No volveremos a estar como antes (de la crisis)
Pere Vilanova
Politólogo.
Parece emerger una opinión difusa de que “estamos saliendo” de la crisis iniciada a finales de 2008. Incluso algunos expertos apuntan, a comienzos de 2017, que se ha salido de la crisis durante 2016. Habrá que ver si la tendencia se confirma. Pero algún hecho es de difícil refutación a escala europea e incluso transnacional. Admitiendo que se haya salido de la crisis, lo que es seguro es que ello no significa que “volveremos a estar como antes (de la crisis)”. En absoluto, pues con el tiempo veremos que hemos asistido a un reajuste estructural de proporciones históricas, a escala global. Con algunos indicadores de tipo macroeconómico que confirmarían el final de la crisis, pero con igualmente una serie de indicadores de costes sociales de grandes proporciones, cuyos costes a largo plazo aún no estamos en condiciones de precisar.
Uno de los peores síntomas de esta deriva de desajuste social y desvanecimiento de lo político, es el de la fragmentación de los «campos de reacción y de protesta» por parte de la ciudadanía, la emergencia de un temible “populismo trasnacional” y las consecuencias de ello sobre la consistencia de nuestros sistemas democráticos tal como los hemos conocido en Europa occidental desde 1945.
En suma, el lado más oscuro de la presente crisis es haber instalado en el ambiente una turbia dinámica de acusaciones y sospechas de unos sectores sociales contra otros, pero a la vez, muy sutilmente, con la música ambiental de “de todas maneras, no se puede hacer nada”, que tiene una deliberada vocación de “inmovilismo estructural sistémico”. Es decir, no se consigue ni establecer ni restablecer el mínimo de reacción social colectiva transversal para establecer contrapesos.
Hemos conocido crisis internacionales anteriormente, en 1929, en 1973, en 1979 o en 1993, pero esta vez ha sido distinto. ¿En qué medida cada una de estas crisis ha tenido consecuencias políticas, y más concretamente, ¿cómo han afectado estas crisis a los Estados y más genéricamente a los sistemas políticos y sociales de cada época?
Todo parece indicar que esta variable es determinante para diferenciar la presente crisis de las anteriores, porque aquí está en juego una revisión potencial no sólo de tal o cual servicio social, de tal o cual revisión de costes económicos basados en el Estado Social. Está en juego, de manera desigual –ciertamente esto puede variar entre unos países u otros-- la relación entre sociedad y política tal como la hemos conocido en las últimas cinco décadas, y las hipótesis posteriores pueden variar desde la más relativamente optimista, a la más pesimista.
Conviene centrarse específicamente en la crisis económica internacional iniciada en otoño de 2008, de duración hoy por hoy desconocida, y su impacto interno en el modo como el Estado, sus normas, sus instituciones, sus políticas públicas, etc, operan para gobernar nuestras sociedades. No es sólo cómo nos “gobiernan” en sentido institucional; también en el sentido de “gobernanza”, de significado más amplio. Esta crisis podría estar cuestionando no sólo tal o cual política pública. Con la excusa de las exigencias de la dinámica macroeconómica global, podría estar generando la pérdida de lo público, la erosión del núcleo duro de lo político en los sistemas políticos europeos. Y a este respecto, se puede mencionar el aporte del fallecido Tony Judt, en sus conclusiones sobre dos de sus últimas reflexiones. Por ejemplo, cuando nos recuerda:
“Cuando la economía y las fuerzas y pautas de acción que la acompañan, son realmente internacionales, la única institución que puede interponerse con efectividad entre esas fuerzas y los individuos desprotegidos, es el Estado nación… Ese Estado es lo que en última instancia puede aguantar entre sus ciudadanos y esas descontroladas, no representativas, no legitimadas capacidades y poderes de los mercados… es decir, frente a esa multitud de procesos no regulados sobre los cuales los individuos y las comunidades no tienen control”.
En efecto, Tony Judt nos recuerda, entre otros, que en la situación actual, más que nunca lo que está en juego es el Estado en su versión Estado Social y Democrático de Derecho, tanto en su función interna como en su función internacional o “hacia fuera”. Función interna porque, seguir defendiendo “menos Estado y más mercado”, o su variante “la mano invisible que lo regula todo con criterios de eficiencia y racionalidad”, es una broma de mal gusto que hace tiempo derivó en tragedia. Función externa también, porque una de las cuestiones clave en esta crisis (comparada con las que vivimos en el siglo pasado) es la siguiente: el mundo como sistema internacional complejo, se ha complicado cualitativamente hasta extremos sin precedente, y no basta invocar como una mantra las palabras “globalización”, “potencias emergentes”, “China, India y Brasil”, o el “desplazamiento del centro de gravedad desde Europa hacia Asia-Pacífico”, para entender su mal funcionamiento.
Un punto de partida es el de tomar nota entre el desfase creciente (el “gap” si se prefiere) entre el funcionamiento real de la economía mundial, así como sus consecuencias internas (empleo, investigación, consumo, crecimiento) en cada país, y el inmovilismo estructural de nuestros sistemas políticos. Lo primero ha cambiado, y mucho, pero sobre todo lo intuimos o lo damos por demostrado y evidente, pero nadie –o muy pocos—parecen estar en condiciones de explicarlo de manera completa y convincente. Lo segundo llama más aun la atención.
Nuestros gobiernos, nuestros procesos electorales, nuestros partidos políticos, el funcionamiento de nuestros parlamentos, la complejidad de los procedimientos legislativos y normativos en general, todo ello, funciona sobre los mismos mecanismos formales de los últimos sesenta, ochenta o cien años. Este desfase entre “procesos económicos” que van por su cuenta como electrones libres, y nuestros sistemas políticos basados en mecanismos institucionales de otro siglo, generan varias reacciones en nuestras sociedades. Una de ellas afirma que ciertamente esto es así, y es inevitable, tan fatalmente inevitable como que el sol tiene una vida limitada (5.000 millones de años) y que frente a eso, no hay nada que hacer.
Una segunda reacción se deriva de un fenómeno que se ha desarrollado en paralelo: la desafección creciente de muchos ciudadanos hacia la política, la cultura difusa del abismo que hay “entre ellos (los políticos) y nosotros (los ciudadanos)”, con los aditivos de “todos son iguales”, con los fundados argumentos que se derivan de la proliferación de casos de corrupción, clientelismo, auto-cooptación entre élites, que en España ha batido records. Una tercera cuestión a tener en cuenta aquí es el doble fenómeno de la aceleración de los tiempos de la política, y su relación causal con la “dictadura de la comunicación”. La decisión pública se ha acelerado por la compresión de los tiempos de análisis, reflexión y debate, y la dictadura del “mensaje” ya no es sólo la dictadura de la forma sobre el contenido, sino de lo breve sobre lo analítico, lo superficial sobre lo estratégico, el eslogan sobre el programa. La dictadura de las redes y sus tiempos.
El efecto rebote de todo esto, a comienzos de 2017, es el nacionalismo- estatalismo que desde una punta a otra de Europa –no digamos ya con el impulso que le da el Trumpismo—se gana la adhesión de amplísimas capas de la población, a partir de los mecanismos de la democracia tradicional(partidos, elecciones) y una gestión muy poco vintage de las redes y dominio de los medios de comunicación convencionales. Los costes: hay la versión pesimista, y la versión apocalíptica. Ustedes mismos.