Políticas educativas y diversidad lingüística
Marià de Delàs
Existen diferentes formas de entender la educación. Así lo expone con claridad José Saturnino Martínez en el texto de apertura de este debate, en el que insiste en la importancia de considerar el estudio como un fin y no como un medio para alcanzar recompensas en forma de notas, de “pase hacia el ascensor social” o de posibilidades de llevar una vida digna.
En su ponencia pone en cuestión la idea según la cual la educación solo tiene sentido en la medida en que representa “un bien de salvación”. En sentido contrario lo que plantea es que “el premio por estudiar es el propio estudio”, sin ignorar por ello la existencia de imperativos diversos en conflicto, como son los del “dinero”, la “tradición” o el “desarrollo personal”.
En cuanto a este tercer aspecto, conviene recordar una vez más la reflexión de un personaje tan interesado por la ciencia y la enseñanza como Albert Einstein, cuando puso el acento en la formación personal, necesariamente alejada del atiborramiento de datos, nombres y fórmulas. “Es un verdadero milagro que la pedagogía moderna no haya llegado a ahogar completamente la santa curiosidad de la búsqueda. Creo que se podría, incluso, hacer desaparecer la voracidad de una fiera salvaje sana, a base de obligarla, bajo la amenaza del látigo, a comer constantemente aunque no tuviera hambre y, sobre todo, eligiendo de forma apropiada el alimento que le forzaría a tragar", escribió.
Eduardo Sabina, Carmen Heredero y Luis García Domínguez advierten en sus intervenciones en este debate, con mayor o menor énfasis y exhaustividad, sobre la necesidad de prestar atención a la Formación Profesional. Y expresan preocupación por el crecimiento de la enseñanza privada en cualquier ámbito, particularmente en algunas comunidades.
Efectivamente, se echa en falta últimamente en nuestras sociedades una cierta radicalidad en la reivindicación de la enseñanza pública. Radicalidad en sentido estricto, porque se trata de atacar la raíz del problema. Es el elitismo, indisociable de los privilegios de la enseñanza privada, que lejos de contribuir al desarrollo personal y social, fomenta personalidades individualistas, dominantes, duras, competitivas y agresivas. Insociables, en definitiva, porque el elitismo fomenta el miedo a nuestros semejantes. Por eso los negocios “educativos” favorecen la segregación.
Segregación, como dice Cynthia Martínez, que “equipara la educación al libre mercado” y priva al alumnado de “la riqueza de desarrollarse en un aula y una escuela diversa, que refleje la riqueza cultural de la sociedad”. Diversidad que se empeñan en combatir quienes ignoran la realidad plurilingüe del Estado español, los que en vez de apreciar como un patrimonio valioso las lenguas diferentes del castellano las consideran como un estorbo y trabajan para que el catalán, el euskera y el gallego se utilicen lo mínimo posible en los centros de enseñanza.
Enemigos de la diversidad son los que se oponen a la inmersión lingüística en las aulas de Catalunya, Balears, País Valencià, País Vasco y Galicia, pero también los contrarios a la utilización y enseñanza de idiomas no castellanos como los de Asturias y Aragón. Los partidarios de la uniformidad se encuentran sobre todo en determinadas empresas privadas, pero también en las administraciones públicas. Se les distingue fácilmente cuando construyen discursos absurdos según los cuales el castellano se encontraría contra las cuerdas en determinados ámbitos como consecuencia de las políticas de normalización de las lenguas propias de las diferentes naciones del Estado, pero también cuando manifiestan que el castellano es la lengua que nos une, como dijo recientemente una ministra. El idioma de Castilla debe prevalecer, según ellos, y la ciudadanía que no lo tiene como propio ha de optar por ceder. Por eso prohíben su uso en instancias como el Congreso o el Senado.
Cualquier política educativa responsable debería estar dirigida a erradicar la segregación por razones culturales, a fomentar la igualdad, desterrar la uniformidad y a considerar la diversidad lingüística como un patrimonio humano de enorme valor. Como dijo Octavio Paz, “cada lengua que se pierde es una visión del hombre y del mundo que desaparece”.
En Catalunya, durante los últimos quince años, según datos de la Generalitat, la lengua catalana ha padecido y padece un retroceso progresivo en las escuelas, tanto por el uso que realizan los estudiantes como por el de los profesores. Actualmente, solo el 39,4 por ciento de los alumnos de ESO se dirige en catalán a los docentes, entre los cuales, cuando hablan a sus grupos, solo lo hace en catalán el 46,8 por ciento. Hace 15 años superaban el 63,7 por ciento.
Las causas de esta regresión no se encuentran tan solo en la voluntad de las élites y de determinados gobernantes, claro está. Desde los tribunales a menudo se dictan normas para intentar determinar políticas educativas, casi siempre en el terreno lingüístico. Las directrices de esos peculiares “pedagogos” togados no debería influir pero influye en la conducta de no pocos profesores.
La utilización del castellano en la mayor parte de medios de comunicación es apabullante. Los índices de audiencia de la radio y la televisión pública de Catalunya son más que importantes, pero en conjunto la oferta de las televisiones privadas y de la pública estatal se imponen muy por encima de la pública catalana. La población infantil apenas puede encontrar contenidos en catalán. En internet y en las redes sociales los esfuerzos de normalización del catalán en sus territorios encuentran serias dificultades ante el poder del castellano. Vivir en catalán resulta cada vez menos posible y todo ello incide con fuerza en las actividades académicas.
En otro tiempo, particularmente durante la dictadura, toda la población en edad escolar recibía todas las clases en castellano. La lengua y la cultura catalanas sufrían persecución, pero muchas chicas y chicos hablaban en catalán en el patio y en la calle, a pesar de no poder estudiar y conocer su gramática. Hoy en Catalunya conviven centenares de lenguas fuera de las aulas, pero dentro de ellas progresa el castellano. Desaparecieron las clases magistrales, porque tal como señaló recientemente el conseller d’Educació, Josep González-Cambray, “la relación entre el alumnado tiene un papel más preponderante en el desarrollo del aprendizaje”. En este contexto es preciso evitar la exclusión del catalán. Hoy se sostienen menos que nunca los discursos según los cuales en la escuela pública catalana se adoctrina ideológicamente a los niños. Las palabras del ministro José Ignacio Wert en las que reconocía la voluntad de “españolizar a los alumnos catalanes” han quedado, cabe esperar, como un simple mal recuerdo.
La inmersión lingüística fue y debe seguir siendo en todos los territorios con lengua propia una herramienta de democratización y de trabajo en todos los centros educativos y de formación profesional, en contra del elitismo, de la segregación social y de los privilegios, en favor del progreso en los niveles de conocimiento, de la convivencia y la cohesión social.