¿Olvida la Justicia el factor humano?
María Victoria Cinto Lapuente
Vocal del Consejo General del Poder Judicial, magistrada
Hay que reinventar la Justicia. Hay que reinventarla y cambiarla, pero hay que cambiarla a mejor. Y para ello hay que trabajar en dos planos: por una parte se debe conocer lo que no funciona, lo que crea insatisfacción, identificar los problemas que es preciso solucionar y las deficiencias estructurales que requieren un cambio, y por otra, se deben definir los horizontes, las metas y los objetivos concretos que se persiguen. En definitiva, la reinvención de la Justicia precisa una hoja de ruta innovadora sustentada en un amplio análisis de la situación que quiere modificarse a fin de alcanzar las mejoras previstas.
Hace décadas que se viene hablando de la necesaria modernización de la Justicia; se han elaborado planes sobre diversas materias por parte de los organismos competentes, se ha modificado un importante conglomerado de leyes, se han abordado asuntos tales como el lenguaje usado por los tribunales, la reordenación de la oficina judicial o la incorporación de las nuevas tecnologías, pero a pesar de ello resulta difícil evitar la sensación de escepticismo, desilusión y de objetivos no cumplidos porque la Justicia sigue siendo para la mayoría de la ciudadanía incomprensible, lenta, opaca, ineficaz, prepotente, distante, enrevesada y enigmática.
A pesar de valorar positivamente los cambios que se han venido haciendo, por ejemplo en materia de incorporación de nuevas tecnologías, todo acaba siendo fagocitado por “las formas de siempre” y resulta que el medio se convierte en el fin. La Administración de justicia se desentiende absolutamente de los ciudadanos y se enroca en sí misma, se piensa, se modifica, se transforma pero en todos estos movimientos se obvia a las personas destinatarias de la justicia. Así, introducimos medios tecnológicos para acortar los plazos de tramitación que es lo que esperan los ciudadanos, pero éstos no parecen acortar el proceso sino facilitar el trabajo de los funcionarios; modificamos la ley de procedimiento y da la impresión de que con ello se busca disminuir el trabajo de jueces y magistrados.
En definitiva las personas destinatarias de este servicio público quedan al margen de las decisiones de cambio, por ello no es de extrañar que la percepción que la ciudadanía tiene de la Justicia venga siendo mala desde que se realizan las encuestas del CIS. En la última el 48% de las personas consultadas dijeron que la justicia funciona mal (36,7%) o muy mal (11,3%), frente al 22% que opina que funciona bien (18%) o muy bien (4%).
Estamos, por lo tanto, ante el reto de dar un vuelco a estas estadísticas cambiando la Administración de Justicia para ofrecer a la ciudadanía un verdadero servicio público, atento con las personas, eficaz y cercano. Pero todo ésto no será posible sin una verdadera revolución de la Justicia, de la que, por otra parte, se puede decir que es la única Institución a la que no le ha llegado una verdadera reforma estructural en este tiempo de democracia.
Pero el caso es que esta reforma debe hacerse desde la prudencia y la reflexión, empezando por la forma de legislar y terminando por la forma de aplicar la norma. Los gobernantes de nuestro país son muy dados a anunciar a bombo y platillo medidas legales de aplicación inmediata para solucionar aquellos problemas que aparecen en los medios de comunicación y que no permiten ver con claridad otro horizonte o realidad. Una acción rápida, contundente, que demuestre que los distintos ejecutivos son ágiles, sensibles y atentos a las demandas sociales.
Fijémonos por poner un ejemplo en el cáncer de los desahucios. Nos situamos en el año 2012. Los medios de comunicación se hacen eco un día tras otro de los desalojos que se están produciendo por toda la geografía española como consecuencia de los impagos de las hipotecas a las que no se puede hacer frente debido a la crisis que nos azota. Familias desahuciadas, en la calle, con niños, familias que destrozadas relatan siempre la misma historia: se acabó el trabajo y la prestación por desempleo, con el subsidio no llega casi ni para comer y desde luego es impensable poder pagar la hipoteca que firmaron en circunstancias muy diferentes.
Ante esta situación, que no dejaré de calificar de emergencia nacional, el Gobierno toma rápidamente la iniciativa con firmeza y cierta grandilocuencia dictando dos Reales Decretos:
* En marzo dictó el Real Decreto-Ley de 6 de marzo, de medidas urgentes de protección de deudores hipotecarios sin recursos.
* El 16 de noviembre de 2012 se publica el Real Decreto-Ley 27/2012, de medidas urgentes para reforzar la protección de los deudores hipotecarios.
Pero ¿qué ha sucedido con estas normas? ¿Cuál ha sido su repercusión sobre las personas afectadas por este problema?
Está claro que esta forma de legislar, a golpe de decreto, en lugar de una acción parlamentaria urgente, de carácter integral, que actuase contra el problema del sobreendeudamiento hipotecario de manera valiente y eficaz, reformando normas procesales, eliminando o moderando clausulas hipotecarias, actuando con urgencia sobre la realidad con moratorias o suspensiones de procedimientos, decidiendo sobre la situación de las personas, ha provocado lo que, dos años más tarde, sigue estando de actualidad: los desahucios.
Esto viene a demostrar la ineficacia de estas normas, que no surten ningún efecto real o su efecto es tan ínfimo que no sirven para la realidad que intentan corregir.
Y este es uno de los mayores problemas a corregir: el cambio de la realidad jurídica sin que cambie la realidad social, el cambiar todo para que nada cambie.
Tenemos otros ejemplos más recientes y mucho menos conocidos puesto que son cambios operados dentro de la propia Administración de Justicia como el conocido por la Nueva Oficina Judicial. Tras un gran despliegue de medios, tiempo, grandes inversiones en instalaciones, tras un enorme trabajo de diseño y organización del personal, en aquellas jurisdicciones en las que la nueva oficina judicial está implantada, no se ha conseguido cambiar la realidad de la justicia, que sigue siendo lenta allí donde era lenta, opaca allí donde era opaca, e ineficaz en casi todas partes.
Y volviendo al título de esta reflexión, está claro que no son estos resultados lo que la sociedad demanda. Hace escasas fechas una protesta
de más de 8.000 juristas bombardearon durante todo un día una red social con decenas de imágenes en las que denunciaban la lentitud de la justicia y en la que mostraban providencias con juicios por despido señalados para 2019.
¿Hasta cuándo la sociedad puede seguir soportando este sistema? ¿Y hasta cuando lo puede seguir soportando la Justicia? Pretender que la ciudadanía y la sociedad en general va a seguir tolerando esta situación es no querer ver la realidad. Definitivamente es la hora del cambio, de la reinvención, de promover unos nuevos usos y maneras, de fijar los objetivos de una nueva gestión que acerque la justicia a las demandas de la sociedad, que sirva para resolver sus conflictos y crear un marco de convivencia asumible por todos.
En este sentido abogaría personalmente por
* Nueva forma de redacción de leyes (con una evaluación obligatoria e independiente que sirva para averiguar su eficacia)
* Diseño de la Justicia como servicio público y no como poder
* Asunción por el Consejo General del Poder Judicial de la mayor parte de las competencias en materia de justicia
* Formación en gestión
* Implantación obligatoria de las nuevas tecnologías y nuevos instrumentos para la introducción de elementos de competencia y eficacia
* Promoción de otras formas de resolución de conflictos
La empresa es enorme, ingentes serían las tareas para lograr el cambio. Pero no nos debe desanimar tal magnitud. Seamos prácticos y vayamos abordando sin dilación pequeños cambios, todos ellos en la misma dirección y sin perder de vista el horizonte que queremos conseguir.