La ingeniería de transición socioambiental
Ramon Folch
Doctor en biología, socioecólogo. Presidente-fundador de ERF
Los cambios vienen con la necesidad. Mientras se producen, se llaman transiciones. Si la necesidad es imperativa, la transición es rápida e inevitable. Por eso habrá -ya la hay- transición ecológica, porque a la fuerza ahorcan. El tema no es hacerla, sino lograrla sin excesivos traumas. La transición ecológica es el paso desde el actual sistema socioambientalmente insostenible hasta un nuevo estadio provisionalmente estable. Es una escalera que hay que bajar: elegantemente, a trompicones o rodando. Para hacerlo sin dolor y con elegancia, se necesita un proyecto adecuado. De ahí la conveniencia de una ingeniería de transición, con sus correspondientes andamios de proceso. La necesidad es evidente y la denuncia ya está hecha, pero tenemos el proyecto y su ingeniería tan solo a medias.
El río ha ido ganando caudal, ya no puede vadearse. Un sinfín de tipos serviciales o aprovechados ejercen de barqueros. Es de agradecer (o no tanto), pero lo que de verdad necesitamos es un puente. Algunos parecen creer que bastará con pedirlo de manera insistente. Eso predispone los ánimos. Está bien, pero no basta. Además de pedirlo, hay que hacerlo, lo que exige proyecto, financiación y capacidad constructiva, también conocimiento del régimen fluvial, geotecnia y previsiones de uso. Si no, el puente no se levantará, los barqueros seguirán cruzando y la disfunción se hará crónica.
Ya ha habido importantes transiciones en el pasado. El paso de la sociedad aristocrático-rural a la sociedad burgueso-industrial debe ser de los más vistosos y significativos. Convertida la máquina en motor y substituidas las caballerías por el vapor, llegó el cambio necesario. Nadie lo proyectó, simplemente se produjo, como canto rodando alocadamente por un plano inclinado. Fue muy doloroso. Hubieran venido bien unas escaleras. Cabe preguntase si la transición ecológica, que es el paso de la sociedad industrial térmica y ya insostenible a la sociedad postindustrial eléctrica y provisionalmente sostenible, se hará arrollando vidas y haciendas por un plano inclinado resbaladizo y cruel o bajando gratificantemente por una cómoda escalinata bien proyectada y con barandilla.
Gobernar es contrariar la tendencia. Encauzarla es mera administración: no está mal, pero a menudo no basta. En tiempos de cambio, sin ir más lejos. En tiempos de cambio, gobernar es proyectar la transición. Y conducirla. Gobernar es hacer que el cambio inevitable resulte deseable y gratificante. Y para gobernar más allá del gesto, se precisan complicidad social y capacidad empresarial (pública y privada).
Creo que no se ha insistido lo bastante en la capacidad empresarial. Algunos discursos pretendidamente progresistas, secuestrados por ideas tiempo ha amortizadas, demonizan a la empresa, como si tras cualquier proceso no existieran personas capaces concertadas, que eso son las empresas. Y gente capaz de pilotarlas, que eso son los empresarios. Que algunos (muchos, pocos, demasiados) luego redistribuyan mal los valores añadidos es otro tema. En todo caso, para hacer, hacen falta empresas. Sobre todo para hacer las transiciones, que es cuando más se precisa creatividad y cintura. En el caso de la transición ecológica, también. Así que necesitamos proyecto pertinente y empresas capaces. Sin proyecto, la empresa hace de barquero; con proyecto, levanta el puente.
El motor de bancada hace tiempo que es eléctrico. Las fábricas ya no se mueven con motores térmicos, ni de combustión externa, ni de combustión interna. La empresa se percató de las ventajas, de todo orden, de la electrificación y la llevó a cabo porque en el mercado había tecnología disponible, ofrecida a su vez por otras empresas que se dedicaban a ello. El precio de la electricidad, aunque interferido por intereses discutibles, era competitivo. Sin aspavientos, se pasó de la motorización térmica centralizada, con sus correspondientes embarrados y poleas, a la motorización eléctrica distribuida. Fue una transición capital y eficaz, llevada a cabo por necesidad y sin gesticulación. La motorización eléctrica de la automoción, en cambio, viene con mucho retraso porque la tecnología disponible, sin proyecto ni voluntad que la impulsara, es todavía pobre. También porque la amortización de los tradicionales bienes de equipo de las factorías al uso exige tiempo (sobre todo si la resiliencia de mentalidades que no se saben amortizadas se resiste a ello). Pero está llegando y pronto superará su punto de inflexión. El cambio llegará cuando la empresa, estimulada por oportunos actos de gobierno, fiscales o tarifarios, se lance resueltamente a la piscina.
En todo caso, la cuestión no es meramente tecnológica o empresarial, claro está. He dedicado toda mi ya larga vida profesional a los aspectos socioecológicos del asunto y hago hincapié en ellos, pero entiendo que sin esa implementación tecnológica y empresarial de la transición ecológica todo queda en humo o en sabiduría evanescente. Necesitamos hacer que el cambio se haga, no basta con decirlo, ni siquiera con saberlo y, menos aún, con limitarse a desearlo.
Veamos el caso del agua. La alteraciones del régimen atmosférico (así percibimos el cambio climático en curso) redundan en mermas de disponibilidad hídrica en muchas zonas donde el agua era razonablemente disponible y, por ende, acicate histórico de concentración demográfica. Algunas ya andaban cortas del recurso porque la demanda no ha dejado de crecer de un tiempo a esta parte, lo que conllevó importaciones considerables en forma de traídas o incluso de trasvases, la cuenca mediterránea es paradigmática al respecto. Se pretende ahora superar esa carestía creciente a base de mayor presión extractiva sobre sistemas hídricos ya estresados o bien con desalación. O sea que se pide mayor tráfico de barqueros, lo que no pasa de oneroso tratamiento sintomático (y más cuando sube el precio de la energía). Se bombea más donde ya no queda o se consume mucha energía desalando. Es la transición en sentido inverso. El cambio de modelo, la corrección etiológica, el puente necesario, está en recurrir al sistema cerrado, que es, por cierto, el del ciclo natural del agua.
Toda el agua de lluvia es reciclada, proviene de masas previamente receptoras de contaminantes varios. Llueve agua destilada gracias a la evaporación solar. Por eso la principal fuente hídrica alternativa verdaderamente sostenible son las aguas servidas, que ahora depuramos esforzadamente… antes de tirarlas (al pobre objeto de que, simplemente, no contaminen el entorno). Algunas vuelven a los ríos, lo que no está mal, pero la mayoría se vierten al mar, donde no hacen falta alguna. La aguas urbanas depuradas, que se tiran, suelen ser de mejor calidad que las aguas superficiales capturadas para ser potabilizadas. Cerrar el ciclo regenerando es más barato que mantener el ciclo abierto y añade el inestimable valor de garantizar el suministro, puesto que apenas consume estoc de nuevas aguas crudas. Con distingos y oportunas estratificaciones de uso, la regeneración funciona, está probado hasta la saciedad, pero para implementarla hay que contrariar tendencias y construir circuitos de distribución alternativos. Necesita decisión y proyecto, operadores capaces e ingeniería de transición.
Y lo que vale para el agua, vale para cualquier otro recurso. De ahí el sentido de la economía circular cuando hablamos de transición ecológica (transición socioambiental me parecería una expresión más adecuada, porque lo que debe cambiarse no es la ecología, sino el sistema social y el ambiente por él generado). Se especula con obtener tierras raras de los asteroides que orbitan entre Marte y Júpiter, mientras que la totalidad de esos metales escasos que se incorporan a los 1.400 millones de smartphones fabricados cada año (litio, indio, tántalo, galio, neodimio, terbio, etc.) desaparecen con la muerte de los aparatos. Denunciar semejante despropósito es saludable, pero más lo sería prolongar al máximo la vida de esas máquinas y desarrollar métodos de recuperación de los elementos infrecuentes que contienen. De nuevo necesitamos medidas (gobierno), proyecto (tecnología) y capacidad operativa (empresa).
El proyecto siempre está al servició de un propósito. O sea que responde a un presupuesto ideológico, incluso cuando niega tenerlo (especialmente cuando niega tenerlo). ¿A dónde queremos llegar con el puente y con qué objetivo? La finalidad no es cruzar el río, sino hacer cosas en el otro lado: si no, para qué…? El proyecto de la transición socioambiental persigue la sostenibilidad de nuestro sistema de producción y consumo. De la sostenibilidad propiamente ecológica, de un ecosistema o de cualquier otro que lo substituya, no hay que preocuparse, porque siempre se dará, como siempre se ha dado. Lo que nos importa es que se dé en condiciones compatibles con nuestras expectativas. La atmósfera terrestre ha sido reductora por más tiempo que oxidante sin que el planeta se haya inmutado. La vida anaerobia es anterior a la aerobia, porque el oxígeno atmosférico no pasa de gas residual de metabolismos pretéritos, residuo espantable que, sin embargo y astutamente, la vida supo aprovechar. Así que no hay que preocuparse por el planeta, sería un enternecedor acto de arrogancia desproporcionada. Sí que nos conviene, en cambio, hacer compatibles nuestros formatos de producción y consumo con el mantenimiento sistémico de alguna forma concreta de las muchas funcionalidades planetarias posibles.
Llamamos sostenibilidad a nuestra sostenibilidad. La transición ecológica es nuestra transición socioambiental. No se hará sin proyecto ni sin ingeniería de transición. Deberá contar con la complicidad social y la acción empresarial. Precisará financiamiento (no subvención), en la certeza que llevarla a cabo será económicamente más rentable que el dilapidador modelo actual. Todo ello gobernado intencionadamente, basado en el conocimiento y con sentido de la equidad. No es fácil. Es necesario.