¿De un presente sin sentido a un futuro nada esperanzador?
Sisenando García-Tenorio Ronda
Jubilado
Decía Walter Benjamin que el capitalismo no era solo, como afirmaba Weber, una secularización de la fe protestante, sino esencialmente un fenómeno religioso que se desarrolla como parásito a partir del cristianismo, como religión de la modernidad. Ahora, cansado de intentar destruir el Estado como vector coadyuvante de las clases pobres, el capitalismo opta por comprarlo y ponerlo a su servicio con todas sus herramientas disponibles. La competencia puede generar progreso, pero sin regulaciones por parte del Estado no se da en igualdad de condiciones. Samuelson se fue por el desagüe de la irracionalidad.
Bajo el mantra del (neo)liberalismo lo que subyace es un parasitismo absoluto de las rentas que generan las clases "currantes" por parte del gran capital, en connivencia con sus empleados, la clase política. Como supeditación, desde siempre, de los electos que se ponen claramente al servicio de los no electos y que ya sabemos quiénes son. Es el gran nicho que queda por explotar al capital, el de las rentas del trabajo, reducir salarios en aras de incrementar la productividad. Así el mercado se satura, los productos van cada vez más a la baja y la renta disponible se reduce al mismo ritmo que los salarios.
Explicar las consecuencias de todo esto está de más. Y en esas estábamos. Pero de la noche a la mañana nos llega algo desconocido hasta ahora para nosotros. Una pandemia que tiene por nombre COVID-19 va a poner patas arriba, está por ver hasta qué punto, todo el engranaje de las estructuras del capital. Y evidenciará lo que la lucha de clases no había conseguido mostrar: todas las deficiencias y fallas de nuestra civilización (sistema de salud pública, hacinamiento urbano, compulsión por consumir de forma incontrolada y neurótica, etcétera). También quedan en evidencia las órdenes de confinamiento dadas por las autoridades y los múltiples problemas que están generando en grandes sectores poblacionales, a causa de las deficientes condiciones de los hogares o habitaciones en los que viven, si es que no tienen la desgracia de malvivir en la calle y no poder permitirse el lujo de quedar confinados en una casa. Lo primero es comer y hay personas que no pueden estar confinadas, a pesar del alto riesgo que comporta que salgan a la calle.
A pesar de la magnitud de esta tragedia, vemos cómo en Europa, con casi 500 millones de seres humanos, se sigue sin llegar a acuerdo alguno sobre cómo gestionar la crisis. Una crisis no sólo ya sanitaria, sino que está convirtiéndose en una crisis económica y social de dimensiones descomunales, por sus imbricaciones y su multidireccionalidad. De otro lado, China, en la lucha por la hegemonía con EEUU, parece haber hecho los deberes para erradicar o, al menos, mantener bajo control el COVID-19 y manda mensajes al mundo (capitalista), desde una posición moral, en forma de contribución o "regalos" de insumos a buena parte del planeta, que incluye a EEUU. Un país comunista, aunque solo sea en lo político, ayudando a Occidente a salvarse. Además de una osadía, es vivir para ver. China que no amenaza a nadie en el plano militar, aunque bien es sabido, todo sea dicho de paso, de su represión en el Tíbet, un conflicto regional que urge acabar con él, pero esto es otra historia.
La irrupción del COVID-19 nos ofrece la visión momentánea de que EEUU tan sólo aparenta ser más fuerte por tener a Rambo, Chuck Norris o Arnold Schwarzenegger. Aunque cuenten con Hollywood, éste va a tener que esforzarse mucho más a partir de ahora.
El COVID-19 va a dejar un reguero de muertes que, en el imaginario colectivo, va a perdurar durante mucho tiempo. Mientras tanto, en la sociedad de la opulencia, el COVID parece tener más fijación por las clases más deprimidas y por las naciones o estados donde los derechos laborales, amén de otros muchos, se han visto mermados. El precariado junto con el trabajo informal y sumergido ha dejado a millones de personas a la intemperie, con condiciones sanitarias muy deterioradas que agravan su desprotección y vulnerabilidad frente al COVID, que se va a cebar en su ataque a los sectores más vulnerables.
Todos sufrimos la pandemia, pero los sectores empobrecidos (la mayoría) aún más, porque arriesgarán su salud antes que morir de hambre y quedarán expuestos a su suerte. Lo que para muchos de nosotros es un privilegio, quedarnos en casa, para otros es misión imposible. La situación de precariedad, insisto, el estado de los servicios de salud, la falta de previsión o la no organización social de defensa de los sectores vulnerables afectados por los recortes son consecuencia de la voracidad innata del capitalismo. La aparición de la pandemia revela nuestra fragilidad y ha provocado que despertemos de esta especie de sueño que nos había provocado el capitalismo y que nos mantenía en una especie de zona de confort imposible de ser vulnerada.
Todos estamos asustados, no solo por este presente de muerte, sino por un futuro del que no sabemos tan siquiera si será aterrador, aunque presiento que no podrá ser de otra manera. Hace no mucho, unos abuelos me preguntaban qué iba a ser de ellos y por qué se les hacía esto; sinceramente, no supe darles una respuesta. Si los pobres tienen miedo, los ricos deberían tener aún más, ya que dejaron la sanidad convertida en mercancía y tendrían que temer la reacción de unas clases bajas organizadas y dispuestas a decir basta ya a todo este sin sentido. Pero de la misma manera que hay mucho miedo, también se abre una ventana de posibilidades, quizá, en beneficio de unos y en detrimento de otros, aunque aquí no debiera ser así. Todo dependerá del grado de compromiso y acuerdos que se puedan alcanzar. Ya se verá.
¿Y la era pos-COVID-19? Cómo atrevernos tan siquiera a insinuar qué pasará. Si el capitalismo sigue su curso, cabe suponer que los combustibles fósiles seguirán, igualmente, el suyo. ¿Cómo seguirá afectándonos las destrucciones de los ecosistemas? ¿Podremos o seremos capaces de parar esa destrucción y ofrecer soluciones a la crisis climática? ¿Dejaremos de externalizar producciones para que sean los países de destino de las mismas los que asuman sus mayores sus impactos y sufran con mayor virulencia sus consecuencias? Aunque creo que deslocalizaciones y externalizaciones pueden menguar en un corto plazo, sus consecuencias seguirán notándose en terceros países.
¿Seguiremos con tanta desigualdad social, o afrontaremos esta lacra, mal de tantas cosas? ¿Será sustituido el PIB por un PIF? Mantengamos uno u otro medidor del crecimiento económico, ¿seremos capaces de que éste sea más equitativo? ¿Cómo van a estar los Estados y Naciones en disposición de velar por sus ciudadanos, para que puedan llevar una vida digna y con unos mínimos de calidad en su quehacer diario, con la que se avecina por el cierre de miles de empresas que ya no podrán reabrir sus puertas? ¿Cómo vamos a conseguir volver a la normalidad en un escenario que ya no se antoja nada normal?
Parafraseando a Castells: "No es que vaya a ser el fin del mundo, pero sí de este mundo". Añadiría lo siguiente, no es que vaya a ser el fin del capitalismo, eso está por ver, pero sí, al menos, se modificarán algunas de sus conductas. Ahora toca centrarse en erradicar la pandemia, sin vida nada es posible y habrán de hacerse sacrificios por el bien de todos. Por tanto, la economía ha de quedar relegada a un segundo plano porque, de igual manera, sin vida tampoco puede haber economía.
En ese escenario post-COVID se trataría de intentar avanzar hacia otro tipo de economía, llámese como se llame, verde, ecológica o regenerativa, mucho más equitativa y en la que se priorice la salud pública de calidad. En la que los trabajadores dispongan de ayudas en forma de Rentas Básicas o como quieran denominarlas. Una economía compatible con el respeto absoluto por los derechos democráticos y con la lucha contra el cambio climático y por la biodiversidad. Necesitamos abordar todas estas cuestiones y otras que se presentarán por el camino, porque de ellas depende en buena medida nuestro futuro. Hay que liberar al mundo de la incertidumbre y el miedo a los que son sometidos millones de seres humanos; un miedo determinado por la búsqueda de una subsistencia que nos obliga a la esclavitud del empleo en su peor expresión y que, en caso de perderlo, nos impide atender nuestras necesidades básicas.
En definitiva, la cuestión hay que centrarla en sustituir el modelo de producción o el modo en que vivimos por otros de carácter más humano. El nombre sería lo de menos.
Como no he querido empezar por las palabras de David Rockefeller, para no espantar a nadie, las planteo al final: "Estamos al borde de una transformación global. Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial". Nada como seres humanos debería producirnos tanta satisfacción como que ese Nuevo Orden Mundial que defendía D. Rockefeller no tuviera lugar nunca, porque de implantarse aniquilaría a todos los seres vivos.