¿Populismo contra populismo?
Thomas Coutrot
Economista. Attac Francia
En Europa, como en Estados Unidos, la extrema derecha populista prospera gracias a las frustraciones de las clases medias y populares blancas, a las que les promete volver a un pasado idealizado de orden y prosperidad. Un pasado en el que las clases populares se beneficiaban de una relativa seguridad en sus vidas resguardadas por las fronteras nacionales. Un pasado también en el que los negros, los árabes, los chinos (y las mujeres) "se mantenían en su sitio"...
El populista de derechas clama contra "las elites mundialistas y apátridas", absteniéndose en todo momento de criticar a las transnacionales de su país. Construye un relato histórico en el que el pueblo, unido en torno a su jefe, encontrará su unidad perdida excluyendo a los traidores y a los extranjeros. Juega con ventaja, pues el naufragio de la "izquierda" (socialdemócrata) -su desprecio hacia las capas populares, su identificación con los privilegiados de la globalización- ha desacreditado las ideas mismas de la izquierda y de la solidaridad internacional.
Para nosotros, los amigos de la emancipación, una cosa es segura: la denuncia moral del fascismo o del populismo es inútil. El relato de los Trump y los Le Pen solo puede fracasar con otro relato, popular, ecológico, democrático más potente y auténtico.
Pero existen dos estrategias opuestas para construir este relato. La primera, planteada por Melenchon o por Podemos en contra de la oligarquía es la del populismo de izquierda. Se trata de reconstruir un pueblo "unido “en torno a valores progresistas. Frente a la xenofobia se propone la solidaridad internacional; al machismo, el feminismo; a la irresponsabilidad ecológica, la conciencia de la urgencia climática. Es en torno a la figura del líder donde debe cristalizar una "cadena de equivalencias" (de acuerdo con la expresión de Laclau y Mouffe), que hacen converger las diversas luchas contra la opresión (capitalista, machista, racista, productivista...) en una causa única: "ellos" contra "nosotros", la casta contra el pueblo, la oligarquía contra el 99%. Se utiliza en gran medida el sentimiento nacional, cuyo poder de agregación no tiene igual en una escala amplia: contra la hegemonía alemana, el imperialismo estadounidense, el dumping chino, etc. El objetivo es llegar al poder del Estado central con el fin de relanzar un crecimiento más local y más justo.
La segunda estrategia, altermundialista /libertaria, se basa en un proceso al que podríamos llamar "arco iris". La convergencia buscada es interseccional: dentro de cada movimiento moviliza a los miembros que tienen conciencia de su lucha: feminista, sindical, antirracista, ecologista... no puede progresar realmente más que por una cooperación conflictiva y constantemente negociada entre los movimientos. Por ejemplo, los ecologistas por la justicia climática, los sindicalistas abiertos a la ecología o las feministas antislamófobas... El enemigo -ya que es indispensable la figura del enemigo- es el dúo perverso formado por la oligarquía político-financiera y los demagogos racistas. El acento se pone tanto en la lucha contra el capital financiero como contra el productivismo y la concentración de poderes. La transformación social se concibe ante todo como el desarrollo del poder de acción de los grupos sociales, de las comunidades y de la sociedad civil en detrimento de los aparatos económicos y políticos dominantes. La prioridad es el desmantelamiento de las megaestructuras, el desarrollo de iniciativas de control y de transición ciudadana y la implementación de contrapoderes (como asambleas de ciudadano/as por sorteo) en el corazón mismo de las instituciones políticas.
La estrategia de oposición entre el "pueblo" y la "oligarquía" es peligrosamente ambigua. Si se construye el "pueblo" en torno a un líder carismático, se relega necesariamente a un último plano la autorganización y la autoeducación de los ciudadanos. Se subordina la creatividad popular y la innovación social a la supuesta coherencia de una dirección única.
De ahí no puede surgir mas caminos que los ya conocidos -los de un keynesianismo social y nacional- condenados al fracaso sobre todo por el control de las finanzas y la crisis ecológica. Se favorece también el camino para que surjan nuevas oligarquías. Los modelos generalmente reivindicados por Chávez, Correo o Morales ilustran por sus derivas autocráticas y productivistas esta dinámica del populismo de izquierdas. Con la diferencia de que en Europa no hay los márgenes redistributivos de maniobra basados en el extractivismo que los líderes latinoamericanos han sabido explotar en sus Diez Gloriosos (2000-2010).
Es por esto por lo que el populismo de izquierda no constituye realmente una alternativa creíble al populismo de derecha. Desprovisto del poder realmente emancipador, incapaz de sobrepasar el imaginario autoritario y productivista y de ofrecer una respuesta radical a los dominios (de los hombres y de la naturaleza), el populismo de izquierda conduce al "pueblo" que pretende construir en un impás autoritario que debilitará a los movimientos sociales y a los ciudadanos en beneficio, a fin de cuentas, del dúo perverso del neoliberalismo y del despotismo. Construir un "pueblo" emancipador contra la oligarquía supone rechazar firmemente las lógicas autoritarias de delegación y privilegiar a la autoorganizaicón de los ciudadano/as en lucha para crear nuevas relaciones sociales y con la naturaleza. Esto pasa también por la invención de una nueva forma política, un "partido-movimiento" que articule a sus diferentes componentes de forma flexible y no jerárquica, que ejerza un control institucionalmente organizado sobre sus dirigentes y sus cargos electos. No hay un salvador supremo, estamos condenados a la imaginación para crear las herramientas que darán vida a la democracia real.