Pensar y actuar en clave europea, la asignatura pendiente
José Luis Atienza
Teniente alcalde de ICV de Viladecans
José Luis Atienza y M.A Díaz
La Unión Europea está en una crisis política sin precedentes. Es evidente que el Brexit ya ponía al proyecto europeo en inesperadas dificultades, pero sumado a la irrupción de Trump y al confuso panorama electoral de nuestros vecinos mediterráneos pone a Europa en una situación inédita desde el fin de la segunda guerra mundial.
La Unión Europea está también en el centro del debate de la izquierda. Una parte de ella anuncia que ha llegado el momento de salir del euro y volver a las monedas nacionales, porque la moneda única es lo que es, un instrumento del proyecto neoliberal europeo, y no puede ser otra cosa. Hay otra parte que reclama dotar a la UE de instrumentos comunes de política fiscal, que deben actuar como herramientas correctoras de desigualdades.
Los riesgos de las operación salida del euro
Los costes de plantear la salida unilateral del euro parecen difícilmente asumibles para una economía nacional del sur. Italia, por ejemplo, entraría en quiebra. A los peligros de una bancarrota, a la pérdida de los mecanismos de financiación del BCE, debe sumarse la multiplicación de la deuda por efecto de la devaluación de la moneda propia.
Tampoco parece un camino fácil una supuesta operación de “desmontaje coordinado del euro”, con la complejidad que supone la ralentización de la actividad financiera del continente durante un período indeterminado, la congelación de una economía que supone el 20% de la economía mundial con su moneda que es el 30% de las reservas mundiales. Sin embargo lo peor es que necesita de un acuerdo con los mismos protagonistas que requeriría una reforma del modelo actual existente, con la complicación añadida de que esta vez el acuerdo no sería hallar el beneficio común, sino que cada parte buscaría allanar el camino para poder competir en situación de ventaja con el resto y ganar para sí un mayor espacio comercial.
Según los defensores de la ruptura volver a las monedas nacionales y bancos centrales con las viejas competencias permitiría recuperar la política monetaria, ahora cedida, y la devaluación como fórmula maestra para mejorar las exportaciones e impulsar la recuperación económica. De ese modo se podría eludir la dieta de adelgazamiento a que somete la política europea de austeridad, aunque esa austeridad corresponde a un consenso ideológico que no parece que vaya a modificarse si a su vez no hay un cambio en la correlación de fuerzas. ¿Actuarían diferente los gobiernos por separado de cómo lo hacen juntos? Las voces críticas de la derecha respecto a las políticas de la Unión Europea lo que intentan dinamitar no es la política de austeridad sino los valores progresistas europeos que han sobrevivido al cambio climático social de la última década.
Los efectos colaterales de la devaluación de la moneda no son menores en el caso de España. Se reduciría la capacidad adquisitiva de quienes cobran un salario, encarecería el precio de las importaciones y en un país dependiente energéticamente como el nuestro, el alza del petróleo empujaría hacia arriba la inflación que a su vez arrastraría hacia abajo los salarios reales. En resumen, recuperaría competitividad por la vía de reducir salarios, que a fin de cuentas tampoco se diferencia excesivamente de lo que impone la Troika, salir de la crisis por la vía exportadora, aunque mediante la devaluación interna. De hecho, el déficit de la balanza comercial española se ha reducido en los últimos cinco años de 47.000 millones a 18.000. Tan espectaculares cifras tienen efectos limitados en la recuperación del nivel de vida de la ciudadanía, tal como se ha comprobado en los países latinoamericanos desde los años noventa. Argentina no se recuperó por la vía de las exportaciones sino por la activación de la demanda interna.
Soberanía nacional y crisis financiera
En tiempos de tempestad sería un error de la izquierda alternativa bajarse del barco europeo y subirse a la chalupa nacional. Echar la culpa casi en exclusiva a Europa de nuestros males económicos es tentador, pero no debemos olvidar que las políticas nacionales son las máximas responsables de la situación, al no haber intervenido en el crecimiento exponencial del endeudamiento privado a largo plazo, haber caído en la trampa del crecimiento como movimiento continuo sin haberlo frenado a tiempo. Nunca pisó el freno nuestro Banco de España. Nuestras autoridades decidieron imitar la carrera de Rebelde sin causa, cobarde si saltas primero, con el agravante que se tiraron, no de un coche en marcha, sino de un largo autobús a toda velocidad con las puertas cerradas y millones de personas con hipotecas dentro.
El frenazo salarial es anterior a la gran crisis y a la etapa de sangrantes recortes sociales por la dureza cortante de la austeridad europea. El frenazo salarial se da en etapas de intenso crecimiento, el trabajo se precariza, se desregula, pero eso se hace con la magia potagia del crédito barato accesible a todo el mundo porque aunque cobraremos menos pero podremos comprar más gastando ahora nuestro salario del futuro. El crédito hipotecario se convirtió en el Eldorado de la Banca, la joya de los balances, creció como nunca había crecido en nuestra historia, creando una nueva demanda y un nuevo consumidor dispuesto a pagar a 20, 30, 40 años, que eran una locomotora que empujaba al alza los precios de la vivienda, que nunca bajan, se decía y abocaban a la economía del país al casi monocultivo de la construcción. El Banco de España tuvo total soberanía nacional en la gestión y administración del crédito hipotecario que fue, no nos olvidemos, el principal componente de la crisis financiera que acabó convirtiendo, con más magia potagia, la deuda privada en deuda pública y el desahucio de la vivienda en un drama social colectivo.
La mayoría del consenso de austeridad
La crisis ha tenido impactos desiguales en las regiones europeas. Ante la fragilidad de la periferia la inversión se ha desplazado a la zona “segura”, Alemania, de ahí los problemas con la prima de riesgo y las dificultades de financiación de España, Italia, etc. Si en un espacio integrado como el europeo una zona puede captar fondos a precio razonable, ¿por qué no hacerlo y traspasarlo a las zonas con mayores dificultades? De hecho lo están haciendo, pero los países del centro, con Alemania a la cabeza, a cambio nos exigen recortes. ¿Por qué razón? Porque la austeridad reduce la demanda de la periferia, reduce la necesidad de seguir buscando financiación exterior y les asegura la devolución de lo que nos están prestando.
Desde la fría objetividad parece realmente imposible una Europa donde cada Estado exporte más de lo que importa. Hay regiones que, por motivos estructurales, difícilmente van a dejar de ser deficitarias o menos competitivas. En los Estados estas diferencias entre regiones se solventan con la redistribución fiscal territorial, pero en la UE los países del centro temen que crear mecanismos de redistribución parecidos les lleve a tener que pagar permanentemente a las regiones menos competitivas. Su rechazo es una decisión política pero podría ser otra. El problema de que esos mecanismos no existan no radica en una imposibilidad técnica ni en unas instituciones que sean intrínsecamente neoliberales. Si se concibe Europa como territorio político común nada impide la creación de mecanismos de transferencia dentro de la UE, excepto la falta de voluntad de hacerlo.
El problema está en que el consenso de la austeridad sigue gozando de mayoría. Un consenso que intenta impedir la construcción de propuestas diferentes y que ha puesto de rodillas al gobierno griego, a modo de aviso para candidatos a disidentes. Aunque haga más difícil su éxito no invalida propuestas como la de Yannis Varufakis de completar el gobierno económico con una unión fiscal, porque representan una clara alternativa a la devaluación, ya sea la interna o la monetaria.
Las malas noticias son que las propuestas alternativas necesitan gobiernos alternativos de izquierda en países lo suficientemente grandes como para ser determinantes, como es el caso de España, donde lamentablemente no se dio el vuelco electoral que se necesitaba. Y ese es el gran problema de la izquierda: ser capaz de cambiar la correlación de fuerzas a su favor.
Cambiar el campo de juego
Una unión fiscal es un mecanismo de igualación que exige una cesión de soberanía nacional a favor de la soberanía de la comunidad ciudadana europea. Durante demasiado tiempo la socialdemocracia ha ido adoptando conceptos nacidos en las políticas económicas de derechas asumiéndolos como hijos adoptivos -moderación salarial, flexibilidad laboral, precariedad, adelgazamiento del Estado, bajada de impuestos, privatización- hasta llegar a creer que eran como hijos nacidos de sus propias entrañas. Hay que dar sentido económico a los valores de izquierdas y empezar a conjugar el verbo compartir, repartir, igualar, redistribuir, adquirir una identidad transnacional para dibujar una Europa alternativa de los ciudadanos a la Europa de la austeridad y la desigualdad.
Sin embargo hoy la principal fuerza opositora al pacto austeritario es la extrema derecha xenófoba, precursora de la llegada de Donald Trump, que reclama el retorno de las soberanías nacionales perdidas para poder ejercer su soberanía política y económica. El hecho de que por ahí se canalice parte del descontento con la austeridad no garantiza, más bien al contrario, que esa sea una vía de igualdad, redistribución y democracia. Como tristemente ha demostrado la experiencia, cambiar de mano los argumentos de la derecha no los convierte en argumentos de izquierda.
Jugando en el campo europeo el capital está ganando una y otra vez la batalla, jugando en el campo nacional los trabajadores están perdiendo la lucha una y otra vez. Los trabajadores alemanes, sin ganar nada con ello, se ponen al lado de su gobierno contra los trabajadores del sur mientras que las clases dominantes españolas se aseguran su estatus con el acuerdo con los capitales del norte.
Las izquierdas nacionales deben hacer sus análisis, construir sus estrategias y pensar sus acciones en clave europea para dar la batalla al capital transnacional que orienta las decisiones políticas pensando en sus intereses generales y no en su pertenencia territorial. Debe de volver a sonar la música de la Internacional y bajar el volumen de los himnos nacionales si no queremos que el virus de la soberanía nacional inflamado con el Brexit se extienda por Europa y acabe con el sueño internacionalista progresista europeo. Aunque no sea fácil la construcción de un demos europeo, no hay otra manera de construirlo que construyéndolo, tal como se ha hecho con los demos que en el mundo son y han sido. Ese un objetivo por el que vale la pena luchar. Sobre todo si la alternativa es decidir administrarnos nosotros mismos parecido dolor al que ahora nos infringe la troika.