Volver a la "fábrica"
Eddy Sánchez
Profesor de Ciencias Políticas de la UCM y Director de la Fundación de Investigaciones Marxistas
Dada por terminada la política de “compromiso histórico” e iniciadas las primeras consecuencias de la globalización en forma de deslocalizaciones, Berlinguer acude a las puertas de la factoría de la FIAT en Mirafiori y lanza un discurso crucial bajo la consigna de “volver a la fábrica”, con la que llamaba a la izquierda italiana a responder a la nueva reestructuración capitalista, con la necesaria reorganización del PCI dentro de las empresas. Berlinguer desde la política, Bruno Trentin desde el sindicalismo de la CGIL o Raniero Panzieri desde el marco del pensamiento marxista, marcaron una tradición que puede servir a la izquierda actual a recuperar el terreno perdido después de años de divorcio entre la izquierda y el mundo del trabajo.
En estos años las viejas clases dirigentes de nuestro país diseñan un indisimulado proyecto para la España pos-crisis, que tiene en las políticas de ajuste salarial permanente su eje central, políticas que requieren de un modelo social basado en la gestión cada vez más autoritaria de la fuerza de trabajo.
El objetivo es imponer un modelo de relaciones laborales que tenga como eje el despido, expresión del regreso a una sociedad donde prime lo que el Profesor Baylos llama “la violencia privada del empresario”. Ante este horizonte, el presente artículo defiende la siguiente tesis: la necesidad de acabar con el repliegue teórico y político y recuperar el ámbito productivo -el centro de trabajo- como espacio privilegiado para el conflicto social y político.
Frente a la consideración predominante dentro de la izquierda, de tomar el territorio como marco exclusivo del conflicto social y de la dimensión del estado como único ámbito de reivindicación, necesitamos dar por terminada la fase de desatención de la izquierda de la consideración del espacio productivo como espacio político predominante y del conflicto colectivo como herramienta fundamental de la acción. Abandonar la acción en los centros de trabajo y abandonar la huelga y el conflicto colectivo como herramienta de lucha, es ceder toda la suerte de la acción popular a su dimensión electoral.
Las dificultades de estos años tras la desindustrialización y el triunfo neoliberal han calado tan hondo en la vida política, que son el contexto en el cual la izquierda desanduvo sus propios pasos, apoyando diagnósticos sobre la pérdida del predominio de la centralidad del conflicto capital-trabajo, desdibujando el rol activo de las acciones donde el eje era el centro de trabajo o el conflicto obrero y dando lugar a una serie de interpretaciones políticas de la lucha de clases, que seguro, son contradictorias con el sentido buscado en el presente artículo.
En este contexto se avanzó en una apuesta teórica y de interpretación política “por fuera de la fábrica”, que desarrolló marcos teóricos más interesados por otras esferas de la acción colectiva más centrada en el estado, los partidos y los movimientos sociales que por el mundo del trabajo. La intención del presente artículo es contribuir de manera concreta a esta iniciativa insólita en la izquierda de hoy, que nos brinda Espacio Público y el compañero Joan Coscubiela.
Contribución que elije la dimensión teórica que plantea el texto de Coscubiela, en el sentido de recuperar la consideración del centro de trabajo como ámbito privilegiado de la acción política. Para ello se estructura el artículo en dos partes: una primera en la que se exponen criterios de carácter teórico acerca de la centralidad del trabajo en las sociedades contemporáneas y una segunda, en la que se concreta dicho marco teórico en el contexto de la España en crisis.
La centralidad política del ámbito productivo
En todas las constituciones liberales, el trabajo es designado como la vía central y única de integración y de participación del sujeto en la sociedad. El trabajo es la propiedad inalienable con la que cada sujeto se inserta en la sociedad capitalista, y con cuyo libre uso alcanza el estatus que le corresponde en la jerarquía social.
Es en este sentido en el que el derecho al trabajo articula el derecho de resistencia. El trabajo en el marco de las sociedades contemporáneas, denota dependencia y contradicción, ya que tener fuerza de trabajo no es tener trabajo, sino una capacidad para adquirir propiedades, las cuales no dependen para su ejercicio de la voluntad del tenedor de la fuerza de trabajo (el trabajador) sino de la autoridad del empresario.
De esta forma el espacio productivo aparece en las sociedades capitalistas como una esfera política, en el momento en el que la acción sindical y obrera disputa la autoridad que la patronal detenta en exclusiva dentro del espacio productivo, según le otorga nuestro ordenamiento jurídico al empresariado.
Esta centralidad política del ámbito productivo, es la que obliga recuperar claves interpretativas que permitan volver a considerar ese derecho a la rebeldía obrera incluso donde parece inexistente: en la fábrica y las empresas. O mejor dicho, no podrá haber una revolución democrática en nuestro país, sin la recuperación del conflicto en el espacio productivo.
Si en las sociedades actuales es en el trabajo donde se da el marco condicionante de explotación y desigualdad, nos lleva a que de la recuperación de la acción obrera en ese espacio, dependa la viabilidad de un proyecto de cambio en nuestro país. Esto obliga a la izquierda intelectual, social y política, volver a recuperar los problemas ligados al lugar de trabajo como un ámbito central del análisis.
De aquí el valor de la huelga y la acción obrera dentro de la empresa, ya que la huelga es la instancia máxima de disputa de control del poder empresarial dentro del espacio productivo. Las relaciones sociales contemporáneas vienen determinadas por el predominio casi absoluto de la relación salarial, las cuales vienen marcadas por la potestad en exclusiva del control por parte del empresario privado de la realidad productiva, que otorga a la clase empresarial la facultad total de la mayor capacidad de violencia colectiva existente en las sociedades contemporáneas, la capacidad de despedir. De la capacidad de revertir este poder dependen las condiciones de un cambio en nuestro país.
Esta dinámica es estructural a nuestro sistema social, lo que requiere de contratendencias que sirvan de contrapeso a tal hegemonía empresarial de la planificación de nuestra sociedad, que tiene en el sindicalismo, la acción colectiva y la huelga tres de sus límites más destacados.
De todos ellos la huelga se presenta como el momento central del conflicto social en nuestra sociedad, al ser el acontecimiento que “interrumpe” la relación laboral que fundamenta la organización de la actividad empresarial y que proviene del “exterior” de la ordenación del sistema de trabajo dirigido y controlado por el empresario. La huelga tiene por objetivo alterar y paralizar la producción, con la intención -en palabras de Baylos- “de subvertir la normalidad productiva a partir del rechazo del trabajo como instrumento de dominación ejercido por un poder privado sobre las personas”.
La huelga y el conflicto obrero dentro de la empresa limitan las prerrogativas ordinarias del poder empresarial derivadas del ejercicio de la libre empresa, al desplegar sus efectos suspensivos de la relación de dominación marcada por el contrato laboral, que implica que en una sociedad donde el mercado es el eje, la clase trabajadora reivindica mediante su acción colectiva y el conflicto, su rol político para transformar la situación económica, social y cultural de nuestro país.
De ahí la obsesión por parte de la patronal, de “sacar” la acción política dentro de las empresas y hacer que sea el estado quien absorba la totalidad de las consecuencias del conflicto social y sus reivindicaciones. Lo que debe obligar a la izquierda a volver a desarrollar una práctica teórica y política que vuelva a “meter” el conflicto dentro de su ámbito principal, el espacio de la empresa.
En los párrafos anteriores se expone lo general: en el centro de trabajo está la gran transformación. Ahora la intención es aterrizar en los concreto: cómo se da esto en un espacio concreto: la España en crisis.
En el centro de trabajo esta la gran transformación
El capitalismo es un modo de producción que tiene en las crisis su mecanismo de avance y recomposición. De cada crisis le sucede una reconfiguración de la división internacional del trabajo. Este proceso tiene una dimensión nueva, al estar viviendo una realidad histórica, como es la posibilidad de conocer una Europa desplazada, una Europa (al menos la occidental) que aparece como la gran perdedora de la actual crisis, al desplazarse el eje de la acumulación del capital a nivel mundial, del eje Atlántico al eje Pacífico. Proceso que sitúa a nuestro país como una formación social periférica dentro del marco de la UE, como un país que queda descentrado dentro del proceso de globalización contemporáneo.
Esto obliga al movimiento obrero, al menos de tradición marxista, a atender más los actuales procesos de reestructuración de los aparatos productivos desde el centro de trabajo. Tal y como plantea López Bulla, es en el centro de trabajo dónde se está dando la “gran transformación” que nos permite entender la sociedad actual.
Esta “gran transformación” que en forma de involución, dan cuenta las últimas reformas laborales y de negociación colectiva en España, profundiza en la fragmentación de nuestra estructura productiva, que impulsa una rearticulación de la cadena de valor y de la división social del trabajo desde una dinámica concentración del poder decisorio sin centralización de las estructuras productivas.
Esto provoca un aumento de la dependencia tecnológica de nuestro país respecto de las áreas centrales de Europa, profundiza en los procesos de integración vertical de la producción y de la realidad empresarial que empuja a nuestras pymes a las últimas posiciones de la cadena de valor global y aumenta las dinámicas de fragmentación territorial dentro de España, como resultado de las dinámicas competitivas nacionales, donde el área de inserción central en la globalización no es el Estado nación sino la región.
Esta nueva división internacional del trabajo condiciona y presiona hacia un marco de relaciones laborales fragmentado y desarticulado, donde los factores centrales son los móviles (el capital) en contra de los intereses de los factores fijos (el trabajo y el territorio), lo que nos lleva a que el eje de las relaciones sociales del futuro serán el despido y la precariedad y no el derecho del trabajo.
De esta descripción surgen los dos elementos centrales que determinan el curso de las relaciones laborales en nuestro país. Uno en forma de configuración de una nueva división internacional del trabajo que fragmenta aún más nuestra estructura productiva, bajo una inserción dependiente en la economía mundial del futuro.
La articulación de esa nueva jerarquía productiva internacional determina el segundo aspecto, donde el instrumento de dominación del centro sobre la periferia no se manifestará ya tanto a través de las inversiones directas, de las relaciones comerciales o del uso de instrumentos como el pago de la deuda, como por medio del control tecnológico de los procesos productivos.
Esta nueva forma de dependencia económica confiere al centro de trabajo y sus futuras transformaciones un aspecto central en el debate político y sindical, que deben abordar con toda su intensidad la relación existente entre tecnología-salarios-productividad, algo imposible si las fuerzas de transformación social no pasan por un regreso de la izquierda “a la fábrica”.