Las tres mentiras del ideario educativo conservador
Pedro Badía
Secretaria de Política Educativa. Políticas de Infancia y Política Institucional. FECCOO.
¿Es medible el esfuerzo? ¿es mucho esfuerzo, poco esfuerzo, medio esfuerzo el que hacen a diario los más de 2000 niños y niñas de La Cañada, que sin luz eléctrica realizan sus tareas escolares, se asean para asistir a la escuela limpios, se abrigan con siete capas para poder aguantar el frío invierno de Madrid dentro de sus casas y seguir con sus vidas?
Si esos fueran los indicadores de una ‘ambigua cultura del esfuerzo’ estos niños y niñas obtendrían los mejores resultados. Los niños y las niñas de la Cañada Real, Madrid, se esfuerzan, su situación vital, económica, social, cultural no es medible. Al contrario, ese esfuerzo les genera frustración y desánimo. Sin luz eléctrica desde más de un año, habitando gran parte en infraviviendas, impropias de una sociedad avanzada como la nuestra, y un escaso acceso a aquellos bienes que le permitan una vida digna. Para ellos y ellas la igualdad de oportunidades, el otro gran mantra de la ideología más conservadora es una quimera, pues ha demostrado mantenerlos en una espiral de desigualdad. Una metáfora, que, junto al esfuerzo, constituyen las ideas más peligrosas del pensamiento educativo conservador. Asumidas por amplios sectores de la sociedad e, incluso, por los más progresistas: cada uno termina teniendo lo que se merece. No hay esfuerzo ni igualdad de oportunidades sin equidad. Al menos esto es lo que nos dice la literatura social y pedagógica más reciente.
Fernando Álvarez-Uría en su magnífico libro Sociología y Literatura. Dos observatorios de la vida social, Morata, dedica el capítulo uno a “Sicilia como metáfora política” escribe que el abate Pierre al recibir la noticia de que la Congregación del Index había decidió condenar su libro se convenció de cuán imbécil es la ilusión de los que esperan que salga cualquier día un brote de alma moderna de ese sepulcro en donde duerme la descomposición de los siglos.
El esfuerzo y la igualdad de oportunidades como metáforas del pensamiento más conservador, que esconde el ideal de una educación de calidad para unas pocas personas que la tienen al alcance de su bolsillo. El sistema educativo como una máquina, perfectamente engrasada de selección y exclusión. Como mucho, de vez en cuando una pincelada de distinción: cambiar algo, para que nada cambie. Recomiendo, en ocasiones me pongo pesado, la lectura de su libro, pero especialmente dos capítulos que me han hecho reflexionar por su fuerza y modernidad: Sicilia como metáfora política y Estrategias de resistencia contra la explotación laboral en la América Profunda.
En el interior de conceptos como esfuerzo e igualdad de oportunidades habitan los sueños más individualistas y antisociales, aquellos que desdibujan los ideales más humanos y convierten en antiguallas las alternativas sociales y políticas de la izquierda. La pobreza, la violencia de género, la explotación laboral, el paro, la precariedad, la destrucción del medio ambiente, se van incorporando a la cabeza del niño y de la niña, del adolescente, de la juventud, como situaciones consustanciales a la propia existencia sustituyendo una moral social, fundamental para luchar contra las injusticias, por un mundo de emociones donde prevalece el yo contra las relaciones sociales y la cultura de paz. Es el tercer elemento, clave de la ideología conservadora: el individualismo enmascarado de neutralidad educativa.
José Ignacio Wert, el ministro de Educación del gobierno del PP, conocía bien las tres mentiras del ideario conservador: el esfuerzo, la igualdad de oportunidades y la neutralidad o despolitización de la educación. Les dio cuerpo legal y elaboró una ley, la LOMCE, con una gran carga ideológica; muy de partido del gobierno conservador, se aprobó con la mayoría absoluta del PP, con el resto de las fuerzas políticas en contra y de la mayoría de la Comunidad Educativa; y pensada para contentar a los sectores más conservadores de la sociedad y de la Iglesia católica española.
Además, abrió la puerta a la judicialización de temas de carácter político y cultural como es el de la lengua, véase el embrollo con Cataluña. Una ley que aplicó la agenda conservadora de la a la z y que tuvo una contestación social y política histórica. Era tan extrema en sus consideraciones, tan reglamentista en su intervención y de tan difícil aplicación, que concitó tres huelgas generales en el sector de la educación, convocadas por organizaciones de distintos signo ideológicos y políticos; una marcha sobre Madrid desde todos los territorios; el compromiso por escrito de toda la oposición parlamentaria de derogarla si el PP perdía las elecciones generales; y después de la moción de censura contra el gobierno de Mariano Rajoy, el Congreso con 186 votos a favor decidió la paralización del calendario del aplicación de la LOMCE. Incluso los más veteranos y veteranas de la derecha española sabían que la ley Wert era un tren que circulaba por el andén, en vez de por la vía.
Particularmente pienso que la nueva ley de educación la LOMLOE sin intentar hacer la revolución educativa, al PSOE siempre le ha costado afrontar la educación, la economía y las relaciones con la Iglesia sin mirar por el retrovisor, sí que resaltaría algunas bondades apreciables: desmonta las tres mentiras del ideario conservador -esfuerzo, igualdad de oportunidades y neutralidad-, se esfuerza en hacer ver lo importante que es conocer el mundo en el que vivimos, sus leyes y cómo educarnos para mejorarlo y, lo que más me gusta, apuesta por la equidad para que ningún niño, niña, adolescente y joven se quede atrás. Recuperando el sentido más ético del esfuerzo, la consideración más equitativa de la igualdad de oportunidades, y ennobleciendo la política y la cultura como partes sustanciales del sistema educativo.