It is biodiversity, stupid!
Álex Dorado Nájera
Consejero de Sostenibilidad, Transición Ecológica y Portavocía del Gobierno de La Rioja.
A menudo, en los últimos tiempos, en muchos debates y en muchos medios, existe una equiparación casi total entre medio ambiente y clima o entre crisis ecológica y crisis climática.
Esta asimilación de la parte por el todo es fruto, en parte, por una buena noticia como es el aumento de la concienciación mediática y social sobre la importancia del clima y de la energía en nuestras vidas y las de las generaciones venidas.
Sin embargo, esta conquista de la agenda medioambiental por parte de la agenda climática, puede suponer un problema a la hora de eclipsar o minusvalorar otras crisis vivas cuyo agravamiento supone un peligro tan grande para el futuro de nuestras civilizaciones como el que comporta la crisis climática. Estoy hablando de la crisis de biodiversidad.
La vida, los servicios de los ecosistemas sobre los que se asienta nuestra salud, nuestro bienestar y nuestra economía, penden de una cuerda cuyos hilos se van deshilachando a medida que el ser humano extingue especies y deteriora hábitats a lo largo y ancho de planeta. La biodiversidad está sufriendo un profundo y acelerado desgaste provocado por las actividades humanas, que se traduce en un deterioro sin precedentes de los servicios que los ecosistemas nos regalan, como han señalado Cristina Narbona y varios participantes en este foro.
De las alrededor de 8 millones de especies que se estima existen en el planeta, más de un millón se encuentran ya en peligro de extinción. Los polinizadores, animales de los que depende la producción del 75% nuestros cultivos, se encuentran en declive, poniendo en riesgo la producción agrícola anual a nivel mundial por valor hasta medio billón de euros —el equivalente a todo el PIB de Argentina¬—. La protección costera ante catástrofes naturales que brindan los arrecifes coralinos, de la que dependen entre 100 y 300 millones de personas en el mundo, está comprometida y la actividad humana ha acabado ya con la mitad del coral vivo del planeta.
Los ecosistemas marinos y terrestres son los sumideros naturales de aproximadamente el 60% de nuestras emisiones mundiales de CO2 y alrededor del 70% de los medicamentos utilizados para el tratamiento del cáncer provienen de la naturaleza. Sin embargo, el 75% de la superficie terrestre ha sufrido ya alteraciones considerables a expensas de estos ecosistemas —hemos multiplicado por dos las zonas urbanas desde 1992, un tercio de la superficie terrestre está ya dedicada al cultivo o la ganadería, y solo conservamos un 15% de los humedales del planeta—. La contaminación marina por plásticos se ha multiplicado por 10 desde 1980 y afecta al 86% de las tortugas marinas, al 44% de las aves marinas y al 43% de los mamíferos marinos, estando ya presente en nuestros alimentos.
Es la biodiversidad la que mantiene la calidad del aire, del agua dulce y la que nutren los suelos de los que dependemos para alimentarnos; regula el clima, controla las plagas de nuestros cultivos y las enfermedades que, como hemos visto con la pandemia de la covid-19, nos acechan; contribuye también a los aspectos inmateriales de nuestra calidad de vida, como nuestra identidad cultural.
La Plataforma Internacional sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas de Naciones Unidas (IPBES) es un panel intergubernamental, a la imagen del IPCC sobre cambio climático, cuya misión es prevenir sobre el estado de la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas —de los que dependen nuestra economía y nuestro bienestar— y acercar la Ciencia a las decisiones políticas. Es una institución poco conocida pero cuyo trabajo alertando sobre las consecuencias de la crisis de biodiversidad tendrá un gran protagonismo en este 2022.
Las conclusiones de la evaluación de global de ecosistemas del IPBES, publicada en 2019, son claras: los ecosistemas son los cimientos de la humanidad y estamos dinamitándolos, comprometiendo nuestra capacidad para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030.
Este año deben decidirse los objetivos que la comunidad internacional se marcará para revertir la pérdida global de biodiversidad. Los Estados parte de la Convención sobre Diversidad Biológica de Naciones Unidas se reunirán en la ciudad canadiense de Montreal, tras descartarse por el impacto de la pandemia la ciudad anfitriona china de Kunmig, para decidir los compromisos de lucha contra la que se ha dado ya en llamar Sexta Extinción Masiva de aquí a 2030.
A menudo usamos el ejemplo de la rana y el caldero de agua hirviendo para alertar sobre nuestra actitud ante crisis climática. El anfibio saltará inmediatamente fuera del recipiente para salvar su vida si es lanzado al caldero con agua en ebullición. Pero la misma rana, colocada en agua tibia, permanecerá inmóvil mientras se va calentando progresivamente el líquido hasta hervir con ella dentro. Es el síndrome de la rana hervida, una analogía que se usa para describir la incapacidad para reaccionar ante daños percibidos como a largo plazo, que se producen de forma acumulativa, provocando que las reacciones sean ausentes o tardías como para evitarlos o revertirlos.
Somos la rana ante la crisis climática, pero somos aún más la rana ante la crisis de biodiversidad, hacia la que existe menos sensibilización social y escaso espacio mediático y político. Crisis climática y crisis de biodiversidad deben abordarse unidas, como ya hacen el IPBES y el IPCC. Desde el Gobierno de La Rioja lo hemos entendido así y por eso hemos llevado al Parlamento autonómico una Ley de Biodiversidad y una Ley de Cambio Climático, que van de la mano y esperamos pronto ver pronto aprobadas para poner a La Rioja a la vanguardia de las políticas ambientales en España.
Porque los efectos de ambas crisis se retroalimentan: el cambio climático provoca la extinción de especies y la extenuación de los ecosistemas, y la pérdida de biodiversidad agrava la crisis climática y nos resta herramientas para mitigarla y adaptarnos a ella de forma justa.
Enfrentemos los retos ambientales en su conjunto, con políticas decididas y de forma transversal al conjunto de políticas públicas. Desde las instituciones, pero con la involucración de las empresas, del activismo y el ecologismo, y guiados por una sociedad informada, sensibilizada y activista, capaz de liderar los profundos cambios que nuestro planeta y la necesaria igualdad entre generaciones nos exige.