Eppur si muove
Ángel Requena
Profesor de Matemáticas
Ante la pregunta categórica que se me plantea en esta tribuna (“¿Se abren o se cierran las oportunidades de cambio en favor de mayor justicia social y mejores garantías democráticas?”) no queda menos que recurrir a la celebre frase que Galileo nunca pronunciara ante el Santo Oficio, porque pese a todo el movimiento es incesante.
El pasado enero falleció Zygmunt Bauman, el filósofo político comprometido y lúcido analista que acuño el término de sociedad líquida. Bauman no generalizó la liquidez al propio análisis político pero, sin duda, la obsolescencia de las reflexiones de coyuntura es también una característica de la época. Una opinión razonada sobre el momento tiene que enmarcarse en esa falibilidad analítica de los tiempos.
El ciclo histórico que terminó en 1991 (disgregación de la URSS) tuvo muchos estudios improvisados. Quizá fuera paradigmático el caso de Francis Fukuyama que con su libro El fin de la Historia y el último hombre hiciera de mejor profeta del neoconservadurismo que se veía triunfante. Tras ríos de tinta el propio Fukuyama tuvo que modificar su tesis y reconocer su fracaso. La musa Clio es caprichosa e hiperactiva. En paralelo, Octavio Paz, un crítico del socialismo real, si tuvo la clarividencia de plantear la cuestión adecuada al momento: Con la Unión Soviética y el Muro han caído algunas respuestas pero las preguntas permanecen. Es ese proceso de buscar respuestas a las ansias de justicia social y mejores garantías democráticas en el que estamos, con avances y retrocesos, con contradicciones y con muchas incertidumbres, pero sí: en ello estamos.
Moviendo libros de mi biblioteca encontré un ejemplo de lo dicho; ¡cuán viejo y desfasado parece lo escrito hace una década! En el año 2003, con motivo de la Segunda Guerra del Golfo, Tzvetan Teodorov escribió El nuevo desorden mundial. El mundo unipolar, con una única potencia triunfante, aparece ya no como orden sino como caos. Lejos de acabar, las guerras de Oriente Medio de 2001 y 2003 se mantienen vivas en el 2017, extendiéndose globalmente y provocando una lacerante crisis humanitaria.
En nada, para los tiempos cosmológicos, hemos pasado de la certeza del fin de la historia a un mundo contradictorio, incierto e imprevisible. Un futuro de progreso, igualdad y seguridad se ha convertido en otro de progresiva desigualdad económica, polarización e inseguridad. La crisis de los partidos políticos es la manifestación palpable de la liquidez de los tiempos. En algunos países se ha derrumbado el sistema de partidos o han sufrido importantes transformaciones, pero donde no se ha terminado de hundir han surgido liderazgos de outsiders, de gente ajena a los aparatos oligárquicos que controlaban las organizaciones: Trump en el Partido Republicano, Corbyn en el Laborista, o Benoît Hamon para el Partido Socialista francés
¿Representan las elecciones presidenciales de Austria o las de EEUU la brecha abierta casi a la mitad entre una parte de la población abierta, demócrata y progresista socialmente y otra asustada, conservadora y con tintes racistas? ¡Ojala fuera tan fácil! Si un votante seguro de Bernie Sanders o de Obama puede al mismo tiempo votar a Trump es porque las cosas no son blanco o negro. ¿Qué hace qué un desposeído pueda votar para presidente a un multimillonario machista, xenófobo e indocumentado? Cuando se inició el ascenso del lepenismo en Francia se comprobó que sus fuentes de voto en algunos distritos como Marsella coincidían con los del antiguo voto comunista desplomado.
Son tiempos de desasosiego. El nazismo fue una herramienta de la alta burguesía pero que se nutría del lumpemproletariado y de la clase media empobrecida durante la posguerra. El resurgimiento de partidos neofascistas, y su revisionismo histórico, encuentra la razón de ser en la situación de crisis distinta pero de consecuencias similares: miedo real a vivir peor, necesidad de culpables y de respuestas fáciles.
En medio de la oscuridad se pueda vislumbrar algo de luz. Uno de los pilares del nuevo orden-desorden ha sido la dañina ortodoxia económica de la macroeconomía neoliberal, pseudociencia disfrazada de fórmulas, pero mejor definida por las personas como austericidio. No hace mucho tiempo los economistas críticos eran ignorados y marginados, hoy se alzan voces incluso dentro de sus dos pilares: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que empiezan a cuestionarse a sí mismos.
Se da la paradoja de que el voto electoral democrático (menor en número pero mayor en compromisarios) da la presidencia a un Trump y una organización elitista como el Banco Mundial recurre, poco antes, a un economista poco ortodoxo como Paul Romer. ¡Ironías de la historia!
El voto neoconservador (incluso neoautoritario) se nutre de mucha gente que por razones ideológicas, religiosas o de tradición puede apoyar falsas soluciones que perpetúen la crisis, el mantenimiento de las castas del stablishment y la involución autoritaria. No es la primera vez que la vía de protesta para mucha gente pueda infligir mayor daño.
Louça en su sugerente presentación del debate nos alerta sobre una Unión Europea que parece haber dado la razón a quienes la tildaban de Europa de los Mercaderes. Me encuentro entre los que todavía no han perdido, quizá por ilusos, la esperanza de transformarla en lugar mas justo y democrático basándome en la necesaria escala de los cambios sociales de fondo.
La regresión en algunos países de Iberoamérica forma parte de la dificultad de afrontar procesos de cambio desde un solo país o una parte de poco peso global.
El ascenso de ultras como Donald Trump, Marine Le Pen o Norbert Hofer son respuestas malsanas a una crisis social y económica. Que semejantes personas sean esperanza de mucha gente es tanto muestra del poder atractivo y narcotizador de la ideología como de la incapacidad de quienes propugnamos otro bloque histórico alternativo de libertad, justicia y solidaridad. Nada nuevo, son los mismos anhelos de los sans culottes de 1789. Mientras tanto las instituciones creadas en la Ilustración como la separación de poderes tienen que resistir. El hecho de que poder judicial haya parado la primera furia de Trump es muy significativo.
La respuesta que anhelaba Octavio Paz se edifica desde incertidumbres y retrocesos pero debe construirse. Como Obama con su lema y Podemos en su propio nombre nos muestran: es posible que sí se pueda pero es que, además, debemos.