Sistema escolar, expectativas sociales, crisis económica, clases sociales y segregación escolar
Pedro González de Molina Soler
Hay suficiente evidencia empírica por la que sabemos que la situación económica de los padres y madres (situaciones de desempleo, pobreza, etc.) afecta al rendimiento escolar del alumnado. También el rendimiento es afectado por las expectativas que se puedan generar para el empleo y el futuro en el barrio donde vivan. El ecosistema donde esté radicado el centro escolar, al igual que el alumnado que asiste al mismo, se ve influido por dicho ecosistema y ambiente, y este influye en las desigualdades que hay entre el alumnado, que se dan mayoritariamente fuera de las aulas.
En una situación donde los puestos de trabajos son más escasos, las ventajas comparativas que se pueden obtener para tener más posibilidades para alcanzar dichos trabajos no siempre están al alcance de todos, como son los estudios en idiomas, estancias en el extranjero, actividades extraescolares, academias, másters, etc. Además de que el ambiente en casa es importantísimo, como lo son los estudios de los padres y madres, la cantidad de libros que hay en casa, cómo se estimule a los niños/as, el ambiente del barrio o población, la posibilidad de viajar, etc. Esto va prefigurando una estructura de desigualdad de partida que influye en el rendimiento académico del alumnado.
Dicho de otra manera, el alumnado no parte desde el mismo punto, usando un símil: unos corren en un coche de carreras y otros van con impedimenta. En caso de que uno de los que tiene impedimenta llegue a la meta y logre alcanzar los títulos deseados, se puede encontrar con que en un mercado altamente competitivo y con escasez de puestos tener a alguien que te abra las puertas puede ser, y suele ser, determinante. Ahí entra en juego el capital social que el alumnado haya logrado acumular en los años de estudio, y el capital social acumulado por los familiares del alumno/a que permiten abrir puertas, o tener una ventaja comparativa en una entrevista de trabajo. Por eso es tan importante para los progenitores más privilegiados, o aquellos que aspiran que sus hijos/as asciendan de clase social, los colegios e institutos privados y concertados, para que sus hijos/as acumulen capital social con los amigos/as que hagan en las aulas. Si una cosa ha dejado la crisis de 2008 al desnudo con toda su crudeza es la importancia del capital social, ya que en un contexto de destrucción de empleo, tener redes sociales que diesen oportunidades de empleo se han vuelto (más) capitales de lo que eran en una época de bonanza económica, poniendo en cuestión el principio meritocrático sobre el que teóricamente se sostiene nuestra sociedad.
Por eso la ideología del “si tú quieres, tú puedes” es nefasta, represiva y culpabilizadora, ya que la posesión de capital cultural y económico permite una aprehensión efectiva de las “oportunidades potenciales” formalmente ofrecidas a todos, pero realmente sólo accesibles a los poseedores de los instrumentos necesarios para apropiárselos. La meritocracia actúa como un elemento regresivo al unirse a: 1. La segregación escolar, que aumentó de forma significativa debido a las medidas del PP y es de las más altas de Europa. 2. La equivocada creencia de que la Escuela es un mundo cerrado en sí mismo. 3. La creencia de quiénes están arriba en la pirámide social de que ellos “se lo han merecido”, y que “quien quiere puede”, que obvian los enormes condicionantes de la situación socio-histórica, familiar, el entorno donde vive, y laboral que les ha tocado vivir a cada alumno/a. De esta manera, ésta se convierte en la coartada ideológica que permite encubrir las desigualdades de partida, y actúa como justificación de que una parte de la población esté en situaciones de pobreza normalizada.
Si unimos la tendencia actual de culpabilizar a las víctimas del sistema a la meritocracia, tendremos un panorama muy negro donde a una parte muy importante de la población se les habrá “retirado la escalera” de la movilidad social, mientras una minoría cada vez más privilegiada copa los puestos más importantes gracias a sus recursos económicos y al capital relacional y cultural que poseen sus progenitores. Es cierto que una pequeña parte de los alumnos más desfavorecidos llegarán también arriba y de esta manera el sistema quedará legitimado, pero el número será cada vez menor al calor de los recortes en las becas y el endurecimiento para mantenerlas. En esta situación al alumnado privilegiado se les entregarán todas las cartas “marcadas”, mientras el resto jugarán con la peor mano, para luego justificar por qué unos deben progresar y otros no, por qué unos deben gobernar y los otros ser gobernados.
La segregación escolar está relacionada también con las expectativas de los progenitores. Éstos quieren dar la mejor educación a su prole y que sirva a sus hijos/as como un aparato de ascenso social, o de reproducción social. En el caso español, la Escuela concertada-privada o privada ha sido el refugio de las clases medias y de los sectores más privilegiados que aspiran a que sus infantes adquieran capital social, mejores rendimientos académicos, y no se mezclen con el alumnado considerado indeseable (clasismo), premiando la homogeneidad y la separación que permita cerrar las clases sociales sobre sí mismas (o intentar ascender hacia una clase superior). Un ejemplo muy claro de la importancia del capital social lo podemos encontrar en la relación de amistad que llevará a Juan Villalonga, de ser compañero de pupitre en el Colegio Nuestra Señora del Pilar de Aznar, a la presidencia de Telefónica, colocado por el mismo Aznar, justo antes de la privatización de la compañía por parte del gobierno del PP. El Colegio de Nuestra Señora del Pilar formó a Ministros tanto progresistas, como Solana o Rubalcaba, como conservadores o afines a la Dictadura, como Ricardo de la Cierva o Arias-Salgado, además de actores y actrices, escritores, y empresarios, como Villar-Mir.
En el caso de las expectativas de las clases populares y de los desclasados, aunque muchos han vuelto durante la época de crisis al sistema escolar debido al aumento del paro y la explosión de la burbuja inmobiliaria y sus efectos son directamente proporcionales a su ambiente en el barrio (o localidad) donde viven, al ejemplo de sus progenitores, y a las escasas oportunidades de empleo legal o ilegal, que estén disponibles en su zona. Por consiguiente, siguiendo a Bordieu, al tener las clases populares o los excluidos, prácticas sin economía o estrategia, con un porvenir de horizontes limitados, nos sugiere una relación entre las expectativas y los horizontes vitales con el poder, “es como si la ambición efectiva de dominar el porvenir fuese proporcional al poder efectivo de dominarlo” (Bourdieu, 2011). De hecho, existe una tendencia de un sector del alumnado de las clases populares a la propia autoexclusión del sistema escolar, no en vano, el alumnado más desfavorecido tiene 4 veces más posibilidades de repetir curso que un alumno/a más desfavorecido a igualdad de rendimiento, un alumno/a inmigrante tiene 1,3 veces más posibilidades que uno nativo, y un alumno de 15 años 2,2 veces más que una alumna.
En la época de la crisis del 2008 muchos alumnos/as volvieron al sistema escolar debido al aumento vertiginoso del paro que destruyó numerosos puestos de trabajo, que afectó duramente a la construcción y a los servicios, y cerró el paso a muchos universitarios a los puestos de trabajo que deseaban. Las aulas volvieron a llenarse con los desertores del período de bonanza que habían abandonado sus estudios, y un sector del alumnado que alargaba el período de formación al saber que no tenía salida laboral en ese tiempo. En cuanto las condiciones laborales mejoraron y se empezó a crear empleo, volvió a aumentar el abandono escolar temprano. La crisis económica y social producida por el COVID19 probablemente vuelva a frenar el abandonado escolar y devuelva, temporalmente, a una parte del alumnado con menor formación a la Escuela.
Durante la crisis económica de 2008 se ha producido un aumento de la formación sin ocupación (Beck, 1998), que ha puesto en cuestión la capacidad del sistema escolar para formar trabajadores en un futuro incierto marcado por las transformaciones en el mundo del trabajo (desde la uberización de ciertos sectores, como la robotización y otras mutaciones todavía en desarrollo), esto reduce la autoridad del sistema y de los docentes. Siguiendo a Beck, que escribió estas líneas a finales de los años 80 en la RFA y que parecen escritas hoy en día: “Todavía esa transición global y en parte dramática a un nuevo sistema ocupacional es aceptada sorprendentemente con tranquilidad por los jóvenes. La mayor parte soporta, con una mezcla de desilusiones y esperanzas, que la finalización de sus estudios se vaya desvalorizando progresivamente y que sus esfuerzos en el estudio no tengan equivalencia en la actividad profesional. A su vez, se sienten esperanzados de que sus esfuerzos del algún modo serán «premiados». De ahí que la mayoría de jóvenes amenazados por el paro, al finalizar su formación, están dispuestos a aceptar «provisionalmente» (según creen) cualquier trabajo por conseguir integrarse como sea de una vez por todas en el sistema ocupacional. Aunque también perciben el peligro de quedar marginados definitivamente en actividades subcualificadas al aceptar esas actividades sin cualificación. Hasta qué punto esa presión para incorporarse a trabajos descualificados resulta eficaz depende esencialmente del ámbito social y de las relaciones de la vida privada de los jóvenes. Esa oscilación entre desilusión y esperanza se hace extensiva también a las posibilidades de mejorar las perspectivas profesionales mediante una reescolarización o continuación de estudios”.
Esto significa que cada vez más los jóvenes tienen mayores dificultades para poder controlar su futuro, ya que las mutaciones en el mercado de trabajo y las crisis a las que se están viendo sometidos suponen la pérdida de seguridad de poder encontrar un empleo bien remunerado y de prestigio (sobre todo fuera de la función pública). Por supuesto no afecta a todo el mundo por igual, los grupos que más problemas tienen en el mercado de trabajo y que resultan especialmente afectados por el riesgo del paro a largo plazo o la subocupación son las mujeres (sobre todo en el caso de una interrupción de la actividad laboral), personas con problemas de salud, gente mayor y los jóvenes sin estudios y desfavorecidos socialmente.
Por consiguiente, el sistema educativo ha perdido en gran medida su función distribuidora de estatus durante la crisis de 2008, saltando las costuras del sistema y viéndose en toda su crudeza la gran importancia del capital social y/o económico de los progenitores del alumno/a, poniendo en duda que el sistema fuese meritocrático. Por lo tanto, esto ha tenido dos consecuencias respecto a la función que tiene la enseñanza de redistribuir el estatus: una selección negativa de los excluidos de la competencia por el estatus y la atribución realmente positiva de oportunidades de estatus (Beck, 1998). Sin embargo, que los estudios perdiesen valor no significa que no fuesen necesarios, ya que son condición necesaria, aunque cada día menos suficiente, para alcanzar un empleo. También está demostrado que los trabajadores/as con estudios universitarios, o FP superiores, tienen escasas posibilidades de caer en la exclusión social, mientras que los trabajadores que no logran obtener ni siquiera el título de la ESO (que tiene, en realidad, un nulo valor) tienen muchas más posibilidades de caer en el desempleo y/o en la exclusión social. Como afirma Beck: “El paso por la enseñanza obligatoria se convierte en una vía de dirección única hacia la falta de oportunidades profesionales”. Así pues, la escuela obligatoria selecciona a los marginados sociales y resulta ser la escuela de quienes no tienen futuro profesional y pertenecen a los grupos sociales inferiores.
En este proceso de cambio, grupos de interés diversos reclaman que la Escuela cambie sus métodos de estudio y se abra al Mercado y a sus necesidades. El problema es que la legislación y los cambios estructurales en la Educación siempre irán por detrás de un Mercado cambiante en una época de aceleración histórica. Podría ocurrir que se formasen a trabajadores/as de un sector que, tras unos años de bonanza, entre en crisis o desaparezca. En cualquier caso hay intereses por la digitalización de la Enseñanza (principalmente porque se podría abrir un amplio mercado para la venta de productos informáticos a las Escuelas), y por la enseñanza por competencias contraponiéndolas al aprendizaje de conocimientos (que no son en absoluto contrarios), junto a otras modas pedagógicas que no queda claro cómo aplicarlas en según qué contextos y si servirán para reducir el fracaso y el abandono escolar.
Sin embargo la fe de las familias en la capacidad de dar oportunidades por parte de la Educación no ha decrecido, ya que, durante la época de crisis y recortes del Estado del Bienestar realizados por parte de los gobiernos del PSOE y del PP, el gasto en Educación realizado por parte de las familias es un 45% en la década que ocupa el periodo 2006-2016. Recordemos que los gastos en la Educación son múltiples, pese a que las matrículas (salvo en la Enseñanza Superior) son gratuitas, como los gasto de transporte, comida, libros y material escolar, actividades extraescolares, academias, etc. Según los datos que aporta el Relator de la Pobreza de la ONU (2020), el 32% de las familias enfrentan dificultades para pagar los gastos de educación y un informe de la Comisión Europea reveló que a partir de 2017, el 25,7% de los hogares con niños y niñas en riesgo de pobreza declararon tener grandes dificultades para pagar los gastos asociados a la educación reglada.
La Escuela puede jugar un papel de redistribución de las cartas que le ha tocado a un alumno/a al nacer dentro de nuestra sociedad. Dicho de otra manera, uno de los principales objetivos de la instituciones educativas y del gasto público en educación es permitir cierta movilidad social siendo condición el acceso a todos/as a la Educación. La Escuela también juega un papel de reproductor de dicha sociedad (aunque de manera deformada).
Dependiendo de la capacidad que tenga esta de repartir las cartas y lograr que personas pertenecientes a los entornos desfavorecidos o de entornos humildes tengan más posibilidades de ascender socialmente, podremos afirmar que la igualdad de oportunidades se logra cumplir de manera imperfecta. Si la capacidad es escasa o nula, podremos decir que el ascensor social que depende de la Escuela no funciona y en realidad vivimos en un sistema de desigualdad de oportunidades, donde tu nacimiento marca en mayor medida, junto con otros factores, el futuro laboral y las perspectivas futuras de dicho alumno/a. Siguiendo el símil de la baraja de cartas, podríamos decir que las cartas están trucadas y marcadas, lo que privilegia a los que ya tenían bastante dinero puesto sobre la mesa, favoreciendo un poco a los que tienen recursos moderados, y castigando a quienes no los tuviesen con una pronta salida de la partida. Si un alumno/a desfavorecido tuvo un golpe de suerte, o una gran habilidad, y eso le ha llevado a acumular una gran fortuna, se alabará a dicho afortunado/a como un mérito del sistema donde, “el que quiere pone voluntad y se esfuerza logra su recompensa”. El sistema no perderá a un futuro buen trabajador/a y se legitimará así mismo, como ya hemos visto también pasa con la riqueza, donde se suele nombrar a Amancio Ortega como un ejemplo de “emprendedor”, cuando este es la excepción y no la regla donde, como demostró Pikkety, la mayor parte de los ricos ya lo eran al nacer gracias a la herencia de sus familiares (Pikkety, 2014).
El sistema educativo desempeña un papel crucial en la formación de las desigualdades primarias. A largo plazo, el acceso a la cualificación y a la difusión del conocimiento es, fundamentalmente, lo que reduce las desigualdades, tanto en el interior del país como a escala internacional (Pikkety, 2019). La cualificación es cada día más importante debido a las mutaciones tecnológicas, la robotización, y los cambios en el mercado de trabajo, lo que pone de relieve la importancia de sostener una inversión educativa que sea inclusiva y beneficie a la mayoría, ya que, en caso de no sostenerla, podría provocar que los estratos medios y altos de la sociedad, esencialmente, se vieran beneficiados de dicha formación que, a su vez, suponen desigualdades salariales y en materia de empleo, que aumenten las desigualdades de partida. Por desgracia, el nivel educativo es cada vez más el determinante de la posición social y de las oportunidades vitales de las personas (Martínez-Celorrio y Marín, 2010).
Estos son parte de los desafíos a los que se tiene que enfrentar la LOMLOE como ley, sabiendo que el PP va a intentar torpedearlos desde las instituciones que gobiernan. Estamos ante una oportunidad de oro, esperemos que no se pierda.