la calle, sin saludarnos ni reconocernos, no volverá a pasar. Creo que el día del reencuentro, del fin del aislamiento, si bajamos a esa misma hora a la calle a aplaudirnos, puede ser muy emocionante y marcar un nuevo tiempo. ¿Podría ser el abrazo, al menos simbólico, de las ocho?
5. Algunas de las personas que me son cercanas dicen que sobrevaloro los aplausos, que estuvieron bien pero que han sido recuperados por el sistema, quitándoles su carácter popular y crítico, sometiéndolos al "Ahora debemos dejar de lado nuestras diferencias" que nos soltó Felipe de Borbón, heredero de Juan Carlos de Borbón, el que regaló a una amistad suya 65 millones de euros de turbio origen (más que los ingresos brutos anuales totales de más de 5.000 trabajadores a salario mínimo y, según dicen, más que lo que habrían costado 4.000 respiradores para UCI, aunque no tengo información directa del precio de éstos en el mercado).
En su crítica al mensaje real y al intento de recuperación de los aplausos desde las élites y el sistema tienen razón mis amistades, y con ellas digo "Salud y República" aunque mi horizonte es libertario y sin Estado. Qué más quisiéramos que se dejasen de lado las diferencias; qué más quisiéramos que fueran iguales todas las personas contagiadas a las que se les dice que se aíslen en su propio domicilio durante un tiempo con la correcta indicación técnico-sanitaria de que "Las condiciones de la vivienda deben permitir el aislamiento del paciente en una estancia bien ventilada y, si es posible, la disponibilidad de un baño propio" (Procedimiento de actuación frente a casos de infección por el nuevo coronavirus, Ministerio de Sanidad). Iguales, simplemente, en cuanto a poder cumplir esa instrucción.
La realidad es que muchísimas personas no han podido ni podrán tener estancia propia y contagiarán a sus familiares salvo que se les facilite un alojamiento provisional en el que poder aislarse (ay, ya no nos mofamos tanto de las "arcas de Noé" chinas). La realidad es que no son las clases populares las que nos empeñamos en diferenciarnos, es el sistema social, la clase que nos asigna, lo que nos diferencia. Si Felipe de Borbón visita protocolariamente muy brevemente un hospital de campaña, lo que es una pérdida de tiempo para mucha gente que tiene que recibirle, lo hace con una mascarilla, pero el personal sanitario de primera fila nos ha dicho ya muchas veces que con frecuencia carecen de ellas y tienen que inventarse "sucedáneos" muy poco seguros, y a una vecina mía ni le dieron mascarillas -por no tenerlas- cuando le dijeron que en el hospital no podía seguir su madre, con casi 90 años y con Covid 19, y tuvo que llevársela a su casa, pese a que su madre requiere ayuda directa y contacto físico para poder moverse y la vivienda no está acondicionada para dos estancias. Ellos, ricos y poderosos, esas familias que pueden regalar millones de euros a quienes no los necesitan, dicen "dejemos de lado las diferencias", pero nosotras y nosotros queremos y necesitamos, de momento, que las diferencias sociales se reduzcan, que se reconozcan, no que se ignoren. No pedimos mucho, queremos que toda la población afectada disponga de las condiciones necesarias para hacer el aislamiento en las condiciones que el Ministerio de Sanidad dice que tiene que hacerse. Qué poco parece y qué revolucionario es, más que pedir la "nacionalización" de la banca.
Pero se equivocan mis amistades citadas al no darse cuenta de que la operación de recuperación de los aplausos es una operación fallida. Los aplausos no han sido recuperados. Los elogios de la "alta sociedad" a los aplausos valen tanto como la perorata "tenemos una Sanidad excelente" en boca de quienes, como los sucesivos gobiernos de la Comunidad de Madrid, se han dedicado a desmantelarla. Ellos no controlan ese movimiento. Le temen. Y hacen bien porque es un movimiento de reafirmación popular, de identificación con quienes son nuestra vanguardia social hoy, las trabajadoras y trabajadores de la Sanidad en primer lugar, pero no sólo. Es nuestra movilización. El significado espontáneo del aplauso es solidaridad, defensa de la sanidad pública, justicia social para enfrentar al virus y salir de la pandemia.
6. Por esa misma razón me parece muy peligrosa, por la confusión y división que puede crear, la manía de defender tales o cuales consignas o reivindicaciones "calcando" la iniciativa de los aplausos, propagando una y otra vez convocatorias similares a diversas horas, o tratando de "desbordar" los aplausos con consignas explícitas. Los aplausos funcionan bien y unen. Cada cual puede poner en su ventana o balcón carteles o pancartas con el lema que quiera. Pero para luchas específicas, por tal o cual medida urgente, que las estamos dando y que son necesarias, deberíamos esforzarnos, y se hace, en seguir inventando, creando otras maneras de actuar, ampliar el abanico, no convertir los aplausos o caceroladas a tal o cual hora en una panacea válida para todo.
7. Me parece que estas tendencias a considerar que los aplausos han sido "asimilados" por el sistema o a "desbordarlos" dan prioridad en el momento actual a la "diferenciación" respecto a la derecha, o a las élites, o a las instituciones o a lo que sea. En cierto modo, se repiten discursos "antiderecha" o "antisistema" iguales a otros que ya había cuando no había pandemia. Pero la pandemia es un acontecimiento que afecta decisivamente a nuestras vidas y a lo social y no puede ser una "excusa" para seguir con lo de siempre, por justo que fuera y sea, necesariamente ella y sus consecuencias serán, por bastante tiempo, el eje en torno al que se recompondrán luchas, alianzas, propuestas, fuerzas, etc.
En mi opinión lo prioritario ahora no es la diferenciación sino la identificación entre las clases populares por serlo, y el sólo hecho de avanzar en ella comporta una diferenciación embrionaria respecto a las élites. Desde hace tiempo pienso que el gran peligro "moral" que afrontan las clases populares en las condiciones de incertidumbre sobre el destino del régimen de dominación vigente en España no es su "integración" por el sistema sino la liquidación de los vínculos internos a las clases populares, hasta el punto de que, perdida la esperanza en poder hacer frente a las élites y al sistema del que emergen, se desaten desconfianzas y choques abiertos entre franjas de la clase trabajadora y de sectores populares. Eso no sólo es un riesgo teórico, ya antes de la pandemia había propensiones hacia ello, en tensión con propensiones hacia la solidaridad. Ahora también están presentes esas tendencias, la solidaria, expresada en los aplausos y otras actividades y comportamientos, y la de fragmentación popular. Pero los aplausos de las ocho son la forma de expresión hoy más potente, por extendida y asequible, de la tendencia hacia la solidaridad y el reencuentro. Sólo por detrás, claro, del combate por la vida que lleva a el cabo personal sanitario que, en muchos casos, lleva años con contratos por días y otras formas de precariedad.
Lo que ocurre en estos días y lo que ocurra en los meses siguientes al fin del régimen de aislamiento puede resultar decisivo para que unas u otras propensiones ganen fuerza frente a las otras. Y eso es lo decisivo ahora, sin retórica política, sin preocupaciones electoralistas, sobre la base de los programas mínimos de emergencia que se están expresando a partir de los problemas sociales más urgentes, desde la exigencia de equipos de protección para las trabajadoras y trabajadores del sistema sanitario y otros servicios esenciales hasta una renta básica de emergencia imprescindible para la población que ha perdido hasta la posibilidad de obtener ingresos y que no está contemplada en las medidas sociales tomadas hasta ahora por el gobierno PSOE-UP. Fomentando la organización y la asociación popular, sin capitular a un sistema del que estamos viendo de nuevo una de sus caras más horribles pero también sin "revolucionarismos" académicos que parecen olvidar que inevitablemente las respuestas a esta pandemia mientras dure y el inicio de la resistencia a sus consecuencias sociales van a tener lugar dentro del capitalismo y que nuestras reivindicaciones más urgentes se expresarán, guste o no, en ese marco, no por medio de propuestas imposibles de llevar a cabo mientras las clases populares no alcancemos un nivel de organización, asociación y apoyo mutuo muy superior al actual. En la vida real lo que se confrontan no son "programas" o modelos sociales académicos, sino fuerzas sociales.
Lo que está ocurriendo es una tragedia, es muerte, enfermedad, pobreza y desempleo. Sería mucho mejor que no hubiese ocurrido. Pero ha ocurrido y nos da, a través de acciones que unen y de reivindicaciones urgentes y creíbles, la oportunidad de mejorar las condiciones para estrechar lazos entre la gente común. Hay que ir más lejos, pero sobre esa base de comunión social, sin despreciarla. Si en mi calle salen a aplaudir vecinos que votaron al PP, ¡mejor aún! Lo que hoy domina en los aplausos es la solidaridad y la empatía ante un riesgo común; me he dado cuenta de que, cada vez más, al aplaudir no sólo aplaudimos a quienes sostienen el sistema sanitario o a las cajeras del super, sino que ya aplaudimos también a nuestras vecinas y vecinos, de hecho, desde que nos vemos las caras, hacemos el movimiento físico de girarnos hacia tal o cual ventana para transmitir nuestro aplauso.
8. Ese vínculo "moral", como humanidad y como clases populares, es tanto la base para luchar por lo inmediato como para ir más allá, pero no como "desbordamiento" de una acción espontánea inducido por grupos supuestamente "concienciados" y que se dedican a decir cosas como "ahora mucho aplauso a la Sanidad pero bien que votaste al PP", frase propia de quienes prefieren tener razón frente al mundo a que crezca el mundo que comparte tus razones y que, no lo olvidemos, puede enseñarnos otras razones que no habíamos tenido en cuenta.
Ese ir "más allá" debe ser un avance colectivo, creando caminos, hoy a partir de sumar fuerzas en torno a los programas mínimos de emergencia sanitaria y social, mañana avanzando en el asociacionismo popular y solidario, el sindicalismo social y laboral, pasado mañana explorando cómo salir de este capitalismo que no responde a las necesidades humanas porque su lógica es la acumulación indefinida del capital aunque eso lleve a la insostenibilidad ambiental o a obstruir el desarrollo cada vez más necesario de sistemas sanitarios territoriales dignos articulados en un sistema sanitario mundial, y uno europeo podía ser un primer paso, en el que cuando estalle una pandemia y se necesiten miles y miles de ventiladores la consecuencia no sea la subida brutal de su precio y la especulación sino la distribución de los que hay según las necesidades y la suma de fuerzas para construir más, o la colaboración para encontrar vacunas en vez de pelear por la patente.
El capitalismo es presentado como una forma "natural", pero no lo es, es más propio de lo humano combatir colaborativamente un riesgo común que buscar el negocio de pocos a costa de la muerte de muchas personas. Lo que ocurre es que "lo humano" está distorsionado por las jerarquías, por las dominaciones y por las desigualdades; en nuestro mundo, podríamos decir que distorsionado por el patriarcado y por el capitalismo.
Ignoro cómo funcionaría una sociedad humana así, desjerarquizada. Lo decidirán quienes la construyan, si llega. La llamaría sin complejos socialismo o comunismo, si no fuese porque esos nombres han sido usados para cometer todo tipo de infamias, para sostener el inhumano orden existente o para poner en pie experimentos brutalmente totalitarios y estatalistas que no han sido mejores que lo que decían iban a sustituir. En todo caso, un mundo libertario, igualitario y solidario. No lo veré, lo sé, pero, junto a lo inmediato de las luchas sociales por mejorar las cosas y crear asociación, ese horizonte me inspira mucho más que las fórmulas "revolucionaristas" que tratan de conseguir dentro del capitalismo cosas imposibles en el capitalismo.