Postdemocracia Europea.
Leo Moscoso
SPO-Consulting (director)
1. La Crisis Política en Tiempos Duros.
La lección de la crisis griega era ésta: o prevalecía la democracia a expensas de los intereses de la oligarquía financiera internacional, o bien, si eran esos intereses los que había que hacer respetar, entonces se hacía necesario el estado de excepción. De ahí el golpe propiciado por los Junker, Dijsselbloem, & Co. Puede que Syriza continúe al frente del ejecutivo en Grecia, pero no nos engañemos: Grecia está administrada desde el exterior y los extremistas que la tienen intervenida también tienen el poder y están en el gobierno de Europa.
Los extremistas están en el gobierno, y la cuestión es que la alternancia entre liberales y socialdemócratas ha desaparecido detrás de la idea que afirma que no hay alternativa. Los partidos socialdemócratas convencionales se hunden en Austria, Holanda, Francia, Italia, Grecia y España. Entonces – sólo entonces – el juego se convierte en Europa sí/Europa no. Y es ahí donde nos reencontramos frente a los monstruos políticos que creíamos desparecidos. Bélgica, Grecia, Italia o España muestran – como sociedades habituadas a largos períodos sin gobierno – el camino hacia la desaparición de la política. No se me malinterprete: no es que la política desaparezca en ausencia del poder ejecutivo del estado. Al contrario, con postdemocracia quiero decir varias cosas: una de ellas es que, en vista de que ha sido colonizada por la economía, la política ha dejado de ser ideológicamente importante para amplios sectores de la sociedad.
Sorprende que el batacazo del capitalismo financiero internacional desde el verano de 2007 no haya desencadenado una potente contraofensiva de la izquierda. Pero la crisis se ha ido profundizando, la depresión se ha instalado como un huésped permanente en las economías europeas... y nada parece ocurrir. Estamos frente a una izquierda occidental aparentemente incapaz de reaccionar. Puede que la respuesta a esta incapacidad radique en las derrotas acumuladas por la izquierda desde los años del Consenso de Washington: sindicatos debilitados, empleos precarios, atomización de los trabajadores, dispersión geográfica y funcional de los asalariados, disminución de las rentas del trabajo tanto en términos absolutos como en relación con las rentas del capital, fuerte endeudamiento de los trabajadores... La clase trabajadora organizada parece haber quedado convertida en un lobby minoritario cuyas organizaciones están condenadas a defender el mantenimiento de las conquistas de los insiders en los mercados de trabajo, al tiempo que, mientras este proceso tenía lugar, poco o nada podían hacer por evitar la segmentación de los mercados de trabajo y la precarización de la mayoría de los integrantes de las generaciones de trabajadores más jóvenes.
En resumen, la izquierda carece no sólo de plataformas de comunicación de masas o de medios financieros para propagar sus ideas: es que ni siquiera dispone de un relato coherente de lo sucedido, pues una parte de los viejos aparatos socialdemócratas tienen a sus cuadros noqueados bajo la alucinación – que hizo estragos en los ochenta y los noventa – del marxismo pasado por los dogmas de la economía neoclásica, o del oxímoron (en modo alguno la “síntesis”) del “socialismo liberal”. Antes de sugerir el cambio de relato, veamos la crisis política.
Su etiología hay que buscarla en la negativa del estado a enfrentarse con los poderosos oligopolios que lo mantienen chantajeado. Su origen se encuentra en el sistema capitalista que, sostenido políticamente, se sirve del ciclo económico para organizar el chantaje de la coyuntura, y forzar su programa máximo, es decir, la aceptación del mandato de los grandes poderes económicos de buscar una salida a la crisis en la erosión de los derechos de los trabajadores y no en una reforma del sistema capitalista. Para ello, será preciso disponer de mecanismos que induzcan – si es preciso, por la fuerza – a los trabajadores a aceptar el retroceso de los derechos adquiridos. Es ahí donde el carácter democrático y representativo de la constitución del estado habrá de ser significativamente debilitado. Se suele aludir a los imperativos de la presión externa (guerra, terrorismo internacional...) para explicar la deriva de los poderes del estado hacia formas autoritarias de ejercicio de sus funciones. Pero hay una lógica interna que conduce hacia el mismo resultado, y esta tiene su origen en el carácter excepcional de ciertas crisis económicas. Podríamos hablar de una crisis de dispersión del poder inducida por la propia lógica institucional del sistema democrático representativo, y reforzada por las situaciones de emergencia ocasionadas por los cambios en las relaciones económicas en tiempos duros. La erosión de los principios de representación y de participación es acumulativa, de tal modo que, con el paso del tiempo, se podría decir que sólo por la fuerza de la costumbre continuamos llamando “representativos” a nuestros regímenes democráticos. No sólo es posible ser liberal sin ser demócrata. De ello ya estábamos advertidos desde el siglo XIX. Pero nos vendrá bien recordar que ser capitalista sin ser demócrata es incluso más fácil.
La conexión entre las vertientes interna y externa de la actual deriva hacia el deterioro de las libertades públicas se encuentra, precisamente, en la conexión entre la lucha internacional contra el terror y la manera en la que el terrorismo financiero se ha servido de la crisis para promover su propia agenda de desregulación, disciplina fiscal y equilibrio presupuestario. Ambas, la lucha contra el terror, y la lucha contra la crisis (suponiendo que alguien esté luchando contra ella y no empleándola al servicio de su agenda máxima), tienen un punto en común: aluden a los imperativos de la gobernanza en tiempos duros, es decir, excepcionales. Pero el declive de los poderes públicos y el debilitamiento de su capacidad para tutelar los derechos de los ciudadanos vistos como efectos de la globalización es un tipo de explicación en el que el estado de una entidad se explica por medio de la influencia ejercida sobre ésta por otra entidad desde el exterior: es un lugar común. ¿Por qué no buscar una explicación endógena? Los regímenes democráticos representativos hace tiempo que dejaron de ser representativos y están empezando a dejar de ser democráticos. Nuestro postulado es que la lógica de la globalización no explica por sí sola estas transformaciones. Si existe una posibilidad de reconciliar la globalización y la democracia (incluso al precio de la pérdida total. o parcial de la soberanía), entonces es preciso identificar una dinámica endógena. Veamos
Igual que el red scare desempeñó un papel, pero no explica por sí solo la aparición del estado de bienestar keynesiano, el colapso de las burocracias socialistas del este de Europa no explica por sí solo el nuevo régimen neoliberal. Cuesta trabajo pensar que el buen rollo entre la Dama de Hierro y aquel actor de segunda fila y no muy listo que había llegado a la Casa Blanca a comienzos de los ochenta pudieran, por su cuenta, cambiar el rumbo del capitalismo euro-atlántico e imponer el Consenso de Washington en América Latina. Hay factores endógenos. Por eso el auge de la extrema derecha no está unido sólo al ciclo económico y al desempleo, como algunos creen: es estructural, como muestra su proliferación en países en los que no hay serios problemas de desempleo. La xenofobia crece en lugares donde no hay inmigración, la islamofobia en lugares sin población musulmana significativa, y hasta en la republicanísima Francia hemos visto hace pocos años un arrebato de histeria anti-gitana… ¡en un país sin gitanos!
2. Cambio de Relato.
Que el estado capitalista haya ofrecido a los trabajadores esferas limitadas de igualdad y derechos sociales a lo largo del siglo XX no significa que vaya a seguir haciéndolo. Es posible que haya que abandonar la desaforada defensa de lo estatal a la que se había acostumbrado la izquierda del siglo XX. Aunque hay quien sigue creyendo que la única alternativa está en el regreso a una forma socialdemócrata de gestión de lo público que las economías occidentales ahora dicen no estar en condiciones de poder permitirse, las sociedades liberales se muestran cada día más patentemente incapaces de asegurar un futuro a las llamadas clases medias sobre las que descansaba la viabilidad de la propia democracia liberal. Muchos de los que creen que el estado es la solución probablemente han olvidado que el propio Karl Marx – en la Crítica del Programa de Gotha – advirtió a los seguidores de Lassalle contra su encendida defensa de la escuela pública: nada de nombrar al estado educador del pueblo; el estado prusiano necesitaba – antes bien – ¡de una enérgica educación impartida por el pueblo!
Son los mismos que olvidan que el estado del bienestar no era el objetivo, sino que resultó ser un efecto no buscado de la confrontación entre clase y estado capitalista que tuvo lugar durante el siglo XX: los derechos sociales fueron intercambiados por consenso. Lo que estaba en juego no era la cooperación con el proceso de producción capitalista (la retribución que los trabajadores obtienen a cambio de esa cooperación se llama salario) sino el consenso en torno al estado capitalista. El cambio de relato de la izquierda pasa, a mi juicio, por aquí: lejos de haber construido el estado social, el movimiento obrero se encontró con él.
Una confirmación de ello la obtenemos examinando la morfología de lo que podríamos llamar la mutación neoliberal. Wendy Brown ha explicado bien que el neoliberalismo surgido del Coloquio Walter Lippmann del año 38 y de la Escuela de Friburgo es, a la vez, una política económica, una modalidad de gobernanza y un orden de la razón que implica culto a la desigualdad, comercio no ético, intimidad entre las corporaciones y el estado, y caos económico creado por la libre circulación de capitales financieros. Aunque somos muchos los que vemos complicado el regreso a la empresa pública y al modelo proteccionista del import substitution, puede que a algunos les parezca que el regreso a lo público es la solución, pero a éstos les convendría reparar en que un estado que contrata con poderes económicos privados en un régimen que podríamos definir como de colusión no es ciertamente una entidad que pueda ponerse del lado de la gente.
3. La Crisis de la UE y la Trumpificación de Europa.
Al contrario de lo que mucha gente cree, la actual crisis de la UE no es una consecuencia inmediata del estallido de la burbuja del crédito depredador en 2008. Es verdad que ambos ciclos – el de la crisis económica y el de la crisis institucional – se han conjugado en Europa de una forma sorprendente, al punto que, aunque los muñidores del euro creían que forjaban un rival del dólar americano cuando en realidad – como han denunciado tanto liberales como socialdemócratas – recrearon una versión del patrón oro que condujo al contagio internacional de la depresión en los años treinta. Con todo, sería un error cargarlo todo sin más a los efectos “políticos” de la crisis económica. La UE arrastra un déficit de legitimidad democrática que viene de muy atrás y cuyo último episodio se ventiló discretamente en los años anteriores a la crisis económica, cuando el mecanismo plebiscitario de refrendo de una oscura Constitución Europea cocinada de espaldas a los pueblos empezó a arrojar en varios países resultados adversos a las preferencias de los burócratas responsables del diseño institucional de la moneda única y tuvieron que optar por remplazar discretamente los plebiscitos por votaciones en los parlamentos nacionales.
Ahora que los pueblos de Europa están descubriendo que el tinglado de la UE no es democrático, que ha construido un parlamento sin atribuciones legislativas, y ha nombrado una Comisión Europea que no rinde cuentas ante los ciudadanos, tal vez sea el momento de reparar también en que la alternativa a una Unión Europea genuinamente democrática – si ésta se encontrase a nuestro alcance – sólo puede ser un sucedáneo de la soberanía obtenido mediante el nacionalismo económico y la xenofobia. La cuestión no es, por tanto, si Europa sí o Europa no: si dices que no, te conviertes en un radical o en un “populista” tout court a los ojos de todos esos medios que se muestran incapaces de reconocer que la unidad europea es un imposible mientras Francia rechace la unidad política sin unidad económica y Alemania rechace la unidad económica sin unidad política. En este contexto, sería más sensato expulsar del euro a Alemania y a su periferia privilegiada en lugar de excluir a las economías deudoras del sur de Europa que han sido empobrecidas por las políticas de desindustrialización y endeudamiento privado y público impuestas por los acreedores y oligopolistas industriales y financieros del norte. Aquí es donde se ve cuál es la auténtica divisoria entre el populismo de derecha y el de izquierda: democracia es gobernar por y para la gente. La diferencia entre el populismo de derechas y el populismo de los partidarios de la libertad y la democracia es que estos últimos nos fiamos mucho menos de la libre circulación de capitales y mercancías que de la libre circulación de personas. De ahí que llame la atención tanto aspaviento de la derecha oficial europea con la victoria del señor Trump al otro lado del Atlántico. Trump ha prometido bajadas de impuestos a los ricos, desmantelamiento de los servicios públicos y mano dura con la inmigración. Disculpen… ¿no es ese el programa del PP?
Tal vez sea esta ceguera la que nos impide darnos cuenta de que Europa empieza a llenarse de tics de eso que por otras latitudes ya se llamó hace años fascismo simpático. Al otro lado del océano, el señor Trump ha prometido prolongar un muro que ya tiene mil kilómetros contra la inmigración centroamericana en los Estados Unidos. No digo que no vaya a ocurrir pero, por el momento, sin embargo, no hemos visto a Trump disparar munición de goma contra ningún naufrago luchando por no morir ahogado en el río Bravo. Aquí, en cambio, en la frontera sur de Europa, esto ya lo hemos visto en El Tarajal. Sería un error creer – como parecen haberlo hecho muchos análisis que se tienen por “sensatos” – que España es un santuario a salvo de la peste de la extrema derecha. Ésta está en la sociedad civil y, cuando llega la hora de votar, no votan a ningún autobús pintado de naranja: votan casi todos al PP. Con la probable excepción de Polonia, el gobierno del PP en España es el más “populista” y el más extremista de todos los gobiernos de derecha que hay en Europa.
Es cierto que la peste ultraderechista se ha instalado en España – si bien esto es cada vez menos cierto – en el disimulo y la ocultación en el interior del PP, pero es posible ver también a la extrema derecha convencional avanzando por todo el viejo continente. El ascenso de la ultraderecha ha adoptado en algunos lugares (por ejemplo, en Francia, España y Polonia) la forma del nacionalismo chovinista, en algunos otros (como Hungría, Austria, Holanda y Francia) la xenofobia, o la islamofobia (como en Francia, Suiza, Holanda, Austria, Hungría, Eslovaquia, Alemania y Dinamarca), en otros (como en Hungría y Polonia) el anticomunismo más rancio y, en según qué casos, el anti-semitismo (como en Polonia), la misoginia (como en Polonia también), la homofobia (como en España), la eurofobia (como en Holanda y el Reino Unido), el anti-multiculturalismo (como en Holanda y Suiza) y el odio a la democracia disfrazado de “eficiencia” (como en España). Auténticos nazis quedan en Grecia, Hungría y Ucrania. El FN francés y el FPÖ de Austria tienen orígenes en el colaboracionismo pro-nazi. AfD en Alemania y PEGIDA (Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes) son chovinistas, eurófobos, xenófobos e islamófobos. La extrema derecha holandesa, suiza, inglesa y danesa es simplemente eurófoba, xenófoba e islamófoba.
Fuera de la ultraderecha convencional es posible identificar todos los tics del fascismo simpático en los partidos que quieren dejar a los inmigrantes sin tarjeta sanitaria, o en los que quieren limpiar Badalona de musulmanes, o los que, con la coartada de la lucha contra la corrupción, y en nombre de la eficiencia económica de los presupuestos públicos, buscan llevarse por delante buena parte de las instituciones de la democracia. Como son simpáticos no dicen que, en verdad, lo más eficiente en gestión pública es una dictadura, y lo más flexible en el mercado de trabajo es un esclavo. No son demócratas, pero tampoco el NSDAP lo era y ganó unas elecciones, por lo que conviene prever que emplearán las elecciones democráticas para hacer avanzar su agenda. Todos ellos han explotado, de hecho, la crisis económica como la izquierda no lo ha hecho hasta el momento: la mejor prueba es el PP español que sobrevive gracias a la lealtad de su clientela corrupta y al nacionalismo chovinista que exuda su discurso. Hace muchos años era popular entre los marxistas la tesis de que el fascismo era un recurso de la burguesía para poner coto al movimiento obrero en caso de necesidad. Algunos han podido inferir que, si el movimiento obrero no representa ya una amenaza para el capital, entonces no hay amenaza fascista. Es un error: Europa es también un continente de fascismo friendly, y lo peor de él es que no sabemos a qué clase de monstruos podría dar lugar. El populismo de extrema derecha es parte de la mutación neoliberal en curso.
4. Conclusiones.
La UE no se puede permitir una quiebra a la griega de España – y menos aún un exit a la británica. De ahí el poder de chantaje sobre sus socios europeos que el PP ha conservado durante los años que España lleva intervenida. Ese poder de chantaje basado en el principio de too big to fail se ha mantenido incólume pese a la intervención (que en España, al contrario que en otros sitios, vino antes que la asistencia financiera). Con todo, y al contrario que Italia – cuya patente crisis bancaria representa una amenaza parecida para el futuro de la moneda única – hay una excepción española, y es que en España, junto al populismo de extrema derecha representado por el PP en el gobierno junto a un puñado de partidos extraparlamentarios y de organizaciones de extrema derecha de la sociedad civil, ha surgido una alternativa populista de izquierda.
La alternativa PODEMOS entenderá antes o después que al fascismo (el friendly y el unfriendly) se le combate, igual que a la oligarquía financiera, con democracia, internacionalismo, xenofilia, interculturalidad, tolerancia religiosa, feminismo y políticas públicas pro-LGTBI. Aunque tal vez convendría mejorar en el terreno de la tolerancia religiosa (después de todo, tiene poco sentido, ser más tolerantes con los del hiyab que con los de las sotanas), PODEMOS avanza visiblemente en todos esos frentes. PODEMOS ha hecho en cambio mejor lo que más necesitamos, que es romper con la ubicuidad del homo economicus como forma canónica de capital humano, con la desigualdad como premisa de la relación entre los ciudadanos, las corporaciones y el estado, con el declive de la ciudadanía y el interés público, y con la obsesión de la clase política con el crecimiento y la eficiencia detrás de la que se oculta una patente falta de compromiso con la justicia democrática
Pese a sus promesas, por desgracia, los años de flirteo entre el pensamiento de izquierda y el republicanismo académico no han producido resultado alguno en ninguna de estas direcciones. Ese republicanismo bobalicón, que nada tiene que ver con las mejores tradiciones políticas democráticas, que nunca ha comprendido la movilidad de los confines de la república y que cree que es posible hacer frente al neoliberalismo y a sus criaturas políticas como si el estado-nación fuera una entidad dotada de confines estables, tendrá que entender aún muchas más cosas que las que le quedan por entender a PODEMOS: que l.as soluciones populistas basadas en los derechos de ciudadanía volverán incluso aunque no quede un estado-nación que pueda velar por esos derechos. Con un poder del estado cada vez más debilitado, la cuestión es si lo harán bajo la forma autoritaria, paternalista y retrógrada de una democracia vigilada que funciona al servicio de los intereses privados, o si lo hace bajo una forma democrática y progresista a favor del interés público. El dilema democracia o postdemocracia quiere decir democracia o barbarie.