Demasiadas preguntas sin respuesta
Antonio Navarro
Sindicalista y activista social
En el momento de escribir este artículo la reclusión continúa, no sabemos cuándo y de qué manera finalizará la crisis de Salud global. Quienes visitamos las redes sociales, hemos asistido a un festival de bulos y mensajes enviados por rabiosos energúmenos con una notable ausencia de sensatez. Debe ser una reacción psicosomática al confinamiento. Muchas personas de buena fe, presentan un cuadro clínico en el que la impotencia y la ira anulan su objetividad.
Hagamos un breve recuento cronológico, el pasado 7 de enero se constituyó el primer gobierno de coalición desde el restablecimiento de la democracia; dos meses después, el nuevo gobierno declaró el estado de alarma, que incluía la orden de confinamiento para la mayoría de la población, y comenzó a definir un paquete de medidas de carácter económico y laboral destinadas a proteger a la ciudadanía. En ese breve periodo de tiempo, el gobierno afronta una pandemia mundial de la que no se conocen vacuna ni medicamentos con garantías. A medida que crece el número de fallecidos y contagios se despierta el pánico; para las personas con otras patologías la enfermedad es letal, aunque no solo para ellas. La paralización de la actividad productiva generará daños incalculables en la economía española. Es decir, habrá un antes y un después una vez superada la crisis de Salud.
No soy economista, dejo en sus manos la evaluación de los daños, así como las medidas y mecanismos que se deban de poner en marcha para atajar las consecuencias económicas de la pandemia. Así pues, mi reflexión tratará de abordar otros asuntos, ¿de qué forma va a encarar la ciudadanía el después? ¿cuáles serán los resortes políticos-ideológicos del mañana? ¿estamos ante el capítulo final del capitalismo? Veamos. Por lo que hemos observado durante la reclusión, la ciudadanía, en una proporción mayoritaria, ha mostrado una disciplina ejemplar, por miedo al contagio, pero también por responsabilidad. Los aplausos solidarios en reconocimiento a la labor del personal sanitario han unido a izquierdas y derechas, veremos si la solidaridad se confirma cuando se produzca el debate de la reforma fiscal y, con ello, el reforzamiento de los servicios públicos de salud.
Por otro lado, en el debe intolerante, un nuevo contingente se ha unido a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, lo denomino policía de balconing, formado por todos aquellos que increpan a paseantes sin conocer las razones que les han llevado a salir a la calle. En ese sentido, merece prestar atención al lenguaje belicista que, a modo de metáfora, compara la guerra con la extinción de la enfermedad; sin embargo, parece evidente que no estamos en guerra, no se han producido saqueos ni mucho menos un incremento de robos, es una crisis de salud y se la combate -permítaseme la expresión- con investigación, personal e infraestructuras. El ejército en la calle es una exhibición innecesaria, tal vez para justificar su existencia y el gasto presupuestario que supone mantenerlo. No me hablen de la UME, porque su labor bien puede ser realizada con la misma eficacia desde instancias civiles. Igual sucede con Cáritas y la Iglesia Católica, un espejo que oculta su poder y la inmensa fortuna y patrimonio acumulados durante siglos con el sospechoso silencio de la Conferencia Episcopal.
Hemos pasado de expertos entrenadores de fútbol a experimentados epidemiólogos, la enfermedad y cómo afrontarla nos ha permitido conocer cuánto ha perdido la ciencia con tanto experto a domicilio. Las derechas dicen una cosa y la contraria, prisioneras de impotencia; naturalmente, lo habían visto venir y en el transcurso de un día pasan de proponer la paralización productiva total a criticar la adopción de la medida por parte del gobierno. Casado, recluido en una puesta en escena grotesca, se esfuerza por transmitir una imagen de estadista, hasta que abre la boca y por ella sale una indisimulada incompetencia: banderas a media asta y monumento a las víctimas. Deseosos estamos de conocer sus propuestas. Ni una sola mención a las medidas económicas y laborales adoptadas, a las provocaciones del ministro holandés o la insolidaridad de Alemania y Holanda, quizás porque piense que cuanto peor, mejor. Pedirle responsabilidad es como pedirle a un sediento que no beba agua, un imposible.
Mañana no acabará el binomio izquierda-derecha, incluso es probable que gane en relevancia. Sin duda, en relación a los servicios públicos y su dotación, en especial los de salud, entremos en un estadio diferente en el que pocos negarán la necesidad de dotación presupuestaria con ese destino; tal vez, la investigación científica, olvidada por todos los gobiernos, logre situarse en la media europea y se ponga fin a su maltrato histórico. Nada será como antes, tras décadas de externalización y deslocalización productiva, la huida a países con mano de obra barata y sin derechos requiera repensarse, no hacia un modelo proteccionista sino mirando a Europa y evitando posiciones de oligopolio. Un mercado exterior dependiente de las multinacionales norteamericanas, China o el expansionismo ruso equivale a una muerte asistida, no solo en lo económico sino también respecto a la posibilidad de una sociedad abierta y plural o un modelo de sociedad respetuoso con los derechos humanos y las libertades individuales y colectivas.
El escenario planteado por el filósofo coreano Byung-Chul Han en un reciente artículo publicado en el diario el País, “La emergencia viral y el mundo del mañana”, describe un presente en el que emerge un futuro aterrador. Confucio, en las sociedades asiáticas, es una fuente de valores y modos de vida, como la autodisciplina, el cumplimiento de las obligaciones sociales, la relación entre soberano y súbditos, diferentes a los de las culturas judeocristianas. La dictadura China contribuye al estricto cumplimiento de las órdenes del Estado y junto al algoritmo y la tecnología forman un cóctel explosivo, un control ciudadano que, visto desde Europa, se antoja distópico. Se anulan derechos básicos, la libertad de movimientos, la intimidad, disentir. Un Estado digital-policial, como en el “1984” de Orwell, asimilable a la realidad de esos países (China y Corea del Sur).
La reclusión será obligada y pasajera, el Gran Hermano no. Atención, pues, a un mañana distópico, a la renuncia a la Revolución y la Ilustración en el nombre de Securitas. Esta pandemia puede que sirva para ponernos sobre aviso acerca de las consecuencias del cambio climático, una invitación a repensar el modelo de vivir, trabajar, consumir y relacionarnos. El daño al planeta Tierra puede ser irreparable sin un cambio radical en el modelo de crecimiento. Hoy es un virus, mañana puede ser una sequía global o la falta de agua potable suficiente. No se trata de alarmar o proclamar el colapso, es un aviso con vistas a un mañana distinto que hay que iniciar ahora; se trata de poner en cuestión el modelo capitalista, no ya por injusto y cruel, que lo es, sino por su carácter extractivo e irresponsable con el medio ambiente, por la amenaza que ya supone. Sin duda, situar en el primer plano de las preocupaciones ciudadanas el cambio climático puede contribuir a un mañana distinto. No es con miedo con lo que creo debe darse un cambio de valores o un nuevo sentido común; el miedo es un mal aliado de las ideas transformadoras y de la libertad, paraliza, nos hace inseguros y crea una ciudadanía insolidaria, egoísta. Por puro pragmatismo, sentido de supervivencia o inteligencia colectiva hay que pensar en lo común y lo colectivo, sin olvidar que somos individuos diferentes unos de otros. La exhibición ciudadana a la que hemos asistido días antes del confinamiento, la acumulación histérica de papel higiénico, es justo lo contrario a mis deseos.
Ya que hemos mencionado el capitalismo, vayamos con él. No han sido pocos los analistas políticos e intelectuales que, a propósito de la crisis, anuncian su fin. Aprovechando el regreso de Keynes, algunos incluso se atreven a vaticinar la vuelta del comunismo o de un actualizado capitalismo renano. El modelo neoliberal está haciendo aguas, lo hacía ya antes de la crisis; sin embargo, en el sentido común popular no hay nada que lo sustituya, al menos entre amplios sectores sociales; unos meses de reclusión son muy poco tiempo para impugnar una era capitalista que ya dura siglos, desde Hobbes, pasando por Darwin y terminando con Milton Friedman o Fukuyama. El mundo de las ideas se ha construido en la competencia, la ley del más fuerte, la meritocracia... las experiencias comunistas resultaron un rotundo fracaso, la socialdemocracia, un periodo pasajero exitoso que se travistió de social-liberalismo con la Tercera Vía de Tony Blair. Sin un modelo a contraponer al capitalismo, la tarea de sustituirlo se hace aún más inmensa.
Es más probable una reordenación de los mercados, el dinero también es miedoso. Se habla de un nuevo Plan Marshall, un socialismo participativo basado en gravar la riqueza y los grandes patrimonios (como preconiza Piketty), el ingreso mínimo universal… Hay un amplio menú de alternativas a explorar. El fin del capitalismo todavía está por llegar, sobre todo porque no hay un modelo alternativo en el que mirar. No significa, al menos para mí, renunciar a liquidarlo, pero prefiero andar paso a paso, construir comunidad a partir de lo disponible, que es lo cercano, mi barrio, mi sindicato, las personas con las que comparto militancias o lo que me une con colectivos.
Sabemos que la crisis de salud se está transformando en crisis económica y social. La resistencia es una cualidad a cuidar por lo que pueda venir. No me atrevo a vaticinar si las ideas identitarias, el conflicto catalán, el nacionalismo españolista o el banal, mantendrán la misma fortaleza, pero si algo nos ha enseñado la pandemia es que vivimos en un mundo en el que las fronteras no sirven. Somos muy pequeños, poquita cosa si, solos, hemos de enfrentarnos a una adversidad como el Covid-19.
Ojalá se pueda recuperar la importancia del mestizaje, el universalismo, la cooperación o los valores que permiten tejer lazos de solidaridad. Ojalá, pero también puede suceder lo contrario, tengo tendencia al pesimismo; puede ser que no aprendamos nada y pretendamos olvidar la crisis de salud igual que un mal sueño, que volvamos a la calle desconfiando unos de otros y convirtamos el aislamiento individual en social, refugiándonos en los mismos palacios de cartón piedra. Si eso sucede solo cabe esperar cuál será la próxima.