El TTIP como agravante de la pérdida de biodiversidad y calidad paisajística
Pablo Jiménez
Geógrafo. Área Federal de Medio Ambiente de IU
El CDB -Convenio sobre la Diversidad Biológica- (1) “es un tratado internacional jurídicamente vinculante con tres objetivos principales: la conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de la utilización de los recursos genéticos”. Asimismo contempla que su conservación “es interés común de toda la humanidad cubriendo todos los niveles: ecosistemas, especies y recursos genéticos”. Entró en vigor en 1993.
El Convenio Europeo del Paisaje (2) define a éste como “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos” así como el “elemento fundamental del entorno humano, expresión de la diversidad de su patrimonio común cultural y natural y como fundamento de su identidad”. Entró en vigor en 2000.
Pero si estos enunciados reconocen tan abiertamente la importancia de la diversidad biológica y paisajística en la que conviven una sabia combinación de factores naturales y humanos, ¿cómo es posible que el ritmo de desaparición de especies en todo el planeta haya adquirido una velocidad entre cien y mil veces superior a la natural, que la lista roja de especies amenazadas de la UICN no se reduce o incluso aumenta y se reducen notoriamente los servicios de los ecosistemas, de acuerdo con la última evaluación de los Objetivos del Milenio –sirva como ejemplo Europa donde el 60% de las especies y el 77% de los tipos de hábitat de interés comunitario presentan un estado de conservación desfavorable (3), así como se apuntan pérdidas significativas de variedades locales y razas autóctonas en el mundo agrario, que indican que, según la FAO, desde 1990 se ha perdido el 75% de la diversidad genética de los cultivos mundiales y que al menos 190 razas de animales domésticos se han extinguido y otras 1500 se consideran al borde de la extinción?, ¿cómo puede ser que la diversidad paisajística se vaya deteriorando año a año de forma alarmante?, ¿cómo puede ser que sus fundamentos ecológicos se vean degradados, sus valores culturales vayan difuminándose y su fisonomía homogeneizándose?
Es en este contexto preocupante en el que se está negociando el TTIP, un acuerdo de libre comercio entre EEUU y la UE que representan conjuntamente alrededor de una tercera parte del comercio mundial y más de la mitad del PIB mundial. De aprobarse este tratado abarcaría un potencial de 800 millones de consumidores. Estos son datos significativos, ¿pero cuál es la relación de este comercio con la biodiversidad, el paisaje y con su situación actual?
Tenemos que buscar esta relación en las causas que originan estas pérdidas. Todas ellas responden a los efectos negativos derivados de acciones antrópicas asociadas a un modelo económico que antepone los beneficios empresariales a los equilibrios ecológicos, sociales y paisajísticos y que desembocan en la pérdida progresiva de diversidad biológica y en una transformación intensa del territorio.
Analizando algunos sectores económicos, podemos comprender cómo este tratado –y otros como el CETA, el TISA o el TPP- agudizan la degradación ambiental –y consecuentemente social- que atraviesa el planeta.
En el sector agrícola el TTIP defiende un modelo basado en una elevada productividad sustentada en alta tecnificación y mecanización y bajo empleo. Propicia además en los países dominantes el abandono de algunas áreas rurales si éstas no participan de la lógica economicista imperante, practicando en otras, así como en amplios territorios del sur global, una agricultura intensiva centrada en los monocultivos y el uso masivo de pesticidas y otros productos químicos, que se identifican como causas claras de la pérdida de biodiversidad.
Los monocultivos, ya sean cereales, soja, maíz, caña de azúcar, algodón o árboles como la palma aceitera (4), presentan similares problemas ecológicos y sociales, añadiendo otra amenaza, la introducción de los transgénicos para la alimentación humana que llevan aparejados el uso de potentes agrotóxicos, lo que afecta gravemente, en su conjunto, a la diversidad biológica además de los potenciales riesgos para la salud humana.
Entre los problemas ecológicos se encuentran la erosión y pérdida de suelo, agotamiento de nutrientes, disminución del volumen de acuíferos y desertificación, deforestación, disminución o desaparición de especies silvestres de flora y fauna así como de agroganaderas autóctonas, causas claras todos ellos de pérdida de biodiversidad(5) y de calidad paisajística.
Entre los sociales, pérdidas de tierras comunales acaparadas por multinacionales, pérdida de soberanía alimentaria al desaparecer los cultivos tradicionales, pérdida de la propia cultura autóctona y tradicional asociada a los ecosistemas originales y como consecuencia última desplazamiento de población al desaparecer la disponibilidad de recursos alimenticios y económicos.
Otros de los problemas que afectan gravemente a la biodiversidad y a la calidad paisajística es su relación con el cambio climático. Considerado como una de las cinco presiones directas sobre la pérdida de biodiversidad (6), el cambio climático es un hecho aceptado por la práctica totalidad del mundo científico, salvo para los negacionistas de los lobbies afines a las grandes petroleras.
Los sucesivos informes del IPCC (7) insisten en que la subida de las temperaturas en algunas zonas afectan a “la estación de la reproducción de animales y plantas y/o la de la migración de los animales, a la extensión de la estación de crecimiento, a la distribución de las especies y el tamaño de sus poblaciones, y a la frecuencia de las plagas y brotes de enfermedades”.
La capacidad de adaptación de muchas especies de flora y fauna es bastante limitada por el hecho de que el calentamiento global se está produciendo con extrema rapidez, ya que se prevé que en este siglo, el ascenso de la media de la temperatura global será superior al registrado por el planeta en los últimos mil años (Grupo de trabajo I del IPCC, 2007).
Todo ello afectará al nivel del mar, a los fenómenos climáticos extremos como grandes sequías e inundaciones, a la agricultura y al sector forestal, a la extinción o redistribución de un significativo número de especies de flora y fauna y a la propia salud humana. Todo ello implicará además nuevos problemas económicos y sociales así como desplazamientos importantes de población al perderse o deteriorarse los recursos de amplias zonas productivas devastadas por lo que Susan George denomina el holocausto climático (8).
El TTIP apuesta claramente por los combustibles fósiles, favoreciendo los intereses de las grandes petroleras en detrimento de alternativas de emisiones cero. Las negociaciones en curso en torno al sector energético implicarán un aumento de la presión sobre los recursos naturales y un aumento de los gases de efecto invernadero, poniendo en peligro el propio objetivo de la UE para el 2020 del paquete de energía y clima del 20-20-20 (GEI, EERR, EE).
La UE está abandonando estos objetivos, por otra parte nada ambiciosos, poniéndose al servicio también en este caso de los lobbies petrolíferos al apoyar y potenciar nuevas técnicas extractivas invasivas como el fracking o fractura hidráulica y la entrada de las arenas y esquistos bituminosos, productos altamente contaminantes.
No hemos de olvidar en el capítulo del cambio climático la contribución de la agroindustria en la emisión de GEI, cuantificados en cerca del 50% del total emitido, según denuncia la organización GRAIN (2011) (9), debido a los cambios en el uso del suelo, la deforestación y al propio proceso industrial asociado dependiente en gran medida del petróleo (uso de agrotóxicos, maquinaria pesada, envasado, refrigeración y transporte a larga distancia, entre otros).
Otro de los problemas asociados a la pérdida de biodiversidad y a la calidad paisajística es la contaminación de suelos y agua por exceso de uso de fertilizantes. La utilización de nitrógeno y fósforo para poner en cultivo suelos pobres en nutrientes o excesivamente trabajados ha traído como consecuencia la competencia entre plantas adaptadas a medios frugales y otras oportunistas que prosperan en los medios mejorados o modificados.
Estos fertilizantes y otros productos químicos (pesticidas, herbicidas, cosméticos, pinturas…) están producidos por la importante industria química cuyos lobbies presionan fuertemente para que en el TTIP queden recogidas sus pretensiones de limitar las regulaciones que afecten a su sector.
En Europa el reglamento REACH (10), tildado de blando por algunas organizaciones ecologistas, regula y controla la utilización masiva de estas sustancias pero está en el punto de mira de los negociadores que ven en esta norma y otras similares un freno a su potencial expansión. Nuevamente estamos ante la cortedad de miras y la sinrazón de algunos grupos industriales guiados por sus intereses sectoriales y alejados de la comprensión de la viabilidad de los ecosistemas y de sus servicios asociados.
Por último, el crecimiento urbano caótico y desmesurado es un ejemplo más de la destrucción del patrimonio natural y cultural acelerado que vivimos en la actualidad. La expansión urbana es la expresión espacial sobre el territorio de procesos políticos y económicos llevados a cabo especialmente por el capital privado.
Estos espacios, grandes consumidores de territorio son, a su vez, grandes demandantes de recursos tales como agua y energía y responsables de un fuerte impacto ambiental (fragmentación o aislamiento de ecosistemas, contaminación atmosférica, edáfica y de acuíferos, destrucción de suelos agrícolas productivos) y social (segregación espacial, carencia de equipamientos, servicios, transporte) al no atenderse adecuadamente las necesidades de la cada vez mayor población urbana, desplazada de sus lugares de origen, particularmente en los países del sur global, debido a los acaparamientos de tierra o a los cambios de las condiciones naturales de su hábitats.
Acabaremos esta exposición con dos preguntas. Hay que hacer constar que EEUU no ha firmado el Convenio sobre la Diversidad Biológica y por tanto no está comprometido con ninguna de las decisiones tomadas en las doce reuniones de Partes celebradas hasta hoy. La pregunta inmediata que surge es: ¿cómo se puede firmar un tratado de libre comercio, cuando éste –el volumen de comercio internacional- se considera una de las causas subyacentes de la pérdida de biodiversidad, con un estado que no ha firmado el CDB?
Y la otra: ¿Cómo es posible firmar un acuerdo comercial con un estado que no ha firmado la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y su protocolo posterior conocido como Protocolo de Kioto, que intenta por primera vez poner límites, aunque de forma limitada, a las emisiones de GEI y otros usos claramente identificados como causantes del calentamiento global?
La respuesta parece desprenderse de lo anteriormente expuesto. Es el propio sistema económico y político que pretende afianzar aún más su hegemonía global ante la irrupción de otros actores competidores o atajando cualquier intento alternativo que pudiera surgir en el sur global, aún a costa de destruir algo tan fundamental para la vida como la diversidad natural y cultural y su plasmación física, el paisaje.
Un sistema que no duda en utilizar herramientas como el TTIP, el TPP, el CETA o el TISA para asegurarse el control normativo que necesita para sus planes de hegemonía absoluta. Una situación que obliga a recuperar el equilibrio ecológico y social imprescindible, lo que hace preciso dar un paso al frente, volver a convertirnos en protagonistas del lugar que habitamos o en el que queremos habitar y hacer imposible la irresponsabilidad homicida del actual sistema económico.
Recuperar herramientas diferentes a las suyas que nos hagan entender que la diversidad y el paisaje son bienes comunes, como el sol, el aire, el suelo y el agua, de los que nadie puede apropiarse. No queda otra, pues, que establecer las condiciones para que cambie este modelo que atenta contra el medio ambiente y la cohesión social, o dicho de otra manera, no queda otra que trabajar para derrotarlo.
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1. https://www.un.org/es/events/biodiversityday/convention.shtml
2. https://www.magrama.gob.es/en/desarrollo-rural/temas/desarrollo-territorial/090471228005d489_tcm11-24940.pdf
3. Informe sobre el estado y las tendencias de los tipos de hábitats y las especies regulados por las Directivas de Aves y de Hábitats durante el período 2007-2012. Comisión Europea
4. https://wrm.org.uy/es/acciones-y-campanas/declaracion-internacional-21-setiembre-2015
5. https://www.diagonalperiodico.net/global/27358-ttip-profundiza-la-perdida-biodiversidad-del-planeta.html
6. Plan Estratégico para la Diversidad Biológica 2011-2020 y las Metas de Aichi
7. Cambio climático y biodiversidad. Documento técnico V del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) https://www.ipcc.ch/pdf/technical-papers/climate-changes-biodiversity-sp.pdf
8. GEORGE, Susan (2015). Los usurpadores. Icaria. Pág. 78
9. https://www.grain.org/article/entries/4395-alimentos-y-cambio-climatico-el-eslabon-olvidado
10.Reglamento Reach https://www.magrama.gob.es/es/calidad-y-evaluacion-ambiental/temas/productos-quimicos/reglamento-reach/