La ultraderecha y el 1%
Stelios Kouloglou
Eurodiputado de Syriza y periodista
El auge de los partidos populistas de extrema derecha en Europa es consecuencia directa de las políticas de austeridad y del hundimiento de los principios de democracia, justicia social y solidaridad, todos ellos pilares fundacionales de la Unión Europea.
El Brexit parece reforzar a las fuerzas de ultraderecha y llevó también a la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, incluso si los partidarios del Brexit aparentan estar desorientados sobre la gestión del Brexit y el día siguiente de las relaciones entre Gran Bretaña y la UE.
El auge de la ultraderecha se asemeja a los años 1920 y 1930 en Europa. La pobreza, la exclusión social, la recesión y la incertidumbre; la falta de alternativas. Incluso en los Estados miembros con menos problemas financieros, las nuevas generaciones están llamadas a padecer una situación peor todavía que la de sus antecesores tras la Segunda Guerra Mundial. Los partidos de extrema derecha hacen crecer su popularidad fabricando nuevos enemigos virtuales, como hicieron con los judíos en el pasado y hacen últimamente con los refugiados.
En las recientes elecciones presidenciales en Austria, el candidato de ultraderecha logró reunir el 47% de los votos, literalmente el mayor porcentaje jamás obtenido por un partido de ese cariz en Europa. En Alemania, el 'partido hermano' AfD es la fuerza política emergente que arrastra apoyos desde la totalidad del espectro social. En Holanda, el partido de Wilder se prepara para un triunfo arrollador, mientras que en Francia el Frente Nacional de Marine Le Pen ha conseguido convertirse en una fuerza principal, desafiando el futuro político del país y aspirando a la Presidencia. Semejante desarrollo podría significar la desintegración de Europa, al menos con la estructura que conocemos actualmente.
El Sur de Europa va contracorriente, porque aquí sigue presente la memoria del odio y de la división, de la lucha contra la barbarie y el fascismo. Tanto Grecia como España y Portugal han sufrido dictaduras militares, y esos regímenes autoritarios expoliaron sus sociedades hasta finales de los años 70.
En 2012, el partido ultra neonazi Amanecer Dorado consiguió entrar en el Parlamento griego con un resultado notable y ha mantenido, desde entonces, un apoyo electoral de alrededor del 8%. Este tirón electoral es equivalente al que ha tenido tradicionalmente en Grecia la extrema derecha desde la reinstauración de la democracia en 1974. El asesinato de un artista griego antifascista y la implicación de miembros de Amanecer Dorado en actos criminales de esa índole han lastrado el crecimiento electoral de ese partido, que es ampliamente considerado como políticamente yermo, igual que sus acciones y retórica son socialmente inaceptables.
A pesar de los continuos desafíos y problemas del marco restrictivo del control financiero, el partido Syriza se las ha arreglado para canalizar el descontento social hacia una vía progresista, algo que también ha ocurrido en España con Podemos.
En Portugal, la coalición de gobierno entre los socialistas, la izquierda y los comunistas allana el camino para iniciativas similares en otros Estados miembros, como Alemania. Una gran coalición entre el SPD, Die Linke y los Verdes podría desafiar al bando neoliberal y conservador de Merkel y la CSU, señalando una inflexión política crucial para la UE.
Si las raíces principales del crecimiento de la ultraderecha son la imposición absoluta del neoliberalismo y de la cínica oligarquía económica, confrontarlo requiere luchar contra la austeridad, contra ese 1% que se aprovecha del sistema financiero en vigor y de sus recurso, contra esas fuerzas que alimentan las desigualdades sociales. En otras palabras, la extrema derecha decaerá en cuanto la gente, ese otro 99%, empiece a beneficiarse de una situación social y financiera que comparta los beneficios sociales con aquellos que producen la riqueza, y que mejore los equilibrios sociales y el desarrollo equitativo.