Hegemonía cultural y extrema derecha en la Europa postcomunista: el asalto a la UE
Rubén Ruiz Ramas
Investigador de la City University of London
“Seguiremos de cerca a cada musulmán que entre en el país...El Islam no tiene lugar en Eslovaquia…No deseo que un día hubiera decenas de miles de musulmanes”. Estas palabras fueron mencionadas por el primer ministro socialdemócrata de Eslovaquia, Robert Fico, en mayo de 2016, semanas antes de asumir la presidencia de la UE. Su partido, Dirección-Socialdemocracia, es miembro del Partido Socialista Europeo. Su vecino, el presidente checo Milos Zeman, igualmente socialdemócrata, afirmó en junio de 2011: "el enemigo es la anti-civilización que se extiende desde el norte de África hasta Indonesia. Dos mil millones de personas viven en ella". Ambos dos, capitanean a la tercera generación de líderes socialdemócratas de la Europa Central tras la caída del Muro de Berlín, la cual ha acabado por abrazar, en distinto grado, el euroescepticismo, la xenofobia, el conservadurismo moral y el nacionalismo de la nueva derecha iliberal dominante en los otros Estados del Grupo de Visegrado (Hungría, Eslovaquia, Chequia y Polonia). Las figuras más destacadas de esta derecha iliberal son el presidente húngaro Víktor Orban, cuyo partido Fidesz es miembro del Partido Popular Europeo, y los hermanos Kaczyński en Polonia (Jarosław y Lech, éste último fallecido en 2010), con su formación Ley y Justicia integrando la Alianza de los Conservadores y Reformistas Europeos de, entre otros, el Partido Conservador del Reino Unido.
En la Europa postcomunista, mientras la socialdemocracia que mantiene cotas de poder toma tintes pardos, y la derecha asume posiciones autoritarias llamando a la superación de la democracia liberal, las formaciones de extrema derecha, o directamente neofascistas, solo tienen cotas de voto relevante en Eslovaquia (Kotleba-Partido Popular Nuestra Eslovaquía con un 8%, 23% entre los jóvenes), Hungría (Jobbik, entre 16 - 20%) y Bulgaria (ATAKA, 9,5%). Esto es, la excepcionalidad del extremismo de derecha en la Europa postcomunista no proviene de la fortaleza de los movimientos situados en los márgenes del sistema o del establishment, sino de la temprana hegemonía cultural que han alcanzado sus ideas dentro de éste. Una hegemonía que, tras haber sido erigida como discurso de resistencia frente a la Unión Europa, durante la crisis de los refugiados ha conseguido imponer en ella un enfoque xenófobo y ajeno a cualquier interpretación honesta de la Carta Internacional de los Derechos Humanos o de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados.
Y es que la precocidad de esa victoria ideológica en la Europa postcomunista, ya en firme expansión en el resto del continente, está intrínsecamente relacionada con el proceso y resultado de la ampliación de la UE a esta región. Por un lado, y si bien es cierto que el horizonte de ingreso en la UE aceleró las reformas políticas hacía los estándares básicos de una democracia liberal, la Europa Central sufrió un desencanto con la política económica neoliberal exigida desde Bruselas. Sus resultados poco tuvieron que ver con la prometida economía social de mercado asociada a un vigoroso Estado del Bienestar. Por otro lado, en una región recién salida de un régimen de “soberanía limitada” por Moscú, la cesión de soberanía a Bruselas planteó de inicio no pocas suspicacias.
A medida que el euroescepticismo crecía por las exigencias macroeconómicas de Bruselas, el prestigio de la socialdemocracia se hundía al ser ella la principal ejecutora de programas de ajuste. Como el célebre “paquete Bokros” de 1996 en Hungría, que permitiría al Fidezs mantenerse inmaculado de las reformas más agresivas. La resistencia a Bruselas quedó en manos del nacionalismo de derecha, más o menos extremista, gracias a la complicidad de la socialdemocracia con el neoliberalismo y a la dificultad de que una opción a su izquierda floreciera dada la cercanía temporal del sometimiento a la Unión Soviética. Si en Polonia la defensa de la sanidad gratuita y universal la batalla Ley y Justicia, y no la socialdemocracia, quizá es que su victoria frente a la derecha neoliberal y leal a Bruselas no descanse solo en la identitad. Cierto es que, además, el nacionalismo supo situar y polarizar en el terreno de la soberanía cualquier reforma que afectase a principios y valores. Mientras en España ni los opositores a la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo la interpretaron como una imposición de Bruselas, en Europa Central ésta y otras cuestiones eran susceptibles de ser instrumentalizadas como un agravio a la soberanía. Ya antes de la primera fase de ampliación de la UE hacia el este en 2003, el presidente conservador checo Václav Klaus, primer gran activista del euroescepticismo, afirmaba no solo que la UE atentaba contra la soberanía de los Estados, sino que era “una amenaza a la libertad tan grande como lo fue la Unión Soviética”.
Con el paso de los años, y beneficiado por la llegada y gestión de la crisis financiera de 2008, la resonancia de este tipo de discurso fue ampliándose no solo en la sociedad sino también en los arcos parlamentarios de la Europa poscomunista, afectando hasta a la propia socialdemocracia. En el ámbito de la UE, los efectos de aquella crisis hicieron pensar en que una alianza de Estados Miembros del Mediterráneo (Grecia, España, Italia, Portugal) pudiera constituirse como principal desafío a la ortodoxia neoliberal de la UE y llevar a cabo el lema de “Otra UE es posible”. Entonces el Grupo de Visegrado se opuso a este bloque, a su llamada al fin de la austeridad y a la renegociación de la deuda asumiendo los argumentos de los acreedores, así como alertando contra la creación de nuevos lazos de solidaridad e integración económica.
Era difícil de prever entonces, sin embargo, que las otras dos grandes crisis de la UE, la de los refugiados y la del Brexit, propiciarían un desplazamiento geopolítico tal en el seno comunitario a favor del Grupo de Visegrado y, con ello, la homologación de la derecha iliberal. Extremo confirmado en la Cumbre de la UE en Bratislava en septiembre, convertida en vergonzoso acto de conciliación con el Grupo de Visegrado. Tras Bratislava, 2016 finaliza con una deriva autoritaria en Polonia y Hungría sin respuesta efectiva de la UE, y con la desobediencia activa durante dos años del Grupo de Visegrado a la Estrategia de Inmigración, que preveía la recolocación y la redistribución de los demandantes de asilo de forma obligatoria mediante un sistema de cuotas. Con el Partido Conservador en el Brexit en mente, el 2017 será un año clave para saber si el establishment de la Europa Occidental se pliega a la hegemonía cultural de la extrema derecha. François Fillón y Manuel Valls en su respuesta a Marine Le Pen marcarán el camino.