El cambio en Europa
Rosa Martínez
Diputada de Unidos Podemos y coportavoz de EQUO
Sin duda Europa está cambiando, lleva tiempo cambiando. Lo que hoy vivimos no es sino la aceleración y concreción de diferentes tendencias y fenómenos, que desde hace décadas (con diferencias cronológicas y de intensidad según los países) están transformando el orden y los elementos sobre los que se edificaron nuestras sociedades tras la Segunda Guerra Mundial:
- Las altas tasas de crecimiento de económico de la posguerra que pusieron las bases del funcionamiento de nuestras economías y se tradujeron en una mejora sustancial del nivel de vida de las personas en Europa, ya no existen y posiblemente no volverán.
- El Estado del Bienestar, intimamente ligado en su nacimiento y consolidación al crecimiento económico, lleva años siendo desmantelando por las políticas neoliberales y en muchos países se encuentra herido y cuestionado por las políticas de austeridad.
- Europa sigue buscando su papel en el nuevo orden internacional tras la caída del bloque soviético. La globalización y el incremento de flujos migratorios son nuevos elementos a los que la política económica y redistributiva están teniendo que adaptarse. Sin crecimiento económico y sin estado de bienestar, “lo que viene de fuera” se ve como un problema o una amenaza, y no como una de las circunstancias inevitables de nuestro tiempo.
- Lo que fue el gran consenso de la posguerra, los derechos humanos, están siendo violados masivamente como consecuencia de los tres elementos anteriores (no sólo en Europa sino en todo el mundo). Lo preocupante de esta situación es que los discursos anti-derechos humanos han abandonado la esfera de lo políticamente incorrecto para normalizarse como opción política en la mayor parte de los países europeos.
Es evidente que el mundo se mueve bajo nuestros pies, y que el cambio político en Europa tiene mucho que ver con el eje nuevo-viejo, tal y como sucedió en la política española en 2014 y 2015. La diferencia es que en Europa, la alternativa a lo viejo, a un orden político, económico y social que lleva tiempo sin dar respuesta a las necesidades de la ciudadanía se hace desde postulados reaccionarios y regresivos desde el punto de vista ético, democrático y de justicia social. Y lo es porque obliga a elegir, como recordó el presidente austriaco Van der Bellen en su discurso ante el Parlamento Europeo, entre tu patria y Europa, entre las necesidades de tus compatriotas y las de personas de otros países, entre ayudarte a ti o ayudar a otros.
Cierto es, que hasta ahora las decisiones políticas también han supuesto una elección. También han dejado fuera una parte de la sociedad, pero no en clave nacional o de pertenencia, sino en el eje élite-ciudadanía (con los consabidos impactos en los derechos, el medio ambiente y la calidad democrática de nuestras instituciones). La diferencia es que, si hasta ahora esta exclusión venía desde arriba y disfrazada de lo “mejor” y lo “necesario”; ahora se exige la exclusión de colectivos y grupos humanos desde abajo para garantizar lo poco que nos queda de la Europa de los derechos y el bienestar.
Pero, ¿lo que nos queda es suficiente? ¿nos conformamos con los niveles de bienestar, igualdad y calidad democrática que tenemos? ¿O lo que queremos es volver a algún momento del pasado reciente de Europa en el que vivíamos mejor? ¿Cuándo fue esto? ¿Quiénes vivían mejor y a costa de quién y de qué? Las proyecciones hacia el futuro, no son sino el reflejo de un pasado que nunca fue tan ideal como hoy queremos creer y que, en todo caso, no es válido para dar respuesta a la Europa de hoy.
Y es que, ante la crisis de lo viejo no podemos dar soluciones viejas, o basadas en los propios postulados que están en crisis: hay que construir alternativas nuevas. No basta con adaptar o ajustar lo que tenemos al nuevo orden (socialdemocracia) o reivindicar alternativas diseñadas para otros contextos (izquierda tradicional). Toca elaborar un proyecto político que se construya desde principios nuevos y tenga en cuenta las circunstancias, retos y características de la sociedad del siglo XXI.
En este sentido hay dos ejes o variables que deben integrar transversalmente cualquier proyecto de cambio progresista para Europa: el ecologismo y el feminismo. Por una parte, es imprescindible repensar nuestro modelo económico. Cuestionemos el crecimiento como objetivo y reconozcamos sus propios límites, tanto ecológicos, como de condición necesaria para la prosperidad y la creación de empleo. Y por otra, tras el eterno “ahora no toca”, la fuerza de las mujeres en las movilizaciones y en el activismo para construir un nuevo orden hace impensable un proyecto político de cambio sin perspectiva feminista.
¿Quieren un imagen de lo que puede (y debe) ser el cambio en Europa? Aquí la tienen: Isabella Lövin, viceprimera ministra sueca firmando la ley de cambio climático rodeada de su equipo, todo mujeres. Y esto es importante también. Más allá de las propuestas políticas es necesario innovar y reinvindicar lo “nuevo” en términos de identidad, referentes, símbolos, herramientas de organización, movilización y comunicación.
Es decir, un nuevo proyecto político requiere de nuevos sujetos políticos cuya construcción de ninguna manera puede llevarse a cabo de la misma manera que hace 40-50 años y cuyas fronteras y definición son mucho más difusas que entonces (más líquidas que diría Bauman). En este sentido, lo local está llamado a jugar un papel importante para articular y lanzar un proyecto más global de cambio (recordemos las confluencias municipales de 2015, por ejemplo). Paradójicamente, en la época de la globalización la movilización se produce mayoritariamente en torno a causas locales, que suelen ser parte de una causa global generalmente, pero que tienen la virtud de crear vínculos e identidades poderosos para la construcción de alternativas.
La gente escuchará si hablamos con nuevas formas, que reconozcan los problemas, la diversidad, las preocupaciones y las emociones de las personas. Si además lo hacemos mirando hacia adelante, hablando de futuro, de lo que queremos que sean nuestros pueblos y ciudades, nuestros estados y Europa (y no de lo que han sido), la gente lo hará suyo. No me cabe duda, de que trasmitiendo ilusión y esperanza tenemos muchas opciones que un proyecto político de cambio en clave democrática, social y sostenible pueda llegar a triunfar en Europa.