Un presente incierto, un futuro sin casa
Alba Agraz
Coordinadora del área de Vivienda y Trabajo de Ideas en Guerra
-Actualizado a
En España, emanciparse siendo joven se ha convertido en un privilegio, un hecho que sucede muy pocas veces y siempre en condiciones precarias. Miramos a nuestro alrededor y no vemos la imagen idílica del joven que, tras formarse en aquello que le gustaba, obtiene un trabajo con condiciones dignas y se independiza pronto para construir su vida adulta. Sin embargo, se nos hace mucho más común encontrar sueldos precarios, alquileres imposibles, condiciones laborales del siglo pasado y un sistema económico que, no solo perpetúa, sino que cada vez acentúa más las desigualdades sociales. Todo esto mientras nos bombardean con el discurso de si quieres, puedes.
Según datos de Eurostat, la edad media de emancipación supera ya los 30 años, situando a España como cuarto país a la cola de la Unión Europea. Leemos y escuchamos opiniones al respecto que puede hacernos pensar que se trata de caprichos de toda una generación; como salimos el viernes a tomar algo con los amigos, no nos podemos permitir pagar un alquiler o dar la entrada para acceder a una hipoteca. Bien sabemos que estos discursos simplemente derivan el foco del problema donde no es, por supuesto de manera interesada. El problema de la emancipación, como en general toda la crisis de la vivienda que estamos sufriendo en España, no es otra cosa que algo estructural de un mercado laboral que no genera condiciones dignas a las generaciones más jóvenes, una administración incapaz de dar soluciones eficaces, y un mercado inmobiliario que nos expulsa sistemáticamente.
Trabajo: la trampa del esfuerzo
El trabajo es una de las cuestiones clave para entender la problemática. No estamos, únicamente a la cola de Europa en lo relativo a la emancipación, también lo estamos en lo relativo al desempleo juvenil. Es cierto que España ha avanzado en los últimos años en materia laboral: se ha reducido la temporalidad, se han recuperado ciertos derechos que perdimos con la última reforma laboral, pero no son mejoras que los jóvenes españoles hayan percibido de una manera estable y duradera en sus vidas. Todo ello, por supuesto, afecta a nuestro derecho al acceso a la vivienda, sin un salario digno y sin estabilidad, independizarse se convierte en el mayor obstáculo para desarrollar nuestros proyectos.
A la vez que suceden estas cuestiones vemos continuamente en diversas plataformas digitales y medios de comunicación como la cultura del esfuerzo gana más adeptos. Estudia, esfuérzate, trabaja duro y conseguirás todo lo que te propongas. Mientras, la realidad es que encadenamos becas mal pagadas, trabajos temporales o jornadas parciales para conseguir un salario que pocas veces supera los 1.000€.
Entonces, ¿qué sentido tiene hablar de esfuerzo cuando no todos partimos de la misma casilla de salida? A día de hoy, como ha pasado siempre, el origen socioeconómico de tu familia limita tu acceso a ciertos derechos, como el de la vivienda, que tenemos reconocidos. Diversos estudios indican que la probabilidad de que un niño que provenga de una familia con bajos recursos acabe en la clase más alta es solo del 12%, mientras que un niño nacido en una familia de la clase más alta (el 1% de la población) tiene 24 veces más probabilidades de seguir en esta clase social que el resto. Esto explica un modelo donde el acceso a la vivienda depende de la capacidad económica de tu familia, del capital que puedas heredar. Las reglas del juego, por tanto, no son iguales para todos.
A fin de cuentas, el ascensor social del que algunos presumen no es otra cosa que la persistencia de un sistema económico que beneficia a quien más tiene.
La falacia de la igualdad de oportunidades:
Este relato sobre la meritocracia nos asegura que vivimos en una sociedad justa donde todos tenemos las mismas oportunidades, independientemente de su clase social. Sin embargo, ya hemos comprobado que este relato es algo tramposo y que nos engaña con el fin de mantener vivas ciertas estructuras de poder. Quienes nacen en entornos acomodados cuentan con mayores facilidades para dedicar tiempo al estudio, a una educación de calidad, a tejer redes de contacto sin tener que preocuparse por su bienestar básico, como por ejemplo, un techo.
Por el contrario, quienes procedemos de clases trabajadoras, que somos la mayoría de la población, nos enfrentamos a barreras infinitas: necesidad de trabajar desde jóvenes para costearse los estudios, precariedad habitacional, difícil acceso a la sanidad, a la educación, falta de recursos…Muchas veces el mero hecho de terminar los estudios superiores ya es un logro enorme, aunque solo sirve para darnos de bruces con trabajos basura.
Así, la meritocracia no es solo una mentira, sino toda una crueldad. Convierte la desigualdad estructural en un fracaso individual y hace sentir culpables a quienes no llegan a donde quieren porque, sencillamente, no nacieron con las mismas oportunidades. Además de cruel, es muy peligroso, porque lemas del estilo “cada uno recibe lo que merece” legitiman la desigualdad convirtiéndola en algo relacionado con la justicia. Convierte la pobreza, la exclusión social o los desahucios en una responsabilidad individual en vez de una responsabilidad social y colectiva. Así nace el odio al pobre.
Vivienda: cuando un derecho se convierte en privilegio
No es difícil imaginar qué ocurre cuando mezclamos los ingredientes anteriores con un mercado de la vivienda basado en el negocio y no en el derecho. En España venimos de una crisis de 2008 que se vio intensificada por el modelo inmobiliario basado en la construcción orientada al negocio y a la especulación. Hoy, siendo la compra un sueño muy lejano para muchos, es el alquiler la principal vía de emancipación.
Según el Índice Inmobiliario de precios Fotocasa [1] el precio medio de una mensualidad de alquiler en España para un piso de 80 m2 supera ya los 1.000€. En ciudades como Madrid son 1.577€ y en Baleares 1.447€, mientras que los salarios de los menores de 30 años se sitúan en 1.520€, provocando que solo alrededor del 14% de los jóvenes puedan emanciparse en nuestro país. Así, compartir piso o vivir en casa de nuestros padres no es una elección, sino una necesidad.
Podríamos imaginar entonces la figura que dé solución a este problema: vivienda pública de alquiler asequible, pero de nuevo nos situamos a la cola de Europa en esta materia. En España, representa menos del 2% del parque de vivienda total, mientras que Países Bajos o Austria rondan el 25%. Entonces, el mayor mal de nuestro país es la no existencia, de manera deliberada, de una política de vivienda robusta que de soluciones a grandes problemas como es, entre otros, la emancipación juvenil.
El ascensor averiado:
Todo el entramado que intenta justificar un sistema meritocrático se apoya en la educación como factor que hace funcionar ese ascensor social. Muchos somos los primeros de nuestras familias en acceder a estudios superiores, pero aun así no se cumple aquello de “viviremos mejor que nuestros padres”. En ocasiones, no es ni siquiera el mismo nivel de vida que nuestros padres a nuestra edad, sino peor: menos estabilidad, menos acceso a vivienda, menos oportunidad de ahorro. Todo esto conlleva una dificultad enorme para desarrollar un proyecto de vida propio.
Esto no pone en juego sólo la capacidad de emancipación, sino la confianza en el sistema político. Las dificultades para emanciparse abren telediarios, son parte del debate político tanto en las instituciones como fuera de ellas. Sin embargo, la herramienta diseñada para dar solución a diversos problemas, la política institucional, no desarrolla políticas dirigidas a la juventud haciendo que esta no perciba los beneficios de este instrumento, no le llegan las diferentes medidas para paliar la problemática. Todo esto acaba por convertir la frustración en desencanto, desafección, apatía… sentimientos que la extrema derecha sabe aglutinar muy bien.
Hacia un nuevo pacto intergeneracional:
Frente a esta crisis es necesario repensar el modelo socioeconómico que queremos. Necesitamos políticas públicas que aborden de forma valiente la raíz de todos los problemas: la desigualdad. Políticas públicas de vivienda que tengan una perspectiva de clase y que recuperen la función social de la vivienda.
Por ello, la futura política de vivienda no debe de ser una cuestión aislada de diversas políticas sociales: empleo digno, una renta universal, inversión en vivienda pública, educación pública, políticas fiscales basadas en la redistribución, y un largo etcétera. Necesitamos un pacto intergeneracional que asegure un futuro a quienes, ahora, sufriremos de manera más latente las crisis que nos esperan, entre ellas, la crisis de la vivienda.
Hablar de emancipación juvenil no es hablar de caprichos, como tampoco lo es hablar de vivir en nuestros barrios, de recuperar el centro de nuestras ciudades o de que las casas no son negocios. La emancipación no debería ser un sueño frustrado, un proyecto de vida imposible, sino una pata más del Estado del Bienestar.
¿Generación de cristal? Respondemos con un grito político.
Querer construir nuestros proyectos de vida en nuestros barrios, cerca de donde hemos crecido no es inmadurez o comodidad, es simple lógica. Trabajar ya no basta, estudiar no garantiza un futuro mejor y vivir bajo un techo digno se ha convertido en privilegio y somos la juventud quien está empezando a tambalear la historia del esfuerzo personal y el mérito individual.
Frente a aquellos discursos que aseguran que somos una generación de cristal los jóvenes respondemos con organización y tenacidad, respondemos con un grito político.
Esta supuesta generación de cristal está dispuesta a alzarse contra un sistema que condena a las futuras generaciones a subsistir con un alquiler abusivo y un salario indigno. Rechazamos el relato que nos culpa por no llegar, cuando son otros quienes nos han cerrado las puertas a ese futuro que nos prometieron. Plantamos cara al neoliberalismo que privatiza derechos, que especula con nuestros hogares. Así, exigimos lo que nos pertenece y construimos desde abajo una sociedad donde nuestras vidas valgan más que su beneficio.
[1] https://www.fotocasa.es/indice-precio-vivienda