Los sindicatos bajo la hegemonía del liberalismo
Leo Moscoso
SPO-Consulting (director)
El diputado Coscubiela plantea en su texto muchos problemas distintos, todos ellos de un enorme interés. Por razones de espacio, me limitaré a comentar media docena de ellos.
1. La sociedad de los trabajadores declina derrotada por la sociedad de los rentistas. Podríamos ver esta transformación como un reconocimiento tardío del “carácter ficticio de la mercancía trabajo” – al que había aludido Karl Polanyi (1944). En la medida que la capacidad de trabajo se encuentra físicamente unida a su portador, es ineludible el imperativo de repartir el trabajo y los salarios; en cambio es posible no repartir el ni el capital ni sus rentas. Las sociedades de asalariados son, por consiguiente, más igualitarias que las sociedades de rentistas En las sociedades de rentistas, los nuevos pobres – generalmente bajo la forma del trabajador sin empleo – se encuentran excluidos del consumo. Carecen de renta y, al contrario de lo que sucedió con los trabajadores de los orígenes del mundo industrial, la sociedad no los necesita. La capacidad de trabajo se encuentra repartida. Por ello, en la formación de la sociedad industrial, el destino de los trabajadores no pudo ser otro que la integración. Ahora, en los albores de la definitiva descomposición de la sociedad industrial, los trabajadores están abocados a dejar de ser necesarios. La sociedad opulenta, que ha visto declinar el peso del trabajo, ya no necesita trabajo, sino rentas. Y, al contrario que el trabajo, la distribución de la renta (funcional, generacional, sexual, territorial, ocupacional, etc.,) puede ser tan desequilibrada como se quiera. La pregunta es inevitable: ¿qué sucederá el día en que la hidra de la revalorización de los activos financieros pueda alimentarse sola?
2. La Gran Parábola del liberalismo. De manera un tanto esquemática, podríamos hablar de una gran parábola de inclusión y exclusión del trabajo y los trabajadores en la trama política de las democracias liberales. La historia da comienzo con la crisis del liberalismo decimonónico, en los años que siguieron al aplastamiento de los communards de París, y la instalación de la gran depresión finisecular. Y el comienzo del fin tiene lugar cuando la parábola empieza a regresar a su nivel de origen, cien años después, hacia 1973, que es la fecha de referencia de otra crisis finisecular de cuya resaca todavía sufrimos algunos efectos. De esta parábola, el relato que nos interesa no toca a la colisión entre la esfera de la distinción (el mercado) y las dos esferas de la igualdad (clase y estado o ciudadanía). Esta colisión terminará, ciertamente, por producirse con la crisis definitiva del liberalismo en los años de entreguerras y el reconocimiento por parte del estado-nación – ya lo dijo Polanyi – del "carácter ficticio de la mercancía-trabajo". Pero lo que ahora nos interesa es el prólogo de ese relato: la colisión, no del estado contra el mercado, ni de la clase contra el mercado, sino la que tuvo lugar entre los dos sistemas de solidaridad. Nos interesa la colisión de la clase contra el estado.
La ironía del siglo XX es que esa colisión entre estado y clase contra el mercado jamás llegó a producirse. Al menos, no la de la clase contra el mercado. Al contrario, lo que sí se produjo fue – y este es un tema célebre de los años 50 y
60 – que, aparentemente convertido, en primer lugar, en el árbitro de una disputa entre mercado y clase, el estado pasó, a continuación, a convertirse en el mismo locus de la confrontación. Ese fue el punto más alto de la parábola de inclusión-exclusión; en el momento, es decir, en el que la lucha de clases fue fagocitada por el Estado, transformando el conflicto social en conflicto político. Lo cierto es que, desde la Gran Depresión de los años treinta, el fenómeno anda ya a rienda suelta: dejamos de hablar de la "intervención social" del estado, y empezamos a hablar del fenómeno inverso. Esto es, la reducción del estado y de sus recursos económicos – el gasto público – a un mercado, es decir, a un lugar y a un sistema de intercambios y negociación de rentas entre grupos sociales organizados. De modo que, por un lado, el estado asumía un papel de institución fundamental en la regulación de las relaciones económicas; de otro lado, sin embargo, sus decisiones se convertían a su vez en objeto de negociación, es decir, de intercambio, entre terceros. Tal es el origen de los modernos sistemas de bienestar: el momento en que el estado deja de estar como un jugador más en una partida a tres bandas para convertirse en el mismo escenario del juego. Un escenario en el que sus recursos, sus rentas, pasan a estar a merced de la negociación entre grupos, que tratan de actuar sobre el mercado en contra del mercado.
En resumen, ¿qué ha sucedido entre 1873 (el momento que asociamos al comienzo del fin del liberalismo clásico) y 1973 (el momento que asociamos al final de la edad dorada de la segunda posguerra, tras la profunda quiebra del modelo liberal en los años treinta)? Sencillamente, que la asimilación de la lucha de clases en el interior del estado bajo la forma de conflictos distributivos sobre las rentas nacionales, acompañados por la ampliación constante del material jurídico del que están hechos los derechos sociales, cambió la faz del capitalismo contemporáneo. Cuando la lógica del crecimiento, o de la acumulación capitalista, entró en una fase distinta, nos encontramos con que los que estaban ya dentro del nuevo sistema de la ciudadanía industrial habían consolidado sus conquistas en forma de derechos adquiridos, toda vez que tenían intereses creados en el mantenimiento de ese statu quo. Sus derechos los habían adquirido a cambio de consenso. Pero los insiders eran, a todas luces, "más libres y más iguales" que los outsiders. Quiero decir, más independientes del mercado y de sus mecanismos disciplinarios, así como depositarios de un status que habría de conferirles un lugar privilegiado en la jerarquía de la división social del trabajo. Pluralismo senza mercato – se decía en otro país. (Véase mi contribución de hace unos años en: https://revistas.ucm.es/index.php/CRLA/article/view/CRLA0303120013A).
3. ¿Crisis de transformación del sindicalismo? ¿Dificultades de adaptación al entorno de la mundialización? Se dice que la revolución neoliberal sorprendió al sindicalismo español en plena salida de una dictadura. Ahora bien, ¿de verdad no hubo tiempo para readaptarse? Y es cierto que, después, ha venido la ofensiva antisindical de los poderes económicos. Ahora bien, ¿no se podía haber hecho algo antes? El sindicalismo nació – lo dice Joan Coscubiela – como un “espacio de auto-organización de los trabajadores para la defensa de sus intereses”, pero hoy ya nadie, o casi nadie, se reconoce en ese sujeto histórico – la clase obrera – ni en sus expresiones organizativas en partidos o sindicatos obreros. Aislados de los medios de comunicación, de las generaciones de trabajadores más jóvenes, y envejecidos sus cuadros, los sindicatos de la vieja cultura socialdemócrata y comunista se asemejan hoy a uno más de tantos otros
lobbies que compiten por la influencia en los procesos legislativos en los que se dirime la distribución de la renta. Peor aún: un lobby débil, además. La desindustrialización, la segmentación de la clase trabajadora, la precarización del empleo han segado la hierba bajo los pies del sindicalismo tradicional de clase. La economía y la sociedad industriales, y el estado-nación han dado paso a economías financiarizadas en sociedades postindustriales, en las que – más que el estado de excepción – predominan las leyes de excepción impuestas por los poderes privados de espaldas al estado, o incluso en contra de él.
En tales condiciones, con una clase trabajadora profundamente segmentada y dispersa, con las organizaciones sindicales a la defensiva, y con la inmensa mayoría de los trabajadores en precario, la huelga general no parece una herramienta muy útil: en una economía dominada por el small business y el trabajo precario del proletariado de los servicios, para que la huelga general fuera eficaz habría que contar con la cooperación de la pequeña patronal. Los patronos – especialmente esa gran patronal corrupta y habituada a la impunidad en el abuso y al atropello contra los más débiles, que exhibe procazmente su desprecio por todo cuanto tenga que ver con el interés público, temen mucho más una huelga de consumo que una huelga de trabajo. De otro lado, no hay sindicato que resista la fragmentación y la segmentación experimentadas por la fábrica fordista. La clase obrera homogénea y su entorno económico y social (economía industrial, industrialismo, estado-nación empeñado en el desarrollo industrial) han desaparecido. Ya nadie se reconoce como parte de esa realidad. Lo que ha quedado en su lugar lo hemos dicho ya: una economía dominada por el small business y el trabajo precario del proletariado de los servicios. El sindicalismo tradicional no tiene capacidad de capilarizar en un entorno laboral tan fragmentario. De modo que, cuando no se está sobre el terreno, parece mejor optar por la representación.
4. Variedades del Sindicalismo. Sindicalismo es término que refiere a realidades bien distintas – afirma Coscubiela con razón. La variabilidad incide sobre la función de inclusión y exclusión desempeñada por las organizaciones sindicales. La ecuación más temible es la que dice que cuanta mayor inclusión, menor control social y mayor debilidad; y, al tiempo, cuanta menor inclusión, mayor control social y menor debilidad. Control social equivale aquí a la capacidad de chantaje sobre el capital, los patronos o la sociedad… Ahora bien, la conexión invariable entre inclusión y debilidad sólo está vigente para los sindicatos entendidos a la vieja usanza, como “espacios de auto-organización de los trabajadores para la defensa de sus intereses” – una organización de los trabajadores – como escribe el diputado. Si adoptamos la otra definición (la que viene de aquellos años de los grandes acuerdos sociales, que describe al sindicato como una organización para los trabajadores), los sindicatos son organizaciones públicas financiadas – igual que muchas otras – por el estado, amparadas por las leyes, y a las que el estado encomienda la función de la defensa de los intereses del trabajo. Es verdad que esta otra definición presenta el difícil problema de la diferenciación entre partidos y sindicatos obreros (el viejo problema de cómo explicar el surgimiento del célebre doble canal, problema del que aquí no me puedo ocupar), pero en ella no se verifica la temible ecuación enunciada más arriba: en el terreno de la representación de los intereses es posible ser inclusivo y fuerte a la vez. Y es posible organizar desde ahí el conflicto o la negociación, según convenga. De modo que sí; por si no se habían dado cuenta – aunque hace tiempo que se han dado cuenta – los
sindicatos están abocados a asumir funciones que van más allá de los intereses de los afiliados. Especialmente en estos tiempos en los que los viejos partidos obreros han dejado de ser obreros, y especialmente en estos tiempos en los que el sindicalismo está condenado – si quiere prosperar – a tejer conexiones con colectivos de precarios que tienen vínculos muy volátiles con el mercado de trabajo. Cuando la relación salarial pierde centralidad, tener un empleo debería ser una de las razones menos importantes por las que un trabajador se acerca a un sindicato. Habría llegado el momento de organizar a los trabajadores fuera de la fábrica, con el objetivo prioritario de cortocircuitar, en la medida de lo posible, la salvaje competencia entre trabajadores que la hegemonía liberal ha sido capaz de implantar durante los últimos decenios. En este momento de segmentación y dispersión de la clase trabajadora, sencillamente no es posible hacer sindicalismo exclusivamente desde los centros de trabajo. Alguien tiene que decir lo que está sucediendo en los centros de trabajo y estamos tardando en darnos cuenta de que muchos de los propios trabajadores no pueden, por el momento, hablar en primera persona. Coscubiela dirá que este enfoque plantea un problema de comunicación: ¿cómo hacer sindicalismo de trabajadores y para trabajadores en medio de la descomposición de la vieja sociedad industrial? La experiencia de las smart mobs en otros movimientos sociales es prueba de que es posible afrontar esas dificultades. El sindicato obrero debe entrar en la era de la comunicación digital.
5. ¿Tiene ventajas el sindicalismo de representación (para los trabajadores) que muchos defendemos? Las tiene. Permite a las confederaciones estar encima de todos los temas, incluso si los cuadros sindicales no están sobre el terreno. Debería igualmente permitir un aterrizaje de las propias organizaciones sobre el terreno cuando los trabajadores reclaman la presencia de las organizaciones sindicales en sus empresas y lugares de trabajo. Debería – en estos tiempos de corrupción empresarial rampante que no pasa factura ni electoral ni económica a los empresarios – haber permitido a las confederaciones convertirse (cosa que no han hecho) en la herramienta de denuncia de la corrupción, la opacidad fiscal y contable, y la falta de transparencia en el mundo empresarial. Y debería – incluso si sabemos que el estado social fue, históricamente, el contingente resultado de un intercambio de derechos sociales por consenso – permitir a los sindicatos convertirse hoy en las organizaciones de defensa del estado social amenazado. En fin, ese sindicalismo de representación es el único que puede permitir además organizar respuestas transnacionales en el marco de una economía internacionalizada. Por consiguiente, los sindicatos tienen hoy más tarea que nunca. A saber: 1) deben ocuparse de sus afiliados y también de los que no son sus afiliados; 2) deben “resolver los problemas” de los primeros al tiempo que defienden a todos los demás; 3) deben rechazar la doble escala salarial, al tiempo que buscan cooperar en materia no salarial con los trabajadores de nuevo ingreso cuando la ruptura con la doble escala no ha sido posible; 4) deben comprometerse con la viabilidad de las empresas, al tiempo que fuerzan a estas a comprometerse a su vez con el desarrollo social, cultural y medioambiental de los entornos en los que operan; 5) deben fomentar la participación de los trabajadores allí donde sea posible y proteger mediante el paraguas de la representación a todos los que no pueden participar; 6) deben ocuparse de fortalecer los salarios (este país jamás saldrá de la espiral de desapalancamiento y subconsumo en la que se encuentra si los salarios no crecen, al menos mientras perdure el sobre-
endeudamiento de los trabajadores con empleo) al tiempo que se ocupan de ofrecer servicios a todos los trabajadores y, en especial, a los más vulnerables (inmigrantes, mujeres, jóvenes, precarios, parados de larga duración, parados mayores, y en fin a los cientos de miles de trabajadores que se encuentran en la desprotección, sin convenio, o bajo un convenio esclavista de los que tanto abundan por aquí, o que, simplemente, trabajan en un sector dominado por alguna mafia empresarial, de esas que también abundan tanto).
6. Desde que fue identificada como síntoma de la transición a la sociedad post-industrial, la crisis del sindicalismo se traducía, en la práctica, en el dilema de cómo conseguir, sin perder los propios apoyos, sin perder implantación o influencia en los bastiones sindicales tradicionales, defender los intereses de los que están dentro, de quienes depende el sindicato y, al mismo tiempo, haciendo la cuadratura del círculo, tratar de dar cabida en los programas sindicales, en las agendas de reforma y en el discurso reivindicativo a los intereses de aquellos que están fuera, que se encuentran excluidos, y de cuyo descontento el sindicato recibe, sin embargo, otro recurso crítico - el reconocimiento de su función representativa por parte del estado - pero cuyos problemas no tienen probablemente solución dentro del marco en el que estamos, dejando intactas, esto es, las conquistas, o el territorio ganado, por aquellos que entraron en el sistema en el momento en que las cosas iban mejor. Pese a que hay mucha más tarea detrás, ya que en muchas sociedades existe un fuerte nexo entre el acceso al empleo y el acceso a los derechos de ciudadanía, este desafío sigue siendo ineludible. De lo contrario, como dice Coscubiela, el sindicalismo terminará convertido en un movimiento conservacionista, dando la razón a esa patronal cavernícola que tacha al sindicalismo de regresivo