Unión Europea: ¿Más Europa u otra Europa?
Sabino Cuadra
Abogado y miembro de la izquierda abertzale.
Hace solo unos días una noticia apareció en todos los medios: “Bruselas pide expulsar a más de un millón de migrantes sin papeles”. No han pasado ni dos años desde que la UE aprobó una lista de cupos de refugiados a acoger por cada país –consciente y flagrantemente ignorados por todos ellos-, hasta plantear ahora una política de detención, internamiento y expulsión por cientos de miles. Es decir, “donde antes dije digo, ahora digo diego”. Se acabó lo que se daba. Las formaciones xenófobas europeas han aplaudido la medida. De la Europa que acogió a decenas de miles de refugiados y refugiadas chilenas, argentinos, uruguayas…que huían de sus dictaduras, solo quedan cenizas.
La Unión Europea (UE): un proyecto antidemocrático y antisocial.
Para quienes pasamos parte de la juventud escuchando “Radio París”, Europa fue durante un tiempo una referencia en materia de derechos sociales y democráticos. En cualquier caso, la lucha de liberación argelina, las revueltas de mayo-68, el otoño caliente italiano del 69.., nos mostraron que había también mucha fachada en todo aquello. Nuestros mayores nos hablaron también de la postura cómplice de las democracias europeas –Inglaterra Francia,..- para con la dictadura de Franco: “neutralidad” en la guerra 1936-39, reconocimiento diplomático posterior,... Aprendimos a distinguir así entre las reaccionarias clases políticas europeas (democracia cristiana alemana, italiana, gaullismo,..) y sus pueblos solidarios con nuestras luchas.
Las élites europeas hablaron claro desde el principio: “Comunidad Europea del Carbón y el Acero”, “Mercado Común”,… Ligaron directamente su proyecto al interés de los grandes industriales y finanzas europeas. Por eso, en la U.E., todo se diseñó a su manera: las élites por encima de la ciudadanía; la democracia secuestrada por los Gobiernos; un Parlamento florero; Comisiones ejecutivas omnipotentes, las finanzas por encima de los derechos sociales. La Europa de la ciudadanía, las naciones, la paz y la justicia social no estuvo entre los objetivos de los padres fundadores –¡ninguna madre!- del proyecto. Los derechos humanos fueron puro celofán, material para discursos y alguna que otra subvención. En los despachos ejecutivos el orden del día siempre fue otro. Por último, por si fuera poco, la consolidación del proyecto a lo largo del tiempo (Maastricht, Lisboa, euro,...) no ha hecho sino agravar lo anterior.
Y en esto llegó la crisis
Tras la II Guerra Mundial, mientras la economía crecía y hubo algo para repartir, la cosa funcionó. Pero todo cambió bajo los reinados de Thatcher y Reagan. El Estado del bienestar fue valorado como un lujo innecesario y un freno sin sentido al todopoderoso mercado. La economía-selva se adaptaba mejor al capitalismo salvaje ahora defendido. Luego, tras el derrumbe de los regímenes del Este europeo, un mundo-mercado nuevo se abrió a sus pies.
Pero aquello pronto demostró sus límites. La primacía lograda por las finanzas impulsó un desarrollo asentado en una espiral de endeudamiento público y privado que terminó pinchando por carecer de una economía real en la que asentarse. La burbuja estalló. Grandes bancos, entidades financieras y estados enteros se declararon en quiebra. Había que salir de aquella crisis.
Las tonterías afirmadas por gentes como Sarkozy (“Hay que refundar el capitalismo...”), pronto fueron arrojadas a la basura. Al revés que con la crisis de 1929, ningún banquero ni empresario se suicidó arrojándose de ningún rascacielos. En vez de suicidarse ellos, optaron por suicidar a los demás: desregulaciones laborales, fiscalidad regresiva, aumento de la precariedad, contención y recorte salarial, privatización de servicios públicos, debilitamiento de los servicios sociales,.... En resumen, un gigantesco transvase de fondos públicos hacia las finanzas responsables de la crisis, un incremento de las desigualdades sociales, un aumento de la tasa de explotación laboral y una acentuación de la brecha patriarcal existente entre hombres y mujeres.
No es cierto que estemos saliendo de la crisis, tal como dicen algunos. Son “ellos” tan solo quienes lo están haciendo, recuperando sus tasas de ganancia y conquistando más poder. Nosotros y nosotras, en vez de salir de ella nos estamos hundiendo cada vez más: bajan los salarios, se extienden las desigualdades, se debilitan los servicios sociales, se privatiza todo. La juventud carece de futuro; las mujeres, de presente; los inmigrantes, de país.
El desmorone del proyecto de la Unión Europea.
La crisis de la U.E. es global. Todos sus pilares están fallando: sociales económicos y políticos. La recetas neoliberales drásticas impuestas por la Troika, lejos de solucionar la crisis no han hecho sino cronificarla. Europa es hoy uno de los principales centros –por no decir el mayor- de la crisis mundial y las medidas tomadas han preparado el camino a una más que previsible nueva crisis financiera. Junto a ello, la pérdida creciente de peso de su economía ante el empuje de las economías emergentes acentúa todo lo anterior.
En el terreno político, la desafección ciudadana es creciente. Según el último eurobarómetro, solo un tercio de la población tiene confianza en las instituciones de la U.E. En esta medida, el Brexit se muestra como la punta del iceberg de una desconfianza extendida por toda Europa. A su vez, los procesos soberanistas e independentistas vividos especialmente en Escocia y Catalunya expresan la fragilidad de un proyecto construido de arriba abajo y asentado en unos Estados –que no en sus pueblos- que ahora entran en profundas crisis.
La consolidación de la Europa de las dos velocidades anunciada estos días por Hollande, Merkel, Gentiloni y Rajoy, expresa el fracaso de un proyecto que se dijo democrático e igualitario. Crecen las desigualdades en cada país (ricos-pobres, hombres-mujeres,..), entre los distintos Estados de la UE (países y ciudadanías con derechos de primera y segunda) y en relación con el resto del mundo. Tras el derribo del “muro de la vergüenza” berlinés se multiplican las murallas xenófobas y racistas por toda la periferia de la Europa fortaleza.
Mirando hacia adelante.
La crisis que vivimos es, sobre todo, una crisis de civilización. El modelo depredador, patriarcal y capitalista golpea y cuartea hoy los derechos humanos que dice defender y el medio físico sobre el cual se asienta nuestra existencia.
Decía Albert Einstein que “los problemas no se pueden solucionar utilizando los mismos criterios que fueron usados para crearlos”. Por ello, si no asentamos nuestra estrategia en valores civilizatorios diferentes, volveremos a caer en crisis idénticas o similares. Sorprende por ello leer en algunos textos de este debate (H. Maravall, J. Ariza) la defensa de la necesidad de buscar alianzas con la “derecha democrática” y el “centro derecha”, eso sí, “con vocación social”, tal como puntualiza el segundo. Yo pregunto, ¿cuáles son, en concreto, esas fuerzas en el Estado español, Francia, Alemania, Italia…?
Ante esta crisis de civilización es preciso enmarcar nuestras pequeñas, medianas y grandes luchas en unos parámetros económicos, sociales y medioambientales diferentes. El sacrosanto derecho a la propiedad privada, el patriarcado y la concepción de la naturaleza como botín de guerra, no pueden seguir siendo los pilares sobre los que asentar nuestro modelo de sociedad. Sigo con Einstein: “Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”. Pues eso, el cambio ha de ser de raíz.
Un paréntesis sindical.
La izquierda europea suele ser unánime a la hora de afirmar que la socialdemocracia, sus partidos y gobiernos (Francia, Italia, Alemania, Gran Bretaña, Estado español...), han quedado engullidos por la ofensiva neoliberal, siendo hoy ya, no parte de la solución, sino del propio problema. La crisis profunda que viven hoy sus partidos no es sino consecuencia de ello.
No se habla apenas, sin embargo, del papel cómplice jugado a la vez por el sindicalismo europeo. Habiendo sido la clase trabajadora el principal objetivo del capital, sorprende la cuasi nula respuesta sindical dada ante esta agresión a nivel europeo. Ha habido, sí, importantes movilizaciones y huelgas en Francia, Grecia, Portugal, Italia, Estado español.., pero la Confederación Europea de Sindicatos –CES- ha renunciado a dar una respuesta coordinada ante la crisis (el artículo de Isidor Boix en este debate es claro a estos efectos) o de solidaridad para con el pueblo griego y su combativa clase trabajadora. El marco de respuesta estatal era insuficiente para hacer frente a esta agresión.
Pero es preciso realizar también una autocrítica dentro del sindicalismo de izquierda ya que, en general, tampoco éste ha estado (¡Grecia..!) a la altura de las circunstancias. Levantar alternativas ante la avalancha reaccionaria del capital no puede hacerse sin referirse al papel que debe jugar en esta tarea el sindicalismo de izquierdas. En esta Europa en manos del poder de las transnacionales y la Troika es del todo necesario reforzar mucho más los lazos de coordinación, trabajo conjunto y solidaridad de ese sindicalismo que rechaza la política de concertación de los grandes aparatos burocráticos sindicales.
Junto a ello, el sindicalismo de izquierda necesita a su vez una profunda renovación. La globalización económica y productiva ha modificado de forma importante el terreno de juego y pelea sindical. Por ello, sin abandonar el marco del centro de trabajo y la empresa, el sindicalismo debe ser cada vez más social, más abierto la sociedad de la que es parte. Profundizar en sus perfiles internacionalistas, ecosocialistas y feministas es hoy en día algo esencial.
1 No es objeto de este artículo comentar la política de concertación de CCOO y UGT y sus diferentes Acuerdos con la patronal –CEOE- y Gobiernos (desde los Pactos de la Moncloa -1977- hasta su último apoyo a la reforma de pensiones y alargamiento de la edad de jubilación -2011- y los últimos Acuerdos con CEOE y CEPYME por el Empleo y la Negociación colectiva de 2012 y 2015), pero sí señalar que esa política ha facilitado el fortalecimiento político, social y laboral de la patronal y el debilitamiento progresivo de la negociación colectiva y las relaciones laborales: contención y recortes salariales, contratación precaria, debilitamiento del sistema de pensiones, incremento de la movilidad,….
La otra Europa por la que luchamos.
La política xenófoba de la U.E. (muros, CIEs, expulsiones por millones...) no tiene solo que ver con la violación flagrante de los derechos humanos. Además de eso está el hecho de que la propia Europa tiene una deuda previa con el mundo. Su acumulación de capital y poder se ha asentado durante siglos en la esclavitud, la conquista y el expolio de todos esos pueblos que hoy rechaza. Por si fuera poco, las guerras y hambres de las que huyen hoy todos esos millones de personas, han sido fabricadas aquí, en Occidente.
En Europa resuenan de nuevo tambores de guerra. No contenta con sus ingerencias en Afganistán, Iraq, Libia o Siria, se habla ahora de incrementar los presupuestos militares y presencia armada en el mundo. La izquierda europea debe apostar por ello por una paz que implique la lucha contra el militarismo, los holding armamentistas, la OTAN (Euskal Herria dijo un claro ¡NO! a ésta en el referéndum de 1986) y la política exterior de agresión, ya que de lo contrario aquella paz venerada se convierte en pura hipocresía.
El pasado 8 de marzo, millones de mujeres han mostrado a nivel mundial la fortaleza del movimiento feminista. Ningún discurso, programa ni estrategia puede ser ya concebido al margen de sus reivindicaciones, sin encarar la crisis sistémica de este capitalismo financiarizado y sus modos de producción de valor y reproducción social. Los propios derechos humanos, sociales y democráticos deben ser reformulados. Mucho más aún las fórmulas organizativas, participativas y de movilización. Se trata, en definitiva, de ir bastante más allá de esos unánimes cánticos a la “igualdad” que a tan poco suelen comprometer en muchas ocasiones.
La lógica del capital está llevando cada vez más a un choque con las bases mismas de la vida. Cada vez son más alarmantes los datos relativos a la crisis energética, el cambio climático, la degradación de los sistemas naturales (selvas, acuíferos, casquetes polares,..), los efectos de la política de grandes infraestructuras... Asentar un modelo de producción, distribución y consumo diferente se vuelve cada vez más urgente. El mandato bíblico “dominar la tierra” debe arrojarse ya, y para siempre, al basurero de la historia.
Hay que partir desde abajo. La construcción de una Europa diferente debe asentarse en el empoderamiento de sus gentes y sus pueblos. Nada al margen de ese derecho soberano a decidir que nos ha sido hurtado. Decidir sobre lo político y lo social, lo grande y lo pequeño, el presente y el futuro. Frente a la Europa de los Estados y las élites, la de las naciones y las gentes. Ningún obstáculo, ni estatal ni unionista, al libre y democrático ejercicio del derecho a decidir por parte de Catalunya, Escocia, Flandres, Galiza, Faroe, Euskal Herria...
El camino.
La Unión Europea va a celebrar el próximo 25 de marzo el 60 aniversario del Tratado de Roma. Dice un refrán chino que cuando alguien se pierde por el camino no hay nada mejor que volver al punto de partida. Es un buen momento, pues, para desfacer todos los entuertos cometidos. La izquierda europea debe recuperar su relato del mundo, el que pone a la gente en el centro y construye a partir de ahí una alternativa basada en la democracia y la solidaridad. Una alternativa frente al capitalismo actual que ofrezca un futuro digno y justo para todos los hombres y mujeres que viven en ella. Nunca más el carro por delante de los bueyes, las finanzas por encima de las personas, los estados por encima de los pueblos.
Lo anterior supone apostar por una vía que no es ni fácil ni corta. Tejer los lazos políticos, sindicales, sociales, feministas, ecologistas... que todo ello precisa llevará tiempo y esfuerzo. Pero todo lo que se haga en esa dirección dará frutos positivos netos. Lo otro, lo de “más Europa” no es sino más de la locura a la que se refería Einstein.