El crecimiento de la ultraderecha en Europa
Rosa Regás
Escritora
El título sugiere que alguna vez Europa ha sido de izquierdas, pero no hace falta ir demasiado lejos en el pasado para darnos cuenta de que no es exactamente así. No quiero decir que no haya habido movimientos de izquierda, revolucionarios, que se hayan gestado en Europa y proliferado sus seguidores en ella, pero si exceptuamos los años de la Revolución Francesa, la izquierda europea es más bien escasa en experiencias de gobierno y en victorias electorales.
Sin embargo, no puede decirse que durante los siete u ocho últimos siglos muchos de los países que la conforman hayan estado bajo una dictadura de derechas, pero si lo estuvieron bajo una de izquierdas que en lo que se refiere a métodos y formas de gobierno, difieren en muy poco. Estos países del Este y algunos del Oeste son hoy los estandartes de los comportamientos y gobiernos más a la derecha que conocemos, desde los años del gobierno nazi.
Decía Kapuściński que un país como Polonia, o como cualquier otro que haya estado bajo dictadura durante tantos años, necesita al menos un siglo para recuperar la normalidad. De ahí que todos ellos, incluido el nuestro, es como si hubieran heredado la admiración y obediencia a la autoridad sin límites que se les exigía, el feroz nacionalismo sobre el que el régimen pretendía fomentar el orgullo patrio y ensombrecer y hacer olvidar sus carencias, a lo cual añadían el miedo y el odio al enemigo que casi siempre consistía en lo que representaban el forastero, el extranjero “el otro”, ya fueran países o ciudadanos de distinta nacionalidad, color de la piel o ideología, que mantenía a raya cualquier intento intelectual de quien aún pretendiera defender sus derechos y sus libertades que ya se cuidaban y se cuidan las dictaduras de que sigan siendo desconocidos para todos.
En cuanto a España sumida desde siempre en monarquías absolutas, comenzó el siglo XIX al grito de Vivan las cadenas, contrapuesto bien es cierto a la nueva Constitución, la primera promulgada en España, popularmente conocida como la Pepa, una de las más abiertas que hemos conocido donde, por ejemplo, la soberanía no residía en el rey sino en la nación, que duró dos años. Y aunque a veces se volvió a adoptar, solo fue en periodos tan breves como han sido los periodos lejos de la derecha que ha conocido nuestro país. Tuvimos en el siglo XX una dictadura de Primo de Rivera y el entusiasmo popular por lograr y mantener la II República que fue pisoteado por una extrema derecha que convenció a ciudadanos conservadores aunque de ideología menos extrema, que la apoyaron incluso en la guerra civil que esa extrema derecha propició e hizo durar casi tres años a partir de un golpe de Estado militar aupado por los poderes fácticos y fundamentado, como lo está siempre en todos los regímenes totalitarios, en el brutal nacionalismo incuestionable, impuesto a la población, que justificó la cruenta guerra civil, una postguerra igualmente cruenta contra los derrotados y una dictadura de 40 años que cambió para siempre el ADN de los españoles y de España.
De esta dictadura partió la Transición que nos ha llevado a una democracia heredera de la dictadura y de su feroz nacionalismo, de los líderes, la corrupción, el miedo al debate y a la diferencia, el horror a hablar del pasado y la incapacidad para la protesta, sin contar con un pensamiento de derecha extrema que en la voz y el partido se confunde con la derecha sin más, es decir, sin que la extrema derecha, lejos de lo que ocurre en Europa, tenga una apelación clara ya que la comparte con la derecha, lo mismo que la convicción de la mayoría de la sociedad de que no hay castigo por los comportamientos políticos ilegales del pasado sino una gran benevolencia por los del presente.
Añadamos a este panorama la crisis de 2008 que domina hoy Europa, y veremos como a partir de ella se afianza el anhelo por un gobierno autoritario de extrema derecha. Y es curioso porque si alguien provocó la crisis fue precisamente la derecha más extrema, o el liberalismo económico como la llaman hoy los economistas como si quisieran ocultar aquel desprestigiado nombre con que se la había conocido siempre.
Todo esto no sería posible si reinaran entre nosotros algunos de los valores de antaño, como la solidaridad, la igualdad, la justicia o la libertad que hoy han sido sustituidas por el éxito y el dinero al precio que sea, con lo que ha desaparecido o está en vías de desaparecer en nuestra sociedad lo que es y significa el delito económico e incluso virtudes que lo fueron tradicionalmente y que han sido olvidadas hoy, como la decencia y la honestidad, económica o moral, poco importa.
Ante estos hechos que lo mismo se dan en España que en los demás países de Europa, cada cual con sus características y su propia Historia, creer que las extrema derecha ha crecido creo que no es más que un espejismo que nos hace confundir el crecimiento con el resurgimiento puntual y esporádico de lo que ya existe en la base de la sociedad. ¿Cómo se entiende si no que las fuerzas de derechas por más escándalos en los que estén sumidas, aquí y por doquier, sigan ocupando sus líderes los más altos puestos de la Política y la Administración europea, o concitando los votos por lo menos de una gran mayoría de ciudadanos?
Si a todo esto añadimos la poderosa labor de un capitalismo que se ha dado en llamar liberalismo económico que alcanza y beneficia a las clases más ricas, que provoca la admiración de la clase media y que con la ayuda de los medios y de los gobiernos neoliberales que tenemos casi todos los países de Europa, ha decidido acabar, legal o subrepticiamente, con los logros conseguidos por los progresistas en las últimas décadas para las masas trabajadoras a fin de recuperar, aumentar y afianzar su poder y sus fuentes de riqueza, nos daremos cuenta de que no es que la extrema derecha haya crecido en el corazón de los ciudadanos sino que ya vivía en el interior de una gran mayoría de ellos pertenecientes a todas las clases sociales que, hoy como ayer sus padres o abuelos, desean apuntarse al carro de los vencedores que han comenzado ya a desmantelar el estado del bienestar en beneficio propio, y que quienes no lo eran de corazón, ante la impunidad y el poder de esa obediente extrema derecha, han sido aducidos por ella.
Armados cada cual con su propio nacionalismo, la herramienta más eficaz de los regímenes totalitarios, y con un claro enemigo bien identificado y definido por el poder, ¿qué otra cosa pueden hacer los pueblos Europa que ven un enemigo en “el otro”, no consideran un valor la solidaridad, ni apenas la justicia y la libertad, sino convertirse en defensores a ultranza de la extrema derecha más brutal, egoísta e insolidaria?