El crecimiento sostenido: un paradigma cuestionado
Carlos Javier Bugallo Salomón
Doctor por la Universitat de València
En su Ponencia Cristina Narbona ha defendido un «necesario cambio de paradigma económico» que dé lugar a una «transición ecológica económica». A continuación ha pasado Narbona a enumerar un conjunto amplio de medidas concretas con las que se podría materializar tal transición ecológica, al tiempo que expone los condicionantes que pueden acelerar o limitar esa transición. Creo que esta presentación de la Ponencia es correcta, porque trata de aspectos de la crisis ecológica que han sido bien estudiados y sobre los que podría haber un cierto grado de consenso político entre las fuerzas de izquierda y una parte de la ciudadanía sensible a la persuasión científica.
Sin embargo lo que echo en falta en la exposición de Narbona son dos cosas. Por una parte identificar con precisión cuál es el paradigma económico que hay que dejar atrás, y ello con el objetivo de no repetir sus errores. Por otra parte bosquejar, al menos a grandes rasgos, el nuevo paradigma económico que debe guiar esas transformaciones. El programa de actuaciones que ella ha expuesto no es más que un conjunto de objetivos y de medios para lograrlos (fines e instrumentos), pero no un paradigma intelectual que le dé al conjunto de propuestas un carácter orgánico, estructurado y con una orientación política clara, asentada en principios definidos.
Soy consciente de que la acción política se parece con frecuencia a la navegación por barco, pues el rumbo se cambia en función de las corrientes de fondo y del ambiente atmosférico, lo que obliga a contemporizar y asumir propuestas inconexas, pero ello no elimina la necesidad de saber de antemano hacia dónde se quiere ir con el barco y de disponer, en consecuencia, de una brújula (o GPS) para orientarse. Esa es precisamente la función de un paradigma.
Así pues para completar la excelente exposición de Narbona me propongo en lo que sigue de mi escrito cumplir las siguientes tareas: analizar los fundamentos del viejo paradigma del crecimiento sostenido y exponer qué paradigmas alternativos hay al mismo y cómo elegir entre ellos. No creo que cumpla con el rigor debido todas estas tareas, pero al menos espero que mis ideas sirvan para orientar este estupendo y necesario debate.
El paradigma del crecimiento sostenido
Creo que el paradigma científico que es responsable intelectual del desastre ecológico al que nos enfrentamos es el que podríamos denominar como “paradigma del crecimiento sostenido”. Este paradigma ha bendecido y justificado el crecimiento económico ilimitado y ha influido de forma decisiva en la acción de empresarios y poderes públicos; también ha influido en el comportamiento de los consumidores, quienes sufrimos agresivas y alienantes campañas de publicidad orientadas a identificar la obtención de la felicidad con la acumulación de bienes materiales. Como afirmó en su día Daniel Bell, «el crecimiento económico se ha convertido en la religión secular de las sociedades industriales para avanzar» (Miguel Ángel Galindo Martín: “Crecimiento económico”, en Información Comercial Española, nº 858, 2011).
Este paradigma intelectual es un fenómeno histórico reciente y trascendental, que se ha impuesto gracias a la aparición de rasgos enteramente nuevos en el modo de producción económico y en las pautas demográficas de las sociedades humanas. En efecto, la historia económica mundial muestra que el crecimiento económico se ha caracterizado por tres regímenes fundamentales. El régimen de la época “malthusiana” ha marcado la mayor parte de la historia de la humanidad, ya que el crecimiento de la renta era anulado por el crecimiento demográfico, lo que daba lugar a que la renta per cápita aumentase muy lentamente. El régimen “post-malthusiano” se inició a principios del siglo XIX en unos países y en otros más retrasados en el siglo XX, vino asociado a la Revolución industrial y se caracterizó por un aumento significativo en la renta que fue, sin embargo, compensado por un aumento de las tasas de fertilidad de la población. El tercer régimen es el del “crecimiento sostenido”, que se inició al final del siglo XIX en unos países y en otros en el siglo XX, basado en una caída drástica de las tasas de fertilidad lo que permitió el aumento vertiginoso de la renta per cápita y, con ello, de los niveles de inversión y consumo (Oded Galor: “Economic growth in the very long run”, en Steven N. Durlauf y Lawrence E. Blume (eds.): The New Palgrave Dictionary of Economics, 2008).
Los grandes empresarios son partidarios naturales del paradigma mencionado porque ven en el crecimiento sostenido la oportunidad de enriquecerse. Para entenderlo pongamos por ejemplo que un empresario obtiene de cada mercancía producida y vendida, un euro de beneficios: por tanto de 100 mercancías obtendrá 100 euros de beneficios; de 1000 mercancías, 1000 euros de beneficios; de un millón de mercancías, un millón de beneficios, etc.; de lo que se deduce que conforme aumenta la escala de la producción, aumenta de forma directa la escala de sus beneficios y el enriquecimiento. Pero la escala de la producción influye además en la obtención de beneficios de una forma indirecta: cuando en un sector económico se dan rendimientos crecientes, entonces los costes unitarios de producción se reducen en paralelo al aumento de la escala de la producción, y con ello pueden aumentar también de forma adicional los beneficios obtenidos. He aquí unas de las claves que explican la enorme concentración del capital en los tiempos modernos.
Algunos de estos grandes empresarios tratan al medio natural de la misma forma que se trataba a la mano de obra antes de la aparición de los sindicatos y de los partidos de izquierda. Es por ello que en la obra de Karl Marx El capital encontramos un clarividente paralelismo entre ambos fenómenos. Después de describir las brutales condiciones de trabajo imperantes en los inicios de la Revolución industrial y la consiguiente baja esperanza de vida de los obreros y obreras, en un capítulo dedicado a analizar la jornada laboral expone este autor lo siguiente:
«La producción capitalista, que en esencia es producción de plusvalor, absorción de plustrabajo, produce por tanto, con la prolongación de la jornada laboral, no sólo la atrofia de la fuerza de trabajo humana, a la que despoja —en lo moral y en lo físico— de sus condiciones normales de desarrollo y actividad. Produce el agotamiento y muerte prematuros de la fuerza de trabajo misma. Prolonga, durante un lapso de tiempo, el tiempo de producción del obrero, reduciéndole la duración de su vida».
A lo que añade:
«El capital no pregunta por la duración de la vida de la fuerza de trabajo. Lo que le interesa es únicamente qué máximo de fuerza de trabajo se puede movilizar en una jornada laboral. Alcanza este objetivo reduciendo la duración de la fuerza de trabajo, así como un agricultor codicioso obtiene del suelo un rendimiento acrecentado aniquilando su fertilidad».
Cuando Marx hablaba de atrofia de la fuerza de trabajo, hoy se habla de degradación de los sistemas ecológicos; y cuando Marx hablaba de agotamiento y muerte prematuros de la fuerza de trabajo misma, hoy se habla de esquilmación de los recursos naturales. Son distintos resultados que obedecen a las mismas causas. Si en la Biblia se nos advierte de que no se puede servir del mismo modo a Dios y a Mammón (deidad de la riqueza), hoy habría que actualizar este aforismo y afirmar que no se puede ser codicioso y respetuoso con el medio ambiente, al mismo tiempo.
Marx no sólo criticaba la avaricia de los burgueses de su época, sino también su irresponsabilidad moral. Para muchos de ellos era evidente —Marx así lo demuestra a través de varios testimonios de coetáneos— que el sistema fabril se había convertido en un matadero de personas, y que existía un peligro evidente de degeneración y de extinción de la raza humana: ¡Un temor que no data de ahora, cuando asusta la posibilidad de una hecatombe ecológica!
«No hay quien no sepa —afirmaba Marx—que algún día habrá de desencadenarse la tormenta, pero cada uno espera que se descargará sobre la cabeza del prójimo, después que él mismo haya recogido y puesto a buen recaudo la lluvia de oro. Après moi le déluge! (¡Después de mí el diluvio!), es la divisa de todo capitalista y de toda nación de capitalistas. El capital, por consiguiente, no tiene en cuenta la salud y la duración de la vida del obrero, salvo cuando la sociedad lo obliga a tomarlas en consideración».
Esta lección se podría aplicar con provecho al problema de la crisis ecológica que se nos avecina. Pero el genio de Marx no reside en estas reflexiones éticas, que estaban al alcance de cualquier persona con un mínimo de fibra moral. Lo novedoso en Marx es que acompaña su filosofía humanista —compartida con los socialistas utópicos que le precedieron— con un estudio profundo de las condiciones económicas y sociales que posibilitan y determinan tal estado de degradación humana. (Creo por ello que la ciencia social que Marx predicaba es la misma, mutatis mutandis, que recientemente el economista y exconseller Vicent Soler ha alabado en las figuras de Ernest LLuch y Albert O. Hirschman: «una ciència social en la qual l’ènteniment i el cor no estiguen separats».) Dice así Marx de nuevo:
«Al reclamo contra la atrofia física y espiritual, contra la muerte prematura y el tormento del trabajo excesivo, responde el capital: ¿Habría de atormentarnos ese tormento, cuando acrecienta nuestro placer (la ganancia). Pero en líneas generales esto tampoco depende de la buena o mala voluntad del capitalista individual. La libre competencia impone las leyes inmanentes de la producción capitalista, frente al capitalista individual, como ley exterior coercitiva».
El economista marxista Bernard Rosier (Crecimiento y crisis capitalistas) ha abundado en la idea de que existe una relación entre el modo capitalista de desarrollo de las fuerzas productivas y la valorización de la ventaja privada instantánea, que recompensa —por el beneficio— toda forma de trasladar una parte de los costes sobre la naturaleza y sobre otras clases sociales. Se puede así hablar de socialización de los costes y privatización de las ventajas. Y cita para ilustrar su idea el siguiente texto de Marx: «La producción capitalista no desarrolla por consiguiente la técnica y la combinación del proceso de producción más que agotando al mismo tiempo las dos fuentes de donde surge cualquier riqueza: la tierra y el trabajador».
Retomo ahora mi hilo argumental sobre el crecimiento sostenido. Como expuse en otro documento (La métrica del bienestar) publicado por Público.es en uno de sus anteriores debates, también los poderes públicos han creído que mediante el crecimiento económico se podría evitar hacer juicios distributivos, pensando que si cada uno tenía un ingreso más alto, entonces la sociedad no tendría que afrontar la cuestión de la equidad; pues los individuos se sentirán felices con sus nuevos ingresos superiores, independientemente de su posición relativa.
Pero esta presunción ha sido desmentida por las investigaciones recientes, ya que no existe ningún nivel de vida absoluto mínimo que deje contenta a la gente. Las necesidades individuales no se sacian cuando el ingreso se incrementa, y los individuos no se muestran más dispuestos a transferir parte de sus recursos a los pobres cuando se tornan más ricos. Si los ingresos de algunos se elevan menos rápidamente que los de otros, o con menor rapidez de cuanto esperan, incluso pueden sentirse más pobres cuando aumentan sus ingresos. Según el economista Lester Thurow (La sociedad de suma cero), de quien tomo estas reflexiones, el crecimiento económico para todos no puede solucionar el problema, porque las demandas no son de más, sino de paridad.
El “paradigma del crecimiento sostenido” también afirma que el libre mercado se autorregula y que es el instrumento más eficaz para enfrentarse a la crisis ecológica: ante los problemas futuros de escasez de recursos naturales, defiende que el sistema de precios reaccionará para orientar la búsqueda de fuentes alternativas e incentivar los cambios tecnológicos oportunos. Con ello se postula que el crecimiento capitalista no sólo es sostenido, sino también sostenible. Los defensores de este paradigma niegan incluso que los recursos naturales sean un bien público, pues los consideran:
«[…] categorías especiales de “capital” (que llaman “capital natural”, “recursos energéticos” o incluso “factor medioambiental”) sometidas al proceso de apropiación, remuneración y acumulación capitalistas, en una lógica exclusivamente centrada en el beneficio» (Rémy Herrera: Estado y crecimiento).
El problema con este planteamiento es que la destrucción de recursos naturales se está agravando a un ritmo acelerado y para cuando el mercado encuentre una solución —si es que la encuentra, pues no es seguro que lo haga— la situación sea tan grave que resulte irreversible (“A largo plazo todos estaremos muertos”, decía Keynes). Aún en el caso de que se encuentren alternativas energéticas, no está tampoco claro que no sean contaminantes, y el mercado no encuentra otra solución al problema de la degradación medioambiental que no sea la segregación espacial: los países ricos consumen y los países pobres acumulan los desperdicios. Otra limitación de este paradigma es que utiliza los tradicionales modelos matemáticos lineales, que implican proporcionalidad o constancia de efectos que pueden ser predecibles de forma determinista o probabilística, cuando la moderna teoría económica del caos rechaza que esos modelos sean siempre útiles y propone modelos no lineales con efectos que se retroalimentan y se vuelven impredecibles (Andrés Fernández Díaz: La economía de la complejidad. Economía dinámica caótica; David Kelsey: “The Economics of Chaos or the Chaos of Economics”, en Oxford Economic Papers, 40(1), 1988); James Gleick: Caos. La creación de una ciencia; Ziuddin Sardar e Iwina Abrams: Caos para todos).
Alternativas al paradigma
Examinemos ahora qué alternativas hay al paradigma dominante y cómo valorarlas. Esta exposición habrá de ser, por mor de la brevedad que exige este espacio de debate, necesariamente sintético y esquemático, y por lo tanto debe considerarse como antesala de otros debates más profundos y pormenorizados. También se tendrá en cuenta dos hechos importantes subrayados por Kuhn (La estructura de las revoluciones científicas): 1) un paradigma no es relevado, por muchas anomalías que acumule, hasta que surge uno alternativo al mismo; y 2) no hay paradigmas que no contengan «anomalías» o contradicciones, y a la hora de elegir un paradigma esto habrá de hacerse en términos de ventajas comparativas sobre los demás paradigmas alternativos.
En mi opinión existen en la actualidad tres opciones posibles: 1) los objetivos del desarrollo sostenible (ODS) que conforman la llamada Agenda 2030, 2) la teoría del decrecimiento y 3) la teoría marxista. La primera no representaría un «revolución científica» con respecto al paradigma dominante, sino una evolución sustantiva —en la terminología de Bunge— en la medida en que no cuestiona al sistema capitalista pero introduce importantes cambios en su funcionamiento. Por su parte el decrecentismo y el marxismo sí suponen un cambio cualitativo de paradigma, ya que cuestionan el sistema capitalista y porque sus categorías de análisis son muy diferentes.
De las tres opciones, la primera de ellas (ODS) es la que tiene más capacidad de influir en la realidad concreta. Es un programa elaborado por las Naciones Unidas y que cuenta con el apoyo de más de 150 jefes de Estado y de Gobierno del mundo. Con todas las limitaciones y contradicciones que se quiera ver en los 17 objetivos marcados, lo cierto es que este programa supone una confrontación directa con respecto al “paradigma del crecimiento sostenido”, pues no sólo prescribe que el crecimiento debe ser sostenible medioambientalmente, sino también inclusivo e igualitario (por eso se cambia el término “crecimiento” por el de “desarrollo”).
En mi opinión este programa supone una victoria en toda regla del movimiento ecologista sobre sus oponentes, en cierto modo igual que las primeras leyes de reducción del tiempo de trabajo en el siglo XIX supusieron el triunfo «práctico» de «un principio»: el «de la Economía política de la clase obrera» (Karl Marx: Manifiesto inaugural de la asociación internacional de los trabajadores). Pero no debemos olvidar, como ilustró con detalle Marx en El capital, que las leyes que limitaban la jornada laboral (primero a 12 horas diarias, luego a 10 horas diarias) se impusieron en Inglaterra durante «medio siglo de guerra civil», y que los empresarios aceptaron estas leyes a regañadientes y las boicotearon permanentemente hasta que la fuerza de los sindicatos y de la ley les obligó a aceptarlas sin remilgos.
En cuanto a la teoría del decrecimiento, voy a exponer la que ha sido explicada recientemente por Carlos Taibo (Decrecimiento. Una propuesta razonada). He seleccionado esta obra por dos razones: la primera, porque Taibo es un intelectual al que respeto y aprecio; la segunda, porque esta obra es de publicación reciente (2021) y supongo que será una versión actualizada de la teoría del decrecimiento. Expondré mis opiniones al respecto señalando en primer lugar los puntos fuertes de tal versión, y en segundo lugar los puntos débiles. Mis críticas serán amigables y buscarán el acuerdo y no la imposición doctrinal.
Según Taibo, «La perspectiva del decrecimiento señala que en el Norte del planeta hay que reducir, inexorablemente, los niveles de producción y consumo. Y agrega que, para ello, es necesario aplicar principios y valores muy diferentes de los que hoy abrazamos». Para justificar esta tesis, el autor expone una cantidad ingente de hechos económicos, sociales, culturales y ambientales como señales de alarma de que nuestro estilo de vida actual no funciona adecuadamente y da muestras de graves patologías. Esta parte de la exposición de Taibo es un tesoro de información, pues recoge y sintetiza admirablemente las mejores y más progresistas tradiciones intelectuales en los campos de la sociología, la antropología, el feminismo, la filosofía… y, por supuesto, el ecologismo.
También me parece una aportación importante y valiosa de Taibo —que yo asumo íntegramente— la lista de principios y valores que deberán fundamentar y acompañar la política decrecentista. El autor sintetiza muy bien esta lista en el siguiente texto:
«Si se trata de enunciar de manera somera esos cambios, bien podemos identificar media docena, en el buen entendido de que, más allá de ellos, y como habré de subrayar en su momento, es necesario apostar por lo que por fuerza tiene que ser un abandono urgente de las reglas propias del capitalismo que conocemos. Ya me he referido al primero de los cambios anunciados: la recuperación de una vida social que nos ha sido robada. El segundo no es otro que el despliegue de fórmulas de ocio creativo. El tercero propone […] el reparto del trabajo, una vieja demanda sindical que por desgracia fue muriendo con el paso del tiempo. El cuarto nos habla de la conveniencia de reducir el tamaño de muchas de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte que empleamos. El quinto anota la urgencia de restaurar la vida local frente a la lógica desbocada de la globalización, y en un escenario de reaparición de la autogestión y la democracia directa. El sexto, y último, refiere la necesidad de asumir, en el terreno individual, lo que significa la sobriedad y la sencillez voluntarias».
Paso ahora a exponer mis críticas a la exposición de Taibo. Estas críticas son de distinto orden: terminológico, expositivo y metodológico. Empecemos pues con la primera.
Mi crítica terminológica se refiere al error en la elección del término “decrecimiento” para nombrar la perspectiva que se defiende. Este término me parece desacertado porque es impreciso, contradictorio y equívoco, todo ello dentro de los supuestos propios de la teoría decrecentista. Es impreciso porque la política decrecentista sólo se prescribe para los países de Norte planetario y deja fuera por el momento —con toda la razón del mundo— a los países que no pertenecen a esta zona geográfica: a estos se les debe permitir «un crecimiento mesurado», salvo a aquellas áreas «que exhiban una huella ecológica alta». Pero con ello el decrecentismo debe reconocer que sustrae de la exigencia de reducción del crecimiento a casi tres quintas partes de la población mundial.
El término también es contradictorio porque si bien implica la prescripción de reducir en los países del Norte la actividad de sectores económicos enteros —v. gr. la industria del automóvil, de la aviación, de la construcción, la cárnica, la militar, o de la publicidad—, por otro lado exige, en palabras de Taibo, «propiciar el desarrollo de aquellas actividades económicas que guardan relación con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y con el respeto del medio natural; si queremos decirlo así, estas actividades seguirán “creciendo”». Finalmente el término me parece equívoco para las personas mal informadas acerca del espíritu y la filosofía que animan al movimiento decrecentista: estas gentes pueden pensar que el decrecentismo no es más que una política tecnocrática que los poderes públicos pueden lograr mediante el ajuste óptimo de las tasas de crecimiento per cápita. Así pues si yo fuera un decrecentista convencido no insistiría en la idea del decrecimiento, sino que más bien abogaría por esta otra consigna mucho más clara, directa e informativa: “control democrático y uso racional y equitativo” de los recursos naturales y económicos.
Mi crítica expositiva se refiere a la forma en que Taibo presenta sus argumentos. Como ya se ha dicho, el autor enumera y analiza un conjunto formidable de patologías culturales al objeto de sustentar la conveniencia de sus propuestas, pero apenas dice nada de los paradigmas u opciones alternativos. Taibo rehúye la lucha cuerpo a cuerpo con la economía neoclásica, y no dice nada de la Agenda 2030, que es una propuesta que, nos guste o no, es de gran relevancia política. Dedica el grueso de sus críticas a las propuestas de un “capitalismo verde” y el Green New Deal estadounidense –que luego comentaré—, y unas brevísimas líneas a la teoría marxista, por la que muestra un notorio desdén salvo en aspectos muy puntuales.
Por supuesto que Taibo tiene todo el derecho del mundo a criticar al marxismo, pero su postura soslaya el hecho crucial de que la producción científica marxista no se deja resumir fácilmente en unas frases, pues ha dado lugar a un conjunto vasto, heterogéneo y cambiante de doctrinas y propuestas, y que cualquier exposición razonada sobre estas investigaciones —tanto para criticarlas como para alabarlas— debe tener en cuenta esta circunstancia. En este sentido la situación del marxismo es similar a la de la propia teoría decrecentista, de la que dice el mismo Taibo lo siguiente: «Son muchas las críticas que se han vertido ante la propuesta del decrecimiento —o ante alguna de sus manifestaciones, que no es exactamente lo mismo—, un fenómeno tanto más lógico cuanto que aquella muestra versiones eventualmente diferentes que facilitan las contestaciones y los recelos». Sin embargo Taibo se muestra benevolente con el decrecimiento y exigente con el marxismo. Por ello le pido a este autor que revise si administra de forma imparcial sus criterios evaluativos.
Mi crítica metodológica se dirige a cómo piensa el decrecentismo llevar a la práctica sus ideas. Expone Taibo que «el decrecentismo no se limita a anunciar la catástrofe que se avecina: señala, antes bien, que hay remedios, no sin antes subrayar al tiempo que reclaman transformaciones radicales en nuestras sociedades y en nuestras conductas». Y yo me pregunto: ¿no hay nada que decir sobre cómo y por quién se van a ejecutar estas transformaciones? ¿Cómo piensa Taibo que se acometan todos los cambios profundos que él propone, que además deberán verse acompañados —según su opinión— por una «abolición de privilegios»? Estos cambios no se van a producir espontáneamente: los grandes sectores ecológicamente insostenibles no se van a hacer el harakiri de forma voluntaria y altruista; y los privilegios no desaparecerán sin una gran resistencia por parte de quienes son sus detentadores. Unos y otros recurrirán a su influencia sobre las instituciones del Estado para ralentizar o paralizar esos cambios, o incluso para volver a etapas más regresivas de civilización (fascismo). La presión será tanto más fuerte cuanto mayor sean los cambios previstos. Esto no es una especulación sino un truismo para cualquiera que conozca la Historia. (El reciente escándalo de la empresa “Uber” es un buen ejemplo de ello.)
Así pues, ¿qué piensan los decrecentistas sobre sobre la necesidad de utilizar las instituciones del Estado para impulsar estas transformaciones? Sobre esto expone Taibo lo siguiente:
«[…] en los últimos tiempos se aprecia cierta distancia entre el discurso y las propuestas del estamento académico que trabaja sobre el decrecimiento, más propicios, tanto el uno como las otras, a trabajar con las instituciones, y la perspectiva que abrazan, en cambio, muchos de los activistas de base, que más bien asume un perfil libertario o libertarizante».
En resumen: falta un pensamiento unitario sobre esta cuestión fundamental; sobre la que, por cierto, el propio Taibo no se pronuncia de forma clara. Él lanza una dura crítica al “capitalismo verde” y al New Green Deal como formas tecnocráticas de apuntalar al sistema capitalista, aunque reconoce honestamente que la propia teoría decrecentista puede tener el mismo efecto no pretendido. Pero a mi modo de ver todo esto no son más que evasivas.
Estoy convencido de que todos los poderes corporativos, mediáticos y policiales que han conspirado en este país para que nuestro Gobierno de coalición no saliera adelante aplaudirán con las orejas cualquier propuesta que deje “intacto” al Estado y lo siga dejando en “sus” manos. Aunque soy de los que piensan que no hay que hacerse demasiadas ilusiones a este respecto: cómo de lejos se llegue con la utilización de esas instituciones dependerá de la correlación de fuerzas de los actores políticos implicados y de sus pretensiones ideológicas. También es cierto que la lucha por el control del poder ejecutivo y administrativo no excluye, sino que al contrario es su complemento, la lucha por influir y movilizar a la sociedad civil. Pero en todo caso el principio fundamental en el que apoyar el movimiento de los heterodoxos debería ser, en ambos casos, este formulado por Marx en otra época: «Cada paso del movimiento real vale más que una docena de programas» (Crítica del programa de Ghota).
Esta indecisión ideológica mostrada por Taibo —que contrasta con su gran capacidad intelectual— no es fruto de la casualidad, sino que a mi modo de ver es una consecuencia de la ideología “libertaria” que este autor defiende. Si estuviésemos en el siglo XIX o incluso en el primer tercio del siglo XX, cuando el anarquismo poseía una gran influencia social, Taibo podría rechazar la participación en las instituciones políticas y anteponer a ello la consigna de la “huelga general revolucionaria” como método de transformación social y de lucha contra el cambio climático. Pero estamos en el siglo XXI y ni el anarquismo ni el decrecentismo tienen esa influencia. Taibo reconoce esta situación —a diferencia de ciertos activistas sectarios—, por lo que cabe especular si ante la urgencia del «colapso que se avecina» —medioambiental, pero también económico y demográfico— acaso este autor intuya que ya no fuera conveniente renunciar a los poderes del Estado para enfrentar tal amenaza. No sabemos si Taibo piensa que esta crisis medioambiental pueda ser también una anomalía para el pensamiento libertario, pero en todo caso sostengo que las personas de izquierda debemos afrontar nuestras propias contradicciones y dar solución a las mismas: no sólo por honestidad intelectual sino también, en esta precisa cuestión, por pura supervivencia de la especie humana.
Quedaría finalmente hablar del paradigma marxista. Pero no acometeré esta empresa por dos razones: porque ya se han apuntado en este texto algunas ideas centrales de este paradigma, y porque estoy seguro que otros estudiosos podrían hacerlo con más competencia que yo.