El testigo
Octavio Colis
Escritor
Para que se hiciera posible mañana el proyecto de la ciudadanía internacional, unida a la institución del común como una tendencia ética inequívoca, sería necesario primero atraer definitivamente al ciudadano que se comporta como testigo airado en su relación con el mundo.Pero este objetivo parece muy difícil de cumplirse, ahora que gran parte de la ciudadanía desnuda parece querer encerrarse tras los muros de su identidad nacional y en esos supuestos valores de tradición y soberanía.
Desde el final de la II Guerra Mundial parecía que los conceptos democracia y fascismo, o de izquierda y derecha, habían quedado suficientemente aclarados intelectual, teórica y prácticamente, de manera que los grupos políticos emergentes y sus líderes sabrían situarse estratégicamente en los proyectos y prácticas consecuentes al desideratum democrático que proponía cada modelo político social.
Derrotado y desprestigiado el fascismo, parecía tan deseable como inevitable que los objetivos de justicia y libertad irían unidos al de bienestar social sostenible y, con ese objetivo político, la vieja Europa comenzó a reponerse de sus heridas físicas y económicas, bajo la tutela y ayuda a fortiori de EEUU, empeñada ya en una carrera de progreso –entendido como capacidad de persuasión económica y militar- ligada fuertemente a la guerra fría contra el modelo soviético que la URSS proponía al mundo como alternativa al capitalismo. Feroces ambos, capitalismo y comunismo soviético, dejaron rehacerse a la vieja Europa haciendo como que permitían a sus líderes políticos creer que podrían recuperar alguna vez el poder que habían perdido, olvidando éstos que el poder no es un bien tangible que se posee, sino que se ejerce; si no se ejerce poder, no se tiene poder. Durante décadas, los partidos de centro izquierda europea fueron apuntalando el concepto de democracia representativa, en ese juego de alternancias bipartidistas decimonónicas que deja sin opciones a cualquier tercero, a cualquier opción política en discordia, haciendo para ello institución de los partidos, pero no de los votantes, abandonados a su condición de consumidores, mientras que los partidos de derecha capitalista observaban y dejaban hacer, aparentemente en segundo plano, tomando fuerza como alternativa democrática, apareciendo dispersos y puntuales en aquellos lugares en los que el fracaso político de los partidos de centro izquierda les dejaba espacio para postularse como alternativa, porque ya se mostraban asumiendo la democracia representativa como un bien, decían ser democráticos y avalados, precisamente, por sus contrarios bipartidistas.
Cuando el modelo socialdemócrata europeo empezó a fracasar claramente, los partidos de centro derecha -así se denominaban ellos a sí mismos- empezaron a mostrarnos su fuerza y ligazón al capital internacional de las grandes corporaciones, y sus líderes fueron descubriendo sin disimulo su estrecha relación con los intereses del gran capital y con sus objetivos. Así han ido surgiendo, por el descontento popular, como desinencias de los representantes, por un lado los disidentes de los partidos de supuesta izquierda, organizados en movimientos ciudadanos independientes, reclamando activamente democracia participativa y, por el otro lado, los movimientos ultraderechistas (puesto que los partidos o tendencias de los que provienen ya eran de derecha sin disimulo, no de centro derecha) de los que en nombre de la pertenencia al país en el que han nacido –exaltando la propiedad sionista o divina del lugar- reclaman la desvinculación del proyecto paneuropeo de convivencia, que habíamos dado en llamar UE. Con el agravamiento sine die de la crisis económica, provocadora y provocada por la avidez descontrolada del Gran Capital, el euroescepticismo ha ido ganando adeptos en ambas tendencias centrífugas.
La ultraderecha social, siempre empeñada en definirse apolítica, dice creer que han sido superadas las definiciones de izquierda y derecha, y denuncian muy violentamente el crecimiento del islam migrante como la mayor amenaza exterior que acorrala ahora a Europa, y proponen el regreso a los nacionalismos excluyentes, la vuelta a la propia identidad nacional, a la tradición y a la soberanía, entendida literalmente como independencia intramuros, como en la época medieval de las ciudades estado; pero no ven peligro alguno para esa soberanía en los tratados de libre comercio de sus países con los gigantes internacionales, tratados como el TTIP, que precisamente dejarían a las Constituciones de sus patrias –ya de por sí retóricas y vacías de contenido real- como documentos de rango inferior frente a los derechos legales vinculantes que podrían ejercer esos tratados para los intereses capitalistas, para mayor acumulación y libertad comercial de las grandes corporaciones internacionales.
La ultraderecha social renuncia no ya a la democracia representativa, y cuánto más a la participativa, sino a la propia ciudadanía individual democrática que le permitiría la propuesta de leyes populares, la participación en la política activa internacional, la institución del interés común, para convertirse en testigos solitarios de lo que haya de venir.
Ese testigo que descarga su incomodidad en el estado de las cosas no contra quien lo provoca, sino contra los chivos expiatorios, el extranjero, en el que ve el origen de todos sus males, también carga contra quienes defendemos la institución del común y un mundo sin fronteras, anticapitalista, feminista, ecologista, porque la irresistible ascensión de la ultraderecha europea está basada en los mitos de la propiedad, la nacionalidad y la depredadora naturaleza humana. Y el individuo inane que es el testigo europeo “apolítico” cree que su ultraderechismo, que no reconoce sino como reactivo, es de origen natural, y la verdad es que es más fácil engañarle que demostrarle que le están engañando los del Partido de la Libertad de Austria; del Frente Nacional para la unidad francesa; del Partido de la Independencia del Reino Unido; de Alternativa para Alemania; los húngaros del Jobbik; los griegos del Amanecer Dorado; los de Fuerza Nueva italiana; los Verdaderos finlandeses; los del Partido Popular Danés; del partido Los Demócratas Suecos; los de Unión Democrática Croata; los polacos de Ley y Justicia; los holandeses del Partido de la Libertad; los del Interés Flamenco, los del Partido Nacional Renovador de Portugal; los del Partido Popular español… y tantos otros. Convendría, cuanto antes, trabajar para instituir el derecho internacional a la inapropiabilidad de lo común.