Las leyes educativas vistas desde tierra
Ciro Melchor del Río
Licenciado en CC. Políticas y Sociología por la UGR, profesor de secundaria de Geografía e Historia
Para la mayoría de los profesores, las leyes educativas pasan sobre nuestras cabezas como un avión a punto de aterrizar en un aeropuerto cercano. Hacen mucho ruido y llaman la atención durante un momento. Al igual que sucede con los aviones no sabemos con exactitud ni de dónde vienen ni lo que llevan dentro. Lo que tenemos claro es que nuestra capacidad para alterar su curso es escasa y que en breve sus puertas se abrirán dejando ver su interior. Por fuera todos los aviones son parecidos, podemos distinguir alguna cualidad notable, como el número de motores, la compañía que lo utiliza e incluso las características generales del modelo si somos aficionados a estos detalles. Pero lo que importa es lo que sale del avión, esto es algo que averiguamos de golpe cuando de un curso a otro desaparece o aparece una asignatura, se reducen o amplían horas de otra, también cuando se nos explica el nuevo requisito burocrático a completar de manera obligatoria, o con cuantos suspensos y de que materia se puede este año pasar de curso.
En general protestan los más directamente afectados por los cambios como son los departamentos que han perdido un profesor por el reajuste. También protestan los de siempre, los que, con un marcado síndrome de Casandra se habían molestado en informarse del pasaje del avión que a nadie más interesó en su momento, pero ya sabemos que estos son muy pesados y nadie les suele hacer mucho caso.
Las protestas duran lo que tarda un centro escolar en consumir la energía de sus docentes, un breve periodo de tiempo. Luego llega la fase de aprendizaje ¿Qué implica a nivel metodológico el nuevo marco? ¿A qué cambios debo someterme como docente para hacer que esto funcione? Generalmente, estas cuestiones, que deberían ser el nudo gordiano a resolver tras cada reforma, se solventan con una serie de cursos y charlas organizados por el centro de profesorado local o el propio centro escolar. Aquí se nos enseña también a lidiar con las nuevas formas burocráticas en que estas metodologías toman cuerpo. Algunas docentes tratarán de introducir todo lo aprendido en sus aulas con entusiasmo y entrega. Otras se centrarán en cubrirse las espaldas aprendiéndose todos los detalles legales y siguiendo la ley de manera escrupulosa en el plano formal, nunca nadie podrá acusarles de mala práctica, ya que su conocimiento sobre el mundo burocrático empequeñece cualquier obra Weberiana. También hay quien pasa de todo, ni se interesa por las novedades ni aparenta siquiera hacerlo y los papeles que los rellene otro.
En cualquier caso, el centro se amolda a la nueva realidad educativa de la ley, matizada por los filtros autonómicos y las particularidades locales. Así, las cosas siguen su cauce acostumbrado como si nada hubiese pasado. La marca que deja en la práctica docente una ley educativa -que todos sospechan será derogada en 4 o 6 años- siempre será más pequeña de lo que pretenden quienes la impulsan.
Está claro podemos observar unas tendencias generales. La más relevante tal vez es la tensión entre la intención de ajustar la educación a las necesidades del mercado y la voluntad de utilizar la educación como herramienta para introducir cambios en la sociedad.
Queremos conseguir formar personas empleables en un mercado de trabajo fuertemente terciarizado y caracterizado por sus bajos salarios y escasa necesidad de especialización. A la vez, se intenta impulsar la competitividad de nuestra economía formando trabajadores altamente cualificados para que empresas de sectores de alto valor añadido vean a nuestro país como un lugar adecuado en el que instalarse.
Los problemas de ambas tendencias son bastante claros. Si el entorno económico marca la pauta que debe seguir la educación, nos faltan escuelas de hostelería y podemos cerrar las facultades de filosofía. Si no hay cambios en ese entorno económico, sin duda podemos formar a gente capaz de asumir tareas y funciones complejas, de adquirir conocimientos altamente especializados que apenas encuentren acomodo en el contexto laboral próximo, pero les estamos abocando a emigrar.
De esta manera y en el mejor de los casos, corremos el riesgo de convertir la educación en un filtro que sirva para extraer el talento allí donde se encuentre y señalar aquellos que no consigan destacar durante esta etapa educativa el camino hacia el precariado.
En esa tesitura es cuando debemos afrontar que las metodologías que utilizamos son parte esencial de este proceso. El fomento de las competencias, el Aprendizaje Basado en Proyectos y las metodologías activas en las que el estudiante debe ser el protagonista son herramientas estupendas si el estudiante tiene la posibilidad de aprovecharlas. El aprendizaje autónomo es genial si tienes los recursos suficientes para llevarlo a buen puerto. El papel del profesorado, dentro de este marco, deja de ser directivo. Nos convertimos en ayudantes que deben fomentar y guiar de manera poco intrusiva el potencial del alumnado.
El problema es que el potencial del alumnado viene condicionado en gran medida por su entorno socioeconómico, por lo que este papel pasivo del docente puede servir para motivar y enseñar a quienes ya tienen una ventaja clara de partida, pero para gran parte de nuestros jóvenes implica dejarles más solos ante la intimidante tarea de formarse en conceptos que le son totalmente ajenos y por los que jamás ha visto interés en su entorno cercano. Se parte de la idea de que los conocimientos están a distancia de un clic gracias a las nuevas tecnologías, por esto es más importante capacitar al alumno a encontrar, entender y organizar de forma crítica esa información que a suministrársela de forma masticada como hacen los libros de texto.
La realidad es que resulta complicado generar centros de interés relacionados con la cultura clásica o las ecuaciones de tercer grado entre quienes sienten tales cuestiones tan lejos de su realidad inmediata como Neptuno lo está del Sol.
Por supuesto, el papel del docente en estos casos es conseguir que se produzca ese interés, encontrar el enganche con la realidad del alumnado con el currículum y realizar ese esfuerzo titánico de tratar de compensar la desventaja social de partida y la brecha digital con unas cuantas horas semanales de tu asignatura. Algunos lo intentamos, muchos otros, lamentablemente no y es algo criticable, pero a veces tenemos motivos suficientes para desistir de tal empresa.
No es realista trabajar determinadas metodologías que requieren atención individualizada y mucha supervisión del trabajo autónomo cuando las ratios superan los 30 alumnos por aula. Pintando este cuadro con una brocha bien gruesa: en secundaria, una sesión de 60 minutos nos deja menos de 2 minutos de atención de media por alumno. Tampoco es realista centrarse en formar alumnos que dominan una variedad de competencias diseñadas para conseguir trabajadores adaptables a un mercado laboral cambiante dejando de lado la simple adquisición de conceptos y conocimiento cuando la prueba más importante que van a afrontar en su trayectoria académica (la EBAU) es un examen escrito con un fuerte componente memorístico.
La relación entre nivel formativo y empleabilidad sigue siendo positiva y en mi experiencia personal, las mejores calificaciones en esta prueba las obtienen los alumnos con mayor capacidad de retener conceptos y “vomitarlos” de forma literal tal y como los aprendió.
Este panorama se agrava debido al fenómeno de la segregación escolar. Esta funciona a varios niveles. Puede ser a nivel local, con los centros privados y concertados captando al alumnado con mayores recursos y dejando a los públicos lidiar con una concentración excesiva de alumnado de entornos socioeconómicos deprimidos, que requieren más recursos y atención derivando en lo que se conoce como centros gueto. También se puede dar dentro de los propios centros, con la creación de grupos donde se concentra el alumnado especialmente conflictivo y que el profesorado afronta como su dosis semanal de emociones fuertes. No hace falta ir al parque de atracciones cuando los chicos y chicas de 2º C te esperan cada semana con un sin fin de exóticas experiencias para tu deleite personal.
Estas sí son cuestiones que debe tratar una reforma educativa antes que cualquier otra, porque son la variable principal sobre la que van a incidir el resto de actuaciones. La administración no puede seguir financiando la segregación del alumnado que provocan los conciertos. Segregación que, además del problema que deja a la pública con la formación de estos “centros gueto”, incluye otras cuestiones preocupantes como la segregación por sexos o el adoctrinamiento religioso.
Cabe pensar que el motivo de su permanencia en nuestro sistema es por su influencia política y la presión que ejercen con sus campañas, pero sobre todo por el ahorro económico que conllevan a la administración (que no a las familias).
También cabría hablar de la situación del profesorado, de aquellos que ni siquiera lo intentan, docentes que se parapetan en su estatus funcionarial para no hacer prácticamente nada de lo que requiere su profesión, o interinos que cambian de destino cada año y no tienen tiempo para amoldarse a las dinámicas de su nuevo centro, limitándose a sobrevivir a su inestabilidad como buenamente pueden. Sería en cualquier caso injusto señalarlos a ellos como los culpables de que una ley educativa fracase cuando nadie les preguntó su opinión sobre la misma en un primer momento.
Si queremos que una ley funcione, sea aceptada y no genere rechazo o, en el mejor de los casos, indiferencia, sería conveniente ser consciente de que no podemos cargar a la educación con el peso de la transformación social cuando es la educación se ajusta a la realidad que la rodea.
Teniendo esto en cuenta, tal vez la próxima vez que se redacte una se pueda atajar la segregación escolar, adecuar las ratios a las necesidades de cada centro, considerar en su desarrollo la importancia de las brechas sociales y digitales, seleccionar metodologías acordes al contexto y contar con la comunidad educativa en sentido amplio. Introduciendo medidas para evaluar su rendimiento, sí, pero también mejorando sus condiciones laborales y haciéndoles partícipes de su formulación.
A lo mejor tras todo ese proceso, esos aviones dejan de sobrevolarnos lejanos y distantes y convertimos la educación en un vehículo más útil, más pegado a lo que pasa al nivel del suelo, un sufrido tranvía tal vez, de paso calmado seguro, que vaya parando en cada estación de cada barrio, que cuente con conductores motivados por su labor, con más paradas en aquellos que más lo necesitan, sin discriminar a nadie, universal, gratuito y de calidad. De lo contrario, nos pasará como a quienes viven cerca de un aeropuerto, que se acostumbran al ruido e ignoran el vaivén aéreo de forma inconsciente.