Poder inquilino, conflictos colectivos y desobediencia organizada: así se blinda el derecho a la vivienda
Valeria Racu
Militante y afiliada del Sindicato de Inquilinas de Madrid
-Actualizado a
Los derechos no se conceden. Se luchan y se conquistan. Ahora, más que nunca, nos toca disputar nuestro derecho universal a una vivienda digna, estable y de calidad. Y solo hay una manera de lograrlo: acabando con el negocio de la vivienda. Porque, hoy en día, o te rindes ante el rentismo o te organizas contra él.
Se habla mucho de una "crisis de la vivienda". Sin embargo, la vivienda no está en crisis: está cumpliendo perfectamente su función dentro del sistema capitalista. Un sistema que ha naturalizado tratarla como una mercancía, un activo financiero que sirve para extraer rentas, expulsarnos a las más pobres y enriquecer a los más ricos. Los caseros, los fondos buitre, las inmobiliarias, los Gobiernos, las empresas de seguridad, las mafias de desokupación... Todos ellos se benefician del rentismo, este sistema parasitario que destroza nuestros barrios y sobrevive a costa de nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y nuestro tiempo.
La vivienda no está en crisis, somos las inquilinas las que lo estamos. Nuestras vidas son destrozadas y exprimidas por el abuso de los precios, las expulsiones y las condiciones de inhabitabilidad. Hoy, millones de personas en el estado español vivimos ahogadas, con miedo a perder nuestra casa. Miedo a una subida de alquiler, a no poder renovar el contrato, a recibir una carta de desahucio o a pedir que nos arreglen una ventana. Cada principio de mes nos roban la mayoría de nuestros ingresos, enriqueciéndose a costa de esta necesidad básica. Sufrimos precariedad, pánico, mala salud... Para la gran mayoría de nosotras, esta crisis es permanente.
Pero no una crisis inevitable. Cada principio de mes es también una oportunidad para organizarnos, para hablar con nuestras vecinas, para tomar el control de nuestras vidas y reclamar lo que es nuestro. En el Sindicato de Inquilinas lo tenemos claro y llevamos años demostrando que la organización da resultados. Que lo único que blinda el derecho a la vivienda es el apoyo mutuo y la autoorganización vecinal.
Lo hicimos cuando convertimos Argumosa 11 en un bloque indesahuciable, un conflicto que forzó la modificación de la LAU en 2019. Lo demostramos con la victoria contra Blackstone, el mayor casero del mundo, al lograr que no pudiera expulsar a ninguna de las inquilinas organizadas y tuviera que ofrecer renovaciones de contratos para todas. Lo seguimos demostrando con Casa Orsola, que ha dejado claro que cuando nos organizamos, los que se tienen que marchar de la ciudad son los especuladores. Y también con las sanciones históricas a Alquiler Seguro y otras inmobiliarias, delincuentes a las que les estamos parando los pies gracias a nuestra acción sindical y nuestras demandas judiciales.
Estos ejemplos no son meras anécdotas. Son muestras del poder inquilino cuando se organiza. Y por eso, el pasado 5 de abril, salimos a la calle en 42 ciudades del estado para decir alto y claro que vamos a acabar con el negocio de la vivienda. Esa jornada de lucha fue un hito histórico que marcó un cambio de rumbo. Las inquilinas no estamos esperando a que el Gobierno y las instituciones nos salven. Se acabó el tiempo de los políticos, es hora de desobedecer sus leyes injustas. De organizarnos desde abajo y tomar lo que nos pertenece.
Ese día lanzamos un mensaje claro: nadie tiene que irse de su casa. Basta de aceptar que los caseros nos echen sin motivo alguno cuando terminan nuestros contratos, por pura avaricia y especulación. Desde el Sindicato de Inquilinas, decretamos los alquileres indefinidos como una medida simbólica y de resistencia. ¿Qué significa esto en la práctica? Que no estamos dispuestas a seguir siendo presas de contratos precarios que nos obligan a mudarnos cada 5 o 7 años, o incluso menos, echándonos de nuestros barrios o incluso de nuestras ciudades. Es una llamada a la acción para el más de cuarto de millón de hogares cuyo contrato termina en 2025 a que resistan y acudan al Sindicato. Porque cuando nos organizamos, somos indesahuciables.
Pero esto no va solo de resistir y no marcharse, sino también de pasar a la ofensiva y hacer el conflicto del alquiler visible en todas sus fases y caras. Por eso hemos rescatado una acción histórica, la huelga de alquileres, que muchos decían inviable y hoy se ha convertido en una herramienta sindical que está cambiando la correlación de fuerzas. Ya no es un concepto teórico ni un debate; es una realidad. Las vecinas organizadas contra Nestar-Azora en Madrid y La Caixa en Catalunya así lo demuestran. Allí donde las inquilinas nos organizamos, los precios bajan. Allí donde hacemos huelga, los rentistas se sientan. Allí donde resistimos, no hay desahucios. Las huelgas han venido para quedarse y es hora de extender esta estrategia, de hacerla masiva y visible. Porque no hay garantía de derecho sin confrontación con quienes se lucran de negarlo.
Y es que el enemigo tiene nombres y apellidos. Se llama Blackstone, Caixabank, Vivenio, Nestar, Alquiler Seguro, pero también SAREB, Plan Vive, Ayuntamiento o Comunidad. E incluso Maricarmen o José Antonio. No basta con criticar a los fondos buitre y grandes tenedores mientras las instituciones siguen privatizando vivienda pública y legislando a favor de los rentistas, incluidos aquellos pequeños especuladores que se suben al carro y nos tratan igual que cualquier empresa sin escrúpulos. La vivienda está en el centro de la lucha de clases, y nosotras estamos en uno de sus frentes más duros.
Por eso, cuando hablamos de blindar el derecho a la vivienda, hay que decirlo claro: solo se blinda lo que se defiende. Solo se defiende lo que se pelea. Y solo se pelea si hay organización colectiva. Es hora de dejar de esperar soluciones desde arriba. Es hora de construir poder desde abajo. Porque esto no solo es una cuestión de las inquilinas; la lucha antirrentista es una labor de todas las personas que creemos en el derecho a la vivienda. Porque sabemos que, si no lo hacemos nosotras, no lo hará nadie. No hay soluciones individuales ante un problema estructural. No hay reformas suficientes sin conflicto. Y no hay futuro deseable si no cambiamos las reglas del juego.
“Blindar el derecho a la vivienda” no es una cuestión técnica, es una cuestión de poder. Y las vecinas organizadas ya hemos empezado a disputarlo. Se acabó esperar otro titular electoralista u otra propuesta legislativa que se quede en papel mojado. Apostamos por la organización de clase, la desobediencia colectiva y el conflicto sindical para construir nuestro poder inquilino desde abajo. Mientras los gobiernos se pierden en las migajas de sus leyes sin efecto y los rentistas se quejan por el “incordio” que les suponemos, la realidad es que las inquilinas ya estamos librando una batalla diaria por defender nuestras casas, barrios y ciudades. Y cada vez somos más en este lado de la historia.
Hoy, más que nunca, tenemos razones para la esperanza. Porque cada vez que una inquilina pierde el miedo, se organiza y empieza a desobedecer, estamos más cerca de nuestra victoria. El negocio de la vivienda tiene los días contados. Nosotras nos encargaremos de hacerlo realidad.