Acuerdos necesarios
Javier Aristu
Coordina la revista digital de reflexión social Pasos a la Izquierda y el blog de opinión En Campo Abierto
Nadie es capaz de predecir lo que va a ocurrir tras esta pandemia, cuando seamos ya capaces de, al menos, controlarla o mantenerla a raya. Ni economistas, sociólogos, politólogos ni cualquier otro científico social son capaces de pronosticar cómo vamos a vivir y cómo nos vamos a relacionar en un próximo futuro. Aunque parece bastante claro que algo o mucho va a cambiar, no sabemos a qué nivel ni en qué proporción puesto que la hondura con que está penetrando este fenómeno pandémico en los entresijos de nuestro modelo civilizatorio son incalculables e inapreciables todavía. Simplemente, nos estamos acercando a un todavía muy escaso nivel de certeza.
La experiencia histórica nos enseña que las sociedades generalmente han salido de sus momentos de crisis cruciales con innovaciones y modificaciones significativas respecto a la fase anterior. Hay, sin embargo, dos ejemplos contradictorios que muestran que la capacidad de elegir del humano es determinante muchas veces.
Fijémonos en dos momentos esenciales en la vida de dos sociedades contemporáneas y que vivieron experiencias similares en el mismo decenio: España y Gran Bretaña. Cada uno de esos países transitó por una experiencia bélica muy destructora; España pasó por una de guerra civil con más de 300.000 muertos, y Gran Bretaña por una guerra convencional contra el enemigo exterior, con un saldo de más de un millón de militares muertos entre sus dos conflictos del siglo XX. Sin embargo, cada uno de esos países salió de la crisis de forma muy diferente. España, con la dictadura de Franco, ofrece el lado más negativo, cual es el de la profundización en la división y el enfrentamiento entre los propios españoles, los vencidos y los vencedores según la política oficial de los años 40 y 50. El Reino Unido, por el contrario, resurge de los desastres de la guerra con una idea de reunificación nacional a partir de un proyecto de estado de bienestar, lo que suponía, sobre todo, reducir la brecha de desigualdad existente en aquella sociedad británica y alcanzar un estadio de satisfacción de las necesidades sociales. En resumen, de los momentos de crisis históricas se puede salir con políticas de unidad, en su más amplio y general sentido, o con políticas de división y enfrentamiento.
La actual crisis sanitaria de COVID-19 y la previsible crisis económica y social que acarrea, está generando en todo el mundo respuestas de los dos tipos. Si miramos al país más afectado de momento por el coronavirus, los Estados Unidos, lo que está planteando Trump es claramente una política de enfrentamiento entre los propios norteamericanos (no hablo ya de la estrategia de enfrentamiento contra “el enemigo China”). Su irresponsable llamamiento a que los ciudadanos de Minnesota, Wisconsin, Texas y otros estados se manifiesten contra las propias autoridades de esos territorios con el lema "No se puede cerrar América" es una muestra de su política de división y tierra quemada. Lo mismo podemos decir de esas políticas tildadas de nacionalistas en Polonia o Hungría pero que se basan en el estigma del disidente, del discrepante del poder oficial. Todo ello nos indica que no es difícil concebir una salida dura y agresiva a esta crisis global.
Dos figuras representativas de la cultura y del pensamiento avanzado actuales como son Amartya Sen y Arundhaty Roy, los dos hindúes, han propuesto con pocos días de diferencia unas reflexiones sobre el momento actual que deberíamos atender con especial interés. Ambos, a partir de la desgraciada experiencia en la India, que muestran la actitud y el estilo de gobierno del actual primer ministro Modi, indican la necesidad de una salida positiva, progresista a la actual crisis. Roy nos habla de escenas bíblicas, terribles, de cientos de miles, millones de personas en ese inmenso y poblado país, trashumando de un lugar a otro de la India, tratando de salvar la vida, el trabajo, la familia, y con un gobierno sordo y ciego ante ese inmenso dolor social. Sin embargo, la narradora hindú nos transmite un mensaje optimista: «Históricamente, las pandemias han obligado a los humanos a romper con el pasado e imaginar su mundo de nuevo. Este no es diferente. Es un portal, una puerta de enlace entre un mundo y el siguiente».
Amartya Sen circula por la misma senda. Fijándose en ese ejemplo al que yo aludía antes, el de la Inglaterra de 1945, Sen describe cómo la forma y perspectiva con la que se afrontó la posguerra por parte de la dirección política británica ayudó a resolver problemas estructurales de aquella sociedad: el hambre, la salubridad, la vivienda, la salud, entre otras cosas. Hoy no está asegurado que esa es la salida prevista; asistimos –nos dice el economista y pensador– a un exceso de autoritarismos, intolerancias, dictaduras de pensamiento y de acción política. La salida dura es posible… pero hay que luchar por una salida democrática y socialmente redistributiva de los costos de esta crisis: «Una preocupación por la equidad en la gestión de crisis reduciría el sufrimiento en muchos países ahora y ofrecería nuevas ideas para inspirarnos a construir un mundo menos desigual en el futuro».
Bien, llegamos ya al final y al motivo inicial de esta breve reflexión: ¿Cómo debemos afrontar los españoles esta crisis? ¿Cuál debe ser la mirada con la que encaucemos los retos que vienen a partir de ahora? Las dos perspectivas siguen en pie, mirándose una a la otra: o bien un camino de convergencia de esfuerzos, de cohesión de energías tratando de unir lo que se puede unir y dejando subordinadas o provisionalmente marginadas las posiciones divergentes; o bien un camino de enfrentamiento y tensión política y social que acelere, según sus proponentes, el clima factible para un cambio de gobierno o de situación política. Que cada uno de los lectores ponga los nombres y las siglas en cada mirada.
La realidad nos está marcando el paso: la pérdida en vidas humanas y en afectados nos habla de los déficits de nuestros sistemas de salud y de seguridad; los datos y sus intérpretes más avezados nos visualizan el terreno de devastación económica que no tiene precedentes en la historia reciente de España; las consecuencias sociales, vitales y morales que van a expandirse por toda la sociedad (por toda, por encima de nacionalidades, regiones, provincias y demás “territorios identitarios”) nos muestran un escenario nada optimista.
Desde el comienzo de esta crisis desconocida y brutal en España he mantenido dos afirmaciones: una, que este gobierno, legítimo y legal, no dispone del soporte de fuerzas suficiente para afrontar una estrategia y política de reconstrucción como la que habrá que adoptar en el inmediato futuro; y dos, que la oposición de las derechas no es capaz de proyectar una alternativa de país ni de gobierno en este momento. ¿Estamos de nuevo ante una correlación de debilidades, fórmula vazquezmontalbiana tan recurrida cuando se habla de los Pactos de la Moncloa y la Transición? La actual distribución de fuerzas, la actual correlación de fuerzas parlamentarias, nos lleva a pensar en la necesidad de alcanzar unos mínimos, o máximos, acuerdos económicos que sean capaces de sentar unas bases de reconstrucción económica (empresas perdidas, reconvertidas, que habrá que volver a relanzar o transformar), de reconstrucción social (desempleados, autónomos sin negocio, pequeños empresarios sin ingresos, etc.) y de reconstrucción como país, donde se redefinan las palancas territoriales, la relación entre Estado y Autonomías. Y para todo ello, así lo veo yo, o se alcanzan acuerdos entre fuerzas políticas contradictorias o no habrá fuelle para sacarlos adelante. Otra cosa es si miramos hacia el territorio más social, el que protagonizan empresarios y sindicatos. Aquí sí veo yo terreno abonado e inteligencia social acumulada. Son ya muchos años que patronal y sindicatos vienen pactando –con dificultades, con reservas, con encontronazos y con profundas contradicciones– muchas de las intervenciones que luego se ven materializadas en los contratos y en la vida económica de cada individuo. Por decirlo de forma inteligible: hay un intelecto social incorporado ya a los ámbitos de interlocución que permite encontrar un terreno real de negociación. La política, por el contrario, se ha trasformado en España en un terreno más propio de Juego de tronos. Y eso no aporta nada bueno a los intereses generales del país.
Por eso me parece decisivo y fundamental la mirada hacia y desde Europa. A Europa, a sus instituciones, se le critica mucho, se le acusa con adjetivos muy potentes de no hacer nada por los europeos. Pues bien, en lo que llevamos de crisis –dos meses– las instituciones europeas son las que han respondido a las necesidades de financiación para enfrentarnos con las masivas y tremendas hipotecas sociales que nos está dejando la COVID-19. En el día que escribo este artículo no se puede predecir qué va a pasar en las próximas semanas, pero sí constatar lo que se ha hecho hasta el día actual desde esas instituciones. En Europa sí se han alcanzado acuerdos entre voces discordantes y fuerzas políticas divergentes. Era obligado hacerlo para salir del agujero; y se ha salido. Ahora queda que en España se tomen las lecciones europeas, y las fuerzas políticas, del gobierno y de la oposición, sean capaces de alcanzar esos mínimos acordados capaces de convertir las ideas y las palabras en instrumentos políticos de intervención sobre una realidad tan espantosa como a la que nos enfrentamos.