Europa en la encrucijada
Rosa Cañadell
Licenciada en Psicología. Profesora. Articulista. Co-fundadora del SIEC (Seminari Ítaca d’Educació Crítica).
Las crisis son una oportunidad, se acostumbra a decir. La verdad es que las crisis (personales, psicológicas, políticas, económicas...), si se superan, acostumbran a abrir nuevas perspectivas, pero si no se superan, en vez de una oportunidad, pueden llevarnos a la ruina.
España, Europa y, posiblemente, el mundo entero, está atravesando una de las mayores crisis después de la II guerra mundial. Crisis financiera, política, social y moral con todas sus consecuencias: aumento brutal de la desigualdad, del desempleo, de la explotación laboral, de la desprotección social, de la privatización de todos los servicios públicos, de la pobreza, de la represión, de la guerra y del racismo.
La situación, tal y como la describe Francisco Louça, es dramática. Y ante ello, ¿qué posibilidades se abren? Todas y ninguna. Todo va a depender de la capacidad social para emprender nuevos rumbos. Una cosa parece clara: la derecha, el sistema, el poder... no ofrecen ninguna alternativa, sino más de lo mismo y más peor: austeridad y autoritarismo. No se vislumbra por ninguna parte una línea que intente "repensar el capitalismo" como sucedió en otras crisis, con medidas keynesianas y aumento de la inversión pública.
Como dice Emir Sader ".. el propio capitalismo no posee alternativas. Llegado a su etapa actual, no lograría retornar a formas de regulación económica, que le permitirían no estar sometido a las presiones recesivas del capital financiero".
Todo parece apuntar que tenemos un sistema económico moribundo que ya no representa más la posibilidad de progreso social como fue en el pasado. Pero ello no implica que vaya a morir solo. Dependerá de la correlación de fuerzas y de la capacidad de lucha para imponer otros caminos. Y ello es la gran tarea que tiene la izquierda en la actualidad.
Pero, ¿existe esta izquierda? ¿Cómo se construye una izquierda fuerte socialmente, valiente ideológicamente y con capacidad de imponer, des de la instituciones y desde la calle, nuevas propuestas que den solución a los problemas reales de la mayoría de la población?
De momento, en nuestro país y en esta Europa, sólo hay retazos de todo ello. Unos movimientos sociales, más o menos estructurados, con propuestas y movilizaciones, pero atomizados y sin suficiente capacidad de dar una respuesta contundente en la calle que incida realmente en las políticas de los gobiernos. Y unos "nuevos" partidos políticos que, más allá de las consignas, no consiguen tampoco el apoyo suficiente como para poder tomar el poder e imponerse suficientemente en las instituciones.
Todas aquellas y aquellos que nos oponemos al neoliberalismo deberíamos tener claro que la lucha fundamental en el momento actual es por la superación de este modelo y por la construcción de una alternativa sólida. No se trata tanto de "salir de la crisis", como de abrir en ella un cambio de sentido. Convertir la "crisis civilizatoria" en "mutación civilizatoria", y para ello es necesario congregar a las fuerzas sociales y políticas necesarias.
En la tesitura actual, los reformismos son casi imposibles. No hay margen dentro de la UE, dentro del euro, dentro del capitalismo financiero y globalizado, para recuperar los derechos perdidos. No es posible volver a la situación previa a la crisis si no conseguimos desmantelar el corsé en el que nos han enjaulado. La pérdida de la soberanía monetaria, las exigencias de la Troika, la agresividad del mudo financiero, no deja margen para pequeñas mejoras.
Así pues, si no queremos continuar retrocediendo en derechos sociales, laborales y políticos, es urgente la recomposición de una izquierda social y política que tenga poder para plantear soluciones drásticas: salir del euro, renegociar o no pagar la deuda, revertir todas las privatizaciones, aumentar los salarios y crear empleo público. Una reforma tributaria que haga pagar a los más ricos y que impida el fraude fiscal. Una repartición del trabajo, imprescindible en la era de la robotización y las nuevas tecnologías, que van eliminando puestos de trabajo. Una reforma agraria y una apuesta por la soberanía alimentaria. Una democratización del poder judicial y de los medios de comunicación. Una educación pública que pueda dar los instrumentos necesarios a los futuros jóvenes para enfrentarse al modelo actual y luchar por un cambio necesario.
Es preciso, también, repensar nuevas maneras de ejercer la democracia participativa, una democracia popular en la que el pueblo organizado pueda ejercer su poder político y hacer funcionar el Estado a su favor y no en contra de él, como sucede actualmente. Necesitamos una ciudadanía concienciada, unos movimientos sociales fuertes, unos líderes bien formados políticamente con capacidad para reflexionar sobre la lucha de clases, la correlación de fuerzas y el papel de la movilización. Unos movimientos sociales que no apuesten por entrar en las instituciones sino que sean capaces de concienciar y organizar una gran mayoría social. Y una alianza europea, mediterránea y mundial si fuera posible, de todas las fuerzas dispuestas a plantar cara al actual modelo y refundar unas relaciones comerciales y económicas basadas en otros principios, más equitativos y más solidarios.
No está claro si la "nueva izquierda" en nuestro país podrá jugar este papel. De momento hay algunas lagunas que deberían llenarse mejor: menos prisa por "ganar" las elecciones a toda costa; menos rebajar planteamientos que, además, no han conseguido tampoco mejorar sus resultados; menos cooptación de líderes de los movimientos sociales que dejan huérfana la calle y la capacidad de movilización; menos confianza en que desde la Instituciones van a poder hacer frente al sistema; más programa claro y radical y más empeño en concienciar y movilizar.
En definitiva, si no queremos continuar caminando hacia el abismo, necesitamos urgentemente una izquierda madura que no busque solamente los votos, sino que se emplee a fondo para convencer a la gran mayoría de la sociedad de la necesidad urgente de cambiar de rumbo, de repensar la política y la economía, de recuperar la participación ciudadana y de luchar por una sociedad justa.