El impacto de la COVID-19 sobre la desigualdad
Iván González Sarro
Investigador del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT) - Universidad de Alcalá (UAH)
A medida que pasa el tiempo se van dibujando con mayor nitidez todas las aristas de este fenómeno epidémico poliédrico que es la COVID-19, tan intenso localmente y de dimensión mundial, y sus repercusiones.
Entre estos impactos previsibles parece vislumbrarse sin duda un aumento de la desigualdad, una desigualdad que se está haciendo ya más visible en la propia forma de afrontar la lucha contra la pandemia. La respuesta de los Estados para intentar contenerla difiere de un país a otro y entre regiones. No es lo mismo disponer de un sistema público de salud universal, como el caso de España, o depender de un seguro médico privado, como en los EE.UU. Es distinta la situación en la India, que dispone de un médico por cada 20.000 personas, o el caso del continente africano, con uno de los sistemas de salud más frágiles del mundo.
En el caso de la región latinoamericana, los países destinan unos recursos muy exiguos a la salud pública, a pesar de que gran parte de estos países tienen la salud como un derecho social garantizado por la constitución, tal es el caso de México y Perú, yendo más allá las constituciones brasileña y venezolana, que la establecen como “derecho de todos y un deber del Estado”. Así, México, en 2015, destinó el 2,8 por ciento de su PIB a la salud pública y Venezuela, el 1,9 por ciento, mientras que el promedio en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) fue del 6,6 por ciento [https://ieps.org.br/wp-content/uploads/2019/11/Garantindo-o-Futuro-da-Sau%CC%81de-no-Brasil.pdf].
También en las condiciones de los confinamientos, en las que estamos viviendo casi una tercera parte de la población mundial, la desigualdad habitacional se hace más que evidente. No es lo mismo vivir el confinamiento en una habitación con la nevera vacía que en una casa con jardín y con piscina, o en una habitación de 110 metros cuadrados. Las medidas higiénicas recomendadas resultan casi imposibles para muchas personas en India, donde más de 70 millones de personas viven en chabolas, y la mitad de la población no tiene un lavabo en casa [https://blogs.publico.es/puntoyseguido/6352/el-virus-covid19modi-organiza-una-catastrofe-social-en-la-india/].
Como decíamos, resulta altamente probable que, como consecuencia de los estragos de esta pandemia, la desigualdad se acentúe. Y ello como consecuencia directa de los cambios que puedan producirse en el mercado laboral. Como es conocido, el mercado laboral puede ser una causa subyacente en el aumento de la desigualdad, si no el principal factor generador de desigualdades en muchos países. Las rentas del trabajo, y en particular las rentas salariales, representan la mayor parte de los ingresos de muchas familias, por lo que los niveles de desigualdad que pueden darse a nivel salarial afectan, sin duda, a la distribución general de los ingresos. Podría decirse que en muchos países la desigualdad comienza en el mercado de trabajo.
Si damos por hecho, como lo hace la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, que el mundo se enfrenta a “una crisis nunca antes vista en la historia”, imaginar los escenarios laborales después de la contingencia no dibuja un panorama halagüeño. De acuerdo con el FMI [https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2020/04/14/weo-april-2020], la crisis de la COVID-19 representa el mayor desafío para la economía global desde la segunda contienda mundial. El doble shock de oferta y de demanda provocado por la pandemia y las medidas de confinamiento, unido al hundimiento de los intercambios internacionales, ha provocado un parón de la actividad que se extiende a través de todos los continentes. El impacto en el mundo laboral puede ser devastador.
De hecho, este impacto ya se está dejando sentir. Así, en Estados Unidos, actual epicentro de la pandemia, con cifras de contagiados y fallecidos realmente importantes, y país que resulta un caso paradigmático por cuanto parece marcar la pauta de la desigualdad creciente, las peticiones de ayudas por desempleo alcanzaron cifras récord en las últimas semanas. De acuerdo con los datos publicados por el U.S. Department of Labor (DOL), en la semana que concluyó el 18 de abril había 17,99 millones de personas recibiendo el subsidio por desempleo, con un incremento de 2,17 millones desde la semana anterior, marcando el nivel más alto en la historia de este indicador. Hasta ahora, la peor semana había sido en 1982, cuando se registraron 685.000 peticiones. Y, en las cuatro semanas anteriores al 11 de abril se perdieron 22 millones de empleos. Equivale a todo el empleo creado desde 2009. Se trata de un proceso muchísimo más devastador que el sufrido durante la Gran Depresión. Entre 1929 y 1933 se fulminaron 8,8 millones de puestos de trabajo, según detalla Vegara [Vegara Carrió, Josep María (2019), Historia del Pensamiento Económico. Un panorama plural, Madrid: Ediciones Pirámide].
Conviene tener en cuenta que en los Estados Unidos varias reformas laborales —llevadas a cabo tanto por los presidentes republicanos como demócratas, sin grandes diferencias— han producido la degradación de las condiciones laborales de los trabajadores estadounidenses en las últimas décadas, afectando especialmente a los trabajadores de salarios más bajos, como evidencia el descenso, desde 1980, del poder adquisitivo del salario mínimo fijado por el gobierno federal. La disminución de la fuerza laboral sindicalizada, el aumento de la dispersión salarial, así como la caída de las rentas del trabajo en relación con su productividad serían otros de los efectos más relevantes de estas reformas laborales (sin duda, con el marchamo neoliberal).
Por otro lado, en EE.UU. no queda casi nada de la red de Seguridad Social después de décadas de recortes y la “Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible” (“Patient Protection and Affordable Care Act”-PPACA), conocida como el “Obamacare” junto con la “Ley del cuidado de la Salud y la Educación” (“Health Care and Education Affordability Reconciliation Act of 2010)”, de marzo de 2010, constituyen un Sistema Nacional de Salud no del todo aceptable, aunque esencial.
Tampoco España había conocido una hecatombe laboral tan virulenta como la registrada en las dos últimas semanas de marzo de 2020. El paro registrado se disparó en 302.365 personas en el mes de marzo respecto al mes anterior. Se trata del mayor aumento de desempleados en las oficinas públicas de empleo de la historia y, aun así, no reflejan del todo el descalabro que sufrió el mercado de trabajo, pues en la segunda quincena de marzo se destruyeron 900.000 empleos, de los cuales más de dos tercios eran temporales. En concreto, 613.250 trabajadores con contrato temporal, mientras que la merma de afiliados con contrato indefinido fue de 223.353 personas. En toda la serie histórica de la Encuesta de Población Activa del INE no aparece un periodo tan calamitoso como éste. El peor registro hasta ahora correspondía al primer trimestre de 2009, que experimentó una reducción de 770.000 puestos de trabajo. El Banco de España prevé, en función de tres escenarios posibles, que la tasa de paro podría escalar en 2020, en media anual, a porcentajes de entre el 18,2%, 20,6% y el 21,7% de la población activa [https://www.bde.es/bde/p/3a5cf690ed591710VgnVCM10000064de14acRCRD/webbde/GAP/informacion-embargada/be2002-art1.pdf].
Este descalabro del empleo deja en evidencia una vez más uno de los mayores problemas del mercado laboral español: la elevada temporalidad.
Hay que recordar, en este contexto, que en España, el devenir del mercado de trabajo ha estado influenciado por numerosas reformas llevadas a cabo por gobiernos de distinto signo político pero con rasgos bastante comunes, desde 1980 en que se promulgó el Estatuto de los Trabajadores, marco legal y fundamento que regula las relaciones laborales desde entonces. Estas reformas han estado dirigidas a aumentar la flexibilidad laboral, favoreciendo la desregulación del mercado de trabajo y las relaciones laborales, o, lo que es lo mismo, facilitando el despido, reduciendo el poder negociador de los sindicatos y, en definitiva, facilitando la devaluación salarial. A su vez, la mayor flexibilidad ha provocado la generalización de nuevas formas de precariedad laboral, como el trabajo a tiempo parcial involuntario y la recuperación de viejas formas de precariedad, como el empleo temporal. Y todo ello ha provocado la dualidad o segmentación de mercado de trabajo entre trabajadores fijos y aquellos otros que sufren la temporalidad y las condiciones de subempleo.
En América Latina y el Caribe, una vez agotado el superciclo de las commodities de 2003-2013, la región enfrenta la pandemia desde una posición más débil que la del resto del mundo. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) [https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/45337/4/S2000264_es.pdf] prevé que la economía de la región se verá impactada en distintos frentes: las exportaciones, el turismo, los suministros, el precio de los productos y la inversión. La caída de los precios de los productos primarios. Las marcadas caídas de esos precios y el deterioro de los términos de intercambio tendrán fuertes efectos negativos en los niveles de ingreso de las economías latinoamericanas dependientes de esas exportaciones. Todo ello repercutirá en un aumento de hasta el 10% del desempleo. La pobreza en la región podría crecer hasta alcanzar a 220 millones de personas frente a los 185 millones actuales. Es decir, la crisis del coronavirus convertirá en pobres a 35 millones de personas más en Latinoamérica. En ese contexto, la crisis tendrá repercusiones negativas en la salud y la educación, así como en el empleo y la pobreza”, señala el organismo, lo que, sin duda, incidirá en un aumento de la desigualdad en esta región, donde la desigualdad es un problema estructural.
Todo ello nos pone enfrente del sinsentido de la globalización y los dogmas de la ortodoxia neoliberal, que han orientado y dirigido las políticas públicas en las últimas décadas [https://www.marcialpons.es/libros/politicas-publicas-neoliberales-y-desigualdad/9788491236573/].
Quizá no debería sorprendernos que, en general, aquellos países a uno y otro lado del Atlántico, donde tales políticas neoliberales se han aplicado con mayor dureza ─con severas políticas de austeridad, así como reformas laborales regresivas─, sean hoy también los países donde el daño causado por la pandemia COVID-19 está siendo mayor.
Estamos convencidos de que finalmente se logrará atajar la pandemia y el COVID-19 dejará de ser protagonista. Pero, hasta que llegue ese momento, deberíamos repensar todo, el modelo de economía, redefinir la sociedad en la que queremos vivir… y, en todo caso, luchar por construir una sociedad sin tanta desigualdad.