Salud y libertad
Gloria Elizo
Vicepresidenta Tercera del Congreso y Secretaria Anticorrupción de Podemos
A veces la realidad se vuelve inasumible. La situación actual es seria, imprevisible y carece de precedentes. Como un túnel que atravesamos por primera vez, la incertidumbre profundiza la zozobra en nuestra situación. Miles de personas se despiden a distancia de sus fallecidos, otras se preguntan por el estado de sus enfermos y se extiende por la sociedad el miedo sobre los resultados sociales de esta crisis sanitaria.
Una realidad que en términos humanos solo puede clasificarse como catastrófica, propia de un desastre natural sin antecedentes que nos llega reducido a frías cifras, cómo si se pudiera anestesiar así el dolor, el miedo y la desazón.
Parece innecesario argumentar la justificación de la restricción de derechos que el estado de alarma supone y la necesidad de limitar al máximo nuestra sociabilidad con el fin de evitar colapsar nuestro sistema sanitario tan mermado por décadas de recortes. Esa y no otra es la razón fundamental de nuestro encierro. Esa es la triste realidad también: cuánto menos ha cuidado un país su sanidad pública más largo y más estricto ha de ser este confinamiento.
No es, sin embargo, ahora el momento de buscar culpables sino de abrazarnos en la distancia, empatizar con las familias que viven la enfermedad en primera persona y de pensar en el futuro. No sabemos lo que va a pasar. Pero sí hay algunas cosas que sabemos: que el miedo y la incertidumbre van a suponer una inevitable tentación autoritaria para los que siempre han utilizado la doctrina del shock. Ya estamos viendo a los heraldos del pesimismo intentando aprovechar esta crisis para disciplinarnos, aislarnos y asustarnos para el futuro.
Sabemos algunas cosas más. Sabemos que las medidas extraordinarias de seguridad que se toman, siempre sobreviven –en todo o en parte- a las causas que las provocan. No es difícil de repasar: podríamos empezar por aquellas medidas excepcionales que el Estado de Israel tomó en la guerra del 48. La guerra pasó. Las medidas siguen tan vigentes, como la Patriot Act que Bush aprobó en EEUU para la segunda guerra del Golfo.
Las situaciones excepcionales pasan, las limitaciones de libertades y derechos continúan. Sin ir más lejos, va a hacer dieciséis años que se prohibió llevar líquidos en la cabina de los aviones. Una decisión que se tomó temporalmente de acuerdo a ciertas informaciones secretas sobre nuevas prácticas terroristas. Dieciséis años. Todos sabemos que la restricción nunca se levantará. Las situaciones pasan, las restricciones permanecen. El miedo es el comodín del poder y un enorme negocio para lo mejor del capitalismo internacional. El sector de la seguridad, alejado del control de la opinión pública, es el terreno donde el peor lobby y las más sucias puertas giratorias florecen.
Qué decir de nuestra denostada Ley Mordaza, hoy en pleno vigor y funcionando a todo trapo en el estado de alarma, hasta el punto de que corremos el riesgo de acabar santificando una norma que tiene al escarmiento, la arbitrariedad, el punitivismo y la impunidad de las fuerzas del orden como banderas políticas. Es obvio que no podemos salir de esta enorme crisis a base de trasladar el coste a la sociedad como ocurrió con la crisis anterior. Sería inasumible. Pero es igual de inasumible que la crisis la paguen también nuestras libertades, como ya ocurrió en la crisis anterior, de cuyo fruto sin duda es también la Ley Mordaza.
Es indudable el esfuerzo material y político que está haciendo nuestro gobierno por crear un escudo social ante una situación económica de consecuencias impredecibles. Pero la presencia de representantes de Unidas Podemos en el Gobierno no puede impedirnos prestar una vigilante atención al escudo democrático sobre nuestras libertades. Ante las necesarias medidas excepcionales, sería una locura otorgar el papel de control del Gobierno y la Administración a los partidos que en España defienden la Constitución y en Europa apoyan a gobiernos como el de Hungría, cuyo presidente ya ha borrado del mapa al parlamento, ha declarado indefinido el estado de excepción y se dispone a gobernar por decreto amordazando a la prensa con penas de cárcel. Todo a costa de la pandemia.
La libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político son y deben seguir siendo los valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico. Desde la perspectiva democrática y de las libertades, la aplicación del necesario estado de alarma tiende a alejarse de una concepción de la ciudadanía protagonista, informada, crítica y defensora de sus derechos. Este gobierno debería comprometerse a no utilizar más la Ley Mordaza en el manejo de esta crisis y a revisar una por una las decenas de miles de multas que se están imponiendo. Es evidente que la inmensa mayoría de los ciudadanos estamos cumpliendo con responsabilidad y serenidad con nuestra obligación, y que así lo están haciendo también la inmensa mayoría de nuestras administraciones y fuerzas y cuerpos de seguridad. Pero igual que denostamos cualquier comportamiento irresponsable e insolidario de nuestros conciudadanos, no podemos dejar de sentirnos profundamente alarmados ante los comportamientos totalitarios de la gestapo del balcón, que se permite denunciar, insultar o directamente agredir a viandantes de los que ignora sus circunstancias y aún más escandalizados con las imágenes que hemos visto de fuerzas del orden juzgando, condenando y castigando in situ -a bofetadas- a personas que presuntamente incumplían el confinamiento.
No podemos sentir otra cosa que preocupación al contemplar el número de multas practicadas y su importe desproporcionado, tantas de ellas por causas de incidencia mínima o directamente nula en la salud pública. De hecho, deberíamos reflexionar sobre el alcance de algunas medidas –como salir a correr o ir a sentarse solo en un parque al sol, con un libro y unos guantes desechables- que lejos de estar prohibidas en los países de nuestro entorno, son aconsejadas por sus gobiernos por sobradas razones de salud física y mental. No, no es momento de autoritarismos ni de paternalismos. No es momento de volver atrás a una especie de sociedad 1.0 donde unos pocos emiten y deciden y la mayoría acata acríticamente mirando el televisor. No es casualidad que Su Majestad haya decidido utilizar nuestro confinamiento para renunciar no se sabe a qué herencia de su padre vivo y tapar así el escándalo de los fondos a su nombre. El hecho de que el gobierno haya anunciado que va a solicitar información anonimizada a los operadores telefónicos sobre nuestra geolocalización debe de hacernos vigilantes ante el desproporcionado poder que tienen ahora las grandes empresas tecnológicas y el papel de la inteligencia artificial. Toda herramienta es bienvenida, pero siempre sin renunciar a nuestros derechos y con el necesario control jurisdiccional de racionalidad y proporcionalidad.
El camino que conduce al totalitarismo no es ni el más corto ni es el más eficaz para resolver esta crisis. El camino correcto es, como siempre, el del estado democrático social y de derecho. Si queremos evitar la propagación del pesimismo y las mentiras, si queremos salir de esta situación unidos, necesitaremos algo más que hashtags en las redes sociales: Tendremos que convertirnos cada uno en protagonistas de nuestra situación, hacer a la gente de este país responsable de la salud de todos y asegurarnos en cada medida de que nuestras libertades se restringen en el justo punto de la necesidad sanitaria. Y eso no se consigue con centenares de miles de multas -que superan el salario mínimo mensual de un trabajador- ni con amenazas desde las ventanas.
Desde nuestros balcones, nuestras webcams y desde esas aplicaciones de comunicación que hace un mes ignorábamos, debemos extender nuestro apoyo no sólo a quienes heroicamente ya nos cuidaban cuando se recortaban sus derechos, sus salarios y sus medios, sino a todos aquellos que en estos momentos sostienen los destartalados servicios públicos y la mermada capacidad económica y productiva de este país. Pero esas tribunas deben erigirse también en la tensión democrática capaz de mantener no solo las medidas socioeconómicas esenciales para que este país tenga un futuro al que regresar, sino también que lo hagamos en condiciones de verdadera libertad solidaria y conscientes de que la democracia nos pertenece igual desde las plazas que desde las casas. Y que siempre será a nosotros, desde las plazas o desde las casas, a quienes corresponderá la difícil y constante tarea de defenderla.