UKIP y racismo 'postbrexit'
Nick Dearden
Director de Global Justice Now (Reino Unido)
Cualesquiera que fueran las razones de los británicos para votar en junio a favor de salir de la Unión Europea, lo que se ha producido es un gran giro del debate nacional, que se ha decantado hacia a la derecha autoritaria y la anti-inmigración.
El debate en sí se produjo debido a una profunda y antigua división dentro del Partido Conservador británico. En el partido no hay acuerdo, fundamentalmente, sobre si Gran Bretaña debe orientarse hacia Europa o hacia el antiguo Imperio (Commonwealth) y los Estados Unidos.
Este último grupo -algunos de los cuales se han unido al Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP)-, a la derecha del Partido Conservador, aglutina a una mezcla de ultra defensores del libre mercado y autoritarios reaccionarios con fuertes creencias anti-inmigrantes.
El debate público ha tenido poco que ver con la pertenencia de Gran Bretaña a la UE. La inmigración fue el tema central de la campaña. La consigna de los Brexiteers era "retomar el control", pero se centraba más en el control de los 'extranjeros' en general que en los poderes políticos de la Comisión de Bruselas.
En el apogeo de la campaña, mientras el líder del UKIP, Nigel Farage, daba a conocer su campaña de publicidad, que presentaba largas colas de refugiados sirios que supuestamente se dirigían hacia Gran Bretaña, un parlamentario laborista era asesinado por un miembro del partido fascista Britain first.
No es de extrañar que la izquierda haya hecho campaña abrumadoramente a favor de permanecer en la UE, ya que alrededor de dos tercios de los votantes laboristas apoyaron Remain (permanecer), mientras que dos tercios de los votantes conservadores apoyaron Leave (salir). Por supuesto, hubo izquierdistas en ambos lados de la contienda, pero tristemente sus argumentos tuvieron poca audiencia durante los meses de insoportable campaña.
Tampoco debería sorprendernos que el voto a favor de Brexit sirviera para empoderar a los racistas a lo largo y ancho del país. Los crímenes de odio denunciados aumentaron en un 58% durante la semana posterior a la votación. Desde niños emigrantes a los que otros les decían en la escuela que se fueran a su casa, a las pegatinas neonazis que aparecían en el centro de Londres, dirigidas a los trabajadores polacos que fueron atacados e incluso asesinados. Estas actitudes, propias de los años 70, han regresado a la cultura política dominante.
Mientras David Cameron dimitía como primer ministro, el ala derecha de los conservadores tomaba el control de partido. Los principales cargos del actual gobierno están en manos de gente que sueña con dirigir el Imperio Británico del siglo XIX (los ministros de Relaciones Exteriores y de Comercio lo mencionan en casi todos los discursos que hacen), mientras que el Primer Ministro se centra en controlar fronteras y en silenciar el parlamento.
Los argumentos a favor de permanecer en estrecha relación institucional con la UE, o incluso la afirmación del derecho del Parlamento a controlar al gobierno, son vistos como intentos de “socavar la voluntad del pueblo”.
Décadas de políticas neoliberales, economía de austeridad y marginación de las zonas post-industriales de Gran Bretaña forman parte de este contexto político. Pero la izquierda es incapaz de utilizar esta situación, en parte debido a que la socialdemocracia ha quedado diezmada como consecuencia de su adaptación al neoliberalismo durante los años noventa, en parte debido a una guerra dentro del propio Partido Laborista y en parte a las profundas divisiones en el seno la izquierda sobre cómo responder al Brexit. Aunque los sondeos de opinión siempre se han de observar con cierto escepticismo, casi todos muestran enormes pérdidas para los laboristas, incluso para aquellos anti-austericidas organizados en torno a Jeremy Corbyn.
Nada de esto pinta un cuadro feliz. Pero tenemos que ser honestos acerca de dónde estamos si queremos tener alguna esperanza de salir de esta situación. Las ilusiones de que estamos en medio de una 'revuelta obrera' o de que la izquierda está al borde del poder, no ayudan. Ahora estamos inmersos en una batalla por los valores fundamentales -sobre qué tipo de sociedad somos- comparable a la lucha contra el fascismo de generaciones anteriores.
En Gran Bretaña, eso exige una alianza progresista tanto de los grupos de la sociedad civil por un lado, como de los partidos de izquierda y del centro por el otro.
No hay otra forma de lograr el poder político, y ese poder es necesario si queremos hacer algo más que luchar (y perder) batallas a la defensiva. Hay mucho apoyo para ese tipo de acción, pero requiere una mentalidad diferente por parte de activistas, partidos, ONG, sindicatos.
En la actualidad, demasiados diputados progresistas y sindicatos están retirando el apoyo a la libre circulación de personas y pidiendo controles de inmigración. Esto conlleva la pérdida de jóvenes, gente de color, habitantes urbanos y otros que ya se sienten desilusionados y privados de poder.
Pero luchar contra la derecha nos obliga a trazar adecuadamente una alternativa económica al neoliberalismo. Las alternativas de base abundan: la soberanía alimentaria, la democracia energética (control democrático público de la energía), el resurgir de las cooperativas, la renta básica universal, etc. Hay muchas iniciativas fantásticas y algunas están progresando realmente. La tarea de la izquierda consiste en integrar todas estas iniciativas en un programa de gobierno que permita ganar la guerra de los relatos en la que actualmente lleva las de perder.
Tenemos que aprender de la historia. A medida que el fascismo ascendía al poder en Europa en la década de 1930, la izquierda se fracturó, con los socialdemócratas incapaces de romper con la política de consenso y la economía a la que estaban acostumbrados, y los comunistas decidieron que esta era realmente su oportunidad, si hubieran podido aguantar el paso del fascismo. Se demostró que unos y otros estaban desastrosamente equivocados. No podemos cometer los mismos errores.