Populismo y desdiabolización, la receta de Marine Le Pen para ganar las elecciones presidenciales en Francia
Pablo Castaño Tierno
Periodista y profesor de Ciencia Política en la UAB
Hace unas semanas, Marine Le Pen volvió a ocupar las portadas de los periódicos las de todo el mundo al anunciar su intención de prohibir que los hijos de inmigrantes tengan acceso a la escuela pública, si gana las elecciones presidenciales de este año. Después de las victorias del Brexit y Donald Trump, una inquietante pregunta se repite cada vez más a menudo: ¿puede ganar Marine Le Pen?
Según todas las encuestas, la segunda vuelta de las elecciones francesas enfrentará a la presidenta del Frente Nacional con el candidato de la derecha tradicional, François Fillon, y este ganará sin problemas. Sin embargo, el valor de una encuesta casi cinco meses antes de las elecciones y sin conocer todos los candidatos es muy relativo. Lo que parece evidente es que el FN y su candidata están en una situación mucho mejor que antes de las elecciones de 2012, gracias a dos elementos: un uso magistral del populismo y la estrategia de la desdiabolización.
El populismo de Marine Le Pen
La conocida definición de “populismo” de Ernesto Laclau es muy útil para entender el FN de Marine Le Pen. El autor argentino define el populismo como una lógica política que incluye -entre otros- los siguientes elementos: la unificación de una pluralidad de demandas sociales en una cadena de equivalencias (es decir, varias demandas distintas son percibidas como equivalentes entre sí) y la división discursiva de la sociedad en dos campos (Laclau 2005: 102).
Ambos elementos están presentes en la estrategia del Frente Nacional, al menos desde que Marine Le Pen sustituyó a su padre en la presidencia del partido en 2011. El FN ha conseguido agrupar en un mismo proyecto político demandas sociales como el proteccionismo comercial para defender el empleo frente la globalización neoliberal o la defensa de los servicios públicos, por un lado, y el creciente miedo a la inmigración, al Islam y al terrorismo, por otro lado. En lo económico, el programa frontista incluye propuestas típicamente de izquierdas como detener la liberalización de los servicios públicos o aumentar el IVA sobre los productos de lujo, junto a propuestas neoliberales como el incremento de las horas semanales de trabajo o la reducción del gasto público. Estas contradicciones muestran las tensiones que existen dentro del partido entre los sectores neoliberales y los proteccionistas.
La construcción populista del FN se completa con el liderazgo de Marine Le Pen, que consigue contrarrestar la tendencia a la disgregación de las múltiples demandas reunidas en el programa del partido (Laclau 2005: 130). Gracias a su habilidad comunicativa, Le Pen mantiene unidos a votantes laicos y católicos, de clases populares y empresarios, y, sobre todo, ultraderechistas convencidos y ciudadanos atraídos por el mensaje anti-establishment del FN.
El discurso del FN divide la sociedad francesa en dos campos: por un lado, el pueblo francés, entendido como la mayoría blanca y cristiana, atea o agnóstica (más del 60% de los franceses dicen no identificarse con ninguna religión); por otro, la población inmigrante y una élite parisina y cosmopolita que olvida a los “verdaderos franceses”, dedicando todos sus esfuerzos a garantizar el bienestar de estos recién llegados. No hay más que pasearse por las afueras de cualquier gran ciudad francesa para comprobar que esta construcción no tiene nada que ver con la realidad, pero funciona.
La división social establecida por el FN tiene el siniestro mérito de que expulsa de la noción de “pueblo francés” no solo a los migrantes, sino también a los franceses de cultura musulmana, que son presentados como “asistidos” que abusan de las ayudas públicas. De hecho, la figura de la persona que falsea sus condiciones económicas para acceder a prestaciones sociales a las que no tiene derecho es omnipresente entre los votantes del FN, según un estudio dirigido por las politólogas Céline Braconnier y Nonna Mayer. Por eso el proyecto político de Le Pen no es solo xenófobo sino también racista: excluye a una parte de la población francesa, no solo por razones de nacionalidad sino también por su etnia.
Como explica René Monzat, experto en la extrema derecha francesa, la islamofobia cumple un papel fundamental en la construcción política del FN, por dos razones. Primero, borra las grandes diferencias étnicas y culturales que existen dentro de los musulmanes franceses y migrantes, considerándolos a todos solo como musulmanes: “La islamofobia se convierte en un factor unificador del racismo y la xenofobia”. Además, según Monzat, “la islamofobia permite ampliar la base social del apoyo a las discriminaciones o al apartheid: se extiende a sectores que no se sienten racistas y creen mostrar su feminismo y espíritu cívico al apoyar las discriminaciones este es un aspecto particularmente marcado en Francia”.
En la misma línea, la histórica autora feminista Christine Delphy denuncia que buena parte del feminismo francés ha asumido la transformación de la laicidad en un arma arrojadiza contra la población musulmana, apoyando “leyes racistas” como la que prohíbe el uso del pañuelo islámico en las escuelas. La ministra (socialista) de los Derechos de las Mujeres, Laurance Rossignol, proporcionó un lamentable ejemplo de esta tendencia hace unos meses, cuando comparó a las mujeres que llevan velo con las “negras que estaban a favor de la esclavitud”. El candidato de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, salió en su defensa, calificando la declaración de la ministra de “error de vocabulario”.
La desdiabolización
La exitosa construcción populista de Marine Le Pen va de la mano de una estrategia de desdiabolización cuyo objetivo es escapar de la imagen de partido neonazi que el FN tenía hasta hace unos años. Jean-Marie Le Pen (el padre de la actual presidenta del FN) representaba perfectamente esa imagen. Presidente del FN entre 1973 a 2011 y antiguo miembro de la organización terrorista de extrema derecha OAS, Jean-Marie Le Pen fue condenado varias veces por hacer declaraciones racistas o afirmar que las cámaras de gas nazis fueron “un detalle en la Historia de la Segunda Guerra Mundial”. En 2015, la nueva dirección del partido expulsó a Jean-Marie Le Pen de la organización por estas declaraciones. El padre de Marine Le Pen no ha sido el único sancionado: la nueva presidenta del FN estrenó su mandato en 2011 echando a un consejero del partido por hacer el saludo nazi.
Sin embargo, el elemento más importante la operación renove lanzada por Marine Le Pen ha sido probablemente el nombramiento como vicepresidente del partido de Florian Philippot, antiguo seguidor del socialista anti-europeísta Jean-Pierre Chevènement, entre otros tecnócratas salidos de escuelas de élite. El pasado socialista de Philippot se une al hecho de que es homosexual, lo que refuerza la apuesta del Frente Nacional por presentarse como un partido moderno y defensor de las mujeres y las minorías sexuales frente a la amenaza que la población musulmana supuestamente representa para ambos colectivos.
Solo hay que ver cualquier telediario o leer cualquier periódico en Francia para darse cuenta de que la estrategia de la desdiabolización ha dado resultados: las ideas del Frente Nacional están hoy en el centro del debate político y sus representantes son invitados a los medios de comunicación con la misma frecuencia que el resto. Philippot ha sido invitado incluso a Sciences Po, escuela de élite de ciencias políticas que se presenta como institución defensora de la democracia liberal. Sin embargo, gran parte de los militantes y cuadros del Frente Nacional siguen siendo ultraderechistas de la vieja escuela, y las declaraciones descaradamente racistas, xenófobas, machistas y homófobas de representantes del FN siguen siendo más frecuentes de lo que les gustaría a Le Pen y Philippot. Quizá sea por eso que la mayoría de los franceses siguen considerando hoy que el FN es una amenaza para la democracia, igual que en 2011.