La Transacción ecológica
José Mansilla
Antropólogo urbano y profesor
Decía el ex dirigente de Izquierda Unida (IU) ya fallecido, Julio Anguita, que la tan vanagloriada Transición política en España, el paso de la ley a la ley del régimen franquista a la democracia liberal, fue, más bien, una Transacción, "un apañito para que el poder económico del franquismo siguiera mandando"[1]. A día de hoy, muchas de las afirmaciones que realizó el político cordobés durante sus años en primera línea se han confirmado. Las características de la democracia española se encuentran sobredeterminadas, no solo por el poder que aun mantienen las élites económicas sostenedoras y conformadas en torno a la Dictadura fascista de Franco, sino también por un poder judicial heredero, fisiológica y socioculturalmente, de aquella época, un Ejército que aun en parte considera que venció al peligro rojo y un apartado de seguridad del Estado con grandes espacios oscuros y poco transparentes.
En lo referente al cambio climático nos hallamos ante una disyuntiva similar. La Transición ecológica, el paso de una economía apoyada fundamentalmente en el uso y abuso de combustibles fósiles, así como en la consideración del consumo y el crecimiento infinita como única forma de creación, gestión y distribución de bienes y servicios, a otra, más o menos alejada de ella, que no nos conduzca inexorablemente al fin de la presencia de la humanidad en el planeta, se encuentra en una encrucijada. De nuevo, tal y como pasó en la Transición española, la rápida sucesión de eventos históricos, la necesidad de mantener el equilibrio y la paz social, los límites de la política y el poder de las fuerzas económicas herederas del periodo anterior, siempre con la inestimable ayuda de los medios de comunicación (¿acaso no son los mismos?), nos impiden llevar a cabo un proceso de transformación más radical, en el sentido clásico de ir a las raíces, de las estructuras productivas; algo que nos transporte, no solo a transaccionar, sino a establecer los pilares de una solución más duradera, a la vez que mejoramos las políticas de redistribución y solidaridad intra e intergeneracional.
Debemos a Ulrich Beck la aparición del concepto sociedad del miedo. En su libro del mismo nombre, aunque acompañado del subtítulo Hacia una nueva modernidad, este sociólogo alemán señalaba que "la sociedad del riesgo es la sociedad de la catástrofe. El estado de excepción amenaza con convertirse en el estado normal"[2]. De esta forma, las sociedades liberales occidentales han cedido a las presiones y las alertas de los poderes internacionales en aras de sobrevivir, de mantener a raya al máximo las desastrosas perspectivas de futuro que se nos ofrecen, en aspectos y ámbitos tan dispares como la seguridad -solo hay que recordar el recorte de libertades que supuso, a nivel internacional, el 11 de Septiembre en Estados Unidos (EEUU), algunos elementos de los cuales todavía no se han marchado-, la economía o, claro está, el medio ambiente. La ciencia y la tozuda realidad nos advierten sobre el fin del mundo tal y lo conocemos desde un punto de vista ecológico y climático. Son estas verdades como puños que dejan en evidencia a los negacionistas más histriónicos. Sin embargo, en manos de la ya mencionada alianza económico-mediática nos conduce de manera inexorable hacia lo que se ha venido en denominar "desarrollo sostenible"; un desarrollo que nos sugiere que es necesario cambiar nuestro modo de vida pero que, tal y como nos recuerda el también sociólogo Jean Pierre Garnier, sobre todo nos empuja "a no emprenderla con el modo de producción capitalista"[3], verdadero pal de paller, del insostenible sistema económico mundial.
Porque es ahí donde se encuentra el verdadero enemigo a las puertas[4], en la conformación, desde hace más de doscientos años, de un modelo económico que considera los recursos naturales y humanos como meros factores al servicio de la producción. La popularización discursiva del término desarrollo sostenible cumple, de nuevo siguiendo a Garnier, un doble propósito. Por un lado, garantizar, frente a la opinión pública, un modelo de crecimiento nuevo, un desarrollo no solo alternativo al actual sino, además, éticamente deseable, ya que se presenta como inherentemente positivo, bueno. En él, juega un papel esencial toda una neolengua en la que aparece un vocabulario dotado de poderes casi místicos, de consideraciones mágicas. Conceptos como la sostenibilidad, la resiliencia o lo circular. Lo maravilloso de este tipo de solución no es únicamente que nos permitirá seguir viviendo como lo hacemos hoy en día -factor que nos muestra su sesgo clasemedista-, sino que, además, lo hará sin socavar los principios fundaciones del capitalismo: la búsqueda del lucro personal, el individualismo y la racionalidad meramente económica. Por otro lado, en el plano más político, lo sostenible otorga un arma insuperable frente a la sociedad del riesgo; ofrece tranquilidad, elimina el miedo y mantiene los pilares de funcionamiento de nuestra actual democracia liberal.
Lo más maravilloso de todo es que para que tal milagro ocurra solo hacen falta dos elementos principales: Primero, confiar plenamente en la élite económico-mediática: ellos se lucrarán, sí, pero bajo estos magníficos principios este lucro individual será en beneficio de todos y todas, porque será verde, eco y, sobre todo, sostenido. Y en segundo lugar, tenemos que comportarnos como ciudadanos responsables, cívicos, con visión de futuro. Y, para ello, desde la política, tal y como es su deber, se promoverán campañas de concienciación y sensibilización, se nos educará en la sostenibilidad, en el uso de productos y tecnologías de bajo impacto, en el reciclaje, etc. Da igual que Repsol tenga una fuga de miles de toneladas de petróleo frente a las costas de Perú mientras nosotros reciclemos nuestros tetra-briks correctamente. Es en la aceptación de estos dos principios donde se halla el peligro de una nueva Transacción.
Si durante la Transición política de hace ahora más de cuatro décadas, los poderes económicos, la judicatura y los servicios de seguridad del Estado, entre otros, permanecieron sin cambiar afectando sobremanera a la calidad de la democracia española, todo en un clima de miedo y cierto sobrecogimiento por la fragilidad del momento histórico y el desequilibrio de fuerzas, aquello que Vázquez Montalbán denomino "correlación de debilidades" ironizando sobre el concepto gramsciano, en la actualidad corremos el peligro, debido a la misma correlación, de encontrarnos en una situación similar. La solución es mucho más compleja, pero también más duradera y, sobre todo, mucho más justa: hemos de sustituir resiliencia por organización, sostenibilidad por decrecimiento y circular por anticapitalismo y, sobre todo, hemos de evitar que los poderes económico-mediáticos continúen al frente del sistema económico si queremos, no ya que nuestra democracia, sino que nuestro planeta nos siga manteniendo en las próximas cuatro generaciones.
Notas:
[1] "Jordi, ¡tocan a muertos!". El Periódico. https://www.elperiodico.com/es/videos/tele/jordi-tocan-muertos/2053908.shtml
[2] Beck, U. (1986). La sociedad del miedo. Hacia una nueva modernidad. Paidós.
[3] Tello, R. (ed.) (2016). Jean Pierre Garnier, un sociólogo contracorriente. Ed. Icària.
[4] Enemigo a las puertas(2001). Jean-Jacques Annaud.