Nos quieren esclavos baratos y sin voz
Lola Sánchez
Europarlamentaria de Podemos
Difícilmente encuentro similitudes entre esa Europa que nos vendieron a los españoles en el año 1986 y la que hoy observo y padezco, desde fuera y de forma pasiva como ciudadana, pero también desde dentro, como miembro del Parlamento Europeo desde hace poco más de un año.
En el año 86 yo estaba en el colegio, pero recuerdo muy bien la campaña mediática y escolar sobre nuestra incorporación a la Unión Europea. Entrar en el club de los grandes, con Francia, Reino Unido, Alemania u Holanda supuso, ante todo, un aumento considerable en la autoestima nacional, trajo el cambio de unas lentes viejas por unas nuevas, que nos hicieron ver que podíamos llegar a ser como ellos, y que debíamos demostrar que éramos capaces de ponernos las pilas y empezar a construir un país más moderno, o como aún decimos, ‘más europeo’.
Ese fue el mensaje en mi escuela. Se nos abría un futuro esplendoroso y lleno de oportunidades, y teníamos que estar a la altura. A fin de cuentas, lo que Europa nos prometía era el desarrollo de una verdadera democracia, abierta, transparente y empapada de unos derechos y libertades de los que aún no había podido disfrutar este pueblo.
Europa nos traería riqueza, nuevos y modernos empleos, más cultura y educación, mejores comunicaciones, evitaría guerras y acabaría con las fronteras. Era aquella una Unión Europea que se proclamaba bandera de los Derechos Humanos y la Democracia.
Los fondos estructurales trajeron unas mejoras importantes en nuestro día a día, como nuevas vías de comunicación o instalaciones de todo tipo: educativas, deportivas, culturales, sanitarias… Una inyección de dinero que nos sacó de los años 50 en lo que respecta a infraestructuras. Pero el ideario más repetido y publicitado por gobiernos, instituciones, prensa y creadores de opinión era - siempre ha sido - que la UE es, sobre todo, democracia, derechos humanos, respeto y defensa de la dignidad humana, protección de los derechos de los trabajadores, del medio ambiente, de los consumidores y usuarios, de todas las personas sin excepción.
Hace poco más de un año que vivo desde dentro - sumergida, y a veces enterrada - la política europea desde un Parlamento que dista mucho de lo que dice ser. Debería ser la cámara de representación de la voluntad popular europea. Debería ser un espejo, un crisol, de la sociedad europea, pero no lo es. Ser eurodiputada no implica tener que dar muchas explicaciones sobre tu trabajo. La rendición de cuentas, las explicaciones a los votantes y la transparencia, no son actividades inherentes al cargo.
A nuestro sistema democrático le faltan procedimientos que habría que implementar para que pudiéramos hablar de un sistema verdaderamente democrático. Mientras tanto, podemos seguir eligiendo al pastor que cuida las ovejas para después dejarlo completamente sólo rodeado de lobos. Cuando volvamos en 4 años, puede que ese pastor se haya hecho amigo de los lobos. Y eso es lo que ha sucedido con nuestras democracias, hemos delegado el poder durante demasiado tiempo a unas élites, sin demasiada vigilancia.
Los ciudadanos hemos dejado un espacio vacío entre nosotros, los que ostentamos la soberanía, y aquellos a los que hemos llamado representantes, pero que se olvidan de representar con mucha facilidad. Enseguida dejan de parecerse a quienes les pusieron en el escaño, dejan de tener los mismos intereses. El elector se queda sin voz. La democracia muere. Y ese espacio vacío, ese hueco, lo han llenado los lobos.
En el Parlamento Europeo estos lobos son los lobbies, con empleados que poseen acreditaciones – son 4000 sólo en el Parlamento, y entran y salen como de su propia casa. Organizan eventos de todo tipo para los eurodiputados, a los que invitan y agasajan. Estos eventos, disfrazados, por ejemplo, de presentaciones de estudios falsamente imparciales, buscan influir en los policy-makers, inclinar la balanza hacia sus propios intereses, hacer trabajar a los políticos en su beneficio. Los presupuestos con los que cuentan los grupos de lobbies son millonarios, y por lo visto la rentabilidad es muy alta.
Después de Washington DC, Bruselas es el lugar del mundo con mayor concentración de lobistas, y organizaciones como Corporate Europe calculan que hay entre 15 y 30 mil empleados dedicados a presionar a las instituciones europeas –sobre todo a la Comisión Europea - y trabajan para 1500 grupos industriales. Sus oficinas rodean los edificios del Parlamento y de la Comisión como una muralla, de forma visible y efectiva. Las voces que hablan a los oídos de los políticos y altos funcionarios de la UE son las de ellos, y no las de los ciudadanos.
Y son ellos quienes tienen los medios para comprar voluntades. Uno de estos medios es el fenómeno de las puertas giratorias. Políticos que pasan de ser cargo público a ser consejero de administración de alguna gran empresa. En España, la lista de políticos que han usado la puerta giratoria es casi infinita. Algunos regresan al espacio público por un tiempo, y así sucesivamente…
Hacer lobby es muy rentable. Esa mezcla de capacidad económica, facilidad de acceso a los que toman decisiones, y la falta absoluta de escrutinio por parte de la ciudadanía, convierten a las instituciones europeas en el paraíso del lobbying. Pocos son los despachos donde no llegan sus tentáculos.
A todo esto hay que incluir que la mayoría de las instituciones supranacionales que padecemos, como la Comisión Europea, el BCE, el FMI o el Banco Mundial, son cualquier cosa menos democráticas. Desde luego a quien no representan es al ciudadano común, a la mayoría. Nadie les vota y nadie les veta. Pertenecen a las élites políticas y empresariales, se representan a sí mismos e imponen su ideología a la fuerza, maquillada de no-ideología. Intentan establecer un modelo en el que nunca puedan perder. Y el mayor de los logros de estos lobos en Europa es el Tratado Transatlántico con EEUU. Un tratado que constituye el sueño de las multinacionales, de los fondos de inversión, de los especuladores y los buitres de las bolsas y los mercados. El sueño de ultraliberales como Reagan, que llegó a decir que el origen de nuestros problemas eran los gobiernos, que es lo mismo que decir que el problema es que la gente vota y decide.
El sueño de los grandes poderes económicos ha sido siempre convertirse en legisladores, poder saltarse los canales y procedimientos democráticos, y no tener que ‘soportar’ ni respetar más la voluntad popular y los mandatos que emanan de unas elecciones. Las políticas sociales, las normas y leyes que protegen al trabajador, al consumidor, al medio ambiente son, en sus propias palabras y mostrando no tener ningún tipo de escrúpulos, ‘obstáculos al comercio’, barreras a eliminar. Nos quieren callados, nos quieren desposeídos de cualquier capacidad de decisión sobre nuestras sociedades, que son nuestras vidas. Nos quieren esclavos: baratos y sin voz.
Si tuviera que resumir el TTIP en una frase, diría que es la Constitución de los grandes poderes económicos. Es el mayor golpe de Estado que podemos sufrir los pueblos del occidente desarrollado, pues nunca se han modificado tanto las estructuras democráticas en tantos países a la vez, así, de un plumazo y sin preguntar.
Casi 70 años después de la aprobación por la ONU de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, asistimos a un cambio de rumbo de 180 grados, a la primacía de los beneficios económicos por encima de la dignidad y el bienestar del ser humano. La perversión en la escala de valores es brutal, pero sus estrategias parásitas, a través de la publicidad y el comercio, de los medios de comunicación y de los idearios políticos vociferados por sus mayordomos, hacen que nos parezcan normales situaciones que no lo son, ideas que deberían parecernos aberrantes a todos y todas.
La comunicación es fundamental. Romper la barrera del silencio, pedir explicaciones a nuestros representantes. Exigir que se posicionen claramente es una obligación, que presenten sin ambigüedades sus prioridades, que nos digan para quién trabajan. Para mí no hay mayor tomadura de pelo que hacer uso del ‘mareado de perdiz’ por parte de un político. No debemos permitirlo.
Nosotros decimos claramente que estamos a favor del comercio. De un tipo de comercio que no mine los derechos y libertades de nadie, sino que sirva como alfombra para extender más bienestar e igualdad. El comercio debe adaptarse a toda la malla normativa que protege la vida, la de las personas y la de la Tierra.
Los Derechos Humanos y todas sus expresiones legales son la línea roja que nada debe sobrepasar bajo ningún concepto. Esa es nuestra escala de valores. Y no tiene precio. El TTIP, junto con otros tratados comerciales que están siendo negociados con similar oscurantismo, como el CETA con Canadá, el TISA con más de 50 países, o el gigante TPP, negociado entre Estados Unidos y más de 20 países del Pacífico, constituyen las armas legales que los poderosos están desarrollando para subyugar las democracias a sus intereses.
Todos los ciudadanos sin excepción nos veremos afectados por ellos, en numerosos aspectos de nuestra vida diaria. Que muchos de nuestros representantes y partidos políticos nos hagan creer lo contrario, y apoyen la conclusión de estos tratados, constituye un acto de traición, pues lo que emana de ellos es una cesión de soberanía, para lo cual no tienen mandato. Y es éste uno de los éxitos de los lobos: tergiversar lealtades.
Pero nosotros somos más, y seguiremos desenmascarando la realidad y defendiendo con uñas y dientes nuestras democracias, nuestros derechos y nuestra soberanía.