Próxima parada, el futuro
Fernando Ruiz-Goseascoechea
Periodista, consultor y articulista. Autor de «Los sabores de la memoria»
Cuenta Yuval Noah Harari, en su artículo del pasado día 20 en el Financial Times, The World after coronavirus, que la tormenta pasará, la mayoría sobreviviremos, pero en un mundo que será diferente; y añade un pequeño detalle: muchas de las medidas de emergencia seguirán vigentes.
Explica Hararai que con el coronavirus se plantea la posibilidad, absolutamente viable, de que cada ciudadano use un brazalete biométrico que transmita continuamente su temperatura y pulso. Los algoritmos revelarían quién está enfermo, y en cuestión de días se detendría la epidemia. Y ante esta magnífica noticia viene el razonamiento inquietante: Sería ilusorio pensar que esta vigilancia biométrica podría ser solo transitoria.
La desventaja sería que se legitimaría un nuevo sistema de vigilancia aterrador: se sabría qué canal de televisión o cadena de radio son tus preferidos y das pistas sobre tus ideas políticas. Y si se accede a la temperatura del cuerpo, presión y ritmo cardíaco mientras miras un vídeo, saben lo que te hace reír, llorar y enojar. Ahora imaginemos esa herramienta en manos de fuerzas económicas o políticas.
Frente a estos avances teóricos, observamos, paradójicamente, nuestra realidad cotidiana, que se caracteriza, no sólo por una falta de coordinación entre los gobiernos sino por una extendida desorientación y parálisis de los organismos internacionales, empezando por la Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos, que desaprovecha la ocasión para ponerse, de una vez, al lado de la ciudadanía europea, y se escuda en que no tiene competencias sanitarias, como si lo que estamos pasando se limitase a ese aspecto.
El G-20 afirmó esta semana que se compromete a hacer lo que sea necesario para superar la pandemia, el G-7 acusa a China de desinformación y el Secretario General de la ONU le pasa la patata caliente al G-20. Y así la pescadilla se sigue mordiendo la cola.
El FMI ha prometido un billón de dólares y el Banco Mundial otros 12.000 millones de dólares en fondos inmediatos para ayudar a los países a amortiguar el impacto de covid-19, y está bien. Pero no olvidemos que, bajo la orientación del FMI, muchos gobiernos redujeron los presupuestos de salud, recortaron los salarios y limitaron el número de médicos, enfermeras y personal del sector sanitario.
En España, va cada uno por su cuenta. El titular de exteriores de la UE, el español Josep Borrell, insulta al gobierno chino justo cuando China está a punto de enviar material sanitario a Europa. El gobierno decreta el confinamiento de la población el domingo 29, con 72.248 infectados y 5.704 fallecidos, sin haber oído al denostado presidente Torra, que lo viene pidiendo desde hace semanas. Pero ¿qué diablos nos pasa?
El escritor japones Haruki Murakami, -casi premio Nobel de Literatura del año pasado y autor de una joya llamada El fin del mundo-, escribió en 2002 la novela Kafka en la orilla, en la que afirmaba una frase que estos días se reproduce mucho en las redes y que más que una reflexión, parece una revelación premonitoria: Y una vez que la tormenta termine no recordarás como lo lograste, como sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa sí es segura, cuando salgas de esa tormenta no serás la misma persona que entró en ella. De eso trata esta tormenta.
Efectivamente, estos razonamientos kafkianos se complementan en el espacio y el tiempo con una realidad cada vez más orweliana, y es que es fácil imaginar que este periodo triste y aciago es una especie de laboratorio de pruebas para quienes se sienten predestinados a dirigir nuestro futuro próximo. Es como si alguien tomase nota de nuestro comportamiento en la cuarentena y apunta en su agenda Moleskine: Día 1: la gente está dispuesta a sacrificarse. Día 2: con la desaparición de un sector de la tercera edad, se sanea la economía. Día 3: se puede trabajar estupendamente desde casa. Día 4: sobran trabajadores y empleados. Día 5: también sobran mandos intermedios. Día 6: con el trabajo en casa se disipa la disidencia y el inconformismo…
Todavía no sabemos qué se derrumbará y qué quedara en pie pero podemos imaginarnos que además de los estragos derivados por las muertes, sus secuelas y la desolación, se va a producir una quiebra del sistema productivo, un derrumbe monetario-financiero, crisis de la banca, de los mercados especulativos y del crédito.
El escritor y pensador portugués Andrés Maghallaes puso recientemente un poco de luz en el túnel y explicó algo clave: todo, incluso los desastres, conspira para la posibilidad del bien. A veces necesitamos algún tiempo para descubrir la senda de bondad que nace de las embestidas de la desgracia. Pero tarde o temprano nuestra mirada se ilumina, las tinieblas se disuelven y ahí aparece finalmente un camino de claridades.
Parece claro que el camino que habrá que recorrer es abrupto y accidentado por lo que deberían fijarse algunos ejes claves en la construcción del nuevo futuro. El primero es garantizar que la salud pública deba tener, por parte de los poderes, una consideración bien diferente a la que se ha tenido hasta ahora. Independientemente de los colores de los gobiernos.
Otro punto clave debería ser el levantamiento del tejido económico, a nivel nacional e internacional, y la recomposición, -con la morfología que se precise-, del nuevo mercado laboral. El tercer eje se debería situar en el protagonismo de la sociedad y sus mecanismos de control y organización. Se tendrán que poner en pie ideas y herramientas para que el futuro no se resuelva únicamente para beneficio de una minoría sin escrúpulos, ni tampoco bajo premisas autoritarias que pretendan limitar las lógicas demandas de las grandes masas. Ya hay voces, como la del filósofo italiano Roberto Esposito, que han alertado de que estamos presenciando una politización de la medicina investida de tareas de control social.
Salud, economía, justicia social y democracia se perfilan pues como la punta de lanza de la reconstrucción de ese paradigma que todavía no conocemos con exactitud.
En el futuro que viene es probable que los proyectos de desarrollo necesiten un cambio de enfoque drástico y posiblemente tendrá que estar basado en un cambio en los valores dominantes. No descartemos tampoco que se produzca una ruralización de la sociedad, que comportará una mirada diferente hacia el mundo agrícola.
Hoy estamos en un punto en el que lo primordial es salvar vidas. Pero no perdamos de vista que el futuro incierto que viene va a depender del camino que escojamos. Tendremos que optar por asumir como prioridades irremediables la crisis climática y la protección sanitaria. Y entender que solo con soluciones colectivas en defensa de lo público, de los bienes comunes, de la solidaridad y el apoyo mutuo, el futuro será viable; además, es la garantía para evitar tanto la descomposición de los poderes públicos como el asentamiento de un control totalitario.