A la ofensiva, también en Europa
Maria Corrales Pons
Periodista y miembro de Un País en Comú
Para responder a la pregunta de si se está abriendo o cerrando la brecha histórica para la oportunidad de un cambio en sentido progresista, es fundamental, en primer lugar, situar, desde los enfoques teóricos de cada cuál, el porqué de su apertura. Desde mi perspectiva, una de las principales causas que hay que atender para comprender el desarrollo de la crisis y sus respuestas en nuestro contexto es el de la crisis orgánica del proyecto económico y político de la Unión Europea.
Tal y como explica Gerardo Pisarello, a partir de la crisis económica de 2008 que pone en cuestión la hegemonía en el plano económico del bloque de poder vigente hasta el momento, dichas élites impulsan auténticos procesos destituyentes, por un lado, contra los frágiles consensos y lazos comunes de la Unión, y, por el otro, contra los contratos sociales existentes en los marcos estatales y nacionales, materializándose, en gran parte, en un vaciamiento del contenido democrático y garantista de sus constituciones.
Esta respuesta regresiva conocida en bloque como políticas de austeridad, que, por ejemplo, en España, son aplicadas de una sola vez y sin revestirse de una explicación coherente con los consensos vigentes que las dotara de legitimidad, son las que tocan de muerte uno de los pilares fundamentales, que, según Campione, rige los cimientos de la legitimidad de un bloque histórico: la capacidad de hacer pasar el progreso particular de las élites dominantes por el avance general de la comunidad política.
Esta sería, a mi entender, uno de los detonantes fundamentales dentro del amplio conjunto de sobredeterminación de circunstancias a partir del cual se entra de lleno en un contexto de crisis orgánica que Mouffe y Laclau definen como una “coyuntura en la que se da un debilitamiento generalizado del sistema relacional que define las identidades de un cierto espacio social o político y que conduce a la proliferación de elementos flotantes”.
En este sentido, una de las identidades fundamentales a partir de la cuál el bloque dominante había desarrollado su gran proyecto de construcción hegemónica y que entra en crisis, es, sin duda, la de ciudadanía europea. Esta frágil identidad común que fue considerada como uno de los mayores avances en el paradigma de la ciudadanía cosmopolita y que ponía sobre la mesa la cuestión de la ciudadanía dual o incluso múltiple a través de un marco de relacional directo entre la propia identidad nacional y la europea se resquebraja después de la ofensiva de nuestra élites generando nuevos antagonismos.
Como todos recordaremos, estos primeros antagonismos se enuncian a partir de irrupciones populares en forma de movimientos heterogéneos, que, aunque es cierto que adoptan consignas en clave de recuperación de la democracia y de la soberanía, no emergen entorno a los símbolos nacionales o a través de una afirmación patriótica. De hecho, contrariamente a ello, muchos de estas grandes irrupciones y movimientos están mucho más vinculados a los horizontes de las luchas antiglobalización que a expresiones de tipo nacionalista. El 12O, el primer aniversario del 15M con manifestaciones en todo el mundo o la similitud de los lemas utilizados en todos los países son buen ejemplo de ello.
Estas expresiones ciudadanas irrumpen, como siempre sucede en este tipo de contextos, de forma destituyente y constituyente a la vez: es decir, condensando en unas pocas demandas los anhelos de todo aquello que los regímenes existentes ya no podían incorporar desde su ofensiva contra los contratos sociales vigentes y, por otro lado, sembrando nuevos sentidos comunes y mimbres potencialmente disputables de incorporar en un nuevo orden. En este sentido, estos nuevos órdenes sólo han sido vertebrados con éxito y con nuevos horizontes desde un retorno inequívoco en primer plano (si es que nunca estuvo verdaderamente en cuestión) de la comunidad política nacional.
Este no ha sido, ni mucho menos, un fenómeno azaroso: al resquebrajarse la débil construcción de la ciudadanía europea vinculada al proyecto de la Unión, la comunidad nacional emerge como el nosotros más fácilmente socializable a los ojos de la ciudadanía por su facilidad de construirse contra el adversario externo que ha venido posicionándose como el culpable de la austeridad. En este sentido, no hay ningún populismo europeo, sea del signo que sea, que no se oponga con fuerza a los órganos y partidos que promovieron estas políticas, la cuestión es, sin embargo, en qué más políticas del modelo de integración europea se pone el foco.
Así, los populismos de derechas, por su lado, estarían logrando establecer cadenas de equivalencias bajo el significante “soberanía nacional” entre el rechazo a la imposición de determinadas políticas que han roto los consensos sociales vigentes y el rechazo a la inmigración hasta el punto de hacerlas indisociables en la idea de un nuevo orden, de momento, a escala nacional.
Como decíamos al principio, la crisis orgánica se define por un contexto en el que se debilita el sistema relacional de las identidades, y, por lo tanto, por un momento en el que grandes significantes y consensos sociales no pueden ser ya articulados con cierta solidez en el orden anterior. Así pues, la oportunidad del cambio sigue abierta siempre y cuando no aparezca un nuevo orden capaz de solidificar en un nuevo bloque de poder y metarelato algunas de las grandes demandas populares que abrieron el ciclo de crisis de hegemonía y que, en sí mismas, fueron las principales cuestionadoras del mismo. De forma parelala, este nuevo orden tiene que tener la capacidad de neutralizar verdaderamente estas mismas demandas que no se corresponden con su relato integral.
En este sentido, mi opinión es que muchos de los nuevos populismos de derechas sí están consiguiendo este objetivo a escala nacional, pero que, por el momento, no han sabido poner sobre la mesa un nuevo orden necesario para Europa en un contexto económico global en el que los sistemas de integración son absolutamente necesarios para asegurar unas relaciones internacionales en cierta igualdad de condiciones. Sin embargo, es cierto que la necesaria lucha común contra el terrorismo yihadista y la malísima gestión de la crisis de los refugiados por parte de la UE están fijando nodos comunes para este nuevo orden reaccionario. Estas temáticas son, además, aspectos sobre los que la izquierda ha sido muy débil discursivamente hablando en estos últimos años: la disputa de los atributos del orden y la seguridad y la capacidad de ofrecer soluciones prácticas para acoger la llegada masiva de personas inmigradas.
Asimismo, estas nuevas fuerzas políticas están siendo capaces de situar las grandes diatribas a los que se enfrenta el actual modelo de la Unión a expensas de una izquierda transformadora que mira impotente desde la barrera y que se va situando en un bloque u otro de forma subalterna. Son ejemplos de ello el Brexit y el incómodo papel que tuvo que asumir Corbyn al lado de los grandes poderes de la Unión o, incluso, la negativa al CETA y al TTiP que, a ojos de la opinión pública, ha sido indudablemente liderada por los mismos populismos de derechas. Asimismo, mientras que, por ejemplo, Podemos y el resto de las fuerzas del cambio no ha conseguido situar en la agenda pública española la negativa al TTiP o al CETA desde una óptica soberanista, Le Pen sí lo ha hecho en Francia.
Es por este motivo que, lejos de esperar que el nuevo orden que puedan materializar las nuevas fuerzas derechistas o la restauración efectiva de las viejas élites europeas sea lo suficientemente frágil como para que no pueda cerrar de forma definitiva el ciclo de crisis, es necesario, desde hoy, que las nuevas fuerzas y liderazgos progresistas surgidos en este nuevo ciclo sean capaces de empezar a trabajar las alianzas, el relato y la agenda de un nuevo orden europeo en un mundo multipolar basado en la soberanía desde la idea de democracia, igualdad y cooperación.
En este sentido, este nuevo orden, a mi entender, necesita, indudablemente, de la construcción de un bloque y de una alianza entre los pueblos del sur que, probablemente, también necesitará contar con más aliados fuera del marco geográfico-espacial europeo que compartan este fin y que aseguren cierta equidad de fuerzas para poder posicionar debates en la agenda y de conseguir cierta igualdad de fuerzas.
Lo indudable, sin embargo, es que esta es una de las grandes tareas pendientes de las fuerzas del cambio en el Estado Español. No basta, entonces, con darse golpes en el pecho diciendo que hemos sido el antídoto del auge de la extrema derecha en las distintas naciones del Estado o en decir que hay que recuperar el antifascismo europeo. Hace falta, puesto que el ciclo de cambio y la crisis orgánica en Europa sigue abierta, ganar la iniciativa política también en este campo y ser capaces de empezar a figurar un nuevo orden antes de que lo hagan nuestros adversarios.