Las consecuencias económicas y sociales de la pandemia
Carlos Berzosa
Catedrático emérito de la Universidad Complutense. Presidente de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).
El confinamiento al que nos ha conducido la pandemia es duro, ya está generando problemas psicológicos en muchas personas y los agravará en el futuro. Los trastornos pueden ser muchos y de diversa índole. Las consecuencias que puede tener en la evolución de los niños no las sabemos aún. Si el confinamiento es soportable es porque en estos momentos de miedo por la salud, el hecho de estar bien tanto uno como la familia, amigos y conocidos, hace que el encierro pase a un segundo plano. No es lo mismo para los que están perdiendo a sus seres queridos, y no se pueden además despedir de ellos ni darse un abrazo de consolación con la familia y amigos. La situación es trágica. También la angustia que sienten los que tienen a alguien cercano en el hospital y que se encuentran atenazados por la incertidumbre y el miedo.
No dejo además de pensar en tantas familias que viven en pisos pequeños y en muchos casos hacinados, sin ventanas al exterior pues dan a patios interiores o ni siquiera eso, ya que en determinados casos dan a pasillos o son semisótanos. Me resulta difícil pensar en cómo están resolviendo una situación tan complicada y con niños. No, el confinamiento no es igual para todos y aquí se manifiesta la desigualdad en toda su crudeza. Una desigualdad en rentas, riqueza, habitabilidad, oportunidades y derechos. También en la educación. Siempre lo ha sido, aunque con diferentes grados según los países y ciudades, debido a que en las zonas en las que viven las clases sociales más desfavorecidas son las que mayor fracaso escolar tienen. La crisis lo agrava. Se hace la enseñanza online, pero hay familias que no tienen ordenador ni tablet, a lo sumo un teléfono móvil. Quedan descolgadas del sistema. No se dan respuestas para ellas.
Qué diferencia vivir esta situación comparada con la nuestra, clases intermedias de ingresos medios y altos, por no decir ya la de los ricos, ultrarricos y futbolistas de élite. Resulta un tanto obsceno, cuando se enseñan estas viviendas por la televisión, para el resto de la población, pero sobre todo para los más vulnerables. La paradoja es que son bastantes las personas que, viviendo en condiciones tan precarias, están sacando la crisis adelante. Son los invisibles, que ahora son los que proporcionan unos servicios esenciales, como las empleadas del hogar, las cuidadoras, las de la limpieza, cajeras de supermercado, reponedores, repartidores, y muchos más, que podríamos seguir enumerando, los que se ocupan de estas labores, jugándose la vida y por bajos salarios. Por si fuera poco, la crisis económica, que ya está aquí, pero que se va a agudizar en el futuro más inmediato, afecta fundamentalmente, aunque no solo, a los más vulnerables y a los trabajadores precarios.
El confinamiento son días para la reflexión y para hacerse preguntas. Es importante esto último, de hecho en uno de los ensayos del libro de García Canclini El mundo entero como lugar extraño (Gedisa, 2015) ante una pregunta de la entrevistadora ¿Qué cambió desde que comenzaste a trabajar en las ciencias sociales? Contesta: Las preguntas. ¿Las respuestas no? Lo que pasa es que lo principal que buscamos ahora no son las respuestas. Efectivamente, así es porque el conocimiento comienza y avanza haciéndose preguntas que, en muchos casos, de momento, no tienen respuestas, o las tienen parcialmente. Con todo lo que está pasando se plantean muchos interrogantes: ¿Cómo surge la epidemia? ¿Por qué avanza tan rápidamente? ¿Por qué unos países, como Italia y España, han sido golpeados tan duramente? ¿Por qué dentro de estos países unas regiones son más afectadas que otras? ¿Se ha actuado correctamente para enfrentar la epidemia? ¿Qué es lo que nos espera con la crisis económica? ¿Qué sucederá en el futuro? ¿No cambiará nada y seguirá todo igual? ¿Si hay cambios en qué dirección irán?
Una batería de preguntas ante las cuales no hay respuestas evidentes pero que, sin embargo, hay que hacérselas. A las dos primeras han dado respuestas los científicos. En un tiempo breve han conseguido conocer el virus y saber cómo se transmite. Falta aún una vacuna y medicamentos que lo combatan cuando una persona está infectada. Se conoce además su origen, un virus que pasa de los animales a los hombres. Pero aquí viene lo más difícil, ¿cuáles han sido los mecanismos de esa transmisión? ¿Los mercados de animales salvajes? ¿Comer estos animales salvajes? ¿Por qué si esos mercados existen desde hace tiempo se ha dado ahora y no antes al igual que las comidas? ¿Es que en otros lugares de China, que no sea Wuhan, no hay mercados? ¿No comen animales salvajes en otras partes? En fin, a lo mejor hay respuestas y yo no las conozco, pero en cualquier caso no he encontrado nada escrito, ni tampoco oral en entrevistas a científicos. Las dudas existentes dan lugar también a teorías conspirativas, que yo desde luego no comparto si no se demuestran. Ha habido ya científicos que han contestado a la posibilidad de que se haya dado un accidente en un laboratorio, concretamente en Wuhan, y que con razones sólidas lo desmienten. Creo en la ciencia y también en sus limitaciones.
Lo que sí que he encontrado son posibilidades que se han podido dar para esta transmisión. Se apuntan entre otras causas, el cambio climático, la pérdida de terreno de los animales salvajes ante la creciente urbanización y la disminución de la biodiversidad. En esta línea última me han parecido muy ilustrativas las argumentaciones de un científico como Fernando Valladares, que he podido conocer en dos vídeos y en una entrevista realizada por Iñaqui Gabilondo. Me han resultado muy convincentes sus argumentos. No soy científico de ciencias experimentales y, por tanto, me gusta actuar con cautela. Pero todo parece apuntar a que la epidemia no es fruto del azar sino de un modelo de producción y consumo que está afectando al clima y que es depredador de la naturaleza.
Muchos economistas se han apuntado últimamente a la teoría del cisne negro para explicar las crisis económicas. Fue expuesta en el año 2007 por Nassim Nicholas Taleb en el libro El Cisne negro (Paidós, 2008). Se trata de señalar que las crisis son el resultado de un impacto altamente improbable. Tan improbable como un cisne negro. Ha servido a bastantes analistas para explicar la Gran Recesión de 2008. Ahora, se utiliza con más razón si cabe para la pandemia que estamos padeciendo. Particularmente comparto lo que dice al respecto James Galbraith en su libro El fin de la normalidad (Traficantes de sueños, 2018): “La visión del ‘cisne negro’ es probablemente la explicación más simple de la Gran Crisis. Asegura que, en esencia, no hay nada que explicar. Como los cisnes negros, las crisis son poco comunes. El error de no predecir un evento que raramente se produce es cosa de mala fortuna, no una señal de fallo científico. Un modelo puede ser bueno, incluso si en ocasiones se producen eventos raros e imprevistos. La visión del cisne negro centra nuestra atención en los límites de predicción, incluso de los mejores sistemas teóricos. Se puede usar para defender la opinión de que “nadie pudo prever” el desastre de 2008; pese a que algunos lo hicieron".
Es una manera de echar balones fuera para evitar conocer las causas que motivaron la crisis de 2008. Los análisis realizados por economistas, que avisaron de los riesgos, ponen de manifiesto que esa crisis fue debida al capitalismo neoliberal hegemonizado por las finanzas que adquieren más importancia que el capital productivo, lo que dio lugar a procesos especulativos y la obtención de ganancias cómodas y rápidas. Además, el capital financiero alimentó la burbuja inmobiliaria. La salida de la crisis no ha dado lugar a modificaciones de este modelo ni a cambios en el paradigma dominante en la economía.
Ha habido una falsa salida de la crisis, lo que ha debilitado a la estructura económica ante la llegada del virus Covid-19. No nos habíamos recuperado de la crisis anterior cuando ha llegado esta otra que puede por ello causar unos daños muy graves. La explicación a partir del cisne negro puede ser más factible en este caso por lo que se refiere a su aparición. Sin embargo, también ha habido científicos que advirtieron del peligro y no solo en el caso de Bill Gates. Si, además, el contexto de deterioro ecológico ha jugado un papel tan decisivo, tampoco esto apoya la tesis del argumento que utiliza Taleb de que haya sido un suceso altamente improbable. Muchos se preguntarán y ¿cómo se sabe quién predijo cualquiera de las dos crisis? Porque ahora mucha gente se sube al carro para decir si ya lo dije yo. Es muy sencillo, no obstante, pues las advertencias del peligro que se corría en los dos casos están escritas en revistas académicas, o en otro tipo de publicaciones, como libros, semanarios o diarios, además de conferencias que están grabadas. Lo que sucede es que como se vive en la confianza de que nunca pasa nada, hasta que pasa, no se les hace caso o se les tilda de agoreros. A partir de ahora, una de las lecciones que se tiene que aprender es que hay que escuchar más a los analistas y científicos que, con buenos argumentos, señalan las debilidades del sistema en el que estamos inmersos.
La pregunta que ahora nos planteamos es ¿cómo salimos de ésta? Se dice hasta la saciedad de que nada será como era antes. La reflexión de estos días nos debe conducir a la necesidad de cambiar nuestras prioridades. Lo importante es la salud y ello requiere más medios para la sanidad pública y la investigación. Revitalizar lo público y las iniciativas ciudadanas que potencian las cooperativas como forma de producción y consumo. El fundamentalismo de mercado y la globalización nos han dejado sin defensas ante una pandemia de estas características. Es necesario cambiar el capitalismo actualmente existente. Esto es lo deseable, pero ¿cómo conseguirlo?, ¿qué escenario se nos presenta?
Ante este dilema se lee y se escucha a determinados autores, como Zizek, Byun-Chul Han, Harari, Diamond, entre otros, pero menciono a estos porque son los que están apareciendo en mayor medida en los medios, en las redes, en los whatsapp. Aparte de estos autores a los que sigo, me gustaría mencionar una entrevista a mi amiga Carmen Dalmau en EFTI, centro internacional de fotografía y cine, en la que plantea tres posibilidades que me parecen muy sugerentes. La entrevista tiene como título “Un arte más comprometido política y socialmente” y en ella menciona a Antonio Negri cuando se pregunta cómo se sale de una crisis de este tipo, “hacer reconocer los derechos comunes de propiedad social es la única y justa salida para salir de esta crisis”. Si se sale de la crisis en el sentido de estos nuevos derechos de propiedad social de los bienes comunales se saldrá de un modo, si prevalece el derecho a la propiedad privada, la salida será de un modo bien distinto.
Nos recuerda a Camus cuando al final de La Peste dice: “Cuando la cuarentena se levantó por fin en la ciudad de Orán todos volvieron a sus quehaceres habituales dando gritos de alegría, como si nada hubiera pasado”. También a Tucídides que en la Guerra del Peloponeso describe la peste de Atenas del año 430 a,c. que costó la vida a Pericles y liquidó la democracia ateniense.
A mi modo de ver lo deseable sería la salida que plantea Negri, pero me temo que suceda lo que dice Camus, y desde luego lo trágico sería que se produjera el fin de la democracia. En todo caso, sí que hay otras posibilidades que suponen alternativas al fundamentalismo de mercado. He escrito tres artículos en el semanario El Siglo sobre esto centrándome en cuatro autores, Rodrik, Stiglitz, Mazzucato y Piketty. Todo dependerá de las acciones colectivas que seamos capaces de llevar nosotros mismos adelante.