La transición ecológica en el laberinto pandémico, bélico y reaccionario
Florent Marcellesi
Coportavoz de Verdes Equo y ex-eurodiputado de Los Verdes/ALE
Ante la crisis sanitaria y la emergencia climática, la transición ecológica se ha convertido en prioridad para la economía europea post-pandemia. Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania ha vuelto a evidenciar la centralidad de la cuestión energética para nuestras sociedades industrializadas, donde inflación, coste de la vida, empleo, vivienda o Estado de bienestar dependen profundamente del acceso, o no, a fuentes de energía barata y abundante.
Hay una conjunción de factores que convierten este decenio en una bifurcación peligrosa y, a la vez, en una oportunidad histórica. Según la comunidad científica, nos queda apenas una década para evitar los peores (pero también más probables) escenarios del calentamiento global. Esto supone impulsar una profunda transformación estructural durante los próximos años, lo que implica, a su vez, tener acceso a una cantidad ingente de recursos económicos para tal objetivo, a corto y medio plazo. Ahora bien: resulta que la crisis sanitaria ha dado a luz a los fondos de recuperación europeos, que representan el plan de inversión más ambicioso desde la Segunda Guerra Mundial. Con estos fondos, de una magnitud excepcional, se ha abierto una ventana de oportunidad para (re)construir sobre bases ecosociales las dos próximas décadas del país y del continente.
Sin embargo, Putin ha impuesto un nuevo giro de guion con su invasión imperialista en Ucrania, lo cual interfiere en la visión post-pandémica. Por una razón simple: al iniciar la guerra, Europa tenía una altísima dependencia energética de los combustibles fósiles rusos: 41% del gas europeo provenía de Rusia y un nada despreciable 27 % de su petróleo. Con el corte de combustibles fósiles rusos y las sanciones económicas, la guerra cambia profundamente el tablón de juego: revoluciona el mercado energético, encarece la energía y la cesta de la compra, empobreciendo las clases bajas y medias, y provoca una muy inquietante crisis alimentaria, principalmente para los países más vulnerables.
Ante este preocupante cuadro estructural y coyuntural, es fundamental que la transición ecológica evite los caminos equivocados, encuentre por fin una velocidad de crucero alineada con la ciencia y se transforme en una herramienta de justicia social.
Escapar del Escila ruso sin caer en el Caribdis qatarí
Desconectar a Europa del gas y del petróleo rusos no puede significar reavivar la producción de carbón, petróleo y gas autóctonos o de terceros países, con el afán de sustituir los millones de barriles importados desde Rusia. Como bien señala el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, “estas medidas de corto plazo conllevan el riesgo de crear una dependencia de largo plazo de los combustibles fósiles y de hacer imposible la limitación del calentamiento global a 1,5 °C”[1]. Lo que a su vez podría dañar o incluso arruinar las políticas de reducción del uso de las energías contaminantes y el cumplimiento del Acuerdo de París. Dicho de otra manera, el objetivo, aunque sea duro y requiera sacrificios, no es sustituir el gas ruso por combustibles fósiles europeos (como el carbón) u otro gas mundial (provenga de EEUU, Argelia o Qatar) sino construir las condiciones para que Europa necesite menos energía y que la energía realmente necesaria en un mundo más sostenible (es decir, que produzca y consuma menos) pueda venir, en un plazo aceptable de tiempo, de energías renovables autóctonas.
Además. no podemos equivocarnos de respuesta: la energía nuclear no es la solución. Primero, porque además de la cuestión sin resolver de los residuos, es un peligro para la seguridad. La energía nuclear en contexto de guerra es como regalar cerillas gratis y a discreción a pirómanos en un bosque. Y segundo, porque la nuclear no aporta a Europa ninguna independencia energética. Hoy, más de la mitad del uranio que importa España proviene de Rusia. Eso sí, aporta mayores gastos y endeudamiento a las arcas públicas, como prueban los casos finlandeses o franceses, donde la construcción de nuevos reactores acumula años de retraso y miles de millones de euros de costes adicionales[2].
Así las cosas, una verdadera soberanía energética pasa por los recursos autóctonos como el sol, el viento o el mar, y -como prioridad absoluta- el ahorro energético. Frente a la guerra del gas y al peligro nuclear, la reducción del consumo energético y las energías limpias deberían ser las inversiones del futuro para garantizar paz y seguridad.
Desmentir los malos augurios climáticos
Para conseguir esta soberanía energética española y europea, los fondos europeos de recuperación post-pandémicos, basados en el Pacto Verde Europeo, son una herramienta de transformación estructural potente[3]. Eso sí, si bien el Pacto Verde Europeo y los Fondos Europeos van en dirección correcta, esto no significa que vayan con la velocidad deseada, ni que tengan la ambición suficiente para desmentir los malos augurios.
Esto se debe, principalmente, a que en los últimos años, y a pesar de las advertencias, la Unión Europea ha arrastrado los pies en lugar de avanzar de forma más contundente en la transición energética. De hecho, un (mal) ejemplo de ello es que la Comisión Europea sigue defendiendo, en contra de la opinión de los expertos y de la mayoría de las empresas, que el gas fósil es una energía verde. Esta propuesta es del todo equívoca ante la realidad climática y la realidad geopolítica y energética desatada por la agresión rusa.
Por otro lado, si bien la UE está avanzando hacia un horizonte sin emisiones, lo hace de forma demasiado lenta. El paquete “fit for 55” se ajusta efectivamente a una reducción del 55% de las emisiones para 2030, pero no se ajusta a mantener el aumento de temperaturas por debajo de 1,5 grados antes de finales de este siglo[4]. Sigue existiendo un trecho importante entre el ritmo (y alcance) de las políticas aprobadas y el ritmo más rápido requerido por la emergencia climática. Como recordamos de forma constante Los Verdes Europeos, esta década va a ser clave para ir acelerando la velocidad legislativa y alinear el ritmo político con el ritmo climático.
En España, pasa algo muy parecido. El Gobierno de coalición ha dado pasos en el sentido correcto, por ejemplo con la ley climática del 2021. Pero a pesar de ello y de las mejoras obtenidas por parte de Verdes Equo y Más País (como la cláusula para revisar al alza en 2023 la ambición climática o la creación de la Asamblea Climática Ciudadana), dicha ley es insuficiente a ojos de la ciencia. Es más, en la COP26, el “pacto de Glasgow” llamó a los países a cerrar la brecha entre los compromisos climáticos insuficientes y lo que pide la comunidad científica, aumentando su reducción de emisiones de cara a 2030, para quedarse por debajo de 1.5ºC. Esto viene a reafirmar una realidad tozuda: la ley climática española nació vieja y obsoleta, sin tener en cuenta ni siquiera las enseñanzas de la pandemia[5]. Para ser creíble, tanto en la escena internacional como en casa, es urgente que el gobierno de PSOE y UP revise al alza la ambición climática de cara a 2030 y pase del 23% al 55%, como pide la ciencia. Y para ello puede contar con Verdes Equo.
La transición ecológica y justa, un Peloponeso cultural
Ahora bien, no nos equivoquemos: mientras la realidad científica requiere una aceleración sin parangón de nuestras políticas climáticas, existen unas fuerzas reaccionarias que reman en sentido contrario al cambio ecosocial. De hecho, la transición ecológica y el binomio energía-clima se han convertido en los nuevos campos de batalla culturales y políticos del siglo XXI.
En concreto en España, la extrema derecha ha designado con claridad su enemigo: “el fanatismo climático”[6] y “la transición ecológica imposible y absolutamente enloquecida”[7]. Según ellos, la transición ecológica va en contra de los intereses de la clase trabajadora y del mundo rural y, como alternativa plantean su propio concepto de “soberanía energética, alimentaria e industrial”, que resulta ser radicalmente productivista (pro-nuclear, pro-coche, pro-avión, pro-ganadería industrial y anti-renovables), además de anti-europeo y a favor de un fuerte repliegue identitario y nacionalista.
En paralelo y de forma paradójica, la extrema derecha se aprovecha del cambio climático para arrastrar hacia ella a personas y colectivos directamente impactados por el calentamiento global. Por ejemplo, ante fenómenos de sequía o escasez de agua, que afectan duramente el campo español, parte de la clase trabajadora y campesina se aleja de sus referentes históricos de izquierdas y se acerca a la extrema derecha, que les promete “agua” y nuevas soluciones, al mismo tiempo que pone en el foco en los chivos expiatorios: los “no españoles”[8].
En estos momentos de gran convulsión e incertidumbre global, la transición ecológica está en un punto de inflexión. Si bien este concepto se ha hecho hegemónico en gran parte de la sociedad, principalmente en las clases dirigentes y en las que más se benefician de ella, encuentra serias resistencias en otros sectores, bien castigados por dicha transición (pérdida de poder adquisitivo o de empleo, cambio no deseado de modo de vida, etc.), bien alentados en su contra por fuerzas reaccionarias. Ante estos fenómenos y para evitar nuevos movimientos del tipo “Chalecos amarrillos”[9], es fundamental que la transición ecológica sea aceptada por la gran mayoría de la población, incluyendo a las clases populares y/o más vulnerables ante las transformaciones ecológicas y/o dependientes del viejo mundo fósil. Ya sea con una renta climática, un fondo social para la transición ecológica o una mayor tasación a los grandes beneficios y contaminadores[10], esta transición tiene que ser, y ser percibida, como justa, y convertirse en una transición ecológica del 99%.
La transición ecológica y justa se encuentra hoy en su peculiar laberinto, donde acechan los retos y peligros post-pandémicos, bélicos y reaccionarios. Hagamos lo necesario para saber encontrar el camino de salida y no quemarnos las alas al coger vuelo. La sostenibilidad de la vida está en juego.
Notas:
[1] Mouterde, Garric (2022), “La guerre en Ukraine risque-t-elle de freiner la lutte contre le dérèglement climatique”, Le Monde. Disponible en https://www.lemonde.fr/planete/article/2022/03/25/la-guerre-en-ukraine-risque-t-elle-de-freiner-la-lutte-contre-le-dereglement-climatique_6119051_3244.html
[2] El sobrecoste actual estimado en la central nuclear de Flamanville (Francia) es de casi 9.000 millones de euros y son 12 años de retraso. En Finlandia, se estima a 11.000 millones de euros y 13 años de retraso.
[3] Siempre cuando se utilizan de forma correcta. Por desgracia, tenemos en España y otros países europeos malas experiencias de antiguos fondos europeos de reconversión o desarrollo territorial mal utilizados en el pasado, como ocurrió por ejemplo en las cuencas mineras.
[4] Para ello, haría falta a nivel europeo, al menos una reducción del 65% de las emisiones de gases de efecto invernadero de cara a 2030.
[5] https://verdesequo.es/la-ley-de-cambio-climatico-una-oportunidad-perdida
[6] https://www.heraldo.es/noticias/nacional/2022/03/30/abascal-culpa-al-fanitismo-climatico-de-crisis-energetica-hiperinflacion-1563730.html
[7] https://www.servimedia.es/noticias/abascal-solo-podremos-ayudar-espanoles-si-nos-quitamos-encima-han-traicionado-propio-pueblo/3119410
[8] https://www.politico.eu/article/climate-change-spain-andalucia-far-right-vox-election-2022/
[9] Véase Marcellesi, Ralle, “Chalecos amarillos: la transición ecológica será justa o no será”, 04/12/2018: https://www.eldiario.es/euroblog/chalecos-amarillos-transicion-ecologica-justa_132_1801957.html
[10] Sobre crisis climática, riqueza y desigualdad, véase Tejero, Santiago, “Pajitas de plástico, jets privados y desigualdad climática”, 03/07/2022: https://blogs.publico.es/otrasmiradas/61407/pajitas-de-plastico-jets-privados-y-desigualdad-climatica/