¿Sigue abierto el camino al cambio?
Andy Durgan
Historiador
Andy Durgan (historiador) y Mike González (escritor)
El panorama mundial en las dos semanas posteriores a la inauguración de Trump, como señala Francisco Louçã, no se veía muy alentador. Pero precisamente por eso sería importante recordar que la historia no es un momento, sino un proceso. De no ser así, la sucesión de Brexit a Trump llevaría inexorablemente hacia una nueva edad de hierro bajo el dominio de un fascismo europeo renaciente.
Nada es inevitable. La cuestión es cómo conseguir un cambio que responda a las esperanzas expresadas en las manifestaciones multitudinarias contra Trump a través del mundo. Por un lado, es cierto, el retrovisor nos muestra una Syriza arrollada por la banca europea, un proceso bolivariano que se desmorona, y un Reino Unido donde el Brexit ha impuesto un discurso racista y xenófobo.
Sin embargo, estamos a escasos años del ‘que se vayan todos’ argentino, de las movilizaciones contra la guerra de Irak, o del 15-M. ¿Qué fue lo que impidió que esos movimientos lograran cambios más profundos? Hay una discusión pendiente sobre cuestiones de estrategia y orientación. Pero lo importante es que fueron derrotados, o desviados, por el sistema capitalista mismo, por la concentración del poder en pocas manos en todos los rubros. Aun así, el sistema tuvo que poner en marcha todos sus mecanismos de control financiero para aplastar la resistencia griega. Hubiese sido distinto si las movilizaciones masivas de Grecia se hubieran repetido en varios países más.
La posibilidad del cambio puede presentarse de muchas maneras, pero se potencia en circunstancias específicas– cuando la clase dirigente no puede mantener su dominio, sea por una crisis interna o una guerra fracasada, por ejemplo. Esas fueron las condiciones en las que surgió la revolución bolivariana en América, por ejemplo, o la revuelta social generalizada de finales de la primera guerra mundial, a raíz del triunfo de la revolución bolchevique en Rusia
La posibilidad de cambio puede producirse, incluso, en situaciones aparentemente muy adversas; eso fue el caso durante la última década del franquismo, cuando surgió lo que sería el movimiento obrero más combatiente de Europa de aquella época. ¡Y qué decir de la revolución de los claveles en el Portugal fascista!.
Pero son contados los casos en que el movimiento por el cambio arranca con una perspectiva revolucionaria. Hoy en día, y ante la vuelta atrás que puede significar la elección de Trump, podría parecer descartada cualquier posibilidad de cambio en sentido positivo. Sin embargo, hemos presenciado concentraciones y manifestaciones de cientos de miles en estos mismos días. Los sectores agredidos y amenazados por la Casa Blanca se han puesto en alerta y su protesta ha movilizado a millones más. Cada una de sus reivindicaciones ha representado un aspecto de una lucha global por la justicia social, por la igualdad y la libertad de movimiento, y contra las políticas de austeridad. Es decir, contra las distintas caras del capitalismo.
A principios del siglo 21, los movimientos bolivarianos de Venezuela y Bolivia abrieron nuevas esperanzas en el escenario mundial, al plantear la resistencia al imperialismo y una nueva democracia. Ante la llamada ‘tercera vía’ socialdemócrata que acabó defendiendo las prioridades del neoliberalismo, surgió un nuevo impulso político que se manifestaba en el apoyo a Syriza y Podemos, y últimamente a la candidatura de Bernie Sanders en Estados Unidos y a Corbyn en el Reino Unido.
¿Cómo explicar entonces, contra ese trasfondo, el auge electoral de la extrema derecha? ¿Representa la implantación del fascismo? La realidad es que todavía no ha logrado la movilización masiva, ni la organización política, que marcaron el auge del fascismo en la Europa de los años treinta. Sin embargo, las nuevas formas que reviste apuntan hacia un nuevo tipo de fascismo en potencia. La mentira sistemática y masiva – aquellas ‘verdades alternativas’ de que habló la asesora de Trump – es un elemento indispensable, como decía Joseph Goebbels; la identificación y persecución de un ‘otro’ racial frente a un ‘nosotros’ nacional donde desaparecen las desigualdades y las diferencias de clase es otra expresión de lo mismo. La manipulación del rencor contra una elite del poder funcionó para legitimar el cambio de poderes al interior de esa capa capitalista dirigente – véase el gabinete de billonarios y billonarias de Trump. La militarización de la sociedad en preparación para una guerra real o posible puede ser el paso previo a la eliminación de la democracia en aras de un estado de emergencia permanente.
Algunos comentaristas quedan a la espera de una reacción al interior del Partido Republicano, o de algún gesto de oposición del Partido Demócrata. Citan las críticas de algunas empresas californianas que han cuestionado las decisiones del nuevo presidente. Pero a final de cuentas todos ellos defenderán el sistema y las instituciones creadas para asegurar los intereses que comparten. Para parafrasear a Bismarck, los capitalistas no tienen ética ni principios, sólo intereses.
Para la izquierda, por contraste, el cambio resultará de las acciones de las grandes mayorías, de la clase trabajadora. Pero ya no se puede partir del concepto estalinista de la vanguardia obrera industrial. La clase trabajadora hoy en día es tan múltiple y diversa como las tareas que realiza. Sin embargo, sigue siendo la base de los movimientos de resistencia – lo hemos visto en las batallas contra la austeridad, los recortes y por la justicia social – en Brasil, en Estados Unidos, en Europa.
Por otro lado, tanto Brexit como la elección de Trump se han atribuido a una clase trabajadora racista y fascistoide. Seamos claros. Siempre ha habido gente pobre que vota por el rico y trabajadores que se doblegan ante el jefe. No es de extrañarse; las ideas dominantes en la sociedad siempre son las de la clase materialmente dominante, nos decía Marx.
La recesión de 2008, cuyas repercusiones estamos viviendo todavía hoy, generó una devastación que afectó a cientos de millones a través del planeta – los que perdieron sus casas en la primera fase de la crisis inmobiliaria, los que quedaron sin empleo como resultado de la especulación financiera y la estrategia del capital de suspender la inversión productiva. Trump y los líderes del Brexit cosecharon las uvas de la ira en las comunidades industriales, mineras y agrícolas abandonadas – a pesar de ser ellos mismos fieles representantes de los responsables del desastre. Aun así, sólo un 25% del electorado (el 46% de los que votaron) apoyó a Trump mientras que el 37% del electorado británico respaldó el Brexit. En el Estado español el 22% del electorado dio su voto al PP. Y aunque de ellos en cada caso sólo una minoría era de la clase trabajadora, la realidad es que sectores de ella votaron por opciones que van directamente en contra de sus intereses como clase. Como ya señalamos, esto no es nuevo, y tampoco significa que “los trabajadores votaron por Trump o Brexit”.
Aun en el ambiente actual de desmoralización y cuestionamiento, empero, siguen habiendo movilizaciones populares - contra el racismo, en apoyo a los inmigrantes, y en defensa de los derechos de los trabajadores. Las mujeres están en plan de guerra contra Trump. No se puede negar que el desmoronamiento de la revolución bolivariana en Venezuela, y las crisis internas en Bolivia y Ecuador, han despertado nuevas dudas sobre la posibilidad de realizar los cambios profundos que prometían. Sin embargo, en las bases está en marcha un lento y difícil proceso de recuperación del movimiento, en las resistencias indígenas, por ejemplo, y en la lenta y difícil construcción de un ‘chavismo crítico’.
La cuestión candente es cómo esta resistencia, que sigue en pie, puede lograr victorias reales, defendiendo y profundizando la justicia social y frenando los asaltos del capitalismo. Grecia demostró que el avance puede ser parado en seco por las instituciones políticas, mientras que Venezuela está viviendo hoy en día las terribles consecuencias que encarna un proceso de cambio desde arriba.
La izquierda anticapitalista sigue siendo un factor de importancia en estas circunstancias. Sus acciones e intervenciones, además de sus análisis, pueden tener un efecto material en los movimientos sociales. Los movimiento sociales surgirán como resistencia frente a los ataques del capitalismo. Cobrarán formas distintas y nuevas ante condiciones y necesidades específicas. La izquierda, si va a aportar a su desarrollo, debe estar presente dondequiera que haya resistencia o defensa de las condiciones de la vida, sin poner condiciones ni exigir acuerdos previos. El cambio no se logra aislándose en “espacios liberados”, separados, sino participando en las luchas reales, con todas sus contradicciones.
Hoy lo importante es que se extienda y se refuerce la lucha para impedir el resurgir del fascismo, sea de viejo o nuevo estirpe. Este espacio político puede llegar a ser masivo, amplio y abierto, abarcando todas las múltiples expresiones de la resistencia. Y crecerá desde las bases, unidas en una lucha contra el capitalismo en los hechos, aunque no emplee el lenguaje de la izquierda.
La experiencia ha demostrado una y otra vez que las fuerzas del cambio surgen siempre desde abajo. Dentro de esas luchas se abrirán debates, se plantearán cuestiones, se ensayarán dudas y temores. Respetándolas, y participando lealmente en ellas, los anticapitalistas ganaremos el derecho de colaborar en la búsqueda de las respuestas.