Sin consenso, por favor
Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
“El Estado es todo el complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados”.
A. Gramsci
Cuando hace eones me afilié a PCE, lo primero que hice fue meterme diez días en una escuela de formación que por aquel entonces dirigía Manuel Monereo. Éramos jóvenes, un poco impetuosos y con muchas ganas de debatir y entre la variedad de alumnos que allí encontré, había un grupo que habían conformado una tendencia interna a la que dieron el glorioso nombre de “Consenso pa tus muertos”.
Me encantaron. Querían denunciar, de forma popular y jocosa, que las apelaciones a la unanimidad pretenden ocultar el conflicto y que éste es necesario, no solo para la existencia del pensamiento crítico, sino para que toda dinámica social avance. Sigo pensando, como pensé entonces, que tenían razón.
No me malinterpreten, defiendo la necesidad de llegar a acuerdos, la unidad de acción, tejer alianzas y los debates entre diferentes y lo hago porque en cualquiera de estas categorías se reconoce lo esencial que el consenso niega, es decir, el porqué del ser distintos.
Y sigo explicándome para que no me crucifiquen ustedes sin terminar de leer el artículo. Cuando todos estamos de acuerdo en algo hay consenso, y eso está bien porque en este caso es una consecuencia: estamos todos de acuerdo, ergo hay consenso. El problema es cuando se pretende que sea al revés.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, en medio del dolor por esta crisis devastadora, oigo al presidente del gobierno hacer apelaciones grandilocuentes al consenso entre todos los partidos para salir de esta, con la descarada intención de apelar a lo que Juan Andrade, con finísima ironía, una vez llamo “el espíritu de consenso de aquellos maravillosos años”. Otra vez la maldita transición, aquel entronizado tiempo en que se fraguó la fábula, la leyenda, el cuento de hadas de cuando todos cedieron amigablemente algo para sacar la democracia adelante.
Yo sé que el pensamiento crítico es como un grano en el culo, no te deja sentarte cómodamente en el sillón de la complacencia, pero para eso estamos. Hoy sabemos que la transición cambió formas, pero dejó intactas estructuras de poder político, judicial y, sobre todo, económico y que lo mejor de aquel periodo se conquistó a base de luchas que arrancaron derechos a los que nunca quieren cederlos. Vivimos una crisis terrible cuyas consecuencias prevemos aún más duras y sería bueno que en vez de apelaciones idealistas a un mito, echáramos una mirada crítica al pasado reciente para no volver a equivocarnos.
Los lectores conocen perfectamente lo que ocurrió durante la anterior crisis económica, así que me ahorro exponer lo que significaron la austeridad y los recortes, los rescates a la banca y la devaluación salarial, los desahucios y los fondos buitre, los regalos fiscales y el no llegar a fin de mes. Pero quizá esté bien recordar en política quién defendía qué y a quién representaba.
Ingenuidades aparte, a las elecciones se presentan distintos partidos políticos porque son la representación de un conflicto. Defienden intereses distintos (de clase, de fracción de clase o de identidad) por lo que apelar al consenso entre quienes defienden regalos a la banca y los que queremos nacionalizarla, no es racional. Es pretender que churas y merinas sean una sola oveja, que tirios y troyanos vayan de la mano o que amos y esclavos piensen igual.
La derecha española, tan atávica ella, no aceptará nunca acuerdos ni siquiera cosméticos o superestructurales, al considerar el poder y este país su patrimonio hereditario. Esto lo sabe quien al consenso apela así que, ¿por qué lo hace? Más allá de la miope disputa por la narrativa, la única respuesta posible, consciente o inconsciente, es que apelan al consenso, precisamente, para evitar el conflicto.
Y aquí entra la maravillosa paradoja de esta crisis.
Ahora que el rey está desnudo, que nos estalla la falta de medios, los recortes en sanidad, la precariedad en los contratos y la debilidad económica, surge con fuerza un nuevo sentido común, un consenso social (del bueno, al ser una consecuencia) sobre el que construir la salida de esta crisis con un amplísimo acuerdo. La opinión pública, el sentido de nuestro tiempo (llámenlo como quieran) nos marca el camino que me atrevo a resumir en tres obviedades, hoy evidencias, sobre las que sí se está construyendo el consenso social para la era pos-vírica:
Evidencia uno: necesitamos más Estado y esto no hay quien lo cuestione; mejor sanidad y educación pública, una economía que produzca cosas y repensar el camino para dejar de ser La Florida de Europa.
Evidencia dos: cuando ha hecho falta, quienes estaban ahí no eran accionistas encorbatados, sino una cajera de supermercado, una doctora de la seguridad social, un policía local, la bici de un repartidor y la azada de una agricultora, una pyme reconvertida para hacer mascarillas o una cuidadora mal pagada yendo cada día a trabajar a ese horror que han sido las residencias de mayores. Los que nos cuidan, nuestros héroes, la épica de una clase trabajadora que merece ser la protagonista de la reconstrucción, que tomemos partido por ella.
Evidencia tres: cuidar importa. La responsabilidad con la que la inmensa mayoría nos hemos tomado el confinamiento, para cuidarnos entre todos, ha hecho que el muro entre el trabajo productivo (el asalariado, el que produce) y el trabajo reproductivo (cuidar a niños y niñas, a nuestros mayores, hacer la compra, la comida…) sea más visible y un poco más difuso.
Utilizando un razonamiento lógico, estas tres evidencias concluyen en la inexcusable necesidad de intervención pública y menos mal que nos ha pillado con un gobierno de coalición progresista. De ahí la agresividad patológica de Vox (ellos, en sí, son una patología), la irracionalidad del PP, la reacción de la patronal y el miedo en el IBEX. Ninguno de ellos, ni a quienes representan, van a ceder graciosamente sus privilegios.
Si apostamos por una reconstrucción del país para la mayoría social, va a haber conflicto. Es inevitable.
No hay salidas salomónicas que puedan contentar a todos, si en ese “todos” se incluye a los que usan paraísos fiscales, abusan de contratos precarios o quieren dinero público para ellos y mando dura para los demás. Pero sí una salida social perfectamente posible, técnicamente viable y socialmente aceptada: más estado, más industria sostenible, más protección social y laboral y, sobre todas las cosas, embridar la cantidad cósmica de dinero inyectado a los mercados financieros para que no sean éstos y su ruleta de casino quienes acaben decidiendo qué va a pasar con nuestras vidas.
Las salidas salomónicas son falsas; a fin de cuentas, el rey Salomón no partió el niño por la mitad para contentar a las dos mujeres que proclamaban ser su madre; se lo dio enterito a su madre verdadera. Hizo justicia. Tomó partido.