Historias del señor Doubt. Cosas para compartir en días de confinamiento: nuevas realidades y utopías (I)
Pedro Chaves
Hubo un momento, al principio de toda esta situación, en que nuestros whatsapps se llenaron de memes divertidos sobre el coronavirus, nos reíamos un poco de lo que estaba pasando en otros sitios: ¿quién demonios conocía Wuhan, ciudad China en la provincia de Hubei? Después de algunas semanas algo más, básicamente cifras y cosas así. Cuando lo ignoramos todo las cifras reconfortan, nos dan la sensación de que controlamos algo: 11 millones de habitantes y la provincia casi 57 millones. Todos ellos y ellas, a partir de determinado momento, confinados en casita, paralización casi total de la actividad productiva, de la movilidad, de las interacciones sociales. Pareció una señal de alarma, pero no muchos supimos interpretarla así. Yo mismo, preferí seguir riéndome con memes como el del norcoreano: El coronavirus se expande por Italia. Salvini, asustado, huye del país en una balsa. El Open Arms lo recoge en el mar y lo traslada a un puerto seguro, Libia.
Había otros muchos simpáticos, como ese de los Beatles cruzando el famoso paso de peatones en Abbey road con unas flechas que indicaban claramente entre ellos el metro de distancia obligatorio, exigido por las nuevas circunstancias. Hasta eso ha cambiado también: ahora metro y medio, al menos. La fría métrica se impuso sobre lo que nos hace humanos y alguien inventó el concepto de “social distancing” para dar cuenta de las nuevas reglas de interrelación en nuestras sociedades. Ni siquiera se hizo el esfuerzo de llamarlo, simplemente, “distancia física”, un concepto que no nos robaba nada, solo nos advertía de la conveniencia de mantener un prudente alejamiento por un bien compartido. Se ha preferido llamar “distanciamiento social”, no recuerdo otro momento en el que la semántica resultase tan alejada de aquello que nos define como especie.
Después, supimos que Irán, Corea del Sur y otros países, estaban también jodidos y que la proliferación del virus escalaba exponencialmente en esos países, pero vamos, pensábamos, no dejaban de ser China e Irán y otros países lejos de la vieja Europa. Bueno, la cosa empezaba a adquirir tonalidades más grises, pero aún nos tomábamos nuestras cañas, quedábamos a cenar y todo eso. Nada había cambiado en lo sustancial, pero estábamos más al tanto de lo que ocurría, eso era todo. Sentíamos una ola que se acercaba, pero aún estaba lejos.
El 21 de febrero Adriano Trevisan moría en un hospital cerca de Padua, era la primera víctima italiana por el coronavirus, entonces supimos que empezaba otro partido, que la situación, ahora sí, nos obligaba a estar pendientes de lo que iba a ocurrir. Nuestra perspectiva cambió: empezamos a vivir día a día. La gente comenzó a ponerse máscaras, el coronavirus escalaba imparable en nuestras conversaciones cotidianas y los antaño relativamente optimistas, como el que suscribe, nos tuvimos que comer las palabras poquito a poquito.
Cuando el 24 de febrero el Covid-19 saltó a la península y comenzó a cebarse con la Comunidad de Madrid, en primer lugar, comprendimos que nos había llegado el momento. Y todo ha sido tan rápido. ¿Cuántas veces hemos reconstruido en nuestra cabeza y en nuestro corazón este giro imprevisible y traumático de los acontecimientos?
Apenas una semana después de conocer los primeros casos en España, el día 7 de marzo, quedé con un amigo para vernos en Ávila, su mujer, italiana residente en Roma, quiso asegurarse de que yo estaba bien y no había tenido contactos de riesgo en los últimos quince días. Me pareció excesivo, pero fue como una descarga inesperada de un voltaje que no se correspondía, desde mi perspectiva, con lo que yo estaba viviendo. Cuando mi amigo y yo nos despedimos nos dimos la mano y nos abrazamos: ¿qué inconscientes, no?
Una semana después, el confinamiento era una realidad en nuestro país y nos encontramos leyendo análisis que intentaban explicar por qué millones de compatriotas se habían puesto a comprar rollos de papel higiénico. Debate arduo en el que participaron sociólogos, filósofos, politólogos y, por supuesto, economistas. Aún no somos capaces de entender bien qué nos pasó. Después las cosas se han normalizado, un tanto, tal vez nos asustamos de nosotros mismos.
En apenas un mes se ha alterado nuestro presente de una manera traumática, y vivimos un cierto colapso respecto a lo que será el futuro próximo. Intuimos que las cosas no volverán a ser las mismas que fueron antes. Este colapso, siquiera sea provisional, de nuestro futuro nos golpea individualmente. Somos una especie que solo tiene sentido encadenada al futuro. Con los planes en incierto suspenso, viviendo el día a día, sufrimos; la existencia nos duele si no avizoramos un futuro, siquiera sea al alcance de la mano.
Estamos viendo el rostro de la muerte, próximo, cercano, casi todos nosotros podemos contar de alguien a quien el coronavirus se ha llevado por delante. Y se trata, además, de una experiencia colectiva, social, única, solo similar a una guerra. Aunque el símil nos incomode y nos perturbe. Pero no somos soldados, ni se puede pretender que abordemos esta situación como si lo fuéramos. Y la ausencia de un enemigo visible, físico, tangible cuando menos, nos impide movilizar recursos que, quizá, nos ayudarían a hacer más soportable la espera.
Por otra parte, estamos viviendo la situación de confinamiento y privación de libertad que viven cotidianamente millones de personas aquejadas por enfermedades, condenadas por su genética, o por la casualidad, o porque estaban justo donde no tendrían que haber estado en un determinado momento.
Todo lo anterior para compartir que no es la primera vez que esto ocurre, al menos, no es la primera vez que muchos, millones, de nuestros congéneres pasan por esta circunstancia.
Pero lo que cambia por completo la perspectiva es que la experiencia es ahora colectiva, compartida, extendida, global, humana. Saber que un tercio de la humanidad vive, ahora, algún tipo de confinamiento, nos hermana y nos hace sufrir: somos todos/as iguales, eso alivia y angustia, al tiempo. No iría más allá, no diría cosas del tipo: esto “democratiza la experiencia”; francamente, no creo que esta sea la dimensión dominante en el modo en el que la gente está viviendo esta situación. Es una articulación nueva del espacio público y privado, de la política y la pre-política. En esas nuevas dimensiones, desconocidas, debemos aprender a analizar, a proponer a operar.
Pero lo cierto es que no se sale de las experiencias traumáticas como si no hubieran ocurrido. Cuando todo esto pase, habrá una pulsión natural a intentar recuperar a toda velocidad la vida que tuvimos, la cotidianeidad robada, los problemas a los que estábamos acostumbrados, las ilusiones que hemos tenido que dejar en el congelador, las promesas rotas en medio de este colapso de nuestro presente. Escuché a un psiquiatra amigo decir algo que me pareció brillante: no vale de mucho repetir que tenemos que “tranquilizarnos”, como si eso fuera posible. Tenemos que adaptarnos, esto es, asumir la realidad y buscar lo mejor que pueda ofrecernos, siendo conscientes y aceptando la alteración sustancial que suponen para nosotros/as. No ganaremos nada negando el presente. Hemos perdido la capacidad de control que creíamos tener sobre nuestro presente y, en parte, sobre nuestro futuro, a eso tenemos que adaptarnos pero no resulta muy tranquilizador, ni tiene por qué serlo.
Pero el doble desafío al que tenemos que enfrentarnos tiene que ver con superar esa inercia de deseo de “vuelta a lo que teníamos” y de madurar lo que podemos proyectar, como cambios necesarios, de esta experiencia no buscada. Hay tantas cosas que hemos aprendido sobre generosidad, solidaridad, entrega, empatía, profesionalismo: nos hemos hecho un poco más humanos, no lo olvidemos. También sobre egoísmo, insolidaridad, desprecio por los más débiles.
Y ahora nos toca compartir lo que nos está ocurriendo para dimensionar el problema en su justo lugar, para preguntarnos por la vida que queremos para las generaciones que vendrán después de la nuestra, por el planeta que queremos dejarles y por las perspectivas que queremos ofrecerles. Por si alguien no se había dado cuenta todavía, la vida, presente y futuro de los humanos es global y nadie puede excluirse.
La huida hacia delante de los más ricos del planeta forma parte de las desgracias de este presente y ha reconocido, en esta pandemia, un límite expresivo y racional. Como dice la economista Jayati Ghosh, “la salud del conjunto de la sociedad depende de la salud de la gente más pobre”. Y el modo en que ese bienestar global se garantiza es a través de una buena salud pública que pueda llegar a todos/as en condiciones y en calidad suficiente.
En ese esfuerzo de pedagogía radica una buena parte de nuestras oportunidades. ¿Cómo compartir todo aquello que está siendo hermoso y rescatable de esta nueva cotidianeidad? ¿Cómo hacer para que se convierta en el imaginario de una salida que nos ayude a superar lo que hoy vivimos? ¿Cómo ofrecer una esperanza que no sea volver al pasado que nos condujo hasta aquí? ¿Cómo hacerlo desde esa nueva articulación entre política y pre-política, entre emociones y programas, entre lo individual y lo colectivo, lo público y lo privado? ¿Cómo hacerlo defendiendo las trincheras de la democracia, pero integrando respuestas a nuevos desafíos para los que no estábamos ni estamos preparados? ¿Cómo desprendernos de una vez de los “conceptos zombis” que siguen atándonos a un pasado, ahora sí, inexistente?
Decía Eduardo Galeano que: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.