Salir del euro no es un punto de encuentro ni puede ser un punto de partida
Gabriel Flores
Economista
El futuro de la Unión Europea y del euro está en duda. Y hay muchas razones para ello. La simple enumeración de los problemas a resolver muestra la importancia del desafío que afronta el proceso de unidad europea iniciado hace 60 años.
Los excedentes de ahorro de los países con superávit en sus balanzas corrientes (Alemania y Holanda, fundamentalmente) no se prestan a los países del sur de la eurozona, cuya solvencia presupuestaria y bancaria está en entredicho. Mientras los países deficitarios han tenido que hacer tremendos esfuerzos de ajuste para equilibrar sus cuentas exteriores y corregir modestamente los desequilibrios de sus cuentas públicas, los países excedentarios no han hecho ni quieren hacer nada para disminuir sus superávits por cuenta corriente. La unión monetaria aumentó la heterogeneidad de estructuras y especializaciones productivas entre los socios, pero sigue sin contar con mecanismos capaces de frenar o compensar esa heterogeneidad creciente ni de velar por el cumplimiento del principio comunitario de cohesión económica, social y territorial. Y a esos problemas estructurales e institucionales que consolidan un crecimiento débil y una Europa fragmentada se une el auge de unos partidos de extrema derecha, favorables a la salida del euro y a revertir la marcha de la unidad europea, que reclaman la recuperación y el reforzamiento de la soberanía nacional y de las fronteras frente a la inmigración y las importaciones.
Ese es el contexto en el que se produce este debate sobre las posibilidades de cambiar el rumbo de Europa que se abrió con la ponencia inicial de Francisco Louçã, ¿Se abren o se cierran oportunidades para el cambio en Europa?
Desde el estallido de la crisis en 2008 y la imposición a partir de 2010 de duros planes de ajuste por parte de las instituciones comunitarias, la Unión Europea está cambiando a peor como consecuencia de dos factores íntimamente relacionados: primero, la estrategia de austeridad y devaluación salarial con la que se ha intentado superar la crisis sin conseguirlo; y, segundo, consecuencia del fracaso de la izquierda para construir una estrategia alternativa, el avance de la extrema derecha neoproteccionista y xenófoba que en cada nuevo pulso electoral multiplica sus apoyos en los países centrales de la eurozona. Lo vimos en Austria, en las elecciones presidenciales del pasado mes de diciembre. Acabamos de verlo en Holanda. Lo veremos a finales de abril y primeros de mayo en Francia. Es posible, si se convocan nuevas elecciones, que lo comprobemos poco después en Italia. Y tendremos la prueba final en septiembre, en Alemania, donde el nuevo triunfo de Merkel no podrá difuminar el avance electoral de la extrema derecha ni, mucho más importante, su influencia en la derechización de los dos grandes partidos conservadores y en parte de la socialdemocracia.
Las consecuencias de ese avance de la extrema derecha son evidentes: han pateado los tableros políticos nacionales, que sufren profundas convulsiones, y están rediseñando el futuro de la UE y las alianzas que sustituirán a las grandes coaliciones que hasta ahora han gobernado y marcado el rumbo en Europa.
Mientras la derecha tradicional conserva en buena parte de los países europeos un espacio electoral que le permite seguir siendo el eje de cualquier coalición de gobierno viable, sus aliados socialdemócratas decaen hasta el punto de ser prescindibles en la tarea de mantener la estrategia política diseñada y aplicada por las grandes coaliciones para afrontar la crisis. Los escenarios políticos nacionales que emergen se caracterizan por su abigarramiento, tanto a derechas como a izquierdas, y por la mayor capacidad de la extrema derecha para marcar el paso de cualquier posible acción de gobierno en aspectos centrales de las políticas nacionales y, tanto o más importante, en el nuevo diseño institucional de la UE y la eurozona que se tendrá que llevar a cabo después de las elecciones federales en Alemania de septiembre.
Las izquierdas europeas, por su parte, mantienen su desunión e ideologizan sus diferencias, profundizándolas. Mientras la socialdemocracia retrocede y sueña con la posibilidad de mantener un resultado electoral que le permita reeditar las grandes coaliciones con la derecha, las fuerzas políticas situadas a su izquierda se atrincheran y remarcan sus diferencias con la socialdemocracia. Parecen complacidas con el logro de un espacio electoral confortable que les permite reafirmar un análisis catastrofista al tiempo que pierden la oportunidad de impulsar los cambios que hacen falta para que las instituciones nacionales y europeas respondan a los intereses de la mayoría social. Aceptan como un designio inexorable su incapacidad para promover acuerdos con otros partidos de izquierdas y progresistas que también podrían estar por la labor de dejar en minoría las injustas políticas de austeridad y revertir las decisiones políticas que deterioraron bienes públicos y derechos laborales y sociales. Quizás esperan que un golpe del destino, una gran movilización o una consigna diferenciadora les permita llegar al poder, al de verdad, y comenzar a cambiar las cosas.
Un convulso y muy complejo panorama político que Louçã vincula con las causas económicas que, en su opinión, han provocado el proceso de desintegración de las sociedades europeas, convertidas en poco más que “protectorados bajo la política de austeridad”. Una eurozona dirigida por la derecha neoliberal en alianza con buena parte de la socialdemocracia no puede afrontar la crisis financiera y económica, porque no está dispuesta a utilizar otros instrumentos que no sean la austeridad fiscal, la devaluación salarial y el aumento del empleo precario. Y con esos instrumentos, en eso es fácil coincidir con el análisis de Louçã, las divergencias y la heterogeneidad estructural de la eurozona, tanto en lo que se refiere a sus especializaciones productivas como en los resultados de los ajustes asimétricos y depresivos que siguen vigentes, están aseguradas. Y se agrandan, porque la fragmentación que sufre una eurozona cada día más heterogénea es, a medio plazo, difícilmente compatible con la existencia de una moneda común.
La breve referencia que hace el texto de Louçã a la muy interesante experiencia de unidad de las izquierdas portuguesas y de las políticas que lleva a cabo el actual Gobierno encabezado por el primer ministro socialista Antonio Costa, no le sirve a Louçã, que conoce esa experiencia de primer mano, para extraer una conclusión política relevante: la necesidad de que las fuerzas progresistas y de izquierdas europeas apoyen sus logros y promuevan parecidos procesos de unidad del conjunto de fuerzas progresistas en torno a programas semejantes que, sin plantearse saltos en el vacío que podrían provocar enormes costes y riesgos, intenten no someterse a los esquemas de equilibrio presupuestario y devaluación salarial que han impuesto las instituciones europeas y, no menos importante, protejan efectivamente a la mayoría social de los recortes y de la austeridad.
En realidad, después del análisis de la situación económica y de las causas de los graves problemas actuales de muy diverso tipo que sufren la UE y, especialmente, los países más endeudados de la eurozona, ¿qué plantea Louçã como eje vertebrador de un cambio de izquierdas favorable a la mayoría social? Toda la argumentación concluye abruptamente en la necesidad de salir del euro. Una conclusión de enorme envergadura, poco o nada explicada, que forma parte de una lista de seis “conclusiones para la política”. De pronto, sin ningún tipo de transición, preparación o análisis de las posibilidades de que se lleve a cabo ni, al menos, una simple enumeración de los potenciales inconvenientes que puede provocar, se ofrece la salida del euro como única solución para los países de la eurozona con mayor nivel de endeudamiento. Así, se puede leer en el texto que “para reestructurar las deudas es preciso abandonar el euro e imponer y reconvertir la deuda en la nueva moneda nacional devaluada para promover la sustitución de importaciones y mejorar los saldos comerciales”. Así de simple, sin más detalles ni advertencias. Posición a favor de la salida del euro que, por si hubiera dudas, se vuelve a repetir unas líneas más abajo, asociada a “la nacionalización de los bancos” y a la recuperación de la legitimidad democrática de los estados-nación, “que son el único sostén de la democracia”.
Intentaré señalar a partir de aquí, con la brevedad que exige la contestación a una ponencia inicial también breve, las dificultades de tamaña empresa, los inconvenientes que sufrirían los países que la llevaran a cabo y la imposibilidad de que ese objetivo de salir del euro pueda convertirse en un punto de encuentro del conjunto de fuerzas progresistas y de izquierdas que no comulgan o rechazan abiertamente las políticas de recorte, austeridad y devaluación salarial impuestas hasta la fecha. Porque salir del euro es un objetivo tan difícil de alcanzar como de que, una vez alcanzado, pueda generar el círculo virtuoso que supone Louçã a una moneda nacional devaluada capaz de promover la sustitución de importaciones y, por esta vía, garantizar un mayor crecimiento y el pleno empleo. Y eso, sin contar con las posibles consecuencias políticas dañinas de esa salida del euro; especialmente, la paralización y posible desaparición de la UE o, más probablemente, su reconversión en un club restringido de países ricos ajenos a toda propuesta de cohesión y cooperación con la mayoría de sus antiguos socios.
Convendría comenzar indicando los temas que sería necesario tener en cuenta para llegar a cualquier tipo de conclusión sobre las ventajas e inconvenientes que se derivarían de la propuesta de salir del euro. Propuesta que, en el texto que nos ofrece Louçã, parece sustentarse exclusivamente en una simple enumeración de los problemas que ocasiona mantenerse en la eurozona en una situación de hegemonía de la derecha y sus políticas de austeridad. Como si dicha hegemonía fuera una cadena perpetua y no un territorio en disputa.
En primer lugar, examinaré los importantes costes que provocarían una salida unilateral o no negociada del euro para los países del sur fuertemente endeudados. Porque de eso se trata, a ellos se refiere o se dirige Louçã.
En segundo lugar, plantearé algunas reservas a esa idea de aparente sentido común que supone que una moneda nacional devaluada, vinculada a un régimen de cambios flexible, permitiría mejorar de forma automática la balanza comercial y la situación económica de un país.
En tercer lugar, mencionaré algunos cambios en la naturaleza de los intercambios comerciales internacionales que exigen un análisis pormenorizado de las ventajas comparativas y del tipo de bienes en los que está especializado cada país para poder afirmar que una devaluación o depreciación de la tasa de cambio pueden ser una objetivo deseable y una medida adecuada para impulsar el crecimiento y el empleo.
Y en cuarto y último lugar, apuntaré un par de objeciones políticas que deberían ser tenidas más en cuenta por los partidarios de la salida del euro. Porque para plantear tal alternativa parecería imprescindible considerar o tener en cuenta cuestiones tan importantes como la opinión de la mayoría social, el debate de ideas y propuestas que se está produciendo en buena parte de los países de la UE y en el que tan activamente está participando la extrema derecha o la incertidumbre y el miedo que provoca en una parte significativa de la ciudadanía una salida del euro que conllevaría salir de la UE.
Primero. Los costes de la salida del euro. Los agentes económicos públicos y privados fuertemente endeudados del país que adoptara la decisión de salir de la eurozona tendrían que bregar con un aumento automático de su deuda externa nominada en euros, que aumentaría en la misma proporción que se devaluara la nueva moneda nacional. Al tiempo, se produciría un aumento considerable de las tasas de interés y, por tanto, de los costes financieros que deberían pagar los deudores. Las consecuencias de esos impactos serían el fuerte alza del servicio de la deuda, más dificultades para atender los pagos a los acreedores y crisis de solvencia de los agentes más endeudados. Téngase en cuenta, como ejemplo, que la deuda exterior bruta de las administraciones públicas, empresas no bancarias y hogares suma en el caso español nada menos que un 250% del PIB.
Segundo. Las consecuencias de un régimen cambiario flexible. Los problemas de la salida del euro no terminarían en el alza, probablemente inasumible, de la deuda y los costes financieros. Habría que considerar a continuación, los previsibles efectos del régimen cambiario flexible que afectaría a la nueva moneda nacional. Desde hace algunos años, las tasas de cambio de cualquier divisa están más influidas por los flujos internacionales de capitales que por la situación de la balanza por cuenta corriente. Así, el euro, a pesar de su relevancia internacional y de contar con un relativamente importante excedente exterior, se deprecia frente al dólar en los últimos años. Tal fenómeno implica que las divisas de los pequeños o medianos países están sometidas a movimientos desestabilizadores de flujos de capital cada vez más grandes como consecuencia de políticas monetarias expansivas que han multiplicado por 6 la base monetaria mundial en los últimos 15 años.
Tercero. Los efectos de la devaluación sobre la balanza comercial. Para afirmar que una devaluación tiene efectos positivos sobre el comercio exterior y el crecimiento habría que realizar un análisis más fino o sofisticado de, al menos, tres variables: la elasticidad-precio del comercio exterior, la capacidad de la oferta productiva doméstica para responder al aumento de la demanda y la naturaleza de los bienes importados.
Efectivamente, solo en la medida que las importaciones y exportaciones fueran suficientemente sensibles a las variaciones de los precios se podría lograr que el aumento de las exportaciones, como consecuencia de la devaluación, compense el aumento del precio de las importaciones. Si no fuera así y la elasticidad-precio del comercio exterior fuera débil, la balanza comercial apenas mejoraría o, incluso, podría empeorar. Algo similar podría decirse de la capacidad no utilizada del aparato productivo o de la existencia de fuerza de trabajo no empleada, porque si la oferta productiva doméstica no puede responder con celeridad y eficacia al aumento de la demanda interna se originaría un aumento en valor de las importaciones que acabaría estrangulando el crecimiento. Por último, habría que examinar la naturaleza de los bienes importados. En la medida que los bienes comprados en el exterior sean productos energéticos, bienes de inversión que incorporan elevados niveles tecnológicos o servicios sofisticados a las empresas, la devaluación supondría empobrecimiento tecnológico, mayores desequilibrios de la balanza comercial e inflación importada. Lo mismo ocurre cuando la producción manufacturera doméstica forma parte de largas cadenas de valor (consecuencia de dividir los procesos de producción de los diferentes componentes y piezas del producto en múltiples localizaciones) que exigen importaciones para aumentar la producción y las exportaciones. El sector de automoción en España sería el más claro ejemplo de la débil capacidad de sustituir las importaciones por producción doméstica. En todo caso, hay que reconocer que resulta muy difícil cuantificar el resultado final del doble impacto sobre exportaciones e importaciones de una devaluación, pero también que en ningún caso hay que dar por hecho esa relación causal, tan simple como errónea, entre devaluación y mejora de la balanza comercial.
Cuarto. La opinión de la mayoría social. Un punto clave que es obligado considerar cuando se trata de proponer algo tan tajante y repleto de riesgos e incertidumbres como la salida del euro y la UE es conocer la opinión de la mayoría social del país sobre esa opción, cómo interpreta lo que ofrece y lo que quita, no solo en términos económicos, la pertenencia a la eurozona y a la UE y cómo percibe las posibilidades de otras opciones, como la de cambiar el rumbo, reformar las instituciones comunitarias y aplicar políticas que favorezcan y protejan a la ciudadanía. Piénsese, por ejemplo, en el caso extremo de Grecia y el encarnizamiento con el que las instituciones europeas han tratado al pueblo griego con el único propósito de hacer evidente su voluntad de derrotar una propuesta económica alternativa que pudiera tomar vuelo en otros países del sur de la eurozona. Pues bien, varios sondeos de opinión realizados el pasado mes de febrero y la primera quincena de marzo señalan que el deterioro de los apoyos a Syriza apenas beneficia a las fuerzas situadas a su izquierda que propugnan la salida de la eurozona (sumando los apoyos a los comunistas del KKE y a Unidad Popular, que seguiría fuera del Parlamento al no alcanzar el mínimo 3%, rondarían el 10% de los votos); sólo la derecha de Nueva Democracia, que sigue comprometida con la permanencia en la eurozona y las políticas de austeridad, gana apoyos de forma significativa y se sitúa por encima de la mayoría absoluta de escaños. Y algo similar acaba de ocurrir en Holanda, donde el derrumbe de los socialdemócratas (PvdA) no ha supuesto un mayor espacio electoral para el conjunto de la izquierda, sino una ganancia neta para las derechas. Y ocurrirá próximamente en Francia o Alemania, por hablar solo de los países en los que la escasa relevancia electoral de las fuerzas políticas de izquierdas que propugnan la salida del euro será fácil de comprobar a corto plazo.
En resumen y para terminar, convendría reconocer que la salida del euro no es una buena solución ni, menos aún, una opción exenta de problemas y costes. No supone beneficios claros ni implica costes menores a los de la permanencia, incluso en las condiciones actuales.
La desaparición del euro tendría unos costes enormes para todos los países que forman parte de la eurozona. Costes económicos, comerciales y financieros; también, costes políticos asociados al fracaso de un proyecto de unidad tan ambicioso. Por eso es tan difícil que la implosión de la eurozona se produzca, incluso considerando la posibilidad de que su desaparición se haga de forma ordenada y pactada entre los socios o que el avance de la extrema derecha continúe.
En mi opinión, no hay argumentos bastantes para plantear la salida del euro. Frente a los altos costes, riesgos e incertidumbres que conlleva la opción de salir del euro y de la UE sería más adecuado realizar una reflexión ponderada de los cambios que es necesario promover para que la permanencia en la eurozona ofrezca oportunidades de desarrollo y bienestar a todos los socios y a las mayorías sociales. La hegemonía conservadora y las políticas de austeridad no son un dato inmutable de la realidad.
Hay que apurar las posibilidades de trabajar a favor de un cambio de rumbo político que rompa con las políticas de austeridad impuestas por las instituciones europeas y el bloque de poder que domina esas instituciones. Hay que construir amplias alianzas políticas y sociales que disputen la hegemonía a la derecha y atraigan a la mayoría de las fuerzas progresistas y de izquierdas a la tarea de conseguir un cambio sustentado en la cooperación entre los socios, la defensa de la cohesión económica, social y territorial y la subordinación de la economía a los intereses de la mayoría social.
La unidad europea sigue siendo el instrumento más adecuado para influir en la imprescindible tarea de embridar la mundialización económica y sus potenciales efectos negativos y lograr un reparto más equitativo de las ventajas y los costes que conlleva. Pero Europa necesita también, para llegar a ser un instrumento útil capaz de ofrecer certidumbre, bienestar y seguridad a todos los socios de la UE y a la ciudadanía europea, un cambio sustancial de políticas y de rumbo que se concrete en reformas precisas y viables de las instituciones europeas y de la estrategia de salida de la crisis seguida hasta ahora.
El mundo que conocíamos hasta ahora está en profunda mutación, sometido a graves tensiones que han comenzado a poner en cuestión lo mejor del acervo cultural europeo. Si se consigue levantar una alternativa progresista que derrote a la extrema derecha y deje en minoría la estrategia de austeridad impuesta hasta ahora, la UE puede convertirse en el mejor refugio para proteger a los Estados miembros y a la ciudadanía europea de los impactos y sacudidas que provoca un escenario mundial plagado de conflictos y tensiones.