¿Tan nefasta es? La educación como pánico moral para la derecha
Xavier Martínez-Celorrio
Profesor de Sociología en la Universidad de Barcelona y autor de Educación y movilidad social en España (2012) / @xaviermcelorrio
En la sociedad española continúa predominando un fuerte igualitarismo que defiende el protagonismo del Estado en la provisión de la educación, aunque permitiendo también la financiación pública de la red concertada. En el fondo, la ciudadanía ratifica el marco que fue regulado por la LODE (1985) otorgando a la red pública su papel vertebrador y predominante. Al menos así se constataba en la última fuente disponible (CIS 2765, junio de 2008):
• el 87% de la ciudadanía es favorable a que la educación sea pública y financiada mediante impuestos;
• aunque no sea contradictorio a que otro 39% sea favorable a que el Estado financie por igual las escuelas públicas y los colegios concertados. Se ratifica un sólido igualitarismo que permite, lejos de asfixiar, la iniciativa privada concertada que cumpla fines sociales.
Sin embargo, para las derechas españolas este fuerte y macizo igualitarismo es el principal enemigo a batir y socavar. Desde que Aznar proclamase que la educación pública era un “desastre” por culpa de los progresistas (así en general y a bulto) allá por los primeros años 2000 se inició un punto histórico de inflexión e involución. La primera y única mayoría absoluta de Aznar supuso el cambio radical del viejo relato democristiano de la derecha en educación al decretar la guerra cultural contra la escuela pública y las reformas educativas socialistas (la LOGSE de entonces). Desde entonces se hizo imposible el pacto educativo presentando contra-reformas educativas (LOCE y LOMCE) en cuanto llegaban a gobernar. Son ya décadas de derechas agresivas en su ofensiva ideológica (y teológica) por la libertad educativa como un fetiche privado y amenazado. Como auténtica “narrativa de salvación” y protección contra la “educación-desastre” que dejan siempre los socialistas a su paso, sintetizados en tres mantras o mitos resucitados siempre que vuelven a gobernar:
1) la bajada de nivel, el facilismo y los aprobados generales;
2) el adoctrinamiento en las aulas (sea autonómico, de género, de ciudadanía y derechos humanos…) y
3) la mediocridad y la falta de esfuerzo como orígenes (supuestos) de la desigualdad social, del fracaso escolar y de la baja productividad de la economía española.
Son tres mitos populistas que se han impuesto tras una ardua lucha hegemónica emprendida desde los laboratorios de derecha posmoderna ante unas izquierdas acomplejadas y superadas. En los primeros años 2000, las derechas españolas y sus terminales mediáticas se tomaron en serio a Gramsci y la disputa cultural del tablero de juego, la lucha por los significados y los significantes en política. Así, pasaron a imita la estrategia que Michael Apple denominó “crisis manufacturada de la escuela pública” que lideró la derecha anglosajona en los primeros años 80, rescatando:
a) de un lado, los black papers de los conservadores británicos contra la supuesta bajada de nivel ocasionada por las reformas educativas laboristas en los años 70, pero sin aportar un solo dato empírico que lo demostrara. Cabe recordar que ése fue el primer fake político efectivo y contagioso que vivían las democracias occidentales tras la derrota de Hitler. Poca broma, dada su pervivencia y verosimilitud posterior.
b) junto al thatcherismo, el otro influencer inspirador para el aznarato gramsciano fue el informe A Nation at Risk (1983) que dramatizaba la pérdida del liderazgo mundial de Estados Unidos a causa de su “desastrosa” educación pública y la falta de soluciones de mercado y privatización que fue lo que llegó con Reagan como receta de salvación (y así hasta ahora).
Sirviéndose de ambos modelos, las derechas españolas convirtieron la educación pública en objeto de “pánico moral” a inicios de los años 2000, fabricando y explotando hasta el límite la aprehensión y miedo colectivo de muchas familias y capas sociales para huir de ella. Coincidió con la llegada masiva de las olas migratorias del “España va bien”. En lugar de ser la palanca de transformación del país, la educación pública pasó a ser el problema y fuente de nuevas ansiedades de clase e identidad. Como dice Jonathan Haidt (2019), las derechas activaron el interruptor de la colmena, reviviendo las emociones más primarias y posesivas entre las clases medias, así como el sentimiento de indefensión ante una educación pública desprestigiada y abandonada a su suerte, a la par que se incentivaban exenciones fiscales para ir a la privada. Pero no se trataba sólo de reordenar los flujos de clientelas y hacer funcionar la educación como un mercado, también se trataba de utilizar la educación como arena ideológica de consolidación de su mayoría electoral y escaparate de su modelo de Estado-mínimo.
Para las derechas, el problema educativo no debía ni debe ser presentado como: a) un desafío de desigualdad social y segregación a resolver, b) ni como un debate racional y participativo de la plural comunidad educativa y c) tampoco como una prioridad estratégica requerida de más inversión (y más impuestos) para poder modernizar el modelo productivo y la posición competitiva de España en las cadenas globales de valor.
Todo eso era y es demasiado complejo para la mentalidad española de derechas, aunque se guarden las formas cuando la Unión Europea les pone los deberes. Les es más fácil empotrar la agenda polarizadora y simplificadora que les beneficia y con la que ganan su guerra cultural. Es decir, el poder de definir de qué se habla y en qué términos (restaurar la autoridad) y qué hay que callar o invisibilizar (la desinversión y las desigualdades).
Kennet Thompson nos habla en Pánicos Morales (2014) de cómo la eclosión del pluralismo, la secularización y la diversidad derivadas del fin de la modernidad industrial, toman forma en la década de los años 90 en los nuevos tipos de familia, en la libre elección sexual y de género y en un multiculturalismo de identidades y estilos de vida que hacen fragmentar y problematizar el viejo orden social y moral instituido. Demasiados cambios, demasiado relativismo moral y pérdida disolvente del sentido de la autoridad y la jerarquía. Cambios culturales que las derechas pronto achacarán a la educación pública y al mayo del 68 aunque vivamos ya en los años 2000. La cuestión es demonizar un causante externo, impuro y amenazante que se personifica en las izquierdas y en su retórica de la igualdad a través de la educación.
Porque la idea de igualdad y el ideal igualitario son los objetivos a batir en su guerra cultural. Las derechas han usado la educación como arena de poder discursivo para conquistar la hegemonía política y electoral, cueste lo que cueste. Y no les ha ido mal. No les importa el daño o los efectos lesivos de su iliberalismo y sus políticas del miedo contra la cohesión social, el profesorado, las familias, la auto-imagen distorsionadora de la calidad educativa realmente existente o minimizar los desafíos estructurales que tiene nuestra educación en un mundo tan cambiante. La realidad real no les importa, tampoco las evidencias ni las voces plurales de la comunidad educativa. Desvalorizan toda evidencia rigurosa que llegue de la investigación académica, todo mensaje de la prensa seria y todo relato exigente desde entidades expertas e independientes de la sociedad civil. La educación como política pública (policy) presupuestable y auditable no importa. Lo que importa es perimetrar un “nosotros” defensivo, desactivar y desunir a los contrarios y legitimar un pánico moral colectivo que requiere la inmediata restauración del orden, la autoridad y la tradición. Nosotros o el caos.
A lo largo de los años 2000, esa operación disolvente de los valores de la Ilustración y de la modernidad a través del progreso educativo ha ido sumando efectivos y agentes antaño de izquierdas. Una parte del profesorado desbordado por el desorden disruptivo en las aulas y que se adhiere a la (supuesta) bajada de nivel que, desde Aristóteles, es fruto de un prisma nostálgico y de inadaptación al cambio. Al final, tanta lluvia mediática y tanto aliado reaccionario han acabado por imponer y normalizar la llamada cultura del esfuerzo como ideología de recambio que explica todos los males, penetrando de forma transversal en todo el cuerpo electoral.
Gráfico 1. Satisfacción y motivos de percepción mala o regular (MR) de la enseñanza en España por recuerdo de voto en 2012
Fuente: Elaboración propia a partir de Estudio CIS 2935 (2012)
Con datos de 2012 del CIS podemos comprobar como esta percha falsa o mitologema del esfuerzo (ítems de "se esfuerza poco" y se "exige poco") ha penetrado en todos los nichos ideológicos de voto, desde las derechas (27,6%) hasta las opciones nacionalistas (17%) pasando por las opciones de izquierdas (21%). En paralelo, el máximo grado de satisfacción con el sistema educativo es exhibido, paradójicamente, por los votantes de las derechas (36,4%) que tanto se escandalizan de lo malo que es el sistema educativo.
El gran triunfo táctico de las derechas ha sido hacer dudar a las no-derechas hasta convencerlas de que hay un serio problema generacional de esfuerzo y motivos para un pánico moral por falta de autoridad. Se distrae así la atención de otros aspectos como la influencia poderosa que siempre tiene la desigualdad social en la educabilidad o la falta de inversión en la red pública o las obligaciones que tienen los poderes públicos para garantizar el derecho universal a una educación de calidad.
"No se puede regalar la educación a todo el mundo" dice ahora Ayuso desde el mayor cinismo iliberal tras décadas de hegemonía y pánico moral contra la igualdad, la escuela pública y la equidad educativa. Cuando los únicos títulos regalados sin esfuerzo alguno han sido a Pablo Casado y otros líderes del PP. Sin embargo, tanto ha penetrado el frame populista-neoliberal y su blanca impunidad que, incluso, ciertos líderes del socialismo madrileño achacaban la arrolladora victoria de Ayuso a la hostilidad que supuso la LOMLOE o Ley Celaá y su presunta amenaza a la “nueva concertada” madrileña que había desbordado la LODE con su demanda social y otros privilegios que la nueva ley limita con acierto.
Con la encuesta poselectoral del CIS en la mano ese argumento auto-justificativo (y lesivo para la propia izquierda) se desmiente y cae como un fake o artificio postizo, pero hábilmente puesto en circulación desde la propia derecha. El drama es que España sigue sin contestar al circo mediático de fakes y falsedades manufacturadas desde las derechas sin sólidas estadísticas y evidencias que hagan cambiar el vaporoso eje del esfuerzo por el más desafiante y complejo eje de la equidad y desigualdad educativa. Tanto como prioridad política y como significante movilizador del voto progresista. No es el anti-fascismo lo que moviliza hoy al votante de izquierdas, sigue siendo la poderosa idea de igualdad como antesala de su libertad. La exministra Isabel Celaá propuso en su día convertir el actual Observatorio de Becas en un potente Observatorio de la Equidad Educativa que englobe todos los niveles desde infantil hasta universitarios y que sirva de cuadro de mando de lo mucho que hay que hacer por un mejor y más justo derecho constitucional a la educación. Esperemos que llegue pronto y cambiemos de gafas, de mirada y de lenguaje conceptual. Nos jugamos más de lo que parece.
