¿Transición ecológica o monetizar un planeta en llamas?
Joana Bregolat
Activista ecofeminista y militante de Anticapitalistas
Érase una vez la historia de una economía capitalista que cada vez compartía más el diagnóstico de un mundo en crisis, de alarma sobre el alto grado de la destrucción ecológica y de los impactos en sus beneficios de la profunda crisis ecosocial y reproductiva que viven aquellos que la sustentan. Una economía capitalista que, con cada conocimiento, devenía más consciente y dejaba atrás el negacionismo clásico de la cuestión ambiental, y planteaba propuestas para abordar las alteraciones del sistema-Tierra. Ambiciosas, que construían un nuevo marco de acción, un marco verde, pero muy lejanas a los cambios estructurales y profundos que se necesitaban. Su motivación principal no era cuidar, no era la vida, era reflotar su tasa de beneficios y mantenerse a costa de todos los valores de uso periférico que la sustentaban. Érase una vez la historia de un mercado libre e informado que, de tanto pintarse de verde, quiso hacernos creer que con esto la transición ya estaba resuelta.
Cristina Narbona terminaba su aportación inicial al debate mencionando las potencialidades que supone para la transición “el momento excepcionalmente positivo en términos de compatibilidad entre economía y ecología”, dando un valor político importante y extraordinario a propuestas políticas como los fondos europeos Next Generation o las agendas globales de estrategia institucional frente al cambio climático. Con este apunte final, dejaba fuera de su tablero de juego la idea que el conocimiento y la adopción de discursos sostenibles, ecológicos y ambientalmente responsables no implica su traducción en la política y, ni mucho menos, que todo aquello que se justifique sea bueno y deseable.
Los cantos de sirena del capitalismo verde
En los últimos años, en especial en 2019, hubo un cambio colectivo respecto a las lecturas de la crisis ecológica: dejó de ser un tema marginal a ser una cuestión más notoria, más discutida y más popular. Este proceso llevó a la constitución de lo verde que, como apunta José Seoane[1], bajo un marco de reflexión sobre la cuestión ambiental, dio paso a una monetización y mercantilización de lo verde. Lejos de consagrar un enverdecimiento real de la economía, el acercamiento al diagnóstico se entendió como una oportunidad de mercado, de apertura de nuevos espacios de acumulación de capital. Así, observamos que se ha vuelto una práctica natural, normal y aceptable plantear los procesos de valoración monetaria de ecosistemas y ciclos naturales mediante propuestas como la contabilidad ambiental, la noción de capital natural, las políticas compensatorias de servicios ecosistémicos, los mercados de futuros y de carbono como formas de protección[2].
Mecanismos de mercado tasan, enumeran y convierten tierras, bosques, ríos, acuíferos, recursos minerales y energéticos en bienes de consumo con los que generar nuevas burbujas especulativas. Transforman su valor de uso y acceso en una máquina de hacer dinero para los grandes capitales, afectando directamente a los procesos de sostenibilidad de la vida y aumentando las violencias, desigualdades e inseguridad social. La mayor compatibilidad de la economía y la ecología, aquella positiva que comentaba Narbona, da paso a un proceso de financiarización aún mayor de nuestras vidas: extrayendo beneficios de desastres naturales y sanitarios, de la disminución de reservas de agua y de la extinción de especies, entre otras, a través de emisiones de deuda y consolidando nuevos mercados transnacionales. En palabras de Zeller, “en respuesta a la destrucción de la naturaleza se redoblan los esfuerzos para considerar que la naturaleza o los llamados servicios del ecosistema son capital”[3].
Mientras el complejo financiero-fósil-estatal sentencia que todo es mercantilizable y que todo lo vivo es susceptible de devenir una oportunidad de dónde obtener ingresos en forma de intereses y rentas, impulsa un proceso de naturalización de la cuestión ambiental desvinculándola social e históricamente de las luchas ecológicas, ambientales y en defensa del territorio. Despolitiza el origen de la crisis, borra las miradas que sustentaron y sustentan el cercamiento de tierras, la relación colonial con la naturaleza, los procesos extractivos acumulativos y de explotación; esconde todas aquellas que se han opuesto activamente a la destrucción de la naturaleza a lo largo de los siglos, y construye un relato de determinismo ecológico totalizante, culpabilizador y desmovilizador.
Ante una humanidad global, ahistórica y de naturaleza destructiva, que contamina en todos los territorios por igual, y que privatiza, canibaliza, explota, destruye y colapsa el sistema-Tierra de forma inevitable, el entramado económico capitalista fósil ha actuado de acuerdo a unas necesidades preestablecidas. Nada más lejos de la realidad.
Los procesos de despolitización de la crisis ecológica ponen de relieve que el reconocimiento por parte de la economía capitalista del problema del cambio climático no implica necesariamente un cambio de rumbo, ni un cuestionamiento de sus bases fundacionales[4]. Significa que corporaciones transnacionales y organismos financieros observan las necesidades de inversión en adaptación y mitigación climática como nuevos espacios de acumulación para relanzar su tasa de beneficio. Así, abre las puertas al desarrollo de nuevas carreras imperialistas, saqueos neocoloniales verdes, necropolíticas climáticas y racismo fósil. En el camino de encuentro entre la economía y la ecología, nacen espacios de acumulación, de conflicto y de geopolítica.
La información por sí sola no es suficiente
Tras la noción de que vivimos un momento excepcionalmente positivo en términos de compatibilidad entre economía y ecología, se refugia la idea que ante un mayor conocimiento de la crisis ecológica y un mayor entendimiento de sus consecuencias todos los agentes del mercado estarán perfectamente informados y tomarán decisiones racionales. Y sabemos, por experiencia, que esto no es así e infinidad de ejemplos nos muestran como la respuesta al cambio climático es un imperialismo verde depredador intensificado[5].
Disponer de más conocimiento no implica transformación. El poder fósil de nuestras sociedades no va a cesar su actividad ni aceptar ningún recorte real de su producción, va a resistir sin importar cuántos cuerpos, cuántos territorios, convierte en zona de sacrificio para seguir sacando rentabilidad. El poder fósil no va a frenar sus dinámicas extractivas ni a dejar de repatriarcalizar y colonizar territorios, va a competir por una mayor cuota del uso cada vez mayor e insostenible de los recursos-trabajos del mundo.
Disponer de más conocimiento no va hacer del discurso verde, un discurso revolucionario. En tiempos que la política se reduce a grandes gestos, retóricas vacías e inacciones deliberadas, el discurso verde se convierte en un pin más en la chaqueta progresista y nos hace comprender que la asunción de la crisis ecológica no tiene que responder necesariamente a ganar la batalla. Ejemplos de ello los encontramos en aquello que nos pretenden vender como oportunidades extraordinarias y grandes avances para la transición, como los fondos europeos Next Generation con su principio vacío “do not harm”[6], o la taxonomía europea y la inclusión del gas fósil y la energía nuclear como energías a seguir financiando. La potencialidad transformadora del conocimiento no responde a como las estructuras que sostienen el poder fósil lo integran y lo moldean, la potencialidad reside en como se convierte en una herramienta política de disputa del poder por parte de las subalternas.
Si consideramos que nos encontramos en un momento excepcional de compatibilidad entre economía y ecología, que este no responda solo a los intereses del complejo financiero-fósil-estatal. Pongamos encima de la mesa nuestras propuestas de economía política ecológica marxista, hablemos de planificación, de expropiaciones y socalizaciones. Hablemos de romper con la división sexual, racial y transnacional del trabajo; de qué trabajos son necesarios para la vida y cuáles tenemos que desmantelar, evitando despidos masivos y procesos de empobrecimiento para las clases populares. Hablemos de qué necesitamos para que la dignidad sea costumbre.
Si nos creemos verdaderamente que el debate de la transición ecológica es ineludible, que es el debate de período y que tenemos que disputarlo, no nos enredemos en miradas que bajo apariencia verde nos llevan a más colonialismo, más deuda y más mercado. Hablemos de qué forma vamos a salir del capitalismo, porque, si algo tenemos claro, es que debemos salir y nadie va hacerlo por nosotras.
Notas:
[1] Seoane, J. (2020). Las alternativas socioambientales frente a la pandemia y la crisis: discutiendo el Green New Deal. Cuaderno nº2: La crisis socioambiental en tiempos de pandemia. Debates sobre el Green New Deal. Buenos Aires: Instituto Tricontinental de Investigación Social.
[2] Bregolat, J. (2021). ¿Dónde está la justicia global en los pactos verdes? Propuestas para unos pactos verdes globales e internacionalistas. Barcelona: Observatori del Deute en la Globalització. https://odg.cat/es/publicacion/donde-esta-la-justicia-global-en-los-pactos-verdes/
[3] Zeller, C. (2021). Revolutionary Strategies on a Heated Earth. Spectre Journal. https://spectrejournal.com/revolutionary-strategies-on-a-heated-earth/
[4] Goldstein, J. (2018). Planetary Improvement: Cleantech Entrepreneurship and the Contradictions of Green Capitalism. Cambridge, MA: MIT Press.
[5] Heron, K. y Dean, J. (2022). Climate Leninism and Revolutionary Transition. Spectre Journal. https://spectrejournal.com/climate-leninism-and-revolutionary-transition/
[6] Cañada, B., y Scherer, N. (2022). Los fondos Next Generation EU y los límites biofísicos. Barcelona: Observatori del Deute en la Globalització. https://odg.cat/publicacio/els-fons-next-generation-eu-i-els-limits-biofisics-del-planeta/