Pobreza energética... que el árbol no nos impida ver el bosque
Guilermo Fernández Maíllo
Sociólogo y trabajador social del Equipo de Estudios de Cáritas Española y del Comité Técnico de la Fundación FOESSA .
Desde hace tiempo escuchamos voces de personas y organizaciones que ponen sobre la mesa las consecuencias de la pobreza desde diferentes puntos de vista. Bien focalizando la atención sobre alguna de las consecuencias de la misma, bien sobre características que la definen en un espacio de tiempo.
Se ponen sobre la mesa datos de “pobreza infantil”, “trabajadores pobres”, “la pobreza de los mayores”… expresiones que enfatizan la pobreza en función de un colectivo; “feminización de la pobreza”, “el factor étnico de la pobreza”…, por ejemplo, dan peso en su descripción a algún componente sociodemográfico; otras se relacionan con las necesidades de las personas, “privación material”, “pobreza educativa”, “pobreza en la salud”, y entre estas, una de las últimas (más allá de cuando se definió) en incorporarse al acervo común ha sido la de la “pobreza energética”.
Este concepto ha comenzado a registrarse en el espacio de los medios de comunicación con cierta intensidad. En un primer momento como reflejo de la dificultad de muchos hogares de hacer frente al pago de suministros energéticos para satisfacer necesidades de climatización adecuada de la casa o acceso a determinados servicios. El 21,5% de los hogares españoles no puede mantener la casa a una temperatura adecuada, o el 49,8% ha tenido que reducir los gastos de teléfono, televisión o internet. Se incidía sobre el gasto y la necesidad de renta para satisfacerlo, primera consecuencia.
Posteriormente se comenzó a hablar de que si había un gasto es porque alguien facilitaba el servicio y habría un beneficio. Se comienza a hablar sobre los costes de la energía, los beneficios de las empresas del sector, la privatización (venta o gestión) de la distribución de determinados suministros, la necesidad de bonos sociales, etc. El 13,2% de los hogares españoles ha recibido algún aviso de corte de luz, agua o teléfono. Se pone la vista sobre el precio.
Por último, y con mucha menos intensidad, se encuentra el tema de la calidad de nuestras viviendas y los elementos de eficiencia energética. El 9,6 % de los hogares españoles padece de humedades, suciedades u olores, el 1,6% presenta déficits graves en la construcción o el 0,7% vive en infraviviendas. Se pone la vista en la calidad de las viviendas y en un espacio alternativo al sector de la construcción, pinchada ya la burbuja inmobiliaria. Es más, es un concepto que al relacionar a las personas con el acceso, forma de uso, protección del medio ambiente y con las fuentes de energía podría a ayudar a tender puentes entre el mundo de la ecología y el de la pobreza. Algo que desde un punto de vista planetario está bastante claro, pero no es tan evidente que sea así entre la opinión pública de nuestro país, por solo poner un ejemplo.
Precisar nuestra visión en estos aspectos concretos, como la pobreza energética, nos ayuda a comprender una de las características de la pobreza y la exclusión: su heterogeneidad. La pobreza es poliédrica, tiene muchas caras, y los enfoques con adjetivo nos muestran cada una de esas caras… pero generalmente de forma individual, haciendo que una cara sea tan grande que no nos facilite ver las otras. Y esta es una de las desventajas de los enfoques basados en adjetivar la pobreza. Nos muestran con gran claridad la relación entre factores concretos y la pobreza, pero tienden a invisibilizar, con mayor o menor intensidad otros elementos, generalmente no de forma premeditada… aunque a veces sí.
Por ejemplo, parece claro que un hogar que no puede hacer frente al pago de los suministros energéticos tiene otras muchas dificultades para mantener unos niveles de vida dignos. Haber recibido un aviso por impago no tiene que significar necesariamente lo mismo, y desde luego vivir en un hogar ineficiente, energéticamente hablando, puede ser perfectamente compatible con una renta elevada… o no. En la medida que hacemos el fenómeno más complejo más difícil es establecer relaciones causales directas. La combinación de un problema de renta, precio de la energía y eficiencia energética se encuentra mediatizado por otros elementos. Por ejemplo por prioridades de consumo, tamaño del hogar, zona geográfica de residencia y un largo etcétera.
Otra de las características de la pobreza, que las adjetivaciones pueden o no contemplar, es su carácter dinámico y procesual. La pobreza no es estática, evoluciona. En un doble sentido. Por un lado en la medida en que las personas no se encuentran siempre en una misma situación. Por ejemplo desde el final de la crisis de1993 hasta el 2007 las posibilidades de movilidad social ascendente han sido reales y eso significaba que no siempre eran las mismas personas las que necesariamente estaban en el espacio de la exclusión social, aunque este no bajara del 16% en el pico del crecimiento económico. Sin embargo una de las consecuencias de la actual crisis es que esos procesos de movilidad social han transformado su dirección, dado que los ascendentes se han cortado, sobre todo en las partes bajas de la distribución de la renta y las descendentes se han multiplicado. Pero por otro es procesual, las personas y familias eligen estrategias y toman decisiones para poder afrontar el día a día. Esas decisiones pueden llevarlas a recorrer determinados procesos de deterioro que hacen muy complejo volver atrás. Las estrategias para la supervivencia, en el espacio de la exclusión, te llegan a hacer perder la posibilidad de un proyecto vital. En el sentido dinámico la pobreza energética no parece uno de los elementos clave, frente a la educación o la evolución del factor trabajo por ejemplo. En relación al proceso sí parece que las restricciones en este sentido generarían unas menores posibilidades de acceso a la satisfacción de necesidades. Piénsese por ejemplo en la falta de acceder a Internet, en relación a tener más o menos información; o en la decisión de limitar unos mínimos de bienestar en términos de temperatura en una casa, los impactos que esto tendrá en términos de salud en el medio y largo plazo.
Pero hay una tercera característica, que las adjetivaciones de la pobreza ocultan totalmente, que es su multidimensionalidad. La pobreza y la exclusión social podemos observarla en al menos siete dimensiones: en el empleo, en el consumo, en la política, en la educación, en la vivienda, en la salud, en el conflicto social y en el aislamiento social. Y no solo es importante observar en términos individuales y de hogares la “cantidad” y “calidad” de las mismas sino la interacción entre ellas. No es lo mismo tener trabajo y tener un problema de salud o no tenerlo. No es lo mismo no poder acceder a comer decentemente todos los días si tienes familia que te apoye o no. No es lo mismo educarte en un barrio donde el conflicto social es latente que en otro sitio donde la convivencia sea un objetivo vecinal. No es lo mismo tener una calefacción adecuada si vives en un clima frío o en uno cálido.
Y en esta multidimensionalidad no es lo mismo poner solo la mirada en lo individual, que fijarnos en aquellos aspectos estructurales que definen cada una de estas dimensiones y las relaciones que existen entre las mismas. A través de este enfoque podremos encontrar respuestas a preguntas como: ¿por qué solo por la vía del empleo no seremos capaces de evitar la pobreza y la exclusión social? ¿Por qué las reformas de los estados de bienestar están perjudicando a amplias capas de la población? ¿Por qué la familia en España está siendo una de las claves del mantenimiento de la cohesión social?
Abordar la pobreza energética nos va a permitir mejorar nuestra mirada multidimensional, pero no es “la mirada”. Es necesaria tenerla en cuenta, pero no nos debe hacer perder el foco que debemos tener sobre la pobreza y la exclusión que es mucho más amplio y complejo, allí donde en definitiva nos jugamos, no solo su comprensión sino las propuestas de solución.
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Los datos que aparecen en este artículo pertenecen a la Encuesta sobre Integración y Necesidades Sociales de la Fundación FOESSA