La bolsa o la vida
Laura Gómez Hernández
Politóloga, investigadora y experta en políticas de igualdad de género y participación ciudadana
Uno de los grandes dilemas en la respuesta a la covid-19 ha sido la de decidir si poner o no a hibernar la economía, con el fin de contener la pandemia y evitar que el colapso sanitario impidiera salvar muchas vidas.
Hibernar la economía ha significado en la práctica limitar el trabajo mercantil presencial, redirigiendo buena parte de la actividad laboral a los hogares vía teletrabajo, a excepción del empleo vinculado con los sectores considerados esenciales. El shock en el mercado laboral no se ha hecho esperar y ha adquirido dimensiones históricas: miles de empleos destruidos o suspendidos temporalmente. De ahí que buena parte de los esfuerzos institucionales hayan estado dirigidos a poner freno a la sangría del cierre de empresas y despidos por la vía de los ERTE, así como a limitar el impacto de la pérdida y la reducción de ingresos provenientes de los salarios vía prestaciones por desempleo.
La inmensa mayoría nos hemos empobrecido tanto en las últimas décadas que dependemos de un salario. Aunque tenerlo se ha convertido en una cosa cada vez más intermitente y ni siquiera tenerlo nos saca del riesgo de pobreza (España es el tercer país de la UE con el mayor porcentaje de trabajadores pobres, en su inmensa mayoría mujeres).
Por eso, aunque insuficiente, no cabe despreciar el esfuerzo hecho por el gobierno de Unidas Podemos y PSOE para proteger a quienes tienen un vínculo precario e informal con el mercado o para quienes no habían conseguido tenerlo. Es verdad que muchas de las medidas son préstamos en condiciones blandas que no cancelan el endeudamiento privado para pagar derechos básicos como la vivienda. Pero otras, como la prestación por desempleo para las empleadas de hogar o el ingreso mínimo vital anunciado, además de imprescindibles, son simbólicamente relevantes por el horizonte de sentido que abren. Por algo han puesto el grito en el cielo la patronal, los obispos y las ultraderechas españolas.
Digo que no cabe menospreciar el esfuerzo porque la herencia es tremenda. Un modelo que protege socialmente frente al virus como un cuerpo social inmunodeprimido. Cada vez menos y peor desde lo público y cada vez más desde un sector privado democratizado a precio barato a costa de las personas usuarias y las trabajadoras. Un modelo productivo intensivo en sectores con un fuerte impacto ecológico. Una deuda soberana disparada que básicamente es la herramienta de chantaje que los mercados financieros utilizan para exigir que los Estados pongan en venta lo que les queda de recursos públicos. Una política fiscal regresiva que ha ido vaciando las arcas públicas y limitando la capacidad de gasto social. Y una UE haciendo equilibrios precarios entre echar una mano y no abrir una grieta por la que se cuelen cambios de inspiración fraternal que sean difíciles de revertir.
Todas las medidas puestas en marcha eran necesarias. Pero lo que no hay duda es que lo que se considera “economía” se mantiene dentro de los márgenes estrictos de una economía monetizada y “productiva” enredada en ese ciclo infernal de financiarización, destrucción ecológica, depredación del Sur Global, explotación laboral, sobreproducción y consumo. Esa que a su vez escupe sobre la naturaleza y el cuerpo de las mujeres. Los usa para extraer valor, pero no los contabiliza en su balance de costes. El negocio es redondo, pero las consecuencias son catastróficas para la una y para las otras. Que es tanto como decir, para la vida presente y futura.
La pandemia nos ha enseñado que cuando la economía “productiva” se pone a hibernar, el entorno vivo no humano empieza a sobrevivir. También, que hay un montón de trabajos, bienes y servicios domésticos y de cuidados que se intercambian que no sólo son imprescindibles, sino que además proveen un bien-estar que opera fuera de los radares institucionales y mercantiles. Y, finalmente, que haber impulsado institucionalmente la resolución de parte de esos trabajos a precio barato -véase empleo de hogar y privatización de servicios de cuidado en su vertiente sanitaria y asistencial- tiene consecuencias catastróficas cuando la lógica del beneficio opera en servicios básicos para la vida humana.
Esa mirada institucional estrecha de la economía ha tenido en cuenta de manera muy parcial los efectos que las medidas de confinamiento e hibernación “productiva” iba a tener en la cara oculta de la economía. Esa a la que algunas feministas han llamado economía de los cuidados y que no tiene más remedio que comportarse como un colchón infinitamente flexible adaptado a lo que dicta la primera. Es lo que tiene ser invisible. El teletrabajo ha implicado llevarse la fábrica a las casas y aumentar la carga de trabajo global sin que ni siquiera en una situación de confinamiento se haya conseguido distribuir de forma igualitaria entre mujeres y hombres el trabajo doméstico y de cuidados, tal y como ponen de manifiesto estudios recientes.
El derecho a la reducción de jornada por cuidados hasta el 100% ha sido demandado fundamentalmente por mujeres que han visto al tiempo sus ingresos radicalmente mermados. Y eso para las más afortunadas. Porque los hogares monoparentales encabezados por una mujer, las grandes malabaristas siempre en la cuerda floja, no se lo pueden permitir. Y si además eran empleadas de servicios esenciales, básicamente han tenido que arreglárselas tirando de redes vecinales y voluntariado. Por no hablar de las empleadas de hogar internas en una situación vital agravada bien por un trabajo no interrumpido bajo el confinamiento o bien porque se han visto de un día para otro de patitas en la calle sin hogar al que volver.
Se está dibujando una nueva configuración de la resolución de los cuidados que intensifica el trabajo doméstico y de cuidados en los hogares vía digitalización de la vida cotidiana y económica: teletrabajo, docencia virtual, compras virtuales, teleasistencia... Una vuelta de tuerca en la reprivatización de los cuidados entre cuatro paredes. Podría haber llegado para quedarse. Lo hace, además, en un marco en el que la destrucción masiva de empleos en sectores feminizados proyecta un futuro para las mujeres de retorno al hogar, pero ahora más empobrecidas y menos autónomas.
Se están trazando nuevas fronteras entre el mundo de la producción de las cosas y el mundo de la reproducción de la vida. Lo que nos jugamos es la forma que adoptará ese conflicto histórico y que la pandemia ha venido a acelerar y sincerar. Asoma un nuevo escenario de batalla que se libra entre una correlación de fuerzas cada vez más desigual. Porque la del 2008 se resolvió en términos regresivos para las muchas. Pero entonces también se inició un ciclo de movilizaciones feministas históricas que nos enseñó a llamar a las cosas por su nombre. Ahora como entonces aprendimos que no es la pandemia es el sistema. Esa narrativa feminista de las crisis y la memoria de resistencia son, probablemente, nuestra mejor vacuna para evitar que se nos cuele otra vez una agenda de normalidad que recupere los circuitos económicos de un metabolismo enfermo exprimiendo aún más las condiciones de posibilidad para la creación y reproducción de la vida misma.
Necesitamos una economía de los cuidados que dé una respuesta socialmente justa a la satisfacción de necesidades materiales y afectivas básicas para la supervivencia (comer, limpiar, escuchar, tranquilizar, aconsejar…) que históricamente han resuelto las mujeres y que está en el centro explicativo de la experiencia discriminatoria y desigual en la que sus vidas se desarrollan. Una nueva economía de los cuidados que, además, debe guiar e impulsar una transición que descentre la lógica del beneficio y facilite la reinvención de un modelo socioeconómico que, en un ejercicio de realismo, parta de los límites materiales que hacen posible la vida y su continuidad.
Pero, en lo inmediato, sobre todo, necesitamos una respuesta institucional que, en primer lugar, apunte a la ideología que está detrás del saqueo y evite que otros usen el malestar para construir enemigos imaginarios que siempre son los mismos: el feminismo, la inmigración, el independentismo, la izquierda.
En segundo lugar, que fortalezca la musculatura del tejido nacido en las calles para encontrar respuestas no lastradas por las herencias institucionales recibidas e impida crear condiciones para que se utilice el nuevo miedo a las pandemias y el distanciamiento social (que crea el distanciamiento físico y el confinamiento) para incrementar el control social y dificultar la resistencia crítica a través de nuevos dispositivos de vigilancia digital.
Y, por último, pero no menor en importancia, que haga crecer las alianzas que van a ayudar a ampliar una consciencia ciudadana corresponsable que acompañe el enorme desafío que tenemos por delante de transición ecosocial. Ningún gobierno lo va a resolver solo. Los corsés aprietan y los de la bolsa acechan ansiosos.