La pandemia del COVID-19: ¿crisis coyuntural o estructural?
Pedro Pérez Herrero
IELAT-UAH
A mediados de abril de 2020 todos los medios de comunicación hablan de la pandemia generada por el COVID-19. TV, radio y prensa dedican horas y páginas a este tema. Se narra en tiempo real cómo evoluciona el número de contagiados, los curados y los muertos. Se indica la edad el género de los fallecidos y si tenían enfermedades previas. Los jefes de Estado y los presidentes ofrecen mensajes oficiales con tono grave y caras serias indicando el número de muertos y recordando la necesidad de quedarse en casa para reducir el número de los contagios. Se publican fotos dramáticas de morgues llenas de ataúdes y las cámaras de televisión muestran las calles vacías de las más importantes ciudades del mundo.
Mientras tanto, millones de personas confinadas en sus casas aplauden a las 20:00 horas de cada día para mostrar su agradecimiento al personal sanitario, a los policías, al Ejército, a las funerarias, al sector alimentario y a los transportistas. Millones de ciudadanos solo pueden salir a comprar alimentos al supermercado más cercano o a la farmacia, llevando su correspondiente mascarilla y guardando la distancia oportuna cuando se cruza con otro ser humano. Podría ser la imagen de una película distópica del fin de la civilización en la tierra, pero es la realidad. Nunca pudimos imaginar hace dos meses que veríamos estas escenas.
¿Por qué ha generado un pánico tan generalizado? ¿Por qué se ha decidido parar la economía del mundo para combatir la pandemia? Si se compara el total de las cifras de muertos causado por el COVID-19 con las generados por el hambre, las enfermedades conocidas, la violencia, los accidentes de tráfico y los desastres naturales, se comprueba que el COVID-19 no está ocasionando millones de muertos. A 14 de abril de 2020 la cifra de las muertes ocasionadas por el COVID-19 alcanzaban un total en el mundo de 121.701 fallecidos. La II Guerra Mundial ocasionó, según los cálculos más optimistas, unos 60 millones de muertos; la I Guerra Mundial se saldó con unos 22 millones de decesos; y el hambre y la desnutrición afectan a más de 800 millones de personas en el mundo al año.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) repitió hasta la saciedad que la única forma de combatir la pandemia era recurrir a la vieja receta del confinamiento (bien conocida en tiempos pasados). Algunos gobiernos quisieron saltarse estas indicaciones sosteniendo la tesis de que era mejor que la sociedad se inmunizara lo antes posible, pero al poco tiempo cuando comenzaron a llegar los ataúdes a las morgues y los ciudadanos comenzaron a sentirse desprotegidos, los dirigentes negacionistas cambiaron de opinión (muchos de ellos presionados por el descenso de votos que ello podría suponer en las elecciones que estaban por celebrarse). Finalmente, todos los gobiernos acabaron aceptando las indicaciones de la OMS. La política sanitaria del confinamiento ha cosechado en el corto plazo resultados positivos al reducir el número de contagios y fallecidos, pero ha originado una crisis económica mundial de una intensidad desconocida en la historia de la humanidad. El parón económico y el aumento del gasto público han desequilibrado las cuentas públicas generando un fuerte déficit.
A finales de 2019 el mundo se despidió con la noticia de que la economía mundial no iba todo lo bien que debía. El año de 2020 comenzó con el anuncio de la extensión de la pandemia del COVID-19 por el planeta. Todas las discusiones anteriores de cómo afrontar las crisis económicas, promover los intercambios comerciales, liberalizar los mercados, reducir el déficit público, controlar las inmigraciones, parar las violaciones a los derechos humanos, frenar el deterioro medioambiental, luchar por la igualdad de derechos, y un largo etcétera se detuvieron. Ya solo se comenzó a hablar del coronavirus, las muertes y los confinamientos. Los ciudadanos nos convertimos en expertos en cómo “aplanar” la curva de los contagios. Comenzamos a vivir solo en el presente.
Parecía no existir el futuro y el pasado no importaba. Solo algunos seguían mirando al pasado para tratar de recuperar viejas utopías en las que refugiarse (“Retrotopía” en palabras de Bauman). El COVID-19 nos dejó congelados, paralizados, inmovilizados en nuestras casas. Aceptamos el confinamiento como un mal menor, pues no había nada mejor que hacer que luchar por mantenernos vivos. Nos olvidamos momentáneamente de los derechos civiles, políticos y sociales por los que habíamos luchado durante los dos últimos siglos. Lo más curioso de toda esta historia es que de repente los viejos defensores neoliberales de los recortes y del adelgazamiento del Estado se mostraron ahora como los más fervientes valedores de las políticas de aumento del gasto público y la intervención del Estado en la economía.
Algunos de los más ultramontanos halcones neocons pasaron incluso a defender la renta universal básica, y de repente aparecieron millones de dólares para ofrecer subvenciones y rescatar todo lo que hubiera que hacer. Ningún afiliado a un partido comunista en la década de 1960 pensó que podría ver tal intervención del Estado en la economía defendida por los empresarios y los defensores del mercado.
El COVID-19 generó en una primera fase un estado de perplejidad generalizado al mostrarnos que el mundo no era tan seguro como creíamos debido a que la ciencia no estaba siendo capaz en tiempo récord de resolver el problema. Durante las primeras semanas los medios de comunicación concentraron su atención en indagar qué laboratorio estaban en disposición de encontrar la vacuna salvadora.
Posteriormente, el miedo fue creciendo cuando se comprobó que las grandes asociaciones regionales y las instituciones internacionales de distingo signo existentes vacilaban en dar respuestas adecuadas (Unión Europea, CELAC, ASEAN, Banco Mundial, FMI, ONU, FAO, OIT, OMC, OCDE, UNESCO). Finalmente, comenzamos a darnos cuenta de que el problema era mucho más profundo al constatar que la confianza que habíamos depositado durante los dos últimos siglos en que la modernidad y el progreso nos guiaba adecuadamente hacia un futuro siempre prometedor se derrumbaban como un castillo de naipes en unos minutos ante nuestros ojos atónitos.
El COVID-19 generó un pánico mundial, no por su letalidad, sino por poner en evidencia la fragilidad del mundo en el que vivimos y que creíamos que teníamos controlado. Un virus, que solo pude verse con un microscopio, derrotó a los ejércitos más poderosos del mundo, desequilibró el mundo, y nos dijo alto y claro que el sistema económico y político en el que vivíamos no era capaz de dar soluciones adecuadas a los problemas de la humanidad. Puso en evidencia que el capitalismo llevaba agravando las desigualdades sociales y que los sistemas de representación política competitivos indirectos (democracias) se había convertido en una maquinaria electoral dedicada a fomentar los disensos en vez de promover los acuerdos. El COVID-19 nos demostró de forma descarnada que el mundo se enfrentaba a un final de etapa. No era un problema coyuntural, sino estructural.
Cuando en los próximos meses se halla ganado la batalla a la pandemia, se termine el confinamiento y se abran de nuevo las calles a los ciudadanos, comprobaremos que el mundo ha cambiado. Nuestros Estados y las grandes empresas estarán más endeudados, muchas pequeñas y medianas empresas habrán desaparecido, la informalidad habrá crecido, los ingresos de los Estados se habrán mermado, la pobreza se habrá extendido y la desigualdad habrá aumentado. Estaremos ante un escenario de crisis económica, pero con el agravante de que se dará en un escenario de mayor desigualdad social y con Estados más debilitados por estar más endeudados y disponer de menos recursos fiscales para hacer frente a las demandas sociales. Presumiblemente, todo ello provocará un descredito en las instituciones, un aumento de la desafección política, ya de por sí preocupante en la actualidad, una disminución de la solidaridad internacional, cuando más se necesitaba, y una excitación de los nacionalismos excluyentes, los odios, la xenofobia, los supremacismos y los autoritarismos.
Necesitamos urgentemente una vacuna para reducir las muertes, sin duda, pero requerimos imperiosamente además de un nuevo proyecto de futuro ilusionante basado en la dignidad de las personas, la solidaridad y en el reconocimiento de las diferencias. Pero el COVID-19 nos pone sobre aviso también de que un mundo globalizado precisa de un equilibrio internacional, una gobernanza mundial, o como queramos llamarlo, que sea capaz de garantizar la convivencia pacífica de todas y todos. La igualdad y la libertad están de momento confinados, y de la solidaridad nos hemos olvidado.
El mundo no está en crisis por el COVID-19. El virus ha acelerado un proceso de desajuste económico, social y político que venía dándose desde al menos la década de 1980. Si nos empeñamos en interpretar que se trata sólo de una crisis sanitaria, y que saldremos de ella cuando se encuentra una vacuna, estaremos interpretando que se trata de una crisis coyuntural en vez estructural. Necesitamos potenciar los análisis académicos de Historia y Prospectiva globales para superar los escenarios locales de corto plazo manejados por las empresas para aumentar sus ganancias, y por los asesores políticos para ganar elecciones al precio que sea.