Virus que viajan de Norte a Sur
Mikel Arriaga Landeta
Sociólogo. Miembro de la Asociación Batera ibiliz
África subsahariana, la población más joven y de crecimiento más rápido en el mundo. Si se diera un descenso de la tasa de fecundidad, la tasa de población activa sería mayor aumentando el ingreso familiar. El que pudiera darse un salto así requeriría, además de empleo, una juventud sana y formada. Gobiernos y tutores neo-coloniales deberían invertir en salud y en capacitación desde la infancia, aunque sólo fuera porque la educación, la salud, los derechos sexuales y reproductivos y la igualdad entre géneros facilitarían la inclusión productiva de las personas jóvenes.
Sahel, de nivel de vida muy bajo, empleo muy escaso y tasas de fecundidad altísimas. La inversión en planificación familiar traería consigo una disminución de la mortalidad materna e infantil y una aceleración de la transición demográfica hacia un crecimiento económico bueno a la economía familiar. La realidad es que muy pocas niñas llegan a la escuela secundaria, el matrimonio infantil y el embarazo adolescente son habituales.
Soya (Malí), enclave rural aislado, de economía agraria de subsistencia. Sin agua ni luz ni comunicación vial ni cobertura telemática, sólo una humilde escuela primaria de enorme absentismo recuerda la idea de servicio público, la idea de estado. Las niñas cuidan de los hermanos pequeños y de los trabajos de casa mientras los niños ayudan a sus padres en el campo y en sus oficios tradicionales de herreros o carpinteros entre otros. La poligamia señala el poder del hombre, las mujeres compiten en dar más hijos al marido y pasar de este modo a ser consideradas como primera mujer.
El agua en el origen de la enfermedad y de la salud
La Iniciativa Soya, plan de desarrollo comunitario en salud, trabaja simultáneamente a corto y a largo plazo, atiende las tareas urgentes (cura de enfermos) sin abandonar las procesuales o estratégicas (acciones para la mejora del entorno físico, psíquico y social). La cuestión del agua es estratégica, se plantea hoy a sabiendas de que llevará años una resolución satisfactoria. Los agentes sanitarios educan en higiene personal, dónde tomar el agua, cómo potabilizarla o cómo eliminar focos de infección por aguas estancadas. Para ellos educar en salud es tan importante como curar la enfermedad y acuden a los patios familiares del pueblo a conversar con mujeres y hombres a la luz de la hoguera.
El origen de muchos de los principales riesgos de salud, especialmente para la población infantil más tierna y para las mujeres lactantes, está en el agua. La carencia de agua potable y consumo de agua no potable, junto a la presencia de aguas estancadas donde los niños se bañan y juegan, están en la base del paludismo, de las fiebres tifoideas, de la conjuntivitis o de las enfermedades diarreicas, por citar algunas de las más comunes. La mortalidad por malnutrición en niños y mujeres lactantes está relacionada con la carencia de agua para regadío que posibilitaría el cultivo de cereales ricos en proteínas.
La asociación Batera ibiliz (Caminando juntos), acompañamos la Iniciativa Soya desde hace cuatro años. Una de nuestras primeras colaboraciones, a sugerencia del equipo sanitario local, consistió en la dotación de agua al dispensario de salud. Un biólogo de la Facultad de Ciencias y Técnicas de de la Universidad de Bamako se trasladó a Soya por dos días, tomó muestras de agua de los pozos del pueblo y volvió a la capital. El análisis bacteriológico y físico-químico del agua de consumo dictaminó: puro veneno.
Tras pruebas científicas y tradicionales de detección de aguas profundas se procedió a perforar en el patio del centro de salud descubriendo una gran bolsa a sesenta metros. Comenzaron las obras de infraestructuras de extracción, mediante bomba accionada por energía solar, y de conducción por tubería a las salas del centro. Finalmente fueron instaladas dos fuentes a libre disposición de la población. Desde entonces apoyamos con entusiasmo cada uno de los proyectos de la Iniciativa: dispensario, obstetricia y planificación familiar, unidad de nutrición y escuela de salud.
Paludismo endémico
En toda el África subsahariana la malnutrición y el paludismo combinados constituyen la primera causa de mortalidad en las edades más tiernas. En Malí (Sahel) la tasa de malnutrición aguda es muy alta –del 13% en criaturas de 0 a 5 años cuando a nivel internacional el 10% supone ya alerta máxima- y el paludismo es endémico –el 90% de la población habita en áreas de alta incidencia-. Está presente todo el año aunque desde mayo, con el comienzo de la estación de lluvias, el mosquito y la enfermedad inician una escalada que culmina en octubre.
Hay años en que la incidencia del paludismo llega a afectar a cientos de miles de personas en el mundo (405.000 en 2018), la mayoría africanas. La actuación preventiva desde ámbitos institucionales es claramente insuficiente, un kit conteniendo una mosquitera impregnada de insecticida para las mujeres embarazadas y un comprimido preventivo para los niños menores de 5 años es todo lo que puede llegar a Soya cuando llega, generalmente en campañas nacionales. Muchas de las personas que acuden al centro de salud van ya infectadas de gravedad.
Personal sanitario de Soya
En el dispensario de salud de Soya –de población cercana a 3.000 habitantes- entre 2017 y 2019 se han registrado 5.125 consultas por paludismo y 16 fallecimientos, cifras que nos dan idea de su magnitud. La acción preventiva intensa es indispensable en entornos como éste aislados durante cuatro meses de estación de lluvias. En los meses previos a una nueva cosecha (octubre) el alimento puede escasear añadiendo gravedad a los casos de enfermedad por paludismo ya que la higiene y la buena nutrición son claves para evitar tanto la proliferación del mosquito como los estados de anemia.
Lo que encuentra el coronavirus al llegar
En África subsahariana el 85% de sus habitantes no dispone de agua y jabón para lavarse las manos, siendo ésta una de las formas más efectivas de evitar contagios. Según informe reciente de la ONU, el 63% de los africanos que viven en zonas urbanas por debajo del Sáhara –258 millones de personas– no tienen acceso a instalaciones con agua y jabón. En Malí habitan 20.000.000 de personas, 2.000.000 en su capital Bamako. El 41,6% de la población es urbana y el 58,4% rural. La media de fecundidad en el país es de 6 hijos; el 30,5 % de los niños menores de cinco años sufre desnutrición. Un 23% de la población del país no tiene acceso al agua potable y un 75% carece de saneamiento adecuado. La ratio médicos por habitantes es de 0,08 médicos por 1.000 habitantes y la de camas hospitalarias es de 1 cama por 10.000 habitantes. El riesgo de contraer paludismo es el más alto de África, lo sufren anualmente 459,7 personas de cada 1.000. (Cifras: MN especial mayo 2019).
Buscar trabajo para huir de la pobreza es el gran objetivo de africanos que migran en el propio continente. De cada cinco migrantes en África occidental, central u oriental, cuatro son de la región, con una edad media de 31 años y una relación hombres/mujeres del 53% y el 47% respectivamente. En Malí alrededor de un millón de personas migra anualmente, va y viene dando oportunidad de expansión a cualquier epidemia. No me extenderé en otras desgraciadas peculiaridades del país –entre ellas otras epidemias letales- que aumentan la vulnerabilidad de su población, sólo apuntar que la guerra del Norte mantiene a decenas de miles de malienses huidos o confinados en campos de refugiados en la vecina Mauritania.
Los sanitarios en Soya viven preocupados. Ha tenido que pasar un mes desde la aparición oficial del primer caso de coronavirus en el país el 25 de marzo, para recibir una directiva general del Ministerio de Salud; ninguna directriz concreta ni envío de material preventivo ni dirección en proximidad. Un mes en el que el equipo sanitario ha tomado las riendas de la situación haciendo provisión de recursos básicos, acudiendo a los patios familiares a contar a sus vecinos lo que está pasando y a enseñarles el uso del jabón para lavarse las manos. Lo que el coronavirus saca a la luz es la vacuidad de la estructura sanitaria nacional cuando se reclama ayuda al nivel superior, ausencia que sólo una coordinación whatsapp de colegas de la zona trata de suplir.
El equipo sanitario de Soya reparte mascarillas y jabones entre los vecinos
Mientras, se celebran elecciones legislativas (las últimas en 19 de abril), los camiones y autobuses van y vienen entre Bamako y las ciudades de Segou, Bougouni o Sikasso atestados de gente sin que nadie les detenga, las celebraciones como bautizos, bodas, enterramientos, etc., se siguen produciendo con normalidad, el Gran Mercado de Bamako funciona a plena actividad entre las 9:00 y las 16:00 de cada día… Una población pobre y analfabeta observa y participa de esta normalidad institucional de prácticas sin entender las prédicas que flotan en la nada. Hoy, un mes después de aquel primer caso reconocido, el Ministerio informa de 424 positivos y 24 fallecidos.
Mercado de Bamako
La epidemia física llega del Norte, la epidemia moral también
Dice Felwine Sarr que el tiempo en el capitalismo es un tiempo ocupado (https://blog.africavive.es/2020/04/el-tiempo-recuperado/) mientras que en África no existe el mañana y el futuro está abierto a la posibilidad. Hasta donde me es posible opinar comparto esa reflexión. La economía informal base de subsistencia de amplias capas de la población africana implica una interacción humana exuberante. Nos aturde a los occidentales cuando visitamos los mercados de calle de Bamako o los mercados de playas y embarcaderos a las orillas del río Níger, sin embargo, allí todo puede suceder, desaparecer y aparecer transformado.
Día de mercado en Segou, junto al río Níger
Esa plasticidad es la que ha movido a un grupo de cincuenta intelectuales africanos a afirmar que otra África es posible y a ver en el COVID19 una oportunidad de movilizar inteligencia, recursos y creatividad (https://blog.africavive.es/2020/04/coronavirus-juntos-podemos-salir-mas-fuertes-y-unidos/). Hacen un llamamiento a la vida y aconsejan no escuchar las voces que llegan del Norte anunciando millones de muertos y su hundimiento final. Alertan de que junto a la epidemia biológica viaja una epidemia moral, la epidemia del afropesimismo le llaman.
“El sueño es que cada cual pueda afirmar: mi casa es el cosmos. Es el conjunto del universo del cual yo soy uno de los habitantes entre otros habitantes. A medida que nuestro mundo se vuelve cada día más pequeño y el tiempo se nos acorta, es necesario que rehabilitemos esta pertenencia primera al universo. Ella debe primar sobre la segunda pertenencia a un estado territorial dado” (Achille Mbembe, 13/11/2019, Libération). Por ahí, codo con codo, vislumbran horizontes. Nada que añadir.




