La transición, el sujeto político y los tiempos de la emergencia climática
Juanjo Álvarez
Ecosocialista, militante de Anticapitalistas
La transición ecológica es una cuestión abierta que se construye durante estos años a marchas forzadas. Nadie que tenga una mirada abierta del mundo puede obviar que se está dando una transición global, y sin embargo, esto no determina lo que vaya a suceder, porque la materialización de la transición puede tener tantas variantes y en tantas claves como se puedan imaginar, aunque otras tantas, y cada vez más, aparecen por el avance de la crisis ecológica, que cierra muchas posibilidades a medida que va superando puntos de retorno. En esta aportación pretendemos examinar justamente el factor que suele quedar oculto y que, sin embargo, será el determinante en la evolución de este proceso histórico. Ese factor es el sujeto político.
El cambio climático y la transformación efectiva de la sociedad
Hace ya décadas que venimos hablando de transición ecológica, pero tiene cierto interés recuperar el origen de este término. Al principio era el ecologismo militante y teórico el que usaba esa expresión, y como cada vez que se acuña un concepto, resultaba extraño; más aún, hablar de transición ecológica podía ser tildado de exagerado, catastrofista o ridículo, como ha sucedido tantas veces con las posiciones ecologistas. Sin embargo, hoy en día el término ha pasado a ser de uso común y tenemos hasta un Ministerio (cuya titular ostenta el rango de vicepresidenta tercera). La forma en la que se da esa mutación, de un término minoritario a uno que designa una de las grandes áreas de gobierno, tiene que ver con dos fenómenos: primero, con la emergencia de una conciencia social que se preocupa por la crisis climática, con un movimiento que articula socialmente esa preocupación, y segundo, con la absorción por parte del Estado de esas demandas y de los contenidos formales de esas propuestas. Que ese fenómeno sea positivo o no es precisamente lo que tenemos que discutir para poder plantear la cuestión final a la que pretendemos dirigirnos, que es la del sujeto, o dicho de otra forma: ¿quién liderará los cambios sociales necesarios para hacer efectiva la transición y de qué manera?
Es sabido que la situación es de emergencia global, que la crisis climática es sólo la más inminente de una amplia gama de fenómenos derivados de la degradación ecológica del planeta y que eso hace que estemos rodeados de amenazas. A la crisis climática la acompañan un declive energético de primer orden, una caída de la biodiversidad que está en la génesis de la pandemia de la COVID (y de otras muchas enfermedades) y un largo repertorio de desafíos. En términos generales, lo que origina estos fenómenos es que hemos superado la capacidad de la naturaleza para producir recursos y asumir residuos, y por lo tanto hemos saturado el medio en el que vivimos. A la relación entre sociedad y naturaleza la llamaba Marx metabolismo, refiriéndose a una relación de intercambio constante de flujos de energía y materia, y ese metabolismo es el que hoy está desbordado. Para volver a poner la actividad humana bajo los límites de la naturaleza tendremos que ejecutar una reducción masiva de la producción y del uso de energía y materiales. Al paso de esta sociedad actual, que consume masivamente y desborda todos los límites, a una sociedad en la que las pautas de consumo sean asumibles por la naturaleza, a esa transformación es a lo que llamamos transición ecológica.
No es poca cosa. Para empezar, como señala el texto de la ponencia inicial de este debate, la reducción no puede ser igual para todos los sectores de la sociedad, porque la responsabilidad de las emisiones está fracturada entre aquellos sectores sociales que han producido, con una actividad económica hipertrofiada, el cambio climático, y aquellos sectores que han sido sujetos pasivos de esa actividad y que o bien no se han beneficiado de ella o bien lo han hecho de forma secundaria y subalterna. Para ponerlo más claro: la necesidad de reducir la actividad y minimizar los consumos está sesgada por la clase y por el origen, porque una obrera o una limpiadora han tenido muy poca responsabilidad en la definición de la política económica y se han beneficiado sólo de forma parcial y, por supuesto, la mayor parte de la población mundial, desde Congo o Sudán hasta el triángulo norte de Centroamérica, por poner dos ejemplos, no sólo no se han beneficiado sino que han sido víctimas de ese desarrollo económico.
Por lo tanto, los cambios necesarios no sólo son de enorme calado en lo que se refiere a la estructura económica, sino también en lo político. Una transición mínimamente justa debe asumir, simultáneamente, una enorme redistribución de los recursos tanto dentro de cada país, en términos de clase, como en la economía mundial, en la división internacional del trabajo. El marco para esta redistribución es una reducción global del consumo que debe ajustarse a unos estándares de uso de materiales y de energía muy restrictivos. Sin ánimo de entrar en discusiones de ámbito técnico, en España se han dado varias polémicas sobre este asunto entre especialistas de gran nivel científico, que señalan que los estándares de reducción necesarios son elevados y exigen una planificación estricta que a veces se ha comparado con la de una economía de guerra[1].
Más recientemente, se ha lanzado la idea del Green New Deal (en adelante GND) con la idea de lanzar un gran proceso de recuperación de la economía en clave keynesiana[2]. Esta es una idea que se ha generalizado y que la propia Comisión Europea ha asumido como propia, en una línea que sin duda también puede acoger los proyectos de transición ecológica del Gobierno de España. Por supuesto, hay muchos elementos que diferencian estos proyectos, algunos de forma nítida, otros no tanto, pero en cualquier caso todos ellos comparten la centralidad del Estado en el liderazgo de la transición, algo que, por cierto, no asumían en ningún caso los protagonistas del New Deal al que hacen referencia. Pero vayamos por partes.
¿Dónde estamos? Desde el ecologismo clásico al movimiento climático y la institución
La tarea del ecologismo desde hace medio siglo ha sido la de adelantar el conflicto que estaba por llegar, y no un conflicto más, sino una lucha que se habría de dar entre los límites de la naturaleza y la expansión de las sociedades humanas. Un conflicto épico que, como cualquier lucha social adelantada, no tuvo la repercusión que aspiraba a tener, porque ninguna sociedad reacciona a partir de problemas que puedan surgir en un tiempo futuro: al fin y al cabo, hay que pagar el alquiler, y eso llega antes que el final del petróleo. Andaba el ecologismo agotado de sí mismo cuando apareció la emergencia climática, y entonces fueron otros quienes asumieron el pulso. El movimiento climático juvenil significó un cambio de ciclo frustrado por dos elementos; el primero objetivo e indiscutible, fue la aparición de la COVID y el confinamiento, los meses de distancia social que hicieron imposible la actividad de un movimiento juvenil adicto a la presencia y a la actividad de calle; el segundo fue la agenda de una serie de partidos políticos que hicieron cuentas con la actividad juvenil y el apoyo masivo que ésta despertaba y lo convirtieron en un eje de lucha política y electoral.
Hoy nos encontramos en un momento en el que el pulso del movimiento ha bajado y se ha generado, en su lugar, una amplia actividad institucional. Esto podría ser positivo, en la línea en la que resulta necesario que los gobiernos asuman las demandas populares, pero está siendo negativo, porque esas demandas están siendo más frustradas que satisfechas bajo un marco de gestión neoliberal de la crisis ecológica. Se trata de una cuestión ampliamente discutida cuya mejor aportación en sin duda la de Daniel Tanuro[3], quien explica perfectamente que no se puede ni mantener el crecimiento a base de una mera mejora de la eficiencia ni encaminarnos a una ruptura entre el crecimiento económico y la generación de residuos. Y es que el neoliberalismo, como forma contemporánea del capitalismo, se soporta sobre la necesidad de incrementar constantemente la esfera del valor, y aquí, como la navaja de Okham, la solución más sencilla es la más plausible: no hay crecimiento de la economía sin crecimiento del impacto en la naturaleza.
Pero eso es justamente lo que prevén tanto los modelos de GND como los de control del impacto climático a través de la acción institucional, entre los cuales la referencia se encuentra en las Cumbres sobre Cambio Climático. Siendo sinceros, la actividad institucional ha estado presente durante décadas sin lograr resultado alguno. Sólo ha habido dos momentos de reducción significativa de emisiones, la crisis de 2008 y la crisis de la COVID en 2020, y esto es así porque las instituciones neoliberales están atravesadas por la necesidad de crear un incremento constante del valor, lo que lleva sus políticas climáticas a meras afirmaciones discursivas. El papel, como se suele decir, lo aguanta todo: el clima, no.
Los fenómenos reales de amenaza y la situación social
Avanzamos en tiempos de penumbra, pero avanzamos, porque la historia jamás se detiene. Los impactos de la crisis ecológica, y en primera fila los del cambio climático, están apareciendo, pero no se muestran como podríamos esperar. El cambio climático no aparece como un patrón que despide o como un gobierno que lamina los derechos laborales o criminaliza la protesta. El cambio climático tiene, por supuesto, agentes responsables, pero no se puede determinar la agencia individual de cada sujeto; al fin y al cabo ¿cuántas toneladas de emisiones se deben a cada presidente estadounidense, francés, chino, o a cada responsable empresarial?
Más aún, pero en la misma línea: tampoco se puede establecer la cadena causal que lleva desde el clima hasta cada desastre. Es algo que explica de forma inmejorable Andreas Malm[4] cuando analiza como el origen de la guerra de Siria se encuentra en una migración masiva que surge como consecuencia de una sequía de dimensiones bíblicas. Por supuesto, a todas las personas que lucharon contra la masacre del gobierno de al-Assad sería difícil explicarles que su lucha era en contra de los efectos de la crisis ecológica y no contra un tirano, y ese es un fenómeno que nos vamos a encontrar en muchos conflictos. Se trata de trabajar en las brechas que muestran y que nos permiten explicar de forma clara que la crisis ecológica empieza a romper nuestra forma de vida porque, simple y llanamente, esa forma de vida no es compatible con el mundo en el que se produce.
Por supuesto, esto no puede ser meramente discursivo. Cuando hablamos de trabajar en las brechas nos referimos a hacer un trabajo político real, esto es, de la mano de los sindicatos y los colectivos sociales para plantear alternativas efectivas, como se ha hecho en el conflicto de Nissan, en el de Airbus o en el de Alcoa, pero también en las oleadas de incendios que cada año devastan el territorio o en la lucha de las trabajadoras de los cuidados. Por muchos motivos, entre los cuales quizá el primero sea que la transición tiene que salir del reducto ecologista para dejar de ser un movimiento sectorial y empezar a plantear un polo popular en clave ecosocialista.
Sólo eso permitirá construir un agente colectivo con fuerza propia para llevar la transición hasta el lugar en el cual el Estado no puede llevarla, porque sus intereses se encuentran más allá de las dinámicas del sistema.
Existen, por supuesto, infinitas dificultades, pero sigue siendo cierta la hipótesis central: no se puede avanzar sin romper la subordinación de las estructuras de mando del Estado a la reproducción del capitalismo. Y existe también una coyuntura dramáticamente favorable, y es que el nivel de degradación social y ecológica del sistema actual es tan alto que hace bueno todo lo que el ecologismo ha predicado sin que nadie lo escuchara, y ahora el repertorio de propuestas alternativas empieza a ser escuchado, cada vez más, como el sentido común y la única vía que puede ser antagonista respecto a un capital que cada día se cierra más sobre sí mismo y excluye, con una violencia altísima y sistemática, a la mayoría de la población mundial.
Notas:
[1] Se puede consultar sobre este punto autores de referencia como Antonio Turiel, que tiene un artículo publicado en su blog con abundantes datos sobre este punto: https://crashoil.blogspot.com/2021/07/las-ilusiones-renovables.html
[2] Santiago, Emilio, y Tejero, Héctor. ¿Qué hacer en caso de incendio?. Madrid: Capitán Swing, 2019
[3] Tanuro. Daniel. El imposible capitalismo verde. Madrid: La oveja roja, 2011
[4] Malm, Andreas. Una estrategia revolucionaria para un planeta en llamas. Incluido en: Como si hubiera un mañana. Manuel Garí y Juanjo Álvarez (coordinadores). Barcelona: Sylone, 2020.